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Gabriel García Márquez

Cien años de soledad

Para Jomi García Ascot

y María Luisa Elio

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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I

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de

recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces

una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas

que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos

prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para

mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia

de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y

timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de

barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una

truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios

alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el

mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio,

y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse,

y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había

buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.

«Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de

despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos

que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible

servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un

hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel

tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos

lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar

el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro

para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el

acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando

los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró

desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido,

cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José

Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,

encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre

con un rizo de mujer.

En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un

tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una

gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el

pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.

«La ciencia ha eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre

podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» Un mediodía

ardiente hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de

hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la concentración de los rayos

solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes,

concibió la idea de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de

disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial a

cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de

monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había

enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para invertirías. José Arcadio

Buendía no trató siquiera de consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la

abnegación de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos

de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración de los rayos solares y

sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las

protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.

Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su

arma novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un

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poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado de numerosos

testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un

mensajero que atravesó la sierra, y se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos

tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste,

antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a la

capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia prometía intentarlo

tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de su

invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la

guerra solar. Durante varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se

lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba

convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos

mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una

apretada síntesis de los estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera

servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía pasó los largos meses de

lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara

sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció

noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una

insolación por tratar de establecer un método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo

experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió

navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres

espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en que adquirió el hábito

de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se

partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama

y la berenjena. De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida

por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en

voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin,

un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento.

Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se

sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el

encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.

-La tierra es redonda como una naranja.

Úrsula perdió la paciencia. «Si has de volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates de

inculcar a los niños tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar

por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó el astrolabio contra el

suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a los hombres del pueblo y les demostró, con teorías

que para todos resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida

navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio

Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en

público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido

una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y

como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia

terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.

Para esa época, Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros

viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su

fuerza descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano

parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras

enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó

a José Arcadio Buendia mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas

partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de

cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en

Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón,

a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el

estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un

hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro

lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y

un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa

sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo

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mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de

viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía

mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que

reveló sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el principio de

una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía

entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella

tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda

voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus

sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir

aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. Úrsula, en

cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque entró al cuarto en el momento en

que Melquíades rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio.

-Es el olor del demonio -dijo ella.

-En absoluto -corrigió Melquíades-. Está comprobado que el demonio tiene propiedades

sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.

Siempre didáctico, hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero

Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para

siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades.

El rudimentario laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y

coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y

angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según

las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía. Además de estas

cosas, Melquíades dejó muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las

fórmulas de Moisés y Zósimo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los

procesos del Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos intentar la fabricación

de la piedra filosofal. Seducido por la simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio

Buendía cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera desenterrar sus

monedas coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogile. Úrsula

cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces José

Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los fundió con raspadura de cobre,

oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino

hasta obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo vulgar que al oro

magnífico. En azarosos y desesperados procesos de destilación, fundida con los siete metales

planetarios, trabajada con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en

manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia de Úrsula quedó reducida a un

chicharrón carbonizado que no pudo ser desprendido del fondo del caldero.

Cuando volvieron los gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos a toda la población. Pero

la curiosidad pudo más que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo

un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras el pregonero anunciaba

la exhibición del más fabuloso hallazgo de los nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a

la carpa, y mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado,

con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto,

sus mejillas fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba

terminante de los poderes sobrenaturales del gitano. El pavor se convirtió en pánico cuando

Melquíades se sacó los dientes, intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por

un instante un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito de los años

anteriores y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un dominio pleno de su juventud

restaurada. Hasta el propio José Arcadio Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades

habían llegado a extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando el gitano

le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello le pareció a la vez tan sencillo y

prodigioso, que de la noche a la mañana perdió todo interés en las investigaciones de alquimia;

sufrió una nueva crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se pasaba el día

dando vueltas por la casa. «En el mundo están ocurriendo cosas increíbles -le decía a Úrsula-. Ahí

mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos

viviendo como los burros.» Quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se

asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades.

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Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones

para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el

trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer

momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y semejanza. Tenía una

salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma de terraza con flores de colores alegres, dos

dormitorios, un patio con un castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían

en comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales prohibidos no sólo

en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de pelea.

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa, menuda, severa, aquella

mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar,

parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida

por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los

muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban

siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de

albahaca.

José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería jamás en la aldea,

había dispuesto de tal modo la posición de las casas, que desde todas podía llegarse al río y

abastecerse de agua con igual esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa

recibía más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea más ordenada

y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era en verdad

una aldea feliz, donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto.

Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó trampas y jaulas. En poco

tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de

la aldea. El concierto de tantos pájaros distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó los

oídos con cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La primera vez que llegó la

tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para el dolor de cabeza, todo el mundo se

sorprendió de que hubieran podido encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y

los gitanos confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros.

Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los

imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de trasmutación y las ansias de conocer las

maravillas del mundo. De emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre

de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a

duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó quien lo considerara víctima de algún extraño

sortilegio. Pero hasta los más convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para

seguirlo, cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el concurso de todos

para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto con los grandes inventos.

José Arcadio Buendía ignoraba por completo la geografía de la región. Sabía que hacia el

Oriente estaba la sierra impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de Riohacha,

donde en épocas pasadas -según le había contado el primer Aureliano Buendía, su abuelo- sir

Francis Drake se daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego hacía remendar y

rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres

y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida

al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no

tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo

podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y

el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La

ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había

cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el

hechizo de sus tetas descomunales. Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de

alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los

cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del

Norte. De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de cacería a los mismos

hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos

de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura.

Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron por la pedregosa

ribera del río hasta el lugar en que años antes habían encontrado la armadura del guerrero, y allí

penetraron al bosque por un sendero de naranjos silvestres. Al término de la primera semana,

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mataron y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el resto para los

próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la necesidad de seguir comiendo

guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días,

no volvieron a ver el sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la

vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más lejanos los gritos de los pájaros

y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvió triste para siempre. Los hombres de la

expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad

y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites humeantes

y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras doradas. Durante una semana, casi

sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados apenas por

una tenue reverberación de insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un sofocante

olor de sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a

cerrar en poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos. «No

importa -decía José Arcadio Buendía-. Lo esencial es no perder la orientación.» Siempre

pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron

salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba

impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las

hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el

sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras,

blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español.

Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del

velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de

rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la

estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los

vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios

exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores.

El hallazgo del galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José Arcadio

Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber buscado el mar sin encontrarlo,

al precio de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo encontrado entonces sin

buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo insalvable. Muchos años después, el

coronel Aureliano Buendía volvió a travesar la región, cuando era ya una ruta regular del correo,

y lo único que encontró de la nave fue el costillar carbonizado en medio de un campo de

amapolas. Sólo entonces convencido de que aquella historia no había sido un engendro de la

imaginación de su padre, se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto en

tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa inquietud cuando encontró el mar, al

cabo de otros cuatro días de viaje, a doce kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños

terminaban frente a ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía los riesgos y

sacrificios de su aventura.

-¡Carajo! -gritó-. Macondo está rodeado de agua por todas partes.

La idea de un Macondo peninsular prevaleció durante mucho tiempo, inspirada en el mapa

arbitrario que dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su expedición. Lo trazó con rabia, exagerando

de mala fe las dificultades de comunicación, como para castigarse a sí mismo por la

absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. «Nunca llegaremos a ninguna parte -se lamentaba

ante Úrsula-. Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia.»

Esa certidumbre, rumiada varios meses en el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el

proyecto de trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta vez, Úrsula se anticipó a sus

designios febriles. En una secreta e implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de la

aldea contra la veleidad de sus hombres, que ya empezaban a prepararse para la mudanza. José

Arcadio Buendía no supo en qué momento, ni en virtud de qué fuerzas adversas, sus planes se

fueron enredando en una maraña de pretextos, contratiempos y evasivas, hasta convertirse en

pura y simple ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta sintió por él un poco

de piedad, la mañana en que lo encontró en el cuartito del fondo comentando entre dientes sus

sueños de mudanza, mientras colocaba en sus cajas originales las piezas del laboratorio. Lo dejó

terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner sus iniciales encima con un hisopo entintado, sin hacerle

ningún reproche, pero sabiendo ya que él sabía (porque se lo oyó decir en sus sordos

monólogos) que los hombres del pueblo no lo secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a

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desmontar la puerta del cuartito, Úrsula se atrevió a preguntarle por qué lo hacía, y él le contestó

con una cierta amargura: «Puesto que nadie quiere irse, nos iremos solos.» Úrsula no se alteró.

-No nos iremos -dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos tenido un hijo.

-Todavía no tenemos un muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un

muerto bajo la tierra.

Úrsula replicó, con una suave firmeza:

-Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me muero.

José Arcadio Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad de su mujer. Trató de seducirla

con el hechizo de su fantasía, con la promesa de un mundo prodigioso donde bastaba con echar

unos líquidos mágicos en la tierra para que las plantas dieran frutos a voluntad del hombre, y

donde se vendían a precio de baratillo toda clase de aparatos para el dolor. Pero Úrsula fue

insensible a su clarividencia.

-En vez de andar pensando en tus alocadas novelerías, debes ocuparte de tus hijos -replicó-.

Míralos cómo están, abandonados a la buena de Dios, igual que los burros.

José Arcadio Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer. Miró a través de la

ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta soleada, y tuvo la impresión de que sólo en

aquel instante habían empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió

entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó de su tiempo actual y lo

llevó a la deriva por una región inexplorada de los re cuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la

casa que ahora estaba segura de no abandonar en el resto de su vida él permaneció

contemplando a los niños con mirada absorta hasta que los ojos se le humedecieron y se los secó

con el dorso de la mano, y exhaló un hondo suspiro de resignación.

-Bueno -dijo-. Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los cajones.

José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía la cabeza cuadrada, el

pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre. Aunque llevaba el mismo impulso de

crecimiento y fortaleza física, ya desde entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue

concebido y dado a luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación de Macondo,

y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía ningún órgano de animal.

Aureliano, el primer ser humano que nació en Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era

silencioso y retraído. Había llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos.

Mientras le cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las cosas del

cuarto, y examinaba el rostro de la gente con una curiosidad sin asombro. Luego, indiferente a

quienes se acercaban a conocerlo, mantuvo la atención concentrada en el techo de palma, que

parecía a punto de derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia. Úrsula no volvió a

acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño Aureliano, a la edad de

tres años, entró a la cocina en el momento en que ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una

olla de caldo hirviendo. El niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien

puesta en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició un

movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un dinamismo interior, y se

despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada, le contó el episodio a su marido, pero éste lo interpretó

como un fenómeno natural. Así fue siempre, ajeno a la existencia de sus hijos, en parte porque

consideraba la infancia como un período de insuficiencia mental, y en parte porque siempre

estaba demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas.

Pero desde la tarde en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del

laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron

llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a

sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus

conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su imaginación. Fue así como

los niños terminaron por aprender que en el extremo meridional del África había hombres tan

inteligentes y pacíficos que su único entretenimiento era sentarse a pensar, y que era posible

atravesar a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el puerto de Salónica. Aquellas

alucinantes sesiones quedaron de tal modo impresas en la memoria de los niños, que muchos

años más tarde, un segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden de

fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió a vivir la tibia tarde de

marzo en que su padre interrumpió la lección de física, y se quedó fascinado, con la mano en el

aire y los ojos inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas de los gitanos

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que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último y asombroso descubrimiento de los

sabios de Memphis.

Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo conocían su propia lengua,

ejemplares hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en

las calles un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados de todos los colores que

recitaban romanzas italianas, y la gallina que ponía un centenar de huevos de oro al son de la

pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la máquina múltiple que

servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos

recuerdos, y el emplasto para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan ingeniosas e

insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido inventar la máquina de la memoria para

poder acordarse de todas. En un instante transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo se

encontraron de pronto perdidos en sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.

Llevando un niño de cada mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis

de dientes acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de

estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José Arcadio Buendía andaba como un loco

buscando a Melquíades por todas partes, para que le revelara los infinitos secretos de aquella

pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron su lengua. Por último llegó

hasta el lugar donde Melquíades solía plantar su tienda, y encontró un armenio taciturno que

anunciaba en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado de un golpe una copa

de la sustancia ambarina, cuando José Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por entre el

grupo absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la pregunta. El gitano le envolvió

en el clima atónito de su mirada, antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y

humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su respuesta: «Melquíades murió.»

Aturdido por la noticia, José Arcadio Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a la

aflicción, hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros artificios y el charco del armenio

taciturno se evaporó por completo. Más tarde, otros gitanos le confirmaron que en efecto

Melquíades había sucumbido a las fiebres en los médanos de Singapur, y su cuerpo había sido

arrojado en el lugar más profundo del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia. Estaban

obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los sabios de

Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón.

Tanto insistieron, que José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los condujo hasta el centro

de la carpa, donde había un gigante de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la

nariz y una pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser

destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial. Dentro sólo había un enorme

bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se despedazaba en estrellas de

colores la claridad del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una

explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:

-Es el diamante más grande del mundo.

-No -corrigió el gitano-. Es hielo.

José Arcadio Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano, pero el gigante se la

apartó. «Cinco reales más para tocarlo», dijo. José Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la

mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba

de temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir, pagó otros diez reales para que

sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeño José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano,

en cambio, dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retiró en el acto. «Está hirviendo»,

exclamó asustado. Pero su padre no le prestó atención. Embriagado por la evidencia del prodigio,

en aquel momento se olvidó de la frustración de sus empresas delirantes y del cuerpo de

Melquíades abandonado al apetito de los calamares. Pagó otros cinco reales, y con la mano

puesta en el témpano, como expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:

-Éste es el gran invento de nuestro tiempo.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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II

Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula

Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el

control de los nervios y se sentó en un fogón encendido. Las quemaduras la dejaron convertida

en una esposa inútil para toda la vida. No podía sentarse sino de medio lado, acomodada en

cojines, y algo extraño debió quedarle en el modo de andar, porque nunca volvió a caminar en

público. Renunció a toda clase de hábitos sociales obsesionada por la idea de que su cuerpo

despedía un olor a chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin atreverse a dormir, porque

soñaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto se metían por la ventana del dormitorio

y la sometían a vergonzosos tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante

aragonés con quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y entretenimientos

buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último liquidó el negocio y llevó la familia a vivir

lejos del mar, en una ranchería de indios pacíficos situada en las estribaciones de la sierra, donde

le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los

piratas de sus pesadillas.

En la escondida ranchería vivía de mucho tiempo atrás un criollo cultivador de tabaco, don

José Arcadio Buendía, con quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan productiva

que en pocos años hicieron una fortuna. Varios siglos más tarde, el tataranieto del criollo se casó

con la tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula se salía de casillas con las locuras

de su marido, saltaba por encima de trescientos años de casualidades, y maldecía la hora en que

Francis Drake asaltó a Riohacha, Era un simple recurso de desahogo, porque en verdad estaban

ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor: un común remordimiento de

conciencia. Eran primos entre sí. Habían crecido juntos en la antigua ranchería que los

antepasados de ambos transformaron con su trabajo y sus buenas costumbres en uno de los

mejores pueblos de la provincia. Aunque su matrimonio era previsible desde que vinieron al

mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de casarse sus propios parientes trataron de

impedirlo. Tenían el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas secularmente

entrecruzadas pasaran por la vergüenza de engendrar iguanas. Ya existía un precedente

tremendo. Una tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía tuvo un hijo que pasó

toda la vida con unos pantalones englobados y flojos, y que murió desangrado después de haber

vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de virginidad porque nació y creció con una

cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta. Una cola de

cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer, y que le costo la vida cuando un carnicero

amigo le hizo el favor de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio Buendía, con la

ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con una sola frase: «No me importa tener

cochinitos, siempre que puedan hablar.» Así que se casaron con una fiesta de banda y cohetes

que duró tres días. Hubieran sido felices desde entonces si la madre de Úrsula no la hubiera

aterrorizado con toda clase de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta el extremo de

conseguir que rehusara consumar el matrimonio. Temiendo que el corpulento y voluntarioso

marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su

madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se

cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro. Así estuvieron varios meses. Durante el día,

él pastoreaba sus gallos de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre. Durante la noche,

forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor,

hasta que la intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo, y soltó el rumor de

que Úrsula seguía virgen un año después de casada, porque su marido era impotente. José

Arcadio Buendía fue el último que conoció el rumor.

-Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo la gente -le dijo a su mujer con mucha calma.

-Déjalos que hablen -dijo ella-. Nosotros sabemos que no es cierto.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

11

De modo que la situación siguió igual por otros seis meses, hasta el domingo trágico en que

José Arcadio Buendía le gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso, exaltado por la

sangre de su animal, el perdedor se apartó de José Arcadio Buendía para que toda la gallera

pudiera oír lo que iba a decirle.

-Te felicito -gritó-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. «Vuelvo en seguida», dijo a todos. Y luego, a

Prudencio Aguilar:

-Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo. En la puerta de la gallera,

donde se había concentrado medio pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de

defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la fuerza de un toro y con la misma

dirección certera con que el primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región, le

atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver en la gallera, José Arcadio

Buendía entró en el dormitorio cuando su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad.

Blandiendo la lanza frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en duda la decisión de

su marido. «Tú serás responsable de lo que pase», murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza

en el piso de tierra.

-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no habrá más muertos en este pueblo

por culpa tuya.

Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la

cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el

llanto de los parientes de Prudencio Aguilar.

El asunto fue clasificado como un duelo de honor, pero a ambos les quedó un malestar en la

conciencia. Una noche en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio y vio a

Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con una expresión muy triste, tratando de cegar

con un tapón de esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino lástima. Volvió al

cuarto a contarle a su esposo lo que había visto, pero él no le hizo caso. «Los muertos no salen –

dijo-. Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia.» Dos noches después, Úrsula

volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada

del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José Arcadio Buendía, fastidiado

por las alucinaciones de su mujer, salió al patio armado con la lanza. Allí estaba el muerto con su

expresión triste.

-Vete al carajo -le gritó José Arcadio Buendía-. Cuantas veces regreses volveré a matarte.

Prudencio Aguilar no se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió arrojar la lanza. Desde

entonces no pudo dormir bien.

Lo atormentaba la inmensa desolación con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la

honda nostalgia con que añoraba a los vivos, la ansiedad con que registraba la casa buscando

agua para mojar su tapón de esparto. «Debe estar sufriendo mucho -le decía a Úrsula-. Se ve

que está muy solo.» Ella estaba tan conmovida que la próxima vez que vio al muerto destapando

las ollas de la hornilla comprendió lo que buscaba, y desde entonces le puso tazones de agua por

toda la casa. Una noche en que lo encontró lavándose las heridas en su propio cuarto, José

Arcadio Buendía no pudo resistir más.

-Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no

regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.

Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de José Arcadio Buendía,

jóvenes como él, embullados con la aventura, desmantelaron sus casas y cargaron con sus

mujeres y sus hijos hacia la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir, José Arcadio

Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea,

confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó

Úrsula fue un baúl con sus ropas de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con

las piezas de oro que heredé de su padre. No se trazaron un itinerario definido. Solamente

procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para no dejar ningún rastro ni

encontrar gente conocida. Fue un viaje absurdo. A los catorce meses, con el estómago estragado

por la carne de mico y el caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes

humanas. Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada de un palo que dos hombres

llevaban en hombros, porque la hinchazón le desfiguró las piernas, y las varices se le reventaban

como burbujas. Aunque daba lástima verlos con los vientres templados y los ojos lánguidos, los

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

12

niños resistieron el viaje mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les resultó divertido.

Una mañana, después de casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales que vieron la

vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada contemplaron la inmensa llanura

acuática de la ciénaga grande, explayada hasta el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron

el mar. Una noche, después de varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya

de los últimos indígenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de un río pedregoso

cuyas aguas parecían un torrente de vidrio helado. Años después, durante la segunda guerra

civil, el coronel Aureliano Buendía trató de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por

sorpresa, y a los seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin embargo, la noche en que

acamparon junto al río, las huestes de su padre tenían un aspecto de náufragos sin escapatoria,

pero su número había aumentado durante la travesía y todos estaban dispuestos (y lo

consiguieron) a morirse de viejos. José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se

levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era aquella, y

le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que

tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo. Al día siguiente convenció a sus

hombres de que nunca encontrarían el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro

junto al río, en el lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.

José Arcadio Buendia no logró descifrar el sueño de las casas con paredes de espejos hasta el

día en que conoció el hielo. Entonces creyó entender su profundo significado. Pensó que en un

futuro próximo podrían fabricarse bloques de hielo en gran escala, a partir de un material tan

cotidiano como el agua, y construir con ellos las nuevas casas de la aldea. Macondo dejaría de ser

un lugar ardiente, cuyas bisagras y aldabas se torcían de calor, para convertirse en una ciudad

invernal. Si no perseveró en sus tentativas de construir una fábrica de hielo, fue porque entonces

estaba positivamente entusiasmado con la educación de sus hijos, en especial la de Aureliano,

que había revelado desde el primer momento una rara intuición alquímica. El laboratorio había

sido desempolvado. Revisando las notas de Melquíades, ahora serenamente, sin la exaltación de

la novedad, en prolongadas y pacientes sesiones trataron de separar el oro de Úrsula del cascote

adherido al fondo del caldero. El joven José Arcadio participó apenas en el proceso. Mientras su

padre sólo tenía cuerpo y alma para el atanor, el voluntarioso primogénito, que siempre fue

demasiado grande para su edad, se convirtió en un adolescente monumental. Cambió de voz. El

bozo se le pobló de un vello incipiente. Una noche Úrsula entró en el cuarto cuando él se quitaba

la ropa para dormir, y experimentó un confuso sentimiento de vergüenza y piedad: era el primer

hombre que veía desnudo, después de su esposo, y estaba tan bien equipado para la vida, que le

pareció anormal. Úrsula, encinta por tercera vez, vivió de nuevo sus terrores de recién casada.

Por aquel tiempo iba a la casa una mujer alegre, deslenguada, provocativa, que ayudaba en

los oficios domésticos y sabía leer el porvenir en la baraja. Úrsula le habló de su hijo. Pensaba

que su desproporción era algo tan desnaturalizado como la cola de cerdo del primo. La mujer

soltó una risa expansiva que repercutió en toda la casa como un reguero de vidrio. «Al contrario –

dijo-. Será feliz». Para confirmar su pronóstico llevó los naipes a la casa pocos días después, y se

encerró con José Arcadio en un depósito de granos contiguo a la cocina. Colocó las barajas con

mucha calma en un viejo mesón de carpintería, hablando de cualquier cosa, mientras el

muchacho esperaba cerca de ella más aburrido que intrigado. De pronto extendió la mano y lo

tocó. «Qué bárbaro», dijo, sinceramente asustada, y fue todo lo que pudo decir. José Arcadio

sintió que los huesos se le llenaban de espuma, que tenía un miedo lánguido y unos terribles

deseos de llorar. La mujer no le hizo ninguna insinuación. Pero José Arcadio la siguió buscando

toda la noche en el olor de humo que ella tenía en las axilas y que se le quedó metido debajo del

pellejo. Quería estar con ella en todo momento, quería que ella fuera su madre, que nunca

salieran del granero y que le dijera qué bárbaro, y que lo volviera a tocar y a decirle qué bárbaro.

Un día no pudo soportar más y fue a buscarla a su casa. Hizo una visita formal, incomprensible,

sentado en la sala sin pronunciar una palabra. En ese momento no la deseó. La encontraba

distinta, enteramente ajena a la imagen que inspiraba su olor, como si fuera otra. Tomó el café y

abandonó la casa deprimido. Esa noche, en el espanto de la vigilia, la volvió a desear con una

ansiedad brutal, pero entonces no la quería como era en el granero, sino como había sido aquella

tarde.

Días después, de un modo intempestivo, la mujer lo llamó a su casa, donde estaba sola con su

madre, y lo hizo entrar en el dormitorio con el pretexto de enseñarle un truco de barajas.

Entonces lo tocó con tanta libertad que él sufrió una desilusión después del estremecimiento

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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inicial, y experimentó más miedo que placer. Ella le pidió que esa noche fuera a buscarla. Él

estuvo de acuerdo, por salir del paso, sabiendo que no seria capaz de ir. Pero esa noche, en la

cama ardiente, comprendió que tenía que ir a buscarla aunque no fuera capaz. Se vistió a tientas,

oyendo en la oscuridad la reposada respiración de su hermano, la tos seca de su padre en el

cuarto vecino, el asma de las gallinas en el patio, el zumbido de los mosquitos, el bombo de su

corazón y el desmesurado bullicio del mundo que no había advertido hasta entonces, y salió a la

calle dormido. Deseaba de todo corazón que la puerta estuviera atrancada, y no simplemente

ajustada, como ella le había prometido. Pero estaba abierta. La empujó con la punta de los dedos

y los goznes soltaron un quejido lúgubre y articulado que tuvo una resonancia helada en sus

entrañas. Desde el instante en que entró, de medio lado y tratando de no hacer ruido, sintió el

olor. Todavía estaba en la salita donde los tres hermanos de la mujer colgaban las hamacas en

posiciones que él ignoraba y que no podía determinar en las tinieblas, así que le faltaba

atravesarla a tientas, empujar la puerta del dormitorio y orientarse allí de tal modo que no fuera

a equivocarse de cama. Lo consiguió. Tropezó con los hicos de las hamacas, que estaban más

bajas de lo que él había supuesto, y un hombre que roncaba hasta entonces se revolvió en el

sueño y dijo con una especie de desilusión: «Era miércoles.» Cuando empujó la puerta del

dormitorio, no pudo impedir que raspara el desnivel del piso. De pronto, en la oscuridad absoluta,

comprendió con una irremediable nostalgia que estaba completamente desorientado. En la

estrecha habitación dormían la madre, otra hija con el marido y dos niños, y la mujer que tal vez

no lo esperaba. Habría podido guiarse por el olor si el olor no hubiera estado en toda la casa, tan

engañoso y al mismo tiempo tan definido como había estado siempre en su pellejo. Permaneció

inmóvil un largo rato, preguntándose asombrado cómo había hecho para llegar a ese abismo de

desamparo, cuando una mano con todos los dedos extendidos, que tanteaba en las tinieblas, le

tropezó la cara. No se sorprendió, porque sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se

confió a aquella mano, y en un terrible estado de agotamiento se dejó llevar hasta un lugar sin

formas donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como un costal de papas y lo voltearon al

derecho y al revés, en una oscuridad insondable en la que le sobraban los brazos, donde ya no

olía más a mujer, sino a amoníaco, y donde trataba de acordarse del rostro de ella y se

encontraba con el rostro de Úrsula, confusamente consciente de que estaba haciendo algo que

desde hacía mucho tiempo deseaba que se pudiera hacer, pero que nunca se había imaginado

que en realidad se pudiera hacer, sin saber cómo lo estaba haciendo porque no sabía dónde estaban

los pies v dónde la cabeza, ni los pies de quién ni la cabeza de quién, y sintiendo que no

podía resistir más el rumor glacial de sus riñones y el aire de sus tripas, y el miedo, y el ansia

atolondrada de huir y al mismo tiempo de quedarse para siempre en aquel silencio exasperado y

aquella soledad espantosa.

Se llamaba Pilar Ternera. Había formado parte del éxodo que culminó con la fundación de

Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y

siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación

porque era un hombre ajeno. Le prometió seguirla hasta el fin del mundo, pero más tarde,

cuando arreglara sus asuntos, y ella se había cansado de esperarlo identificándolo siempre con

los hombres altos y bajos, rubios y morenos, que las barajas le prometían por los caminos de la

tierra y los caminos del mar, para dentro de tres días, tres meses o tres años. Había perdido en la

espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura, pero conservaba

intacta la locura del corazón, Trastornado por aquel juguete prodigioso, José Arcadio buscó su

rastro todas las noches a través del laberinto del cuarto. En cierta ocasión encontró la puerta

atrancada, y tocó varias veces, sabiendo que si había tenido el arresto de tocar la primera vez

tenía que tocar hasta la última, y al cabo de una espera interminable ella le abrió la puerta.

Durante el día, derrumbándose de sueño, gozaba en secreto con los recuerdos de la noche

anterior. Pero cuando ella entraba en la casa, alegre, indiferente, dicharachera, él no tenía que

hacer ningún esfuerzo para disimular su tensión, porque aquella mujer cuya risa explosiva

espantaba a las palomas, no tenía nada que ver con el poder invisible que lo enseñaba a respirar

hacia dentro y a controlar los golpes del corazón, y le había permitido entender por qué los

hombres le tienen miedo a la muerte. Estaba tan ensimismado que ni siquiera comprendió la

alegría de todos cuando su padre y su hermano alborotaron la casa con la noticia de que habían

logrado vulnerar el cascote metálico y separar el oro de Úrsula.

En efecto, tras complicadas y perseverantes jornadas, lo habían conseguido. Úrsula estaba

feliz, y hasta dio gracias a Dios por la invención de la alquimia, mientras la gente de la aldea se

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apretujaba en el laboratorio, y les servían dulce de guayaba con galletitas para celebrar el

prodigio, y José Arcadio Buendía les dejaba ver el crisol con el oro rescatado, como si acabara de

inventarío. De tanto mostrarlo, terminó frente a su hijo mayor, que en los últimos tiempos

apenas se asomaba por el laboratorio. Puso frente a sus ojos el mazacote seco y amarillento, y le

preguntó: «¿Qué te parece?» José Arcadio, sinceramente, contestó:

-Mierda de perro.

Su padre le dio con el revés de la mano un violento golpe en la boca que le hizo saltar la

sangre y las lágrimas. Esa noche Pilar Ternera le puso compresas de árnica en la hinchazón,

adivinando el frasco y los algodones en la oscuridad, y le hizo todo lo que quiso sin que él se

molestara, para amarlo sin lastimarlo Lograron tal estado de intimidad que un momento después,

sin darse cuenta, estaban hablando en murmullos.

-Quiero estar solo contigo -decía él-. Un día de estos le cuento todo a todo el mundo y se

acaban los escondrijos.

Ella no trató de apaciguarlo.

-Sería muy bueno -dijo-. Si estamos solos, dejamos la lámpara encendida para vernos bien, y

yo puedo gritar todo lo que quiera sin que nadie tenga que meterse y tú me dices en la oreja

todas las porquerías que se te ocurran.

Esta conversación, el rencor mordiente que sentía contra su padre, y la inminente posibilidad

del amor desaforado, le inspiraron una serena valentía. De un modo espontáneo, sin ninguna

preparación, le contó todo a su hermano.

Al principio el pequeño Aureliano sólo comprendía el riesgo, la inmensa posibilidad de peligro

que implicaban las aventuras de su hermano, pero no lograba concebir la fascinación del objetivo.

Poco a poco se fue contaminando de ansiedad. Se hacía contar las minuciosas peripecias, se

identificaba con el sufrimiento y el gozo del hermano, se sentía asustado y feliz. Lo esperaba

despierto hasta el amanecer, en la cama solitaria que parecía tener una estera de brasas, y

seguían hablando sin sueño hasta la hora de levantarse, de modo que muy pronto padecieron

ambos la misma somnolencia, sintieron el mismo desprecio por la alquimia y la sabiduría de su

padre, y se refugiaron en la soledad. «Estos niños andan como zurumbáticos -decía Úrsula-.

Deben tener lombrices.» Les preparó una repugnante pócima de paico machacado, que ambos

bebieron con imprevisto estoicismo, y se sentaron al mismo tiempo en sus bacinillas once veces

en un solo día, y expulsaron unos parásitos rosados que mostraron a todos con gran júbilo,

porque les permitieron desorientar a Úrsula en cuanto al origen de sus distraimientos y

languideces. Aureliano no sólo podía entonces entender, sino que podía vivir como cosa propia las

experiencias de su hermano, porque en una ocasión en que éste explicaba con muchos

pormenores el mecanismo del amor, lo interrumpió para preguntarle: «¿Qué se siente?» José

Arcadio le dio una respuesta inmediata:

-Es como un temblor de tierra.

Un jueves de enero, a las dos de la madrugada, nació Amaranta. Antes de que nadie entrara

en el cuarto, Úrsula la examinó minuciosamente. Era liviana y acuosa como una lagartija, pero

todas sus partes eran humanas, Aureliano no se dio cuenta de la novedad sino cuando sintió la

casa llena de gente. Protegido por la confusión salió en busca de su hermano, que no estaba en la

cama desde las once, y fue una decisión tan impulsiva que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse

cómo haría para sacarlo del dormitorio de Pilar Ternera. Estuvo rondando la casa varias horas,

silbando claves privadas, hasta que la proximidad del alba lo obligó a regresar. En el cuarto de su

madre, jugando con la hermanita recién nacida y con una cara que se le caía de inocencia,

encontró a José Arcadio.

Úrsula había cumplido apenas su reposo de cuarenta días, cuando volvieron los gitanos. Eran

los mismos saltimbanquis y malabaristas que llevaron el hielo. A diferencia de la tribu de

Melquíades, habían demostrado en poco tiempo que no eran heraldos del progreso, sino

mercachifles de diversiones. Inclusive cuando llevaron el hielo, no lo anunciaron en función de su

utilidad en la vida de los hombres, sino como una simple curiosidad de circo. Esta vez, entre

muchos otros juegos de artificio, llevaban una estera voladora. Pero no la ofrecieron como un

aporte fundamental al desarrollo del transporte, como un objeto de recreo. La gente, desde

luego, desenterró sus últimos pedacitos de oro para disfrutar de un vuelo fugaz sobre las casas

de la aldea. Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar

vivieron horas de desahogo. Fueron dos novios dichosos entre la muchedumbre, y hasta llegaron

a sospechar que el amor podía ser un sentimiento más reposado y profundo que la felicidad deCien

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saforada pero momentánea de sus noches secretas. Pilar, sin embargo, rompió el encanto.

Estimulada por el entusiasmo con que José Arcadio disfrutaba de su compañía, equivocó la forma

y la ocasión, y de un solo golpe le echó el mundo encima. «Ahora si eres un hombre», le dijo. Y

corno él no entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó letra por letra:

-Vas a tener un hijo.

José Arcadio no se atrevió a salir de su casa en varios días. Le bastaba con escuchar la

risotada trepidante de Pilar en la cocina para correr a refugiarse en el laboratorio, donde los artefactos

de alquimia habían revivido con la bendición de Úrsula. José Arcadio Buendía recibió con

alborozo al hijo extraviado y lo inició en la búsqueda de la piedra filosofal, que había por fin

emprendido. Una tarde se entusiasmaron los muchachos con la estera voladora que pasó veloz al

nivel de la ventana del laboratorio llevando al gitano conductor y a varios niños de la aldea que

hacían alegres saludos con la mano, y José Arcadio Buendía ni siquiera la miró. «Déjenlos que

sueñen -dijo-. Nosotros volaremos mejor que ellos con recursos más científicos que ese miserable

sobrecamas.» A pesar de su fingido interés, José Arcadio no entendió nunca los podere5 del huevo

filosófico, que simplemente le parecía un frasco mal hecho. No lograba escapar de su

preocupación. Perdió el apetito y el sueño, sucumbió al mal humor, igual que su padre ante el

fracaso de alguna de sus empresas, y fue tal su trastorno que el propio José Arcadio Buendía lo

relevó de los deberes en el laboratorio creyendo que había tomado la alquimia demasiado a

pecho. Aureliano, por supuesto, comprendió que la aflicción del hermano no tenía origen en la

búsqueda de la piedra filosofal, pero no consiguió arrancarle una confidencia. Rabia perdido su

antigua espontaneidad. De cómplice y comunicativo se hizo hermético y hostil. Ansioso de

soledad, mordido por un virulento rencor contra el mundo, una noche abandonó la cama como de

costumbre, pero no fue a casa de Pilar Ternera, sino a confundirse con el tumulto de la feria.

Después de deambular por entre toda suerte de máquinas de artificio, Sin interesarse por

ninguna, se fijó en algo que no estaba en juego; una gitana muy joven, casi una niña, agobiada

de abalorios, la mujer más bella que José Arcadio había visto en su vida. Estaba entre la multitud

que presenciaba el triste espectáculo del hombre que se convirtió en víbora por desobedecer a

sus padres.

José Arcadio no puso atención. Mientras se desarrollaba el triste interrogatorio del hombrevíbora,

se había abierto paso por entre la multitud hasta la primera fila en que se encontraba la

gitana, y se había detenido detrás de ella. Se apretó contra sus espaldas. La muchacha trató de

separarse, pero José Arcadio se apretó con más fuerza contra sus espaldas. Entonces ella lo

sintió. Se quedó inmóvil contra él, temblando de sorpresa y pavor, sin poder creer en la

evidencia, y por último volvió la cabeza y lo miró con una sonrisa trémula. En ese instante dos

gitanos metieron al hombre-víbora en su jaula y la llevaron al interior de la tienda. El gitano que

dirigía el espectáculo anunció:

-Y ahora, señoras y señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que tendrá que

ser decapitada todas las noches a esta hora durante ciento cincuenta años, como castigo por

haber visto lo que no debía.

José Arcadio y la muchacha no presenciaron la decapitación. Fueron a la carpa de ella, donde

se besaron con una ansiedad desesperada mientras se iban quitando la ropa. La gitana se deshizo

de sus corpiños superpuestos, de sus numerosos pollerines de encaje almidonado, de su inútil

corsé alambrado, de su carga de abalorios, y quedó prácticamente convertida en nada. Era una

ranita lánguida, de senos incipientes y piernas tan delgadas que no le ganaban en diámetro a los

brazos de José Arcadio, pero tenía una decisión y un calor que compensaban su fragilidad. Sin

embargo, José Arcadio no podía responderle porque estaban en una especie de carpa pública, por

donde los gitanos pasaban con sus cosas de circo y arreglaban sus asuntos, y hasta se

demoraban junto a la cama a echar una partida de dados. La lámpara colgada en la vara central

iluminaba todo el ámbito. En una pausa de las caricias, José Arcadio se estiró desnudo en la

cama, sin saber qué hacer, mientras la muchacha trataba de alentarlo. Una gitana de carnes

espléndidas entró poco después acompañada de un hombre que no hacia parte de la farándula,

pero que tampoco era de la aldea, y ambos empezaron a desvestirse frente a la cama. Sin

proponérselo, la mujer miró a José Arcadio y examinó con una especie de fervor patético su

magnifico animal en reposo.

-Muchacho -exclamó-, que Dios te la conserve.

La compañera de José Arcadio les pidió que los dejaran tranquilos, y la pareja se acostó en el

suelo, muy cerca de la cama.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

16

La pasión de los otros despertó la fiebre de José Arcadio. Al primer contacto, los huesos de la

muchacha parecieron desarticularse con un crujido desordenado como el de un fichero de

dominó, y su piel se deshizo en un sudor pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas y todo su

cuerpo exhaló un lamento lúgubre y un vago olor de lodo. Pero soportó el impacto con una

firmeza de carácter y una valentía admirables. José Arcadio se sintió entonces levantado en vilo

hacia un estado de inspiración seráfica, donde su corazón se desbarató en un manantial de

obscenidades tiernas que le entraban a la muchacha por los oídos y le salían por la boca

traducidas a su idioma. Era jueves. La noche del sábado José Arcadio se amarró un trapo rojo en

la cabeza y se fue con los gitanos.

Cuando Úrsula descubrió su ausencia, lo buscó por toda la aldea. En el desmantelado

campamento de los gitanos no había más que un reguero de desperdicios entre las cenizas

todavía humeantes de los fogones apagados. Alguien que andaba por ahí buscando abalorios

entre la basura le dijo a Úrsula que la noche anterior había visto a su hijo en el tumulto de la farándula,

empujando una carretilla con la jaula del hombre-víbora. «¡Se metió de gitano!», le gritó

ella a su marido, quien no había dado la menor señal de alarma ante la desaparición.

-Ojalá fuera cierto -dijo José Arcadio Buendía, machacando en el mortero la materia mil veces

machacada y recalentada y vuelta a machacar-. Así aprenderá a ser hombre.

Úrsula preguntó por dónde se habían ido los gitanos. Siguió preguntando en el camino que le

indicaron, y creyendo que todavía tenía tiempo de alcanzarlos, siguió alejándose de la aldea,

hasta que tuvo conciencia de estar tan lejos que ya no pensó en regresar. José Arcadio Buendía

no descubrió la falta de su mujer sino a las ocho de la noche, cuando dejó la materia

recalentándose en una cama de estiércol, y fue a ver qué le pasaba a la pequeña Amaranta que

estaba ronca de llorar. En pocas horas reunió un grupo de hombres bien equipados, puso a

Amaranta en manos de una mujer que se ofreció para amamantaría, y se perdió por senderos

invisibles en pos de Úrsula. Aureliano los acompañó. Unos pescadores indígenas, cuya lengua

desconocían, les indicaron por señas al amanecer que no habían visto pasar a nadie. Al cabo de

tres días de búsqueda inútil, regresaron a la aldea.

Durante varias semanas, José Arcadio Buendía se dejó vencer por la consternación. Se

ocupaba como una madre de la pequeña Amaranta. La bañaba y cambiaba de ropa, la llevaba a

ser amamantada cuatro veces al día y hasta le cantaba en la noche las canciones que Úrsula

nunca supo cantar. En cierta ocasión, Pilar Ternera se ofreció para hacer los oficios de la casa

mientras regresaba Úrsula. Aureliano, cuya misteriosa intuición se había sensibilizado en la

desdicha, experimentó un fulgor de clarividencia al verla entrar. Entonces supo que de algún

modo inexplicable ella tenía la culpa de la fuga de su hermano y la consiguiente desaparición de

su madre, y la acosó de tal modo, con una callada e implacable hostilidad, que la mujer no volvió

a la casa.

El tiempo puso las cosas en su puesto. José Arcadio Buendía y su hijo no supieron en qué

momento estaban otra vez en el laboratorio, sacudiendo el polvo, prendiendo fuego al atanor,

entregados una vez más a la paciente manipulación de la materia dormida desde hacía varios

meses en su cama de estiércol. Hasta Amaranta, acostada en una canastilla de mimbre,

observaba con curiosidad la absorbente labor de su padre y su hermano en el cuartito enrarecido

por los vapores del mercurio. En cierta ocasión, meses después de la partida de Úrsula, empezaron

a suceder cosas extrañas. Un frasco vacío que durante mucho tiempo estuvo olvidado en

un armario se hizo tan pesado que fue imposible moverlo. Una cazuela de agua colocada en la

mesa de trabajo hirvió sin fuego durante media hora hasta evaporarse por completo. José Arcadio

Buendía y su hijo observaban aquellos fenómenos con asustado alborozo, sin lograr explicárselos,

pero interpretándolos como anuncios de la materia. Un día la canastilla de Amaranta empezó a

moverse con un impulso propio y dio una vuelta completa en el cuarto, ante la consternación de

Aureliano, que se apresuró a detenerla. Pero su padre no se alteró. Puso la canastilla en su

puesto y la amarró a la pata de una mesa, convencido de que el acontecimiento esperado era

inminente. Fue en esa ocasión cuando Aureliano le oyó decir:

-Si no temes a Dios, témele a los metales.

De pronto, casi cinco meses después de su desaparición, volvió Úrsula. Llegó exaltada,

rejuvenecida, con ropas nuevas de un estilo desconocido en la aldea. José Arcadio Buendía

apenas si pudo resistir el impacto. «¡Era esto -gritaba-. Yo sabia que iba a ocurrir.» Y lo creía de

veras, porque en sus prolongados encierros, mientras manipulaba la materia, rogaba en el fondo

de su corazón que el prodigio esperado no fuera el hallazgo de la piedra filosofal, ni la liberación

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

17

del soplo que hace vivir los metales, ni la facultad de convertir en oro las bisagras y cerraduras

de la casa, sino lo que ahora había ocurrido: el regreso de Úrsula. Pero ella no compartía su

alborozo. Le dio un beso convencional, como si no hubiera estado ausente más de una hora, y le

dijo:

-Asómate a la puerta.

José Arcadio Buendía tardó mucho tiempo para restablecerse la perplejidad cuando salió a la

calle y vio la muchedumbre. No eran gitanos. Eran hombres y mujeres como ellos, de cabellos

lacios y piel parda, que hablaban su misma lengua y se lamentaban de los mismos dolores. Traían

mulas cargadas de cosas de comer, carretas de bueyes con muebles y utensilios domésticos,

puros y simples accesorios terrestres puestos en venta sin aspavientos por los mercachifles de la

realidad cotidiana. Venían del otro lado de la ciénaga, a sólo dos días de viaje, donde había

pueblos que recibían el correo todos los meses y conocían las máquinas del bienestar. Úrsula no

había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su

frustrada búsqueda de los grandes inventos.

Cien años de soledad

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18

III

El hijo de Pilar Ternera fue llevado a casa de sus abuelos a las dos semanas de nacido. Úrsula

lo admitió de mala gana, vencida una vez más por la terquedad de su marido que no pudo tolerar

la idea de que un retoño de su sangre quedara navegando a la deriva, pero impuso la condición

de que se ocultara al niño su verdadera identidad. Aunque recibió el nombre de José Arcadio,

terminaron por llamarlo simplemente Arcadio para evitar confusiones. Había por aquella época

tanta actividad en el pueblo y tantos trajines en la casa, que el cuidado de los niños quedó

relegado a un nivel secundario. Se los encomendaron a Visitación, una india guajira que llegó al

pueblo con un hermano, huyendo de una peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde hacía

varios años. Ambos eran tan dóciles y serviciales que Úrsula se hizo cargo de ellos para que la

ayudaran en los oficios domésticos. Fue así como Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira

antes que el castellano, y aprendieron a tomar caldo de lagartijas y a comer huevos de arañas sin

que Úrsula se diera cuenta, porque andaba demasiado ocupada en un prometedor negocio de

animalitos de caramelo. Macondo estaba transformado. Las gentes que llegaron con Úrsula

divulgaron la buena calidad de su suelo y su posición privilegiada con respecto a la ciénaga, de

modo que la escueta aldea de otro tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con

tiendas y talleres de artesanía, y una ruta de comercio permanente por donde llegaran los

primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por

guacamayas. José Arcadio Buendía no tuvo un instante de reposo. Fascinado por una realidad

inmediata que entonces le resultó más fantástica que el vasto universo de su imaginación, perdió

todo interés por el laboratorio de alquimia, puso a descansar la materia extenuada por largos

meses de manipulación, y volvió a ser el hombre emprendedor de los primeros tiempos que

decidía el trazado de las calles y la posición de las nuevas casas, de manera que nadie disfrutara

de privilegios que no tuvieran todos. Adquirió tanta autoridad entre los recién llegados que no se

echaron cimientos ni se pararon cercas sin consultárselo, y se determinó que fuera él quien

dirigiera la repartición de la tierra. Cuando volvieron los gitanos saltimbanquis, ahora con su feria

ambulante transformada en un gigantesco establecimiento de juegos de suerte y azar, fueron

recibidos con alborozo porque se pensó que José Arcadio regresaba con ellos. Pero José Arcadio

no volvió, ni llevaron al hombre-víbora que según pensaba Úrsula era el único que podría darles

razón de su hijo, así que no se les permitió a los gitanos instalarse en el pueblo ni volver a pisarlo

en el futuro, porque se los consideró como mensajeros de la concupiscencia y la perversión. José

Arcadio Buendía, sin embargo, fue explícito en el sentido de que la antigua tribu de Melquíades,

que tanto contribuyó al engrandecimiento de la aldea can su milenaria sabiduría y sus fabulosos

inventos, encontraría siempre las puertas abiertas. Pero la tribu de Melquíades, según contaron

los trotamundos, había sido borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado los limites del

conocimiento humano.

Emancipado al menos por el momento de las torturas de la fantasía, José Arcadio Buendía

impuso en poco tiempo un estado de orden y trabajo, dentro del cual sólo se permitió una

licencia: la liberación de los pájaros que desde la época de la fundación alegraban el tiempo con

sus flautas, y la instalación en su lugar de relojes musicales en todas las casas. Eran unos

preciosos relojes de madera labrada que los árabes cambiaban por guacamayas, y que José

Arcadio Buendía sincronizó con tanta precisión, que cada media hora el pueblo se alegraba con

los acordes progresivos de una misma pieza, hasta alcanzar la culminación de un mediodía exacto

y unánime con el valse completo. Fue también José Arcadio Buendía quien decidió por esos años

que en las calles del pueblo se sembraran almendros en vez de acacias, y quien descubrió sin

revelarlos nunca las métodos para hacerlos eternos. Muchos años después, cuando Macondo fue

un campamento de casas de madera y techos de cinc, todavía perduraban en las calles más

antiguas los almendros rotos y polvorientas, aunque nadie sabía entonces quién los había

sembrado. Mientras su padre ponía en arden el pueblo y su madre consolidaba el patrimonio

doméstico con su maravillosa industria de gallitos y peces azucarados que dos veces al día salían

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

19

de la casa ensartadas en palos de balso, Aureliano vivía horas interminables en el laboratorio

abandonada, aprendiendo por pura investigación el arte de la platería. Se había estirado tanto,

que en poco tiempo dejó de servirle la ropa abandonada por su hermano y empezó a usar la de

su padre, pero fue necesario que Visitación les cosiera alforzas a las camisas y sisas a las

pantalones, porque Aureliano no había sacada la corpulencia de las otras. La adolescencia le

había quitada la dulzura de la voz y la había vuelta silencioso y definitivamente solitario, pero en

cambio le había restituido la expresión intensa que tuvo en los ajos al nacer. Estaba tan

concentrado en sus experimentos de platería que apenas si abandonaba el laboratorio para

comer. Preocupada por su ensimismamiento, José Arcadio Buendía le dio llaves de la casa y un

poco de dinero, pensando que tal vez le hiciera falta una mujer. Pero Aureliano gastó el dinero en

ácida muriático para preparar agua regia y embelleció las llaves con un baño de oro. Sus

exageraciones eran apenas comparables a las de Arcadio y Amaranta, que ya habían empezada a

mudar los dientes y todavía andaban agarrados toda el día a las mantas de los indios, tercos en

su decisión de no hablar el castellano, sino la lengua guajira. «No tienes de qué quejarte -le decía

Úrsula a su marido-. Los hijos heredan las locuras de sus padres.» Y mientras se lamentaba de su

mala suerte, convencida de que las extravagancias de sus hijos eran alga tan espantosa coma

una cola de cerdo, Aureliano fijó en ella una mirada que la envolvió en un ámbito de

incertidumbre.

-Alguien va a venir -le dijo.

Úrsula, como siempre que él expresaba un pronóstico, trató de desalentaría can su lógica

casera. Era normal que alguien llegara. Decenas de forasteras pasaban a diaria por Macondo sin

suscitar inquietudes ni anticipar anuncios secretos. Sin embargo, por encima de toda lógica,

Aureliano estaba seguro de su presagio.

-No sé quién será -insistió-, pero el que sea ya viene en camino.

El domingo, en efecto, llegó Rebeca. No tenía más de once años. Había hecho el penoso viaje

desde Manaure con unos traficantes de pieles que recibieron el encargo de entregarla junto con

una carta en la casa de José Arcadio Buendía, pero que no pudieron explicar con precisión quién

era la persona que les había pedido el favor. Todo su equipaje estaba compuesto por el baulito de

la ropa un pequeño mecedor de madera can florecitas de calores pintadas a mano y un talego de

lona que hacía un permanente ruido de clac clac clac, donde llevaba los huesos de sus padres. La

carta dirigida a José Arcadio Buendía estaba escrita en términos muy cariñosas por alguien que lo

seguía queriendo mucho a pesar del tiempo y la distancia y que se sentía obligado por un

elemental sentido humanitario a hacer la caridad de mandarle esa pobre huerfanita desamparada,

que era prima de Úrsula en segundo grado y por consiguiente parienta también de José Arcadio

Buendía, aunque en grado más lejano, porque era hija de ese inolvidable amigo que fue Nicanor

Ulloa y su muy digna esposa Rebeca Montiel, a quienes Dios tuviera en su santa reino, cuyas

restas adjuntaba la presente para que les dieran cristiana sepultura. Tanto los nombres

mencionados como la firma de la carta eran perfectamente legibles, pero ni José Arcadio Buendía

ni Úrsula recordaban haber tenida parientes con esos nombres ni conocían a nadie que se llamara

cama el remitente y mucha menos en la remota población de Manaure. A través de la niña fue

imposible obtener ninguna información complementaria. Desde el momento en que llegó se sentó

a chuparse el dedo en el mecedor y a observar a todas con sus grandes ajos espantados, sin que

diera señal alguna de entender lo que le preguntaban. Llevaba un traje de diagonal teñido de

negro, gastada por el uso, y unas desconchadas botines de charol. Tenía el cabello sostenido

detrás de las orejas can moñas de cintas negras. Usaba un escapulario con las imágenes barradas

por el sudor y en la muñeca derecha un colmillo de animal carnívoro montada en un soporte de

cobre cama amuleto contra el mal de ajo. Su piel verde, su vientre redondo y tenso como un

tambor, revelaban una mala salud y un hambre más viejas que ella misma, pera cuando le dieran

de comer se quedó can el plato en las piernas sin probarla. Se llegó inclusive a creer que era

sordomuda, hasta que los indios le preguntaran en su lengua si quería un poco de agua y ella

movió los ojos coma si los hubiera reconocido y dijo que si can la cabeza.

Se quedaron con ella porque no había más remedio. Decidieran llamarla Rebeca, que de

acuerda con la carta era el nombre de su madre, porque Aureliano tuvo la paciencia de leer frente

a ella todo el santoral y no logró que reaccionara can ningún nombre. Como en aquel tiempo no

había cementerio en Macondo, pues hasta entonces no había muerta nadie, conservaron la talega

con los huesos en espera de que hubiera un lugar digno para sepultarías, y durante mucho

tiempo estorbaron por todas partes y se les encontraba donde menos se suponía, siempre con su

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

20

cloqueante cacareo de gallina clueca. Pasó mucho tiempo antes de que Rebeca se incorporara a la

vida familiar. Se sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincón más apartado de la

casa. Nada le llamaba la atención, salvo la música de los relojes, que cada media hora buscaba

con ajos asustados, como si esperara encontrarla en algún lugar del aire. No lograron que

comiera en varios días. Nadie entendía cómo no se había muerta de hambre, hasta que los

indígenas, que se daban cuenta de todo porque recorrían la casa sin cesar can sus pies sigilosos,

descubrieron que a Rebeca sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las tortas de cal

que arrancaba de las paredes con las uñas. Era evidente que sus padres, o quienquiera que la

hubiese criado, la habían reprendido por ese hábito, pues lo practicaba a escondidas y con

conciencia de culpa, procurando trasponer las raciones para comerlas cuando nadie la viera.

Desde entonces la sometieron a una vigilancia implacable. Echaban hiel de vaca en el patio y

untaban ají picante en las paredes, creyendo derrotar con esos métodos su vicio perniciosa, pero

ella dio tales muestras de astucia e ingenio para procurarse la tierra, que Úrsula se vio forzada a

emplear recursos más drásticas. Ponía jugo de naranja con ruibarbo en una cazuela que dejaba al

serena toda la noche, y le daba la pócima al día siguiente en ayunas. Aunque nadie le había dicho

que aquél era el remedio específico para el vicio de comer tierra, pensaba que cualquier sustancia

amarga en el estómago vacío tenía que hacer reaccionar al hígado. Rebeca era tan rebelde y tan

fuerte a pesar de su raquitismo, que tenían que barbearía como a un becerro para que tragara la

medicina, y apenas si podían reprimir sus pataletas y soportar los enrevesados jeroglíficos que

ella alternaba con mordiscas y escupitajos, y que según decían las escandalizadas indígenas eran

las obscenidades más gruesas que se podían concebir en su idioma. Cuando Úrsula lo supo,

complementó el tratamiento con correazos. No se estableció nunca si lo que surtió efecto fue el

ruibarbo a las tollinas, o las dos cosas combinadas, pero la verdad es que en pocas semanas

Rebeca empezó a dar muestras de restablecimiento. Participó en los juegos de Arcadio y

Amaranta, que la recibieron coma una hermana mayor, y comió con apetito sirviéndose bien de

los cubiertos. Pronto se reveló que hablaba el castellano con tanta fluidez cama la lengua de los

indios, que tenía una habilidad notable para los oficias manuales y que cantaba el valse de los

relojes con una letra muy graciosa que ella misma había inventado. No tardaron en considerarla

como un miembro más de la familia. Era con Úrsula más afectuosa que nunca lo fueron sus

propios hijos, y llamaba hermanitos a Amaranta y a Arcadio, y tío a Aureliano y abuelito a José

Arcadio Buendía. De modo que terminó por merecer tanto como los otros el nombre de Rebeca

Buendía, el único que tuvo siempre y que llevó can dignidad hasta la muerte.

Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir

en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó par casualidad y oyó un

extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrada un

animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos

alumbrados como los de un gato en la oscuridad.

Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos

los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligada, a ella y a su hermano, a

desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del

insomnio.

Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le

indicaba que la dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la

tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José

Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero la india les explicó que lo

más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no

sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el

olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a

borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y

por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una

especie de idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerta de risa, consideró que se trataba de

una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso,

tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.

Al cabo de varias semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio

Buendía se encontró una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Úrsula, que también

había despertado, le preguntó qué le pasaba, y él le contestó:

Cien años de soledad

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21

«Estoy pensando otra vez en Prudencia Aguilar.» No durmieron un minuto, pero al día

siguiente se sentían tan descansadas que se olvidaron de la mala noche. Aureliano comentó

asombrado a la hora del almuerzo que se sentía muy bien a pesar de que había pasado toda la

noche en el laboratorio dorando un prendedor que pensaba regalarle a Úrsula el día de su cumpleaños.

No se alarmaran hasta el tercer día, cuando a la hora de acostarse se sintieron sin

sueño, y cayeran en la cuenta de que llevaban más de cincuenta horas sin dormir.

-Los niños también están despiertos -dijo la india con su convicción fatalista-. Una vez que

entra en la casa, nadie escapa a la peste.

Habían contraído, en efecto, la enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su

madre el valor medicinal de las plantas, preparó e hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero

no consiguieran dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos. En ese estada de

alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las

imágenes soñadas por los otros. Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes. Sentada en

su mecedor en un rincón de la cocina, Rebeca soñó que un hombre muy parecido a ella, vestido

de lino blanco y con el cuello de la camisa cerrado por un botón de aro, le llevaba una rama de

rosas. Lo acompañaba una mujer de manas delicadas que separó una rosa y se la puso a la niña

en el pelo. Úrsula comprendió que el hombre y la mujer eran los padres de Rebeca, pero aunque

hizo un grande esfuerzo por reconocerlos, confirmó su certidumbre de que nunca los había visto.

Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de

caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Niñas y adultos chupaban

encantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos peces rosados del insomnio

y los tiernos caballitos amarillos del insomnio, de modo que el alba del lunes sorprendió despierto

a todo el pueblo. Al principio nadie se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque

entonces había tanto que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto,

que pronto no tuvieran nada más que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los

brazos cruzados, contando el número de notas que tenía el valse de los relajes. Los que querían

dormir, no por cansancio, sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda clase de métodos

agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismas

chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un

juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo capón,

y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que

si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador

decía que no les había pedida que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento

del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se

quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, Y nadie podía

irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les

contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba

por noches enteras.

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadida el pueblo, reunió a

las jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se

acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga.

Fue así como se quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas

y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas

de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo

recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos

supieran que estaba sano. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no

había duda de que la enfermedad sólo sé transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de

beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al

perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de

emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su

ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir.

Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varias meses de las

evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de

las primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el

pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo

dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del

yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella

Cien años de soledad

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la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero

pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del

laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la

inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta

los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio

Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso a todo el pueblo. Con un

hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama,

cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca,

malanga, guineo. Paca a poca, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de

que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se

recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era

una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar

contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y

a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron

viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que

había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.

En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro

más grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrita claves

para memorizar los objetas y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta

fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por

ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante. Pilar Ternera fue quien

más contribuyó a popularizar esa mistificación, cuando concibió el artificio de leer el pasado en

las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a

vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se

recordaba apenas como el hombre moreno que había llegada a principios de abril y la madre se

recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y

donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el

laurel. Derrotado por aquellas prácticas de consolación, José Arcadio Buendía decidió entonces

construir la máquina de la memoria que una vez había deseado para acordarse de los

maravillosos inventos de los gitanos. El artefacto se fundaba en la posibilidad de repasar todas las

mañanas, y desde el principio hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida.

Lo imaginaba como un diccionario giratorio que un individuo situada en el eje pudiera operar

mediante una manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las naciones más

necesarias para vivir. Había logrado escribir cerca de catorce mil fichas, cuando apareció par el

camino de la ciénaga un anciano estrafalario con la campanita triste de los durmientes, cargando

una maleta ventruda amarrada can cuerdas y un carrito cubierto de trapos negros. Fue

directamente a la casa de Jasé Arcadio Buendía.

Visitación no lo conoció al abrirle la puerta, y pensó que llevaba el propósito de vender algo,

ignorante de que nada podía venderse en un pueblo que se hundía sin remedio en el tremedal del

olvido. Era un hombre decrépito. Aunque su voz estaba también cuarteada par la incertidumbre y

sus manas parecían dudar de la existencia de las cosas, era evidente que venían del mundo

donde todavía los hombres podían dormir y recordar. José Arcadio Buendía lo encontró sentado

en la sala, abanicándose con un remendado sombrero negra, mientras leía can atención

compasiva los letreros pegados en las paredes. Lo saludó con amplias muestras de afecto,

temiendo haberla conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirtió su

falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más

cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte. Entonces

comprendió. Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín

con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la

luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a sí mismo en

una sala absurda donde los objetas estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes

tonterías escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante

resplandor de alegría. Era Melquíades.

Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y

Melquíades le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el

pueblo. Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresada porque no pudo soportar la

soledad. Repudiada par su tribu, desprovisto de toda facultad sobrenatural como castigo por su

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Gabriel García Márquez

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fidelidad a la vida, decidió refugiarse en aquel rincón del mundo todavía no descubierto por la

muerte, dedicada a la explotación de un laboratorio de daguerrotipia. José Arcadio Buendía no

había oído hablar nunca de ese invento. Pero cuando se vio a sí mismo y a toda su familia

plasmadas en una edad eterna sobre una lámina de metal tornasol, se quedó mudo de estupor.

De esa época databa el oxidado daguerrotipo en el que apareció José Arcadio Buendía con el pelo

erizada y ceniciento, el acartonada cuello de la camisa prendido con un botón de cobre, y una

expresión de solemnidad asombrada, y que Úrsula describía muerta de risa como «un general

asustado. En verdad, José Arcadio Buendía estaba asustado la diáfana mañana de diciembre en

que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba que la gente se iba gastando poca a poca a

medida que su imagen pasaba a las placas metálicas. Por una curiosa inversión de la costumbre,

fue Úrsula quien le sacó aquella idea de la cabeza, como fue también ella quien olvidó sus

antiguos resquemores y decidió que Melquíades se quedara viviendo en la casa, aunque nunca

permitió que le hicieran un daguerrotipo porque (según sus propias palabras textuales) no quería

quedar para burla de sus nietos. Aquella mañana vistió a los niños con sus rapas mejores, les

empolvó la cara y les dio una cucharada de jarabe de tuétano a cada uno para que pudieran

permanecer absolutamente inmóviles durante casi das minutos frente a la aparatosa cámara de

Melquíades. En el daguerrotipo familiar, el único que existió jamás, Aureliano apareció vestido de

terciopelo negra, entre Amaranta y Rebeca. Tenía la misma languidez y la misma mirada

clarividente que había de tener años más tarde frente al pelotón de fusilamiento. Pero aún no

había sentido la premonición de su destino. Era un orfebre experto, estimado en toda la ciénaga

por el preciosismo de su trabajo. En el taller que compartía con el disparatado laboratorio de

Melquíades, apenas si se le oía respirar. Parecía refugiado en otro tiempo, mientras su padre y el

gitano interpretaban a gritos las predicciones de Nostradamus, entre un estrépito de frascos y

cubetas, y el desastre de los ácidos derramados y el bromuro de plata perdido por los codazos y

traspiés que daban a cada instante. Aquella consagración al trabajo, el buen juicio can que

administraba sus intereses, le habían permitido a Aureliano ganar en poco tiempo más dinero que

Úrsula con su deliciosa fauna de caramelo, pero todo el mundo se extrañaba de que fuera ya un

hambre hecho y derecho y no se le hubiera conocido mujer. En realidad no la había tenido.

Meses después volvió Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi doscientos años

que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas par él mismo. En

ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos

de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la ciénaga, de modo que si alguien tenía un

recado que mandar a un acontecimiento que divulgar, le pagaba das centavos para que lo

incluyera en su repertorio. Fue así como se enteró Úrsula de la muerte de su madre par pura

casualidad, una noche que escuchaba las canciones con la esperanza de que dijeran algo de su

hijo José Arcadio. Francisca el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en un duelo de

improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció nadie, desapareció de Macondo

durante la peste del insomnio y una noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de

Catarino. Todo el pueblo fue a escucharlo para saber qué había pasado en el mundo. En esa

ocasión llegaron con él una mujer tan gorda que cuatro indios tenían que llevarla cargada en un

mecedor, y una mulata adolescente de aspecto desamparado que la protegía del sol con un

paraguas. Aureliano fue esa noche a la tienda de Catarme. Encontró a Francisco el Hombre, como

un camaleón monolítico, sentado en medio de un círculo de curiosas. Cantaba las noticias con su

vieja voz descordada, acompañándose con el mismo acordeón arcaico que le regaló Sir Walter

Raleigh en la Guayana, mientras llevaba el compás con sus grandes pies caminadores agrietados

por el salitre. Frente a una puerta del fondo por donde entraban y salían algunos hombres, estaba

sentada y se abanicaba en silencio la matrona del mecedor. Catarino, can una rosa de fieltro en la

oreja, vendía a la concurrencia tazones de guarapo fermentado, y aprovechaba la ocasión para

acercarse a los hombres y ponerles la mano donde no debía. Hacia la media noche el calor era

insoportable. Aureliano escuchó las noticias hasta el final sin encontrar ninguna que le interesara

a su familia. Se disponía a regresar a casa cuando la matrona le hizo una señal con la mano.

-Entra tú también -le dijo-. Sólo cuesta veinte centavos. Aureliano echó una moneda en la

alcancía que la matrona tenía en las piernas y entró en el cuarto sin saber para qué. La mulata

adolescente, con sus teticas de perra, estaba desnuda en la cama. Antes de Aureliano, esa noche,

sesenta y tres hombres habían pasado por el cuarto. De tanto ser usado, y amasado en sudores y

suspiros, el aire de la habitación empezaba a convertirse en lodo. La muchacha quitó la sábana

empapada y le pidió a Aureliano que la tuviera de un lado. Pesaba como un lienzo. La

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exprimieron, torciéndola por los extremos, hasta que recobró su peso natural. Voltearan la

estera, y el sudor salía del otro lado. Aureliano ansiaba que aquella operación no terminara

nunca. Conocía la mecánica teórica del amar, pero no podía tenerse en pie a causa del desaliento

de sus rodillas, y aunque tenía la piel erizada y ardiente no podía resistir a la urgencia de

expulsar el peso de las tripas. Cuando la muchacha acabó de arreglar la cama y le ordenó que se

desvistiera, él le hizo una explicación atolondrada: «Me hicieron entrar. Me dijeron que echara

veinte centavos en la alcancía y que no me demorara.» La muchacha comprendió su ofuscación.

«Si echas otros veinte centavos a la salida, puedes demorarte un poca más», dijo suavemente.

Aureliano se desvistió, atormentado por el pudor, sin poder quitarse la idea de que su desnudez

no resistía la comparación can su hermano. A pesar de los esfuerzas de la muchacha, él se sintió

cada vez más indiferente, y terriblemente sola. «Echaré otros veinte centavos», dijo con voz desolada.

La muchacha se lo agradeció en silencio. Tenía la espalda en carne viva. Tenía el pellejo

pegado a las costillas y la respiración alterada por un agotamiento insondable. Dos años antes,

muy lejos de allí, se había quedado dormida sin apagar la vela y había despertado cercada por el

fuego. La casa donde vivía can la abuela que la había criada quedó reducida a cenizas. Desde

entonces la abuela la llevaba de pueblo en pueblo, acostándola por veinte centavos, para pagarse

el valor de la casa incendiada. Según los cálculos de la muchacha, todavía la faltaban unos diez

años de setenta hombres por noche, porque tenía que pagar además los gastos de viaje y

alimentación de ambas y el sueldo de los indios que cargaban el mecedor. Cuando la matrona

tocó la puerta por segunda vez, Aureliano salió del cuarto sin haber hecho nada, aturdido por el

deseo de llorar. Esa noche no pudo dormir pensando en la muchacha, con una mezcla de deseo y

conmiseración. Sentía una necesidad irresistible de amarla y protegerla. Al amanecer, extenuado

por el insomnio y la fiebre, tomó la serena decisión de casarse con ella para liberarla del despotismo

de la abuela y disfrutar todas las noches de la satisfacción que ella le daba a setenta

hombres. Pera a las diez de la mañana, cuando llegó a la tienda de Catarino, la muchacha se

había ido del pueblo.

El tiempo aplacó su propósito atolondrado, pero agravó su sentimiento de frustración. Se

refugió en el trabajo. Se resignó a ser un hombre sin mujer toda la vida para ocultar la vergüenza

de su inutilidad. Mientras tanto, Melquíades terminó de plasmar en sus placas todo lo que era

plasmable en Macondo, y abandonó el laboratorio de daguerrotipia a los delirios de José Arcadio

Buendía, quien había resuelto utilizarlo para obtener la prueba científica de la existencia de Dios.

Mediante un complicada proceso de exposiciones superpuestas tomadas en distintos lugares de la

casa, estaba segura de hacer tarde o temprano el daguerrotipo de Dios, si existía, o poner

término de una vez por todas a la suposición de su existencia. Melquíades profundizó en las

interpretaciones de Nostradamus. Estaba hasta muy tarde, asfixiándose dentro de su descolorido

chaleco de terciopelo, garrapateando papeles con sus minúsculas manas de gorrión, cuyas

sortijas habían perdido la lumbre de otra época. Una noche creyó encontrar una predicción sobre

el futuro de Macondo. Sería una ciudad luminosa, con grandes casas de vidrio, donde no quedaba

ningún rastro de la estirpe de las Buendía. «Es una equivocación -tronó José Arcadio Buendía-.

No serán casas de vidrio sino de hielo, coma yo lo soñé y siempre habrá un Buendía, por los

siglos de los siglos.» En aquella casa extravagante, Úrsula pugnaba por preservar el sentido

común, habiendo ensanchado el negocio de animalitos de caramelo con un horno que producía

toda la noche canastos y canastos de pan y una prodigiosa variedad de pudines, merengues y

bizcochuelos, que se esfumaban en pocas horas por los vericuetos de la ciénaga. Había llegado a

una edad en que tenía derecho a descansar, pero era, sin embargo, cada vez más activa. Tan

ocupada estaba en sus prósperas empresas, que una tarde miró por distracción hacia el patio,

mientras la india la ayudaba a endulzar la masa, y vio das adolescentes desconocidas y hermosas

bardando en bastidor a la luz del crepúsculo. Eran Rebeca y Amaranta. Apenas se habían quitado

el luto de la abuela, que guardaron con inflexible rigor durante tres años, y la ropa de color

parecía haberles dado un nuevo lugar en el mundo. Rebeca, al contrario de lo que pudo esperarse,

era la más bella. Tenía un cutis diáfano, unos ojos grandes y reposados, y unas manos

mágicas que parecían elaborar con hilos invisibles la trama del bordado. Amaranta, la menor, era

un poco sin gracia, pero tenía la distinción natural, el estiramiento interior de la abuela muerta.

Junta a ellas, aunque ya revelaba el impulso físico de su padre, Arcadio parecía una niña. Se

había dedicado a aprender el arte de la platería con Aureliano, quien además lo había enseñado a

leer y escribir. Úrsula se dio cuenta de pronto que la casa se había llenado de gente, que sus

hijos estaban a punto de casarse y tener hijos, y que se verían obligadas a dispersarse por falta

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de espacio. Entonces sacó el dinero acumulado en largos años de dura labor, adquirió

compromisos con sus clientes, y emprendió la ampliación de la casa. Dispuso que se construyera

una sala formal para las visitas, otra más cómoda y fresca para el uso diario, un comedor para

una mesa de doce puestas donde se sentara la familia con todos sus invitados; nueve dormitorios

con ventanas hacia el patio y un largo corredor protegido del resplandor del mediodía por un

jardín de rasas, con un pasamanos para poner macetas de helechos y tiestos de begonias.

Dispuso ensanchar la cocina para construir das hornos, destruir el viejo granero donde Pilar

Ternera le leyó el porvenir a José Arcadio, y construir otro das veces más grande para que nunca

faltaran los alimentos en la casa. Dispuso construir en el patio, a la sombra del castaño, un baño

para las mujeres y otra para los hombres, y al fondo una caballeriza grande, un gallinero

alambrado, un establo de ordeña y una pajarera abierta a los cuatro vientos para que se

instalaran a su gusta los pájaros sin rumbo. Seguida por docenas de albañiles y carpinteros,

como si hubiera contraído la fiebre alucinante de su esposa, Úrsula ordenaba la posición de la luz

y la conducta del calor, y repartía el espacio sin el menor sentido de sus límites. La primitiva

construcción de los fundadores se llenó de herramientas y materiales, de obreros agobiados por

el sudar, que le pedían a todo el mundo el favor de no estorbar, sin pensar que eran ellos quienes

estorbaban, exasperados por el talego de huesas humanos que los perseguía por todas partes

can su sorda cascabeleo. En aquella incomodidad, respirando cal viva y melaza de alquitrán,

nadie entendió muy bien cómo fue surgiendo de las entrañas de la tierra no sólo la casa más

grande que habría nunca en el pueblo, sino la más hospitalaria y fresca que hubo jamás en el

ámbito de la ciénaga. José Arcadio Buendía, tratando de sorprender a la Divina Providencia en

medio del cataclismo, fue quien menos lo entendió. La nueva casa estaba casi terminada cuando

Úrsula lo sacó de su mundo quimérico para informarle que había orden de pintar la fachada de

azul, y no de blanca como ellos querían. Le mostró la disposición oficial escrita en un papel. José

Arcadio Buendía, sin comprender lo que decía su esposa, descifró la firma.

-¿Quién es este tipo? -preguntó.

-El corregidor -dijo Úrsula desconsolada-. Dicen que es una autoridad que mandó el gobierno.

Don Apolinar Moscote, el corregidor, había llegado a Macondo sin hacer ruido. Se bajó en el

Hotel de Jacob -instalado por uno de los primeras árabes que llegaron haciendo cambalache de

chucherías por guacamayas- y al día siguiente alquiló un cuartito con puerta hacia la calle, a dos

cuadras de la casa de los Buendía. Puso una mesa y una silla que les compró a Jacob, clavó en la

pared un escudo de la república que había traído consigo, y pintó en la puerta el letrero: Corregidor.

Su primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar

el aniversario de la independencia nacional. José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la

mano, lo encontró durmiendo la siesta en una hamaca que había colgada en el escueto despacho.

«¿Usted escribió este papel?», le preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de

complexión sanguínea, contestó que sí. «¿Can qué derecho?», volvió a preguntar José Arcadio

Buendía. Don Apolinar Moscote buscó un papel en la gaveta de la mesa y se lo mostró: «He sido

nombrada corregidor de este pueblo. » José Arcadio Buendía ni siquiera miró el nombramiento.

-En este pueblo no mandamos con papeles -dijo sin perder la calma-. Y para que lo sepa de

una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir.

Ante la impavidez de don Apolinar Mascote, siempre sin levantar la voz, hizo un pormenorizada

recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se habían repartido la tierra, abierto los

caminos e introducido las mejoras que les había ido exigiendo la necesidad, sin haber molestado

a gobierno alguno y sin que nadie los molestara. «Somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos

muerto de muerte natural -dijo-. Ya ve que todavía no tenemos cementerio.» No se dolió de que

el gobierno no los hubiera ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta entonces las hubiera

dejado crecer en paz, y esperaba que así los siguiera dejando, porque ellas no habían fundado un

pueblo para que el primer advenedizo les fuera a decir lo que debían hacer. Don Apolinar Moscote

se había puesto un saco de dril, blanco como sus pantalones, sin perder en ningún momento la

pureza de sus ademanes.

-De modo que si usted se quiere quedar aquí, como otro ciudadana común y corriente, sea

muy bienvenido -concluyó José Arcadio Buendía-. Pero si viene a implantar el desorden obligando

a la gente que pinte su casa de azul, puede agarrar sus corotos y largarse por donde vino. Porque

mi casa ha de ser blanca como una paloma.

Don Apolinar Moscote se puso pálido. Dio un paso atrás y apretó las mandíbulas para decir con

una cierta aflicción:

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-Quiero advertirle que estoy armado.

José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con

que derribaba un caballo. Agarró a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levantó a la altura de

sus ajos.

-Esto lo hago -le dijo- porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto

por el resto de mi vida.

Así la llevó por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus

das pies en el camino de la ciénaga. Una semana después estaba de regreso con seis soldados

descalzos y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su

mujer y sus siete hijas. Más tarde llegaran otras das carretas con los muebles, los baúles y los

utensilios domésticas. Instaló la familia en el Hotel de Jacob, mientras conseguía una casa, y

volvió a abrir el despacho protegido por los soldados. Los fundadores de Macondo, resueltos a

expulsar a los invasores, fueron can sus hijas mayores a ponerse a disposición de José Arcadio

Buendía. Pera él se opuso, según explicó, porque don Apolinar Moscote había vuelto can su mujer

y sus hijas, y no era cosa de hombres abochornar a otros delante de su familia. Así que decidió

arreglar la situación por las buenas.

Aureliano lo acompañó. Ya para entonces había empezado a cultivar el bigote negro de puntas

engomadas, y tenía la voz un poco estentórea que había de caracterizarlo en la guerra.

Desarmadas, sin hacer caso de la guardia, entraron al despacho del corregidor. Don Apolinar

Moscote no perdió la serenidad. Les presentó a dos de sus hijas que se encontraban allí por

casualidad: Amparo, de dieciséis años, morena como su madre, y Remedios, de apenas nueve

años, una preciosa niña can piel de lirio y ojos verdes. Eran graciosas y bien educadas. Tan

pronto cama ellos entraron, antes de ser presentadas, les acercaron sillas para que se sentaran.

Pera ambas permanecieron de pie.

-Muy bien, amiga -dijo José Arcadio Buendía-, usted se queda aquí, pero no porque tenga en la

puerta esos bandoleros de trabuco, sino por consideración a su señora esposa y a sus hijas.

Don Apolinar Moscote se desconcertó, pero José Arcadio Buendía no le dio tiempo de replicar.

«Sólo le ponemos das condiciones -agregó-. La primera: que cada quien pinta su casa del color

que le dé la gana. La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el

orden.» El corregidor levantó la mano derecha can todas los dedos extendidos.

-¿Palabra de honor?

-Palabra de enemigo -dijo José Arcadio Buendía. Y añadió en un tono amargo-: Porque una

cosa le quiero decir: usted y yo seguimos siendo enemigas.

Esa misma tarde se fueran los soldados. Pacos días después José Arcadio Buendía le consiguió

una casa a la familia del corregidor. Todo el mundo quedó en paz, menos Aureliano. La imagen de

Remedios, la hija menor del corregidor, que por su edad hubiera podido ser hija suya, le quedó

doliendo en alguna parte del cuerpo. Era una sensación física que casi le molestaba para caminar,

como una piedrecita en el zapato.

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IV

La casa nueva, blanca como una paloma, fue estrenada con un baile. Úrsula había concebido

aquella idea desde la tarde en que vio a Rebeca y Amaranta convertidas en adolescentes, y casi

puede decirse que el principal motivo de la construcción fue el deseo de procurar a las muchachas

un lugar digno donde recibir las visitas. Para que nada restara esplendor a ese propósito, trabajó

coma un galeote mientras se ejecutaban las reformas, de modo que antes de que estuvieran

terminadas había encargado costosas menesteres para la decoración y el servicio, y el invento

maravilloso que había de suscitar el asombro del pueblo y el júbilo de la juventud: la pianola. La

llevaron a pedazos, empacada en varios cajones que fueron descargados junto con los muebles

vieneses, la cristalería de Bohemia, la vajilla de la Compañía de las Indias, los manteles de

Holanda y una rica variedad de lámparas y palmatorias, y floreros, paramentos y tapices. La casa

importadora envió por su cuenta un experto italiana, Pietro Crespi, para que armara y afinara la

pianola, instruyera a los compradores en su manejo y las enseñara a bailar la música de moda

impresa en seis rollos de papel.

Pietro Crespi era joven y rubio, el hombre más hermoso y mejor educada que se había visto en

Macondo, tan escrupuloso en el vestir que a pesar del calor sofocante trabajaba con la almilla

brocada y el grueso saca de paño oscuro. Empapado en sudar, guardando una distancia reverente

con los dueños de la casa, estuvo varias semanas encerrado en la sala, con una consagración

similar a la de Aureliano en su taller de orfebre. Una mañana, sin abrir la puerta, sin convocar a

ningún testigo del milagro, colocó el primer rollo en la pianola, y el martilleo atormentador y el

estrépito constante de los listones de madera cesaron en un silencio de asombro, ante el orden y

la limpieza de la música. Todos se precipitaron a la sala. José Arcadio Buendía pareció fulminado

no por la belleza de la melodía, sino par el tecleo autónomo de la pianola, e instaló en la sala la

cámara de Melquíades con la esperanza de obtener el daguerrotipo del ejecutante invisible. Ese

día el italiano almorzó con ellos. Rebeca y Amaranta, sirviendo la mesa, se intimidaron con la

fluidez con que manejaba los cubiertos aquel hombre angélico de manos pálidas y sin anillos. En

la sala de estar, contigua a la sala de visita, Pietro Crespi las enseñó a bailar. Les indicaba los

pasos sin tocarlas, marcando el compás con un metrónomo, baja la amable vigilancia de Úrsula,

que no abandonó la sala un solo instante mientras sus hijas recibían las lecciones. Pietro Crespi

llevaba en esos días unos pantalones especiales, muy flexibles y ajustados, y unas zapatillas de

baile. «No tienes por qué preocuparte tanto -le decía José Arcadio Buendía a su mujer-. Este

hombre es marica.» Pero ella no desistió de la vigilancia mientras no terminó el aprendizaje y el

italiano se marchó de Macondo. Entonces empezó la organización de la fiesta. Úrsula hizo una

lista severa de los invitados, en la cual los únicos escogidos fueron los descendientes de los

fundadores, salvo la familia de Pilar Ternera, que ya había tenido otros dos hijos de padres

desconocidos. Era en realidad una selección de clase, sólo que determinada por sentimientos de

amistad, pues los favorecidos no sólo eran los más antiguos allegados a la casa de José Arcadio

Buendía desde antes de emprender el éxodo que culminó con la fundación de Macondo, sino que

sus hijos y nietos eran los compañeros habituales de Aureliano y Arcadio desde la infancia, y sus

hijas eran las únicas que visitaban la casa para bordar con Rebeca y Amaranta. Don Apolinar

Moscote, el gobernante benévolo cuya actuación se reducía a sostener con sus escasos recursos a

dos policías armados con bolillos de palo, era una autoridad ornamental. Para sobrellevar los

gastos domésticos, sus hijas abrieron un taller de costura, donde lo mismo hacían flores de fieltro

que bocadillos de guayaba y esquelas de amor por encargo. Pero a pesar de ser recatadas y

serviciales, las más bellas del pueblo y las más diestras en los bailes nuevos, no consiguieron que

se les tomara en cuenta para la fiesta.

Mientras Úrsula y las muchachas desempacaban muebles, pulían las vajillas y colgaban

cuadros de doncellas en barcas cargadas de rosas, infundiendo un soplo de vida nueva a los

espacios pelados que construyeron los albañiles, José Arcadio Buendía renunció a la persecución

de la imagen de Dios, convencido de su inexistencia, y destripó la pianola para descifrar su magia

Cien años de soledad

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secreta. Dos días antes de la fiesta, empantanado en un reguero de clavijas y martinetes

sobrantes, chapuceando entre un enredijo de cuerdas que desenrollaba por un extremo y se

volvían a enrollar por el otro, consiguió malcomponer el instrumento. Nunca hubo tantos

sobresaltos y correndillas como en aquellos días, pero las nuevas lámparas de alquitrán se encendieron

en la fecha y a la hora previstas. La casa se abrió, todavía olorosa a resinas y a cal

húmeda, y los hijos y nietos de los fundadores conocieron el corredor de los helechos y las

begonias, los aposentos silenciosos, el jardín saturado por la fragancia de las rosas, y se

reunieron en la sala de visita frente al invento desconocido que había sido cubierto con una

sábana blanca. Quienes conocían el pianoforte, popular en otras poblaciones de la ciénaga, se

sintieron un poco descorazonados, pero más amarga fue la desilusión de Úrsula cuando colocó el

primer rollo para que Amaranta y Rebeca abrieran el baile, y el mecanismo no funcionó.

Melquíades, ya casi ciego, desmigajándose de decrepitud, recurrió a las artes de su antiquísima

sabiduría para tratar de componerlo. Al fin José Arcadio Buendía logró mover por equivocación un

dispositivo atascado, y la música salió primero a borbotones, y luego en un manantial de notas

enrevesadas. Golpeando contra las cuerdas puestas sin orden ni concierto y templadas con

temeridad, los martinetes se desquiciaron. Pero los porfiados descendientes de los veintiún

intrépidos que desentrañaron la sierra buscando el mar por el Occidente, eludieron los escollos

del trastrueque melódico, y el baile se prolongó hasta el amanecer.

Pietro Crespi volvió a componer la pianola. Rebeca y Amaranta lo ayudaron a ordenar las

cuerdas y lo secundaron en sus risas por lo enrevesado de los valses. Era en extremo afectuoso,

y de índole tan honrada, que Úrsula renunció a la vigilancia. La víspera de su viaje se improvisó

con la pianola restaurada un baile para despedirlo, y él hizo con Rebeca una demostración

virtuosa de las danzas modernas. Arcadio y Amaranta los igualaron en gracia y destreza. Pero la

exhibición fue interrumpida porque Pilar Ternera, que estaba en la puerta con los curiosos, se

peleó a mordiscos y tirones de pelo con una mujer que se atrevió a comentar que el joven

Arcadio tenía nalgas de mujer. Hacia la medianoche, Pietro Grespi se despidió con un discursito

sentimental y prometió volver muy pronto. Rebeca lo acompañó hasta la puerta, y luego de haber

cerrado la casa y apagado las lámparas, se fue a su cuarto a llorar. Fue un llanto inconsolable que

se prolongó por varios días, y cuya causa no conoció ni siquiera Amaranta. No era extraño su hermetismo.

Aunque parecía expansiva y cordial, tenía un carácter solitario y un corazón

impenetrable. Era una adolescente espléndida, de huesos largos y firmes, pero se empecinaba en

seguir usando el mecedorcito de madera con que llegó a la casa, muchas veces reforzado y ya

desprovisto de brazos. Nadie había descubierto que aún a esa edad, conservaba el hábito de

chuparse el dedo. Por eso no perdía ocasión de encerrarse en el baño, y había adquirido la

costumbre de dormir con la cara vuelta contra la pared. En las tardes de lluvia, bordando con un

grupo de amigas en el corredor de las begonias, perdía el hilo de la conversación y una lágrima

de nostalgia le salaba el paladar cuando veía las vetas de tierra húmeda y los montículos de barro

construidos por las lombrices en el jardín. Esos gustos secretos, derrotados en otro tiempo por las

naranjas con ruibarbo, estallaron en un anhelo irreprimible cuando empezó a llorar. Volvió a

comer tierra. La primera vez lo hizo casi por curiosidad, segura de que el mal sabor sería el mejor

remedio contra la tentación. Y en efecto no pudo soportar la tierra en la boca. Pero insistió,

vencida por el ansia creciente, y poco a poco fue rescatando el apetito ancestral, el gusto de los

minerales primarios, la satisfacción sin resquicios del alimento original. Se echaba puñados de

tierra en los bolsillos, y los comía a granitos sin ser vista, con un confuso sentimiento de dicha y

de rabia, mientras adiestraba a sus amigas en las puntadas más difíciles y conversaba de otros

hombres que no merecían el sacrificio de que se comiera por ellos la cal de las paredes. ‘Los

puñados de tierra hacían menos remoto y más cierto al único hombre que merecía aquella

degradación, como si el suelo que él pisaba con sus finas botas de charol en otro lugar del

mundo, le transmitiera a ella el peso y la temperatura de su sangre en un sabor mineral que

dejaba un rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón. Una tarde, sin ningún

motivo, Amparo Moscote pidió permiso para conocer la casa. Amaranta y Rebeca, desconcertadas

por la visita imprevista, la atendieron con un formalismo duro. Le mostraron la mansión

reformada, le hicieron oír los rollos de la pianola y le ofrecieron naranjada con galletitas. Amparo

dio una lección de dignidad, de encanto personal, de buenas maneras, que impresionó a Úrsula

en los breves instantes en que asistió a la visita. Al cabo de dos horas, cuando la conversación

empezaba a languidecer, Amparo aprovechó un descuido de Amaranta y le entregó una carta a

Rebeca. Ella alcanzó a ver el nombre de la muy distinguida señorita doña Rebeca Buendía, escrito

Cien años de soledad

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29

con la misma letra metódica, la misma tinta verde y la misma disposición preciosista de las

palabras con que estaban escritas las instrucciones de manejo de la pianola, y dobló la carta con

la punta de los dedos y se la escondió en el corpiño mirando a Amparo Moscote con una

expresión de gratitud sin término ni condiciones y una callada promesa de complicidad hasta la

muerte.

La repentina amistad de Amparo Moscote y Rebeca Buendía despertó las esperanzas de

Aureliano. El recuerdo de la pequeña Remedios no había dejado de torturaría, pero no encontraba

la ocasión de verla. Cuando paseaba por el pueblo con sus amigos más próximos, Magnífico

Visbal y Gerineldo Márquez -hijos de los fundadores de iguales nombres-, la buscaba con mirada

ansiosa en el taller de costura y sólo veía a las hermanas mayores. La presencia de Amparo

Moscote en la casa fue como una premonición. «Tiene que venir con ella -se decía Aureliano en

voz baja-. Tiene que venir.» Tantas veces se lo repitió, y con tanta convicción, que una tarde en

que armaba en el taller un pescadito de oro, tuvo la certidumbre de que ella había respondido a

su llamado. Poco después, en efecto, oyó la vocecita infantil, y al levantar la vista con el corazón

helado de pavor, vio a la niña en la puerta con vestido de organdí rosado y botitas blancas.

-Ahí no entres, Remedios -dijo Amparo Moscote en el corredor-. Están trabajando.

Pero Aureliano no le dio tiempo de atender. Levantó el pescadito dorado prendido de una

cadenita que le salía por la boca, y le dijo:

-Entra.

Remedios se aproximó e hizo sobre el pescadito algunas preguntas, que Aureliano no pudo

contestar porque se lo impedía un asma repentina. Quería quedarse para siempre, junto a ese

cutis de lirio, junto a esos ojos de esmeralda, muy cerca de esa voz que a cada pregunta le decía

señor con el mismo respeto con que se lo decía a su padre. Melquíades estaba en el rincón,

sentado al escritorio, garabateando signos indescifrables. Aureliano lo odió. No pudo hacer nada,

salvo decirle a Remedios que le iba a regalar el pescadito, y la niña se asustó tanto con el

ofrecimiento que abandonó a toda prisa el taller. Aquella tarde perdió Aureliano la recóndita

paciencia con que había esperado la ocasión de verla, Descuidó el trabajo. La llamó muchas

veces, en desesperados esfuerzos de concentración, pero Remedios no respondió. La buscó en el

taller de sus hermanas, en los visillos de su casa, en la oficina de su padre, pero solamente la

encontró en la imagen que saturaba su propia y terrible soledad. Pasaba horas enteras con

Rebeca en la sala de visita escuchando los valses de la pianola. Ella los escuchaba porque era la

música con que Pietro Crespi la había enseñado a bailar. Aureliano los escuchaba simplemente

porque todo, hasta la música, le recordaba a Remedios.

La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los

escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la

piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de

las dos de la tarde, Remedios 8n la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra

secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer, Remedios en todas partes y

Remedios para siempre. Rebeca esperaba el amor a las cuatro de la tarde bordando junto a la

ventana. Sabía que la mula del correo no llegaba sino cada quince días, pero ella la esperaba

siempre, convencida de que iba a llegar un día cualquiera por equivocación. Sucedió todo lo

contrario: una vez la mula no llegó en la fecha prevista. Loca de desesperación, Rebeca se

levantó a media noche y comió puñados de tierra en el jardín, con una avidez suicida, llorando de

dolor y de furia, masticando lombrices tiernas y astillándose las muelas con huesos de caracoles.

Vomitó hasta el amanecer. Se hundió en un estado de postración febril, perdió la conciencia, y su

corazón se abrió en un delirio sin pudor. Úrsula, escandalizada, forzó la cerradura del baúl, y

encontró en el fondo, atadas con cintas color de rosa, las dieciséis cartas perfumadas y los

esqueletos de hojas y pétalos conservados en libros antiguos y las mariposas disecadas que al

tocarlas se convirtieron en polvo.

Aureliano fue el único capaz de comprender tanta desolación. Esa tarde, mientras Úrsula

trataba de rescatar a Rebeca del manglar del delirio, él fue con Magnífico Visbal y Gerineldo Márquez

a la tienda de Catarino. El establecimiento había sido ensanchado con una galería de cuartos

de madera donde vivían mujeres solas olorosas a flores muertas. Un conjunto de acordeón y

tambores ejecutaba las canciones de Francisco el Hombre, que desde hacía varios años había

desaparecido de Macondo. Los tres amigos bebieron guarapo fermentado. Magnífico y Gerineldo,

contemporáneos de Aureliano, pero más diestros en las cosas del mundo, bebían metódicamente

con las mujeres sentadas en las piernas. Una de ellas, marchita y con la dentadura orificada, le

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

30

hizo a Aureliano una caricia estremecedora. Él la rechazó. Había descubierto que mientras más

bebía más se acordaba de Remedios, pero soportaba mejor la tortura de su recuerdo. No supo en

qué momento empezó a flotar. Vio a sus amigos y a las mujeres navegando en una reverberación

radiante, sin peso ni volumen, diciendo palabras que no salían de sus labios y haciendo señales

misteriosas que no correspondían a sus gestos. Catarino le puso una mano en la espalda y le

dijo: «Van a ser las once.» Aureliano volvió la cabeza, vio el enorme rostro desfigurado con una

flor de fieltro en la oreja, y entonces perdió la memoria, como en los tiempos del olvido, y la

volvió a recobrar en una madrugada ajena y en un cuarto que le era completamente extraño,

donde estaba Pilar Ternera en combinación, descalza, desgreñada, alumbrándolo con una

lámpara y pasmada de incredulidad.

-1Aureliano!

Aureliano se afirmó en los pies y levantó la cabeza. Ignoraba cómo había llegado hasta allí,

pero sabía cuál era el propósito, porque lo llevaba escondido desde la infancia en un estanco

inviolable del corazón.

-Vengo a dormir con usted -dijo.

Tenía la ropa embadurnada de fango y de vómito. Pilar Ternera, que entonces vivía solamente

con sus dos hijos menores, no le hizo ninguna pregunta. Lo llevó a la cama. Le limpió la cara con

un estropajo húmedo, le quitó la ropa, y luego se desnudó por completo y bajó el mosquitero

para que no la vieran sus hijos si despertaban. Se había cansado de esperar al hombre que se

quedó, a los hombres que se fueron, a los incontables hombres que erraron el camino de su casa

confundidos por la incertidumbre de las barajas. En la espera se le había agrietado la piel, se le

habían vaciado los senos, se le había apagado el rescoldo del corazón. Buscó a Aureliano en la

oscuridad, le puso la mano en el vientre y lo besó en el cuello con una ternura maternal. «Mi

pobre niñito», murmuró. Aureliano se estremeció. Con una destreza reposada, sin el menor

tropiezo, dejó atrás los acantilados del dolor y encontró a Remedios convertida en un pantano sin

horizontes, olorosa a animal crudo y a ropa recién planchada. Cuando salió a flote estaba

llorando. Primero fueron unos sollozos involuntarios y entrecortados. Después se vació en un

manantial desatado, sintiendo que algo tumefacto y doloroso se había reventado en su interior.

Ella esperó, rascándole la cabeza con la yema de los dedos, hasta que su cuerpo se desocupó de

la materia oscura que no lo dejaba vivir. Entonces Pilar Ternera le preguntó: «¿Quién es?» Y

Aureliano se lo dijo. Ella soltó la risa que en otro tiempo espantaba a las palomas y que ahora ni

siquiera despertaba a los niños. «Tendrás que acabar de criaría», se burló. Pero debajo de la

burla encontró Aureliano un remanso de comprensión. Cuando abandonó el cuarto, dejando allí

no sólo la incertidumbre de su virilidad sino también el peso amargo que durante tantos meses

soportó en el corazón, Pilar Ternera le había hecho una promesa espontánea.

-Voy a hablar con la niña -le dijo-, y vas a ver que te la sirvo en bandeja.

Cumplió. Pero en un mal momento, porque la casa había perdido la paz de otros días. Al

descubrir la pasión de Rebeca, que no fue posible mantener en secreto a causa de sus gritos,

Amaranta sufrió un acceso de calenturas. También ella padecía la espina de un amor solitario.

Encerrada en el baño se desahogaba del tormento de una pasión sin esperanzas escribiendo

cartas febriles que se conformaba con esconder en el fondo del baúl. Úrsula apenas si se dio

abasto para atender a las dos enfermas. No consiguió en prolongados e insidiosos interrogatorios

averiguar las causas de la postración de Amaranta. Por último, en otro instante de inspiración,

forzó la cerradura del baúl y encontró las cartas atadas con cintas de color de rosa, hinchadas de

azucenas frescas y todavía húmedas de lágrimas, dirigidas y nunca enviadas a Pietro Crespi. Llorando

de furia maldijo la hora en que se le ocurrió comprar la pianola, prohibió las clases de

bordado y decretó una especie de luto sin muerto que había de prolongarse hasta que las hijas

desistieron de sus esperanzas. Fue inútil la intervención de José Arcadio Buendía, que había

rectificado su primera impresión sobre Pietro Crespi, y admiraba su habilidad para el manejo de

las máquinas musicales. De modo que cuando Pilar Ternera le dijo a Aureliano que Remedios

estaba decidida a casarse, él comprendió que la noticia acabaría de atribular a sus padres. Pero le

hizo frente a la situación. Convocados a la sala de visita para una entrevista formal, José Arcadio

Buendía y Úrsula escucharon impávidos la declaración de su hijo. Al conocer el nombre de la

novia, sin embargo, José Arcadio Buendía enrojeció de indignación. «El amor es una peste -tronó-

. Habiendo tantas muchachas bonitas y decentes, lo único que se te ocurre es casarte con la hija

del enemigo.» Pero Úrsula estuvo de acuerdo con la elección. Confesó su afecto hacia las siete

hermanas Moscote, por su hermosura, su laboriosidad, su recato y su buena educación, y celebró

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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el acierto de su hijo. Vencido por el entusiasmo de su mujer, José Arcadio Buendía puso entonces

una condición: Rebeca, que era la correspondida, se casaría con Pietro Crespi. Úrsula llevaría a

Amaranta en un viaje a la capital de la provincia, cuando tuviera tiempo, para que el contacto con

gente distinta la aliviara de su desilusión. Rebeca recobró la salud tan pronto como se enteró del

acuerdo, y escribió a su novio una carta jubilosa que sometió a la aprobación de sus padres y

puso al correo sin servirse de intermediarios. Amaranta fingió aceptar la decisión y poco a poco

se restableció de las calenturas, pero se prometió a sí misma que Rebeca se casaría solamente

pasando por encima de su cadáver.

El sábado siguiente, José Arcadio Buendía se puso el traje de paño oscuro, el cuello de

celuloide y las botas de gamuza que había estrenado la noche de la fiesta, y fue a pedir la mano

de Remedios Moscote. El corregidor y su esposa lo recibieron al mismo tiempo complacidos y

conturbados, porque ignoraban el propósito de la visita imprevista, y luego creyeron que él había

confundido el nombre de la pretendida. Para disipar el error, la madre despertó a Remedios y la

llevó en brazos a la sala, todavía atarantada de sueño. Le preguntaron si en verdad estaba

decidida a casarse, y ella contestó lloriqueando que solamente quería que la dejaran dormir. José

Arcadio Buendía, comprendiendo el desconcierto de los Moscote, fue a aclarar las cosas con

Aureliano. Cuando regresó, los esposos Moscote se habían vestido con ropa formal, habían

cambiado la posición de los muebles y puesto flores nuevas en los floreros, y lo esperaban en

compañía de sus hijas mayores. Agobiado por la ingratitud de la ocasión y por la molestia del

cuello duro, José Arcadio Buendía confirmó que, en efecto, Remedios era la elegida. «Esto no

tiene sentido -dijo consternado don Apolinar Moscote-. Tenemos seis hijas más, todas solteras y

en edad de merecer, que estarían encantadas de ser esposas dignísimas de caballeros serios y

trabajadores como su hijo, y Aurelito pone sus ojos precisamente en la única que todavía se arma

en la cama.» Su esposa, una mujer bien conservada, de párpados y ademanes afligidos, le

reprochó su incorrección. Cuando terminaron de tomar el batido de frutas, habían aceptado complacidos

la decisión de Aureliano. Sólo que la señora de Moscote suplicaba el favor de hablar a

solas con Úrsula. Intrigada, protestando de que la enredaran en asuntos de hombres, pero en

realidad intimidada por la emoción, Úrsula fue a visitarla al día siguiente. Media hora después

regresó con la noticia de que Remedios era impúber. Aureliano no lo consideró como un tropiezo

grave. Había esperado tanto, que podía esperar cuanto fuera necesario, hasta que la novia

estuviera en edad de concebir.

La armonía recobrada sólo fue interrumpida por la muerte de Melquíades. Aunque era un

acontecimiento previsible, no lo fueron las circunstancias. Pocos meses después de su regreso se

había operado en él un proceso de envejecimiento tan apresurado y critico, que pronto se le tuvo

por uno de esos bisabuelos inútiles que deambulan como sombras por los dormitorios,

arrastrando los pies, recordando mejores tiempos en voz alta, y de quienes nadie se ocupa ni se

acuerda en realidad hasta el día en que amanecen muertos en la cama. Al principio, José Arcadio

Buendía lo secundaba en sus tareas, entusiasmado con la novedad de la daguerrotipia y las

predicciones de Nostradamus. Pero poco a poco lo fue abandonando a su soledad, porque cada

vez se les hacía más difícil la comunicación. Estaba perdiendo la vista y el oído, parecía confundir

a los interlocutores con personas que conoció en épocas remotas de la humanidad, y contestaba

a las preguntas con un intrincado batiburrillo de idiomas. Caminaba tanteando el aire, aunque se

movía por entre las cosas con una fluidez inexplicable, como si estuviera dotado de un instinto de

orientación fundado en presentimientos inmediatos. Un día olvidó ponerse la dentadura postiza,

que dejaba de noche en un vaso de agua junto a la cama, y no se la volvió a poner. Cuando

Úrsula dispuso la ampliación de la casa, le hizo construir un cuarto especial contiguo al taller de

Aureliano, lejos de los ruidos y el trajín domésticos, con una ventana inundada de luz y un

estante donde ella misma ordenó los libros casi deshechos por el polvo y las polillas, los

quebradizos papeles apretados de signos indescifrables y el vaso con la dentadura postiza donde

habían prendido unas plantitas acuáticas de minúsculas flores amarillas. El nuevo lugar pareció

agradar a Melquíades, porque no volvió a vérsele ni siquiera en el comedor. Sólo iba al taller de

Aureliano, donde pasaba horas y horas garabateando su literatura enigmática en los pergaminos

que llevó consigo y que parecían fabricados en una materia árida que se resquebrajaba como

hojaldres. Allí tomaba los alimentos que Visitación le llevaba dos veces al día, aunque en los

últimos tiempos perdió el apetito y sólo se alimentaba de legumbres. Pronto adquirió el aspecto

de desamparo propio de los vegetarianos. La piel se le cubrió de un musgo tierno, semejante al

que prosperaba en el chaleco anacrónico que no se quitó jamás, y su respiración exhaló un tufo

Cien años de soledad

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32

de animal dormido. Aureliano terminó por olvidarse de él, absorto en la redacción de sus versos,

pero en cierta ocasión creyó entender algo de lo que decía en sus bordoneantes monólogos, y le

prestó atención. En realidad, lo único que pudo aislar en las parrafadas pedregosas, fue el insistente

martilleo de la palabra equinoccio equinoccio equinoccio, y el nombre de Alexander Von

Humboldt. Arcadio se aproximó un poco más a él cuando empezó a ayudar a Aureliano en la

platería. Melquíades correspondió a aquel esfuerzo de comunicación soltando a veces frases en

castellano que tenían muy poco que ver con la realidad. Una tarde, sin embargo, pareció

iluminado por una emoción repentina. Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio

había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su

escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían

encíclicas cantadas. Luego sonrió por primera vez en mucho tiempo y dijo en castellano: «Cuando

me muera, quemen mercurio durante tres días en mi cuarto.» Arcadio se lo cantó a José Arcadio

Buendía, y éste trató de obtener una información más explícita, pero sólo consiguió una

respuesta: «He alcanzado la inmortalidad.» Cuando la respiración de Melquíades empezó a oler,

Arcadio lo llevó a bañarse al río los jueves en la mañana. Pareció mejorar. Se desnudaba y se

metía en el agua junto con las muchachos, y su misterioso sentido de orientación le permitía eludir

los sitios profundos y peligrosos. «Somos del agua», dijo en cierta ocasión. Así pasó mucho

tiempo sin que nadie lo viera en la casa, salvo la noche en que hizo un conmovedor esfuerzo por

componer la pianola, y cuando iba al río con Arcadio llevando bajo el brazo la totuma y la bola de

jabón de corozo envueltas en una toalla. Un jueves, antes de que lo llamaran para ir al río,

Aureliano le oyó decir: «He muerto de fiebre en los médanos de Singapur.» Ese día se metió en el

agua par un mal camino y no lo encontraron hasta la mañana siguiente, varios kilómetros más

abajo, varado en un recodo luminoso y con un gallinazo solitario parado en el vientre. Contra las

escandalizadas protestas de Úrsula, que lo lloró con más dolor que a su propio padre, José

Arcadio Buendía se opuso a que lo enterraran. «Es inmortal -dijo- y él mismo reveló la fórmula de

la resurrección.» Revivió el olvidado atanor y puso a hervir un caldero de mercurio junto al

cadáver que poco a poco se iba llenado de burbujas azules. Don Apolinar Moscote se atrevió a

recordarle que un ahogado insepulto era un peligro para la salud pública. «Nada de eso, puesto

que está vivo», fue la réplica de José Arcadio Buendía, que completó las setenta y dos horas de

sahumerios mercuriales cuando ya el cadáver empezaba a reventarse en una floración lívida,

cuyos silbidos tenues impregnaron la casa de un vapor pestilente. Sólo entonces permitió que lo

enterraran, pero no de cualquier modo, sino con los honores reservados al más grande

benefactor de Macondo. Fue el primer entierro y el más concurrido que se vio en el pueblo,

superado apenas un siglo después por el carnaval funerario de la Mamá Grande. Lo sepultaran en

una tumba erigida en el centro del terreno que destinaron para el cementerio, con una lápida

donde quedó escrito lo único que se supo de él: MESQUÍADES. Le hicieron sus nueve noches de

velorio. En el tumulto que se reunía en el patio a tomar café, contar chistes y jugar barajas,

Amaranta encontró una ocasión de confesarle su amor a Pietro Crespi, que pocas semanas antes

había formalizado su compromiso con Rebeca y estaba instalando un almacén de instrumentos

músicos y juguetes de cuerda, en el mismo sector donde vegetaban los árabes que en otro

tiempo cambiaban baratijas por guacamayas, y que la gente conocía coma la calle de los Turcos.

El italiano, cuya cabeza cubierta de rizos charoladas suscitaba en las mujeres una irreprimible

necesidad de suspirar, trató a Amaranta como una chiquilla caprichosa a quien no valía la pena

tomar demasiado en cuenta.

Tengo un hermano menor -le dijo-. Va a venir a ayudarme en la tienda.

Amaranta se sintió humillada y le dijo a Pietro Crespi con un rencor virulenta, que estaba

dispuesta a impedir la boda su hermana aunque tuviera que atravesar en la puerta su propio

cadáver. Se impresionó tanto el italiano con el dramatismo de la amenaza, que no resistió la

tentación de comentarla con Rebeca. Fue así como el viaje de Amaranta, siempre aplazado par

las ocupaciones de Úrsula, se arregló en menos de una semana. Amaranta no opuso resistencia,

pero cuando le dio a Rebeca el beso de despedida, le susurró al oído:

-No te hagas ilusiones. Aunque me lleven al fin del mundo encontraré la manera de impedir

que te cases, así tenga que matarte.

Con la ausencia de Úrsula, can la presencia invisible de Melquíades que continuaba su

deambular sigiloso por las cuartos, la casa pareció enorme y vacía. Rebeca había quedado a

cargo del orden doméstico, mientras la india se ocupaba de la panadería. Al anochecer, cuando

llegaba Pietro Crespi precedido de un fresco hálito de espliego y llevando siempre un juguete de

Cien años de soledad

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33

regalo, su novia le recibía la visita en la sala principal can puertas y ventanas abiertas para estar

a salvo de toda suspicacia. Era una precaución innecesaria, porque el italiano había demostrado

ser tan respetuoso que ni siquiera tocaba la mano de la mujer que seria su esposa antes de un

año. Aquellas visitas fueron llenando la casa de juguetes prodigiosos. Las bailarinas de cuerda,

las cajas de música, los manas acróbatas, los caballos trotadores, los payasos tamborileros, la

rica y asombrosa fauna mecánica que llevaba Pietro Crespi, disiparan la aflicción de José Arcadio

Buendía por la muerte de Melquíades, y la transportaron de nuevo a sus antiguas tiempos de

alquimista. Vivía entonces en un paraíso de animales destripados, de mecanismos deshechos,

tratando de perfeccionarías can un sistema de movimiento continua fundado en los principios del

péndulo. Aureliano, por su parte, había descuidado el taller para enseñar a leer y escribir a la

pequeña Remedios. Al principia, la niña prefería sus muñecas al hambre que llegaba todas las

tardes, y que era el culpable de que la separaran de sus juegos para bañarla y vestirla y sentaría

en la sala a recibir la visita. Pero la paciencia y la devoción de Aureliano terminaron par seducirla,

hasta el punto de que pasaba muchas horas con él estudiando el sentido de las letras y dibujando

en un cuaderno con lápices de colores casitas can vacas en los corrales y sales redondos con

rayas amarillas que se ocultaban detrás de las lomas.

Sólo Rebeca era infeliz con la amenaza de Amaranta. Conocía el carácter de su hermana, la

altivez de su espíritu, y la asustaba la virulencia de su rencor. Pasaba horas enteras chupándose

el dedo en el baño, aferrándose a un agotador esfuerzo de voluntad para no comer tierra. En

busca de un alivio a la zozobra llamó a Pilar Ternera para que le leyera el porvenir. Después de

un sartal de imprecisiones convencionales, Pilar Ternera pronosticó:

-No serás feliz mientras tus padres permanezcan insepultos. Rebeca se estremeció. Cama en el

recuerdo de un sueño se vio a sí misma entrando a la casa, muy niña, con el baúl y el

mecedorcito de madera y un talego cuyo contenido no conoció jamás. Se acordó de un caballero

calvo, vestido de lino y con el cuello de la camisa cerrado con un botón de aro, que nada tenía

que ver con el rey de capas. Se acordó de una mujer muy joven y muy bella, de manos tibias y

perfumadas, que nada tenían en común can las manos reumáticas de la sota de oros, y que le

ponía flores en el cabello para sacarla a pasear en la tarde por un pueblo de calles verdes.

-No entienda -dijo.

Pilar Ternera pareció desconcertada:

-Yo tampoco, pero eso es lo que dicen las cartas.

Rebeca quedó tan preocupada con el enigma, que se lo cantó a José Arcadio Buendía y éste la

reprendió por dar crédito a pronósticos de barajas, pera se dio a la silenciosa tarea de registrar

armarios y baúles, remover muebles y voltear camas y entabladas, buscando el talega de huesos.

Recordaba no haberla visto desde los tiempos de la reconstrucción. Llamó en secreta a los

albañiles y una de ellas reveló que había emparedado el talego en algún dormitorio porque le

estorbaba para trabajar. Después de varios días de auscultaciones, can la oreja pegada a las

paredes, percibieron el clac clac profundo. Perforaron el muro y allí estaban los huesos en el

talego intacto. Ese mismo día lo sepultaron en una tumba sin lápida, improvisada junta a la de

Melquíades, y Jasé Arcadio Buendía regresó a la casa liberado de una carga que por un momento

pesó tanto en su conciencia como el recuerdo de Prudencio Aguilar. Al pasar por la cocina le dio

un beso en la frente a Rebeca.

-Quítate las malas ideas de la cabeza -le dijo-. Serás feliz. La amistad de Rebeca abrió a Pilar

Ternera las puertas de la casa, cerradas por Úrsula desde el nacimiento de Arcadio. Llegaba a

cualquier hora del día, como un tropel de cabras, y descargaba su energía febril en los oficios más

pesados. A veces entraba al taller y ayudaba a Arcadio a sensibilizar las láminas del daguerrotipo

con una eficacia y una ternura que terminaron par confundirlo. Lo aturdía esa mujer. La resolana

de su piel, su alar a humo, el desorden de su risa en el cuarto oscuro, perturbaban su atención y

la hacían tropezar con las cosas.

En cierta ocasión Aureliano estaba allí, trabajando en orfebrería, y Pilar Ternera se apoyó en la

mesa para admirar su paciente laboriosidad. De pronto ocurrió. Aureliano comprobó que Arcadio

estaba en el cuarto oscuro, antes de levantar la vista y encontrarse can los ojos de Pilar Ternera,

cuyo pensamiento era perfectamente visible, como expuesto a la luz del mediodía.

-Bueno -dijo Aureliano-. Dígame qué es.

Pilar Ternera se mordió los labios can una sonrisa triste.

-Que eres bueno para la guerra -dijo-. Donde pones el ojo pones el plomo.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

34

Aureliano descansó con la comprobación del presagio. Volvió a concentrarse en su trabaja,

como si nada hubiera pasado, y su voz adquirió una repasada firmeza.

-Lo reconozco -dijo-. Llevará mi nombre.

José Arcadio Buendía consiguió par fin lo que buscaba: conectó a una bailarina de cuerda el

mecanismo del reloj, y el juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante

tres días. Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas descabelladas. No

volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por

su imaginación hacia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba las

noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los

principios del péndulo a las carretas de bueyes, a las rejas del arado, a toda la que fuera útil

puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo

reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era

Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los

muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. «Prudencio -exclamó-, ¡cómo

has venido a parar tan lejos!» Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza

de las vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra

muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor

de sus enemigas. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos

de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar, a los que llegaban de la ciénaga, y

nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó

Melquíades y lo señaló con un puntito negro en las abigarrados mapas de la muerte. José Arcadio

Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado par

la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: «¿Qué día es hay?» Aureliano le contestó que

era martes. «Eso mismo pensaba ya -dijo José Arcadio Buendía-. Pera de pronto me he dado

cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias.

También hoy es lunes. » Acostumbrada a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente,

miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. «Esta es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el

zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.» Esa noche, Pietro Crespi lo

encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando par Prudencio

Aguilar, por Melquíades, por los padres de Rebeca, por su papá y su mamá, por todos los que

podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un aso de cuerda que

caminaba en das patas por un alambre, pero no consiguió distraerla de su obsesión. Le preguntó

qué había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la posibilidad de construir una

máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar, y él contestó que era imposible porque

el péndulo podía levantar cualquier cosa en el aire pero no podía levantarse a sí mismo. El jueves

volvió a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. «¡La máquina del tiempo

se ha descompuesto -casi sollozó- y Úrsula y Amaranta tan lejos!» Aureliano lo reprendió coma a

un niño y él adaptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encontrar

una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún

cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos

abiertas, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a

compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a

vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo

lunes. Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal

destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el

taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente

incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió

ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hombres para tumbaría, catorce para amarraría, veinte

para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde la dejaron atado, ladrando en lengua extraña y

echando espumarajos verdes por la baca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba

atado de pies y manos al tronco del castaño, empapada de lluvia y en un estado de inocencia

total. Le hablaran, y él las miró sin reconocerlas y les dijo alga incomprensible. Úrsula le soltó las

muñecas y los tobillos, ulceradas por la presión de las sagas, y lo dejó amarrado solamente por la

cintura. Más tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

35

V

Aureliano Buendía y Remedios Moscote se casaron un domingo de marzo ante el altar que el

padre Nicanor Reyna hizo construir en la sala de visitas. Fue la culminación de cuatro semanas de

sobresaltos en casa de los Moscote, pues la pequeña Remedios llegó a la pubertad antes de

superar los hábitos de la infancia. A pesar de que la madre la había aleccionado sobre los cambios

de la adolescencia, una tarde de febrero irrumpió dando gritos de alarma en la sala donde sus

hermanas conversaban con Aureliano, y les mostró el calzón embadurnado de una pasta

achocolatada. Se fijó un mes para la boda. Apenas si hubo tiempo de enseñarla a lavarse, a

vestirse sola, a comprender los asuntos elementales de un hogar. La pusieron a orinar en ladrillos

calientes para corregirle el hábito de mojar la cama. Costó trabajo convencerla de la inviolabilidad

del secreto conyugal, porque Remedios estaba tan aturdida y al mismo tiempo tan maravillada

con la revelación, que quería comentar con todo el mundo los pormenores de la noche de bodas.

Fue un esfuerzo agotador, pero en la fecha prevista para la ceremonia la niña era tan diestra en

las cosas del mundo como cualquiera de sus hermanas. Don Apolinar Moscote la llevó del brazo

por la calle adornada con flores y guirnaldas, entre el estampido de los cohetes y la música de

varias bandas, y ella saludaba con la mano y daba las gracias con una sonrisa a quienes le

deseaban buena suerte desde las ventanas. Aureliano, vestido de paño negro, con los mismos

botines de charol con ganchos metálicos que había de llevar pocos años después frente al pelotón

de fusilamiento, tenía una palidez intensa y una bola dura en la garganta cuando recibió a su

novia en la puerta de la casa y la llevó al altar. Ella se comportó con tanta naturalidad, con tanta

discreción, que no perdió la compostura ni siquiera cuando Aureliano dejó caer el anillo al tratar

de ponérselo. En medio del murmullo y el principio de confusión de los convidados, ella mantuvo

en alto el brazo con el mitón de encaje y permaneció con el anular dispuesto, hasta que su novio

logró parar el anillo con el botín para que no siguiera rodando hasta la puerta, y regresó

ruborizado al altar. Su madre y sus hermanas sufrieron tanto con el temor de que la niña hiciera

una incorrección durante la ceremonia, que al final fueron ellas quienes cometieron la

impertinencia de cargarla para darle un beso. Desde aquel día se reveló el sentido de responsabilidad,

la gracia natural, el reposado dominio que siempre había de tener Remedios ante

las circunstancias adversas. Fue ella quien de su propia iniciativa puso aparte la mejor porción

que cortó del pastel de bodas y se la llevó en un plato con un tenedor a José Arcadio Buendía.

Amarrado al tronco del castaño, encogido en un banquito de madera bajo el cobertizo de palmas,

el enorme anciano descolorido por el sol y la lluvia hizo una vaga sonrisa de gratitud y se comió

el pastel con los dedos masticando un salmo ininteligible. La única persona infeliz en aquella

celebración estrepitosa, que se prolongó hasta el amanecer del lunes, fue Rebeca Buendía. Era su

fiesta frustrada. Por acuerdo de Úrsula, su matrimonio debía celebrarse en la misma fecha, pero

Pietro Crespi recibió el viernes una carta con el anuncio de la muerte inminente de su madre. La

boda se aplazó. Pietro Crespi se fue para la capital de la provincia una hora después de recibir la

carta, y en el camino se cruzó con su madre que llegó puntual la noche del sábado y cantó en la

boda de Aureliano el aria triste que había preparado para la boda de su hijo. Pietro Crespi regresó

a la media noche del domingo a barrer las cenizas de la fiesta, después de haber reventado cinco

caballos en el camino tratando de estar en tiempo para su boda. Nunca se averiguó quién escribió

la carta. Atormentada por Úrsula, Amaranta lloró de indignación y juró su inocencia frente al altar

que los carpinteros no habían acabado de desarmar.

El padre Nicanor Reyna -a quien don Apolinar Moscote había llevado de la ciénaga para que

oficiara la boda- era un anciano endurecido por la ingratitud de su ministerio. Tenía la piel triste,

casi en los puros huesos, y el vientre pronunciado y redondo y una expresión de ángel viejo que

era más de inocencia que de bondad. Llevaba el propósito de regresar a su parroquia después de

la boda, pero se espantó con la aridez de los habitantes de Macondo, que prosperaban en el

escándalo, sujetos a la ley natural, sin bautizar a los hijos ni santificar las fiestas. Pensando que a

ninguna tierra le hacía tanta falta la simiente de Dios, decidió quedarse una semana más para

cristianizar a circuncisos y gentiles, legalizar concubinarios y sacramentar moribundos. Pero nadie

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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le prestó atención. Le contestaban que durante muchos años habían estado sin cura, arreglando

negocios del alma directamente con Dios, y habían perdido la malicia del pecado mortal. Cansado

de predicar en el desierto, el padre Nicanor se dispuso a emprender la construcción de un templo,

el más grande del mundo con santos de tamaño natural y vidrios de colores en las paredes, para

que fuera gente desde Roma a honrar a Dios en el centro de la impiedad. Andaba por todas

partes pidiendo limosnas con un platillo de cobre. Le daban mucho, pero él quería más, porque el

templo debía tener una campana cuyo clamor sacara a flote a los ahogados. Suplicó tanto, que

perdió la voz. Sus huesos empezaron a llenarse de ruidos. Un sábado, no habiendo recogido ni

siquiera el valor de las puertas, se dejó confundir por la desesperación. Improvisó un altar en la

plaza y el domingo recorrió el pueblo con una campanita, como en los tiempos del insomnio,

convocando a la misa campal. Muchos fueron por curiosidad. Otros por nostalgia. Otros para que

Dios no fuera a tomar como agravio personal el desprecio a su intermediario. Así que a las ocho

de la mañana estaba medio pueblo en la plaza, donde el padre Nicanor cantó los evangelios con

voz lacerada por la súplica. Al final, cuando los asistentes empezaron a desbandarse, levantó los

brazos en señal de atención.

-Un momento -dijo-. Ahora vamos a presenciar una prueba irrebatible del infinito poder de

Dios.

El muchacho que había ayudado a misa le llevó una taza de chocolate espeso y humeante que

él se tomó sin respirar. Luego se limpió los labios con un pañuelo que sacó de la manga, extendió

los brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros sobre el nivel del

suelo. Fue un recurso convincente. Anduvo varios días por entre las casas, repitiendo la prueba

de la levitación mediante el estímulo del chocolate, mientras el monaguillo recogía tanto dinero

en un talego, que en menos de un mes emprendió la construcción del templo. Nadie puso en

duda el origen divino de la demostración, salvo José Arcadio Buendía, que observó sin inmutarse

el tropel de gente que una mañana se reunió en torno al castaño para asistir una vez más a la

revelación. Apenas se estiró un poco en el banquillo y se encogió de hombros cuando el padre

Nicanor empezó a levantarse del suelo junto con la silla en que estaba sentado.

-Hoc est simplicisimun -dijo José Arcadio Buendía-: homo iste statum quartum materiae

invenit.

El padre Nicanor levantó la mano y las cuatro patas de la silla se posaron en tierra al mismo

tiempo.

-Nego -dijo-. Factum hoc existentiam Dei probat sine dubio.

Fue así como se supo que era latín la endiablada jerga de José Arcadio Buendía. El padre

Nicanor aprovechó la circunstancia de ser la única persona que había podido comunicarse con él,

para tratar de infundir la fe en su cerebro trastornado. Todas las tardes se sentaba junto al

castaño, predicando en latín, pero José Arcadio Buendía se empecinó en no admitir vericuetos

retóricos ni transmutaciones de chocolate, y exigió como única prueba el daguerrotipo de Dios. El

padre Nicanor le llevó entonces medallas y estampitas y hasta una reproducción del paño de la

Verónica, pero José Arcadio Buendía los rechazó por ser objetos artesanales sin fundamento científico.

Era tan terco, que el padre Nicanor renunció a sus propósitos de evangelización y siguió

visitándolo por sentimientos humanitarios. Pero entonces fue José Arcadio Buendía quien tomó la

iniciativa y trató de quebrantar la fe del cura con martingalas racionalistas. En cierta ocasión en

que el padre Nicanor llevó al castaño un tablero y una caja de fichas para invitarlo a jugar a las

damas, José Arcadio Buendía no aceptó, según dijo, porque nunca pudo entender el sentido de

una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios. El padre Nicanor,

que jamás había visto de ese modo el juego de damas, no pudo volverlo a jugar. Cada vez más

asombrado de la lucidez de José Arcadio Buendía, le preguntó cómo era posible que lo tuvieran

amarrado de un árbol.

-Hoc est simplicisimun -contestó él-: porque estoy loco. Desde entonces, preocupado por su

propia fe, el cura no volvió a visitarlo, y se dedicó por completo a apresurar la construcción del

templo. Rebeca sintió renacer la esperanza. Su porvenir estaba condicionado a la terminación de

la obra, desde un domingo en que el padre Nicanor almorzaba en la casa y toda la familia sentada

a la mesa habló de la solemnidad y el esplendor que tendrían los actos religiosos cuando se

construyera el templo. «La más afortunada será Rebeca», dijo Amaranta. Y como Rebeca no

entendió lo que ella quería decirle, se lo explicó con una sonrisa inocente:

-Te va a tocar inaugurar la iglesia con tu boda.

Cien años de soledad

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37

Rebeca trató de anticiparse a cualquier comentario. Al paso que llevaba la construcción, el

templo no estaría terminado antes de diez años. El padre Nicanor no estuvo de acuerdo: la

creciente generosidad de los fieles permitía hacer cálculos más optimistas. Ante la sorda

indignación de Rebeca, que no pudo terminar el almuerzo, Úrsula celebró la idea de Amaranta y

contribuyó con un aporte considerable para que se apresuraran los trabajos. El padre Nicanor

consideró que con otro auxilio como ese el templo estaría listo en tres años. A partir de entonces

Rebeca no volvió a dirigirle la palabra a Amaranta, convencida de que su iniciativa no había

tenido la inocencia que ella supo aparentar. «Era lo menos grave que podía hacer -le replicó

Amaranta en la virulenta discusión que tuvieron aquella noche-. Así no tendré que matarte en los

próximos tres años.» Rebeca aceptó el reto.

Cuando Pietro Crespi se enteró del nuevo aplazamiento, sufrió una crisis de desilusión, pero

Rebeca le dio una prueba definitiva de lealtad. «Nos fugaremos cuando tú lo dispongas», le dijo.

Pietro Crespi, sin embargo, no era hombre de aventuras. Carecía del carácter impulsivo de su

novia, y consideraba el respeto a la palabra empeñada como un capital que no se podía dilapidar.

Entonces Rebeca recurrió a métodos más audaces. Un viento misterioso apagaba las lámparas de

la sala de visita y Úrsula sorprendía a los novios besándose en la oscuridad. Pietro Crespi le daba

explicaciones atolondradas sobre la mala calidad de las modernas lámparas de alquitrán y hasta

ayudaba a instalar en la sala sistemas de iluminación más seguros. Pero otra vez fallaba el

combustible o se atascaban las mechas, y Úrsula encontraba a Rebeca sentada en las rodillas del

novio. Terminó por no aceptar ninguna explicación. Depositó en la india la responsabilidad de la

panadería y se sentó en un mecedor a vigilar la visita de los novios, dispuesta a no dejarse

derrotar por maniobras que ya eran viejas en su juventud. «Pobre mamá -decía Rebeca con

burlona indignación, viendo bostezar a Úrsula en el sopor de las visitas-. Cuando se muera saldrá

penando en ese mecedor.» Al cabo de tres meses de amores vigilados, aburrido con la lentitud de

la construcción que pasaba a inspeccionar todos los días, Pietro Crespi resolvió darle al padre

Nicanor el dinero que le hacía falta para terminar el templo. Amaranta no se impacientó. Mientras

conversaba con las amigas que todas las tardes iban a bordar o tejer en el corredor, trataba de

concebir nuevas triquiñuelas. Un error de cálculo echó a perder la que consideró más eficaz:

quitar las bolitas de naftalina que Rebeca había puesto a su vestido de novia antes de guardarlo

en la cómoda del dormitorio. Lo hizo cuando faltaban menos de dos meses para la terminación

del templo. Pero Rebeca estaba tan impaciente ante la proximidad de la boda, que quiso preparar

el vestido con más anticipación de lo que había previsto Amaranta. Al abrir la cómoda y

desenvolver primero los papeles y luego el lienzo protector, encontró el raso del vestido y el

punto del velo y hasta la corona de azahares pulverizados por las polillas. Aunque estaba segura

de haber puesto en el envoltorio dos puñados de bolitas de naftalina, el desastre parecía tan

accidental que no se atrevió a culpar a Amaranta. Faltaba menos de un mes para la boda, pero

Amparo Moscote se comprometió a coser un nuevo vestido en una semana. Amaranta se sintió

desfallecer el mediodía lluvioso en que Amparo entró a la casa envuelta en una espumarada de

punto para hacerle a Rebeca la última prueba del vestido. Perdió la voz y un hilo de sudor helado

descendió por el cauce de su espina dorsal. Durante largos meses había temblado de pavor

esperando aquella hora, porque si no concebía el obstáculo definitivo para la boda de Rebeca,

estaba segura de que en el último instante, cuando hubieran fallado todos los recursos de su

imaginación, tendría valor para envenenaría. Esa tarde, mientras Rebeca se ahogaba de calor

dentro de la coraza de raso que Amparo Moscote iba armando en su cuerpo con un millar de

alfileres y una paciencia infinita, Amaranta equivocó varias veces los puntos del crochet y se

pinchó el dedo con la aguja, pero decidió con espantosa frialdad que la fecha sería el último

viernes antes de la boda, y el modo sería un chorro de láudano en el café.

Un obstáculo mayor, tan insalvable como imprevisto, obligó a un nuevo e indefinido

aplazamiento. Una semana antes de la fecha fijada para la boda, la pequeña Remedios despertó a

media noche empapada en un caldo caliente que exploté en sus entrañas con una especie de

eructo desgarrador, y murió tres días después envenenada por su propia sangre con un par de

gemelos atravesados en el vientre. Amaranta sufrió una crisis de conciencia. Había suplicado a

Dios con tanto fervor que algo pavoroso ocurriera para no tener que envenenar a Rebeca, que se

sintió culpable por la muerte de Remedios. No era ese el obstáculo por el que tanto había

suplicado. Remedios había llevado a la casa un soplo de alegría. Se había instalado con su esposo

en una alcoba cercana al taller, que decoró con las muñecas y juguetes de su infancia reciente, y

su alegre vitalidad desbordaba las cuatro paredes de la alcoba y pasaba como un ventarrón de

Cien años de soledad

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buena salud por el corredor de las begonias. Cantaba desde el amanecer. Fue ella la única

persona que se atrevió a mediar en las disputas de Rebeca y Amaranta. Se echó encima la

dispendiosa tarea de atender a José Arcadio Buendía. Le llevaba los alimentos, lo asistía en sus

necesidades cotidianas, lo lavaba con jabón y estropajo, le mantenía limpio de piojos y liendres

los cabellos y la barba, conservaba en buen estado el cobertizo de palma y lo reforzaba con lonas

impermeables en tiempos de tormenta. En sus últimos meses había logrado comunicarse con él

en frases de latín rudimentario. Cuando nació el hijo de Aureliano y Pilar Ternera y fue llevado a

la casa y bautizado en ceremonia íntima con el nombre de Aureliano José, Remedios decidió que

fuera considerado como su lujo mayor. Su instinto maternal sorprendió a Úrsula. Aureliano, por

su parte, encontró en ella la justificación que le hacía falta para vivir. Trabajaba todo el día en el

taller y Remedios le llevaba a media mañana un tazón de café sin azúcar. Ambos visitaban todas

las noches a los Moscote. Aureliano jugaba con el suegro interminables partidos de dominó,

mientras Remedios conversaba con sus hermanas o trataba con su madre asuntos de gente

mayor. El vínculo con los Buendía consolidó en el pueblo la autoridad de don Apolinar Moscote. En

frecuentes viajes a la capital de la provincia consiguió que el gobierno construyera una escuela

para que la atendiera Arcadio, que había heredado el entusiasmo didáctico del abuelo. Logró por

medio de la persuasión que la mayoría de las casas fueran pintadas de azul para la fiesta de la

independencia nacional. A instancias del padre Nicanor dispuso el traslado de la tienda de

Catarino a una calle apartada, y clausuró varios lugares de escándalo que prosperaban en el

centro de la población. Una vez regresó con seis policías armados de fusiles a quienes encomendó

el mantenimiento del orden, sin que nadie se acordara del compromiso original de no tener gente

armada en el pueblo. Aureliano se complacía de la eficacia de su suegro. «Te vas a poner tan

gordo como él», le decían sus amigos. Pero el sedentarismo que acentuó sus pómulos y

concentró el fulgor de sus ojos, no aumentó su peso ni alteró la parsimonia de su carácter, y por

el contrario endureció en sus labios la línea recta de la meditación solitaria y la decisión

implacable. Tan hondo era el cariño que él y su esposa habían logrado despertar en la familia de

ambos, que cuando Remedios anunció que iba a tener un hijo, hasta Rebeca y Amaranta hicieron

una tregua para tejer en lana azul, por si nacía varón, y en lana rosada, por si nacía mujer. Fue

ella la última persona en que pensó Arcadio, pocos años después, frente al pelotón de

fusilamiento.

Úrsula dispuso un duelo de puertas y ventanas cerradas, sin entrada ni salida para nadie como

no fuera para asuntos indispensables; prohibió hablar en voz alta durante un ano, y puso el

daguerrotipo de Remedios en el lugar en que se veló el cadáver, con una cinta negra terciada y

una lámpara de aceite encendida para siempre. Las generaciones futuras, que nunca dejaron

extinguir la lámpara, habían de desconcertarse ante aquella niña de faldas rizadas, botitas

blancas y lazo de organdí en la cabeza, que no lograban hacer coincidir con la imagen académica

de una bisabuela. Amaranta se hizo cargo de Aureliano José. Lo adoptó como un hijo que había

de compartir su soledad, y aliviarla del láudano involuntario que echaron sus súplicas desatinadas

en el café de Remedios. Pietro Crespi entraba en puntillas al anochecer, con una cinta negra en el

sombrero, y hacía una visita silenciosa a una Rebeca que parecía desangrarse dentro del vestido

negro con mangas hasta los puños. Habría sido tan irreverente la sola idea de pensar en una

nueva fecha para la boda, que el noviazgo se convirtió en una relación eterna, un amor de

cansancio que nadie volvió a cuidar, como si los enamorados que en otros días descomponían las

lámparas para besarse hubieran sido abandonados al albedrío de la muerte. Perdido el rumbo,

completamente desmoralizada, Rebeca volvió a comer tierra.

De pronto cuando el duelo llevaba tanto tiempo que ya se habían reanudado las sesiones de

punto de cruz- alguien empujó la puerta de la calle a las dos de la tarde, en el silencio mortal del

calor, y los horcones se estremecieron con tal fuerza en los cimientos, que Amaranta y sus

amigas bordando en el corredor, Rebeca chupándose el dedo en el dormitorio, Úrsula en la

cocina, Aureliano en el taller y hasta José Arcadio Buendía bajo el castaño solitario, tuvieron la

impresión de que un temblor de tierra estaba desquiciando la casa. Llegaba un hombre

descomunal. Sus espaldas cuadradas apenas si cabían por las puertas. Tenía una medallita de la

Virgen de los Remedios colgada en el cuello de bisonte, los brazos y el pecho completamente

bordados de tatuajes crípticos, y en la muñeca derecha la apretada esclava de cobre de los niñosen-

cruz. Tenía el cuero curtido por la sal de la intemperie, el pelo corto y parado como las crines

de un mulo, las mandíbulas férreas y la mirada triste. Tenía un cinturón dos veces más grueso

que la cincha de un caballo, botas con polainas y espuelas y con los tacones herrados, y su

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presencia daba la impresión trepidatoria de un sacudimiento sísmico. Atravesó la sala de visitas y

la sala de estar, llevando en la mano unas alforjas medio desbaratadas, y apareció como un

trueno en el corredor de las begonias, donde Amaranta y sus amigas estaban paralizadas con las

agujas en el aire. «Buenas», les dijo él con la voz cansada, y tiró las alforjas en la mesa de labor

y pasó de largo hacia el fondo de la casa. «Buenas», le dijo a la asustada Rebeca que lo vio pasar

por la puerta de su dormitorio. «Buenas», le dijo a Aureliano, que estaba con los cinco sentidos

alertas en el mesón de orfebrería. No se entretuvo con nadie. Fue directamente a la cocina, y allí

se paró por primera vez en el término de un viaje que había empezado al otro lado del mundo.

«Buenas», dijo. Úrsula se quedó una fracción de segundo con la boca abierta, lo miró a los ojos,

lanzó un grito y saltó a su cuello gritando y llorando de alegría. Era José Arcadio. Regresaba tan

pobre como se fue, hasta el extremo de que Úrsula tuvo que darle dos pesos para pagar el

alquiler del caballo. Hablaba el español cruzado con jerga de marineros. Le preguntaron dónde

había estado, y contestó: «Por ahí.» Colgó la hamaca en el cuarto que le asignaron y durmió tres

días. Cuando despertó, y después de tomarse dieciséis huevos crudos, salió directamente hacia la

tienda de Catarino, donde su corpulencia monumental provocó un pánico de curiosidad entre las

mujeres. Ordenó música y aguardiente para todos por su cuenta. Hizo apuestas de pulso con

cinco hombres al mismo tiempo. «Es imposible», decían, al convencerse de que no lograban

moverle el brazo. «Tiene niños-en-cruz.» Catarino, que no creía en artificios de fuerza, apostó

doce pesos a que no movía el mostrador. José Arcadio lo arrancó de su sitio, lo levantó en vilo

sobre la cabeza y lo puso en la calle. Se necesitaron once hombres para meterlo. En el calor de la

fiesta exhibió sobre el mostrador su masculinidad inverosímil, enteramente tatuada con una

maraña azul y roja de letreros en varios idiomas. A las mujeres que lo asediaron con su codicia

les preguntó quién pagaba más. La que tenía más ofreció veinte pesos. Entonces él propuso

rifarse entre todas a diez pesos el número. Era un precio desorbitado, porque la mujer más

solicitada ganaba ocho pesos en una noche, pero todas aceptaron. Escribieron sus nombres en

catorce papeletas que metieron en un sombrero, y cada mujer sacó una. Cuando sólo faltaban

por sacar dos papeletas, se estableció a quiénes correspondían.

-Cinco pesos más cada una -propuso José Arcadio- y me reparto entre ambas.

De eso vivía. Le había dado sesenta y cinco veces la vuelta al mundo, enrolado en una

tripulación de marineros apátridas. Las mujeres que se acostaron con él aquella noche en la

tienda de Catarino lo llevaron desnudo a la sala de baile para que vieran que no tenía un

milímetro del cuerpo sin tatuar, por el frente y por la espalda, y desde el cuello hasta los dedos

de los pies. No lograba incorporarse a la familia. Dormía todo el día y pasaba la noche en el barrio

de tolerancia haciendo suertes de fuerza. En las escasas ocasiones en que Úrsula logró sentarlo a

la mesa, dio muestras de una simpatía radiante, sobre todo cuando contaba sus aventuras en

países remotos. Había naufragado y permanecido dos semanas a la deriva en el mar del Japón,

alimentándose con el cuerpo de un compañero que sucumbió a la insolación, cuya carne salada y

vuelta a salar y cocinada al sol tenía un sabor granuloso y dulce. En un mediodía radiante del

Golfo de Bengala su barco había vencido un dragón de mar en cuyo vientre encontraron el casco,

las hebillas y las armas de un cruzado. Había visto en el Caribe el fantasma de la nave corsario de

Víctor Hugues, con el velamen desgarrado por los vientos de la muerte, la arboladura carcomida

por cucarachas de mar y equivocado para siempre el rumbo de la Guadalupe. Úrsula lloraba en la

mesa como si estuviera leyendo las cartas que nunca llegaron, en las cuales relataba José Arcadio

sus hazañas y desventuras. «Y tanta casa aquí, hijo mío -sollozaba-. ¡Y tanta comida tirada a los

puercos» Pero en el fondo no podía concebir que el muchacho que llevaron los gitanos fuera el

mismo atarván que se comía medio lechón en el almuerzo y cuyas ventosidades marchitaban

flores. Algo similar le ocurría al resto de la familia. Amaranta no podía disimular la repugnancia

que le producían en la mesa sus eructos bestiales. Arcadio, que nunca conoció el secreto de su

filiación, apenas si contestaba a las preguntas que él le hacía con el propósito evidente de

conquistar sus afectos. Aureliano trató de revivir los tiempos en que dormían en el mismo cuarto,

procuró restaurar la complicidad de la infancia, pero José Arcadio los había olvidado porque la

vida del mar le saturó la memoria con demasiadas cosas que recordar. Sólo Rebeca sucumbió al

primer impacto. La tarde en que lo vio pasar frente a su dormitorio pensó que Pietro Crespi era

un currutaco de alfeñique junto a aquel protomacho cuya respiración volcánica se percibía en

toda la casa. Buscaba su proximidad con cualquier pretexto. En cierta ocasión José Arcadio la

miró el cuerpo con una atención descarada, y le dijo: «Eres muy mujer, hermanita.» Rebeca

perdió el dominio de sí misma. Volvió a comer tierra y cal de las paredes con la avidez de otros

Cien años de soledad

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días, y se chupó el dedo con tanta ansiedad que se le formó un callo en el pulgar. Vomitó un

líquido verde con sanguijuelas muertas. Pasó noches en vela tiritando de fiebre, luchando contra

el delirio, esperando, hasta que la casa trepidaba con el regreso de José Arcadio al amanecer.

Una tarde, cuando todos dormían la siesta, no resistió más y fue a su dormitorio. Lo encontró en

calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de

amarrar barcos. La impresionó tanto su enorme desnudez tarabiscoteada que sintió el impulso de

retroceder. «Perdone -se excusó-. No sabía que estaba aquí.» Pero apagó la voz para no

despertar a nadie. «Ven acá», dijo él. Rebeca obedeció. Se detuvo junto a la hamaca, sudando

hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los

tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando: «Ay,

hermanita: ay, hermanita.» Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no morirse cuando

una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de su

intimidad con tres zarpazos y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por

haber nacido, antes de perder la conciencia el placer inconcebible de aquel dolor insoportable,

chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que absorbió como un papel secante la

explosión de su sangre.

Tres días después se casaron en la misa de cinco. José Arcadio había ido el día anterior a la

tienda de Pietro Crespi. Lo había encontrado dictando una lección de cítara y no lo llevó aparte

para hablarle. «Me caso con Rebeca», le dijo. Pietro Crespi se puso pálido, le entregó la cítara a

uno de los discípulos, y dio la clase por terminada. Cuando quedaron solos en el salón atiborrado

de instrumentos músicos y juguetes de cuerda, Pietro Crespi dijo:

-Es su hermana.

-No me importa -replicó José Arcadio.

Pietro Crespi se enjugó la frente con el pañuelo impregnado de espliego.

-Es contra natura -explicó- y, además, la ley lo prohibe. José Arcadio se impacientó no tanto

con la argumentación como con la palidez de Pietro Crespi.

-Me cago dos veces en natura -dijo-. Y se lo vengo a decir para que no se tome la molestia de

ir a preguntarle nada a Rebeca.

Pero su comportamiento brutal se quebrantó al ver que a Pietro Crespi se le humedecían los

ojos.

-Ahora -le dijo en otro tono-, que si lo que le gusta es la familia, ahí le queda Amaranta.

El padre Nicanor reveló en el sermón del domingo que José Arcadio y Rebeca no eran

hermanos. Úrsula no perdonó nunca lo que consideró como una inconcebible falta de respeto, y

cuando regresaron de la iglesia prohibió a los recién casados que volvieran a pisar la casa. Para

ella era como si hubieran muerto. Así que alquilaron una casita frente al cementerio y se

instalaron en ella sin más muebles que la hamaca de José Arcadio. La noche de bodas a Rebeca le

mordió el pie un alacrán que se había metido en su pantufla. Se le adormeció la lengua, pero eso

no impidió que pasaran una luna de miel escandalosa. Los vecinos se asustaban con los gritos

que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en una noche, y hasta tres veces en la siesta,

y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos.

Aureliano fue el único que se preocupó por ellos. Les compró algunos muebles y les

proporcionó dinero, hasta que José Arcadio recuperó el sentido de la realidad y empezó a trabajar

las tierras de nadie que colindaban con el patio de la casa. Amaranta, en cambio, no logró

superar jamás su rencor contra Rebeca, aunque la vida le ofreció una satisfacción con que no

había soñado: por iniciativa de Úrsula, que no sabía cómo re-parar la vergüenza, Pietro Crespi

siguió almorzando los martes en la casa, sobrepuesto al fracaso con una serena dignidad.

Conservó la cinta negra en el sombrero como una muestra de aprecio por la familia, y se

complacía en demostrar su afecto a Úrsula llevándole regalos exóticos: sardinas portuguesas,

mermelada de rosas turcas y, en cierta ocasión, un primoroso mande Manila. Amaranta lo atendía

con una cariñosa diligencia.

Adivinaba sus gustos, le arrancaba los hilos descosidos en los puños de la camisa, y bordó una

docena de pañuelos con sus iniciales para el día de su cumpleaños. Los martes, después del

almuerzo, mientras ella bordaba en el corredor, él le hacía una alegre compañía. Para Pietro

Crespi, aquella mujer que siempre consideró y trató como una niña, fue una revelación. Aunque

su tipo carecía de gracia, tenía una rara sensibilidad para apreciar las cosas del mundo, y una

ternura secreta. Un martes, cuando nadie dudaba de que tarde o temprano tenía que ocurrir,

Cien años de soledad

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Pietro Crespi le pidió que se casara con él. Ella no interrumpió su labor. Esperó a que pasara el

caliente rubor de sus orejas e imprimió a su voz un sereno énfasis de madurez.

-Por supuesto, Crespi -dijo-, pero cuando uno se conozca mejor. Nunca es bueno precipitar las

cosas.

Úrsula se ofuscó. A pesar del aprecio que le tenía a Pietro Crespi, no lograba establecer si su

decisión era buena o mala desde el punto de vista moral, después del prolongado y ruidoso

noviazgo con Rebeca. Pero terminó por aceptarlo como un hecho sin calificación, porque nadie

compartió sus dudas. Aureliano, que era el hombre de la casa, la confundió más con su

enigmática y terminante opinión:

-Éstas no son horas de andar pensando en matrimonios.

Aquella opinión que Úrsula sólo comprendió algunos meses después era la única sincera que

podía expresar Aureliano en ese momento, no sólo con respecto al matrimonio, sino a cualquier

asunto que no fuera la guerra. Él mismo, frente al pelotón de fusilamiento, no había de entender

muy bien cómo se fue encadenando la serie de sutiles pero irrevocables casualidades que lo

llevaron hasta ese punto. La muerte de Remedios no le produjo la conmoción que temía. Fue más

bien un sordo sentimiento de rabia que paulatinamente se disolvió en una frustración solitaria y

pasiva, semejante a la que experimentó en los tiempos en que estaba resignado a vivir sin mujer.

Volvió a hundirse en el trabajo, pero conservó la costumbre de jugar dominó con su suegro. En

una casa amordazada por el luto, las conversaciones nocturnas consolidaron la amistad de los dos

hombres. «Vuelve a casarte, Aurelito -le decía el suegro-. Tengo seis hijas para escoger.» En

cierta ocasión, en vísperas de las elecciones, don Apolinar Moscote regresó de uno de sus

frecuentes viajes, preocupado por la situación política del país. Los liberales estaban decididos a

lanzarse a la guerra. Como Aureliano tenía en esa época nociones muy confusas sobre las

diferencias entre conservadores y liberales, su suegro le daba lecciones esquemáticas. Los

liberales, le decía, eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar

el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a

los legítimos, y de despedazar al país en un sistema federal que despojara de poderes a la

autoridad suprema. Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de

Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de

la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera

descuartizado en entidades autónomas. Por sentimientos humanitarios, Aureliano simpatizaba

con la actitud liberal respecto de los derechos de los hijos naturales, pero de todos modos no entendía

cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las

manos. Le pareció una exageración que su suegro se hiciera enviar para las elecciones seis

soldados armados con fusiles, al mando de un sargento, en un pueblo sin pasiones políticas. No

sólo llegaron, sino que fueron de casa en casa decomisando armas de cacería, machetes y hasta

cuchillos de cocina, antes de repartir entre los hombres mayores de veintiún años las papeletas

azules con los nombres de los candidatos conservadores, y las papeletas rojas con los nombres

de los candidatos liberales. La víspera de las elecciones el propio don Apolinar Moscote leyó un

bando que prohibía desde la medianoche del sábado, y por cuarenta y ocho horas, la venta de

bebidas alcohólicas y la reunión de más de tres personas que no fueran de la misma familia. Las

elecciones transcurrieron sin incidentes. Desde las ocho de la mañana del domingo se instaló en

la plaza la urna de madera custodiada por los seis soldados. Se votó con entera libertad, como

pudo comprobarlo el propio Aureliano, que estuvo casi todo el día con su suegro vigilando que

nadie votara más de una vez. A las cuatro de la tarde, un repique de redoblante en la plaza

anunció el término de la jornada, y don Apolinar Moscote selló la urna con una etiqueta cruzada

con su firma. Esa noche, mientras jugaba dominó con Aureliano, le ordenó al sargento romper la

etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas rojas como azules, pero el sargento

sólo dejó diez rojas y completó la diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una

etiqueta nueva y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital de la provincia. «Los

liberales irán a la guerra», dijo Aureliano. Don Apolinar no desatendió sus fichas de dominó. «Si

lo dices por los cambios de papeletas, no irán -dijo-. Se dejan algunas rojas para que no haya

reclamos.» Aureliano comprendió las desventajas de la oposición. «Si yo fuera liberal -dijo- iría a

la guerra por esto de las papeletas.» Su suegro lo miró por encima del marco de los anteojos.

-Ay, Aurelito -dijo-, si tú fueras liberal, aunque fueras mi yerno, no hubieras visto el cambio de

las papeletas.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

42

Lo que en realidad causó indignación en el pueblo no fue el resultado de las elecciones, sino el

hecho de que los soldados no hubieran devuelto las armas. Un grupo de mujeres habló con

Aureliano para que consiguiera con su suegro la restitución de los cuchillos de cocina. Don

Apolinar Moscote le explicó, en estricta reserva, que los soldados se habían llevado las armas

decomisadas como prueba de que los liberales se estaban preparando para la guerra. Lo alarmó

el cinismo de la declaración. No hizo ningún comentario, pero cierta noche en que Gerineldo

Márquez y Magnífico Visbal hablaban con otros amigos del incidente de los cuchillos, le

preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no vaciló:

-Si hay que ser algo, seria liberal -dijo-, porque los conservadores son unos tramposos.

Al día siguiente, a instancias de sus amigos, fue a visitar al doctor Alirio Noguera para que le

tratara un supuesto dolor en el hígado. Ni siquiera sabía cuál era el sentido de la patraña. El

doctor Alirio Noguera había llegado a Macondo pocos años antes con un botiquín de globulitos sin

sabor y una divisa médica que no convenció a nadie: Un Clavo saca otro clavo. En realidad era un

farsante. Detrás de su inocente fachada de médico sin prestigio se escondía un terrorista que

tapaba con unas cáligas de media pierna las cicatrices que dejaron en sus tobillos cinco años de

cepo. Capturado en la primera aventura federalista, logró escapar a Curazao disfrazado con el

traje que más detestaba en este mundo: una sotana. Al cabo de un prolongado destierro,

embullado por las exaltadas noticias que llevaban a Curazao los exiliados de todo el Caribe, se

embarcó en una goleta de contrabandistas y apareció en Riohacha con los frasquitos de glóbulos

que no eran más que de azúcar refinada, y un diploma de la Universidad de Leipzig falsificado por

él mismo. Lloró de desencanto. El fervor federalista, que los exiliados definían como un polvorín a

punto de estallar, se había disuelto en una vaga ilusión electoral. Amargado por el fracaso,

ansioso de un lugar seguro donde esperar la vejez, el falso homeópata se refugió en Macondo. En

el estrecho cuartito atiborrado de frascos vacíos que alquiló a un lado de la plaza vivió varios años

de los enfermos sin esperanzas que después de haber probado todo se consolaban con glóbulos

de azúcar. Sus instintos de agitador permanecieron en reposo mientras don Apolinar Moscote fue

una autoridad decorativa. El tiempo se le iba en recordar y en luchar contra el asma. La

proximidad de las elecciones fue el hilo que le permitió encontrar de nuevo la madeja de la

subversión. Estableció contacto con la gente joven del pueblo, que carecía de formación política,

y se empeñó en una sigilosa campaña de instigación. Las numerosas papeletas rojas que

aparecieron en la urna, y que fueron atribuidas por don Apolinar Moscote a la novelería propia de

la juventud, eran parte de su plan: obligó a sus discípulos a votar para convencerlos de que las

elecciones eran una farsa. «Lo único eficaz -decía- es la violencia.» La mayoría de los amigos de

Aureliano andaban entusiasmados con la idea de liquidar el orden conservador, pero nadie se

había atrevido a incluirlo en los planes, no sólo por sus vínculos con el corregidor, sino por su

carácter solitario y evasivo. Se sabía, además, que había votado azul por indicación del suegro.

Así que fue una simple casualidad que revelara sus sentimientos políticos, y fue un puro golpe de

curiosidad el que lo metió en la ventolera de visitar al médico para tratarse un dolor que no tenía.

En el cuchitril oloroso a telaraña alcanforada se encontró con una especie de iguana polvorienta

cuyos pulmones silbaban al respirar. Antes de hacerle ninguna pregunta el doctor lo llevó a la

ventana y le examinó por dentro el párpado inferior. «No es ahí», dijo Aureliano, según le habían

indicado. Se hundió el hígado con la punta de los dedos, y agregó: «Es aquí donde tengo el dolor

que no me deja dormir.» Entonces el doctor Noguera cerró la ventana con el pretexto de que

había mucho sol, y le explicó en términos simples por qué era un deber patriótico asesinar a los

conservadores. Durante varios días llevó Aureliano un frasquito en el bolsillo de la camisa. Lo

sacaba cada dos horas, ponía tres globulitos en la palma de la mano y se los echaba de golpe en

la boca para disolverlos lentamente en la lengua. Don Apolinar Moscote se burló de su fe en la

homeopatía, pero quienes estaban en el complot re-conocieron en él a uno más de los suyos.

Casi todos los hijos de los fundadores estaban implicados, aunque ninguno sabía concretamente

en qué consistía la acción que ellos mismos tramaban. Sin embargo, el día en que el médico le

reveló el secreto a Aureliano, éste le sacó el cuerpo a la conspiración. Aunque entonces estaba

convencido de la urgencia de liquidar al régimen conservador, el plan lo horrorizó. El doctor

Noguera era un místico del atentado personal. Su sistema se reducía a coordinar una serie de

acciones individuales que en un golpe maestro de alcance nacional liquidara a los funcionarios del

régimen con sus respectivas familias, sobre todo a los niños, para exterminar el conservatismo en

la semilla. Don Apolinar Moscote, su esposa y sus seis hijas, por supuesto, estaban en la lista.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

43

-Usted no es liberal ni es nada -le dijo Aureliano sin alterarse-. Usted no es más que un

matarife.

-En ese caso -replicó el doctor con igual calma- devuélveme el frasquito. Ya no te hace falta.

Sólo seis meses después supo Aureliano que el doctor lo había desahuciado como hombre de

acción, por ser un sentimental sin porvenir, con un carácter pasivo y una definida vocación

solitaria. Trataron de cercarlo temiendo que denunciara la conspiración. Aureliano los tranquilizó:

no diría una palabra, pero la noche en que fueran a asesinar a la familia Moscote lo encontrarían

a él defendiendo la puerta. Demostró una decisión tan convincente, que el plan se aplazó para

una fecha indefinida. Fue por esos días que Úrsula consultó su opinión sobre el matrimonio de

Pietro Crespi y Amaranta, y él contestó que las tiempos no estaban para pensar en eso. Desde

hacía una semana llevaba bajo la camisa una pistola arcaica. Vigilaba a sus amigos. Iba par las

tardes a tomar el café con José Arcadio y Rebeca, que empezaban a ordenar su casa, y desde las

siete jugaba dominó con el suegro. A la hora del almuerzo conversaba con Arcadio, que era ya un

adolescente monumental, y lo encontraba cada vez más exaltado can la inminencia de la guerra.

En la escuela, donde Arcadio tenía alumnos mayores que él revueltos can niños que apenas empezaban

a hablar, había prendido la fiebre liberal. Se hablaba de fusilar al padre Nicanor, de

convertir el templo en escuela, de implantar el amor libre. Aureliano procuró atemperar sus

ímpetus. Le recomendó discreción y prudencia. Sordo a su razonamiento sereno, a su sentido de

la realidad, Arcadio le reprochó en público su debilidad de carácter, Aureliano esperó. Par fin, a

principios de diciembre, Úrsula irrumpió trastornada en el taller.

-¡Estalló la guerra!

En efecto, había estallado desde hacía tres meses. La ley marcial imperaba en todo el país. El

único que la supo a tiempo fue don Apolinar Moscote, pero no le dio la noticia ni a su mujer,

mientras llegaba el pelotón del ejército que había de ocupar el pueblo por sorpresa. Entraron sin

ruido antes del amanecer, can das piezas de artillería ligera tiradas por mulas, y establecieron el

cuartel en la escuela. Se impuso el toque de queda a las seis de la tarde. Se hizo una requisa más

drástica que la anterior, casa por casa, y esta vez se llevaron hasta las herramientas de labranza.

Sacaron a rastras al doctor Noguera, la amarraron a un árbol de la plaza y la fusilaron sin fórmula

de juicio. El padre Nicanor trató de impresionar a las autoridades militares can el milagro de la

levitación, y un soldado lo descalabró de un culatazo. La exaltación liberal se apagó en un terror

silencioso. Aureliano, pálido, hermético, siguió jugando dominó con su suegro. Comprendió que a

pesar de su título actual de jefe civil y militar de la plaza, don Apolinar Moscote era otra vez una

autoridad decorativa. Las decisiones las tomaba un capitán del ejército que todas las mañanas recaudaba

una manlieva extraordinaria para la defensa del orden público. Cuatro soldados al

mando suyo arrebataron a su familia una mujer que había sido mordida por un perro rabioso y la

mataron a culatazos en plena calle. Un domingo, dos semanas después de la ocupación, Aureliano

entró en la casa de Gerineldo Márquez y con su parsimonia habitual pidió un tazón de café sin

azúcar. Cuando los dos quedaron solos en la cocina, Aureliano imprimió a su voz una autoridad

que nunca se le había conocido. «Prepara los muchachos -dijo-. Nos vamos a la guerra.»

Gerineldo Márquez no lo creyó.

-¿Con qué armas? -preguntó.

-Con las de ellos -contestó Aureliano.

El martes a medianoche, en una operación descabellada, veintiún hombres menores de treinta

años al mando de Aureliano Buendía, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron

por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y los

cuatro soldados que habían asesinado a la mujer.

Esa misma noche, mientras se escuchaban las descargas del pelotón de fusilamiento, Arcadio

fue nombrado jefe civil y militar de la plaza. Los rebeldes casados apenas tuvieron tiempo de

despedirse de sus esposas, a quienes abandonaron a sus propios recursos. Se fueron al

amanecer, aclamados por la población liberada del terror, para unirse a las fuerzas del general

revolucionario Victorio Medina, que según las últimas noticias andaba por el rumbo de Manaure.

Antes de irse, Aureliano sacó a don Apolinar Moscote de un armario. «Usted se queda tranquilo,

suegro -le dijo-. El nuevo gobierno garantiza, bajo palabra de honor, su seguridad personal y la

de su familia.» Don Apolinar Moscote tuvo dificultades para identificar aquel conspirador de botas

altas y fusil terciado a la espalda con quien había jugado dominó hasta las nueve de la noche.

-Esto es un disparate, Aurelito -exclamó.

Cien años de soledad

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-Ningún disparate -dijo Aureliano-. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el

coronel Aureliano Buendía.

Cien años de soledad

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VI

El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió

todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno

tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a

catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una

carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del

Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas

revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por

el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le

ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en

su taller de Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herida que recibió

se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso término a casi

veinte años de guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por

la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su

nombre en Macondo. Sin embargo, según declaró pocos años antes de morir de viejo, ni siquiera

eso esperaba la madrugada en que se fue con sus veintiún hombres a reunirse con las fuerzas del

general Victorio Medina.

-Ahí te dejamos a Macondo -fue todo cuanto le dijo a Arcadio antes de irse-. Te lo dejamos

bien, procura que lo encontremos mejor.

Arcadio le dio una interpretación muy personal a la recomendación. Se inventó un uniforme

con galones y charreteras de mariscal, inspirado en las láminas de un libro de Melquíades, y se

colgó al cinto el sable con borlas doradas del capitán fusilado. Emplazó las dos piezas de artillería

a la entrada del pueblo, uniformó a sus antiguos alumnos, exacerbados por sus proclamas

incendiarias, y los dejó vagar armados por las calles para dar a los forasteros una impresión de

invulnerabilidad. Fue un truco de doble filo, porque el gobierno no se atrevió a atacar la plaza

durante diez meses, pero cuando lo hizo descargó contra ella una fuerza tan desproporcionada

que liquidó la resistencia en media hora. Desde el primer día de su mandato Arcadio reveló su

afición por los bandos. Leyó hasta cuatro diarios para ordenar y disponer cuanto le pasaba por la

cabeza. Implantó el servicio militar obligatorio desde los dieciocho años, declaró de utilidad

pública los animales que transitaban por las calles después de las seis de la tarde e impuso a los

hombres mayores de edad la obligación de usar un brazal rojo. Recluyó al padre Nicanor en la

casa cural, bajo amenaza de fusilamiento, y le prohibió decir misa y tocar las campanas como no

fuera para celebrar las victorias liberales. Para que nadie pusiera en duda la severidad de sus

propósitos, mandó que un pelotón de fusilamiento se entrenara en la plaza pública disparando

contra un espantapájaros. Al principio nadie lo tomó en serio. Eran, al fin de cuentas, los

muchachos de la escuela jugando a gente mayor. Pero una noche, al entrar Arcadio en la tienda

de Catarino, el trompetista de la banda lo saludó con un toque de fanfarria que provocó las risas

de la clientela, y Arcadio lo hizo fusilar por irrespeto a la autoridad. A quienes protestaron, los

puso a pan y agua con los tobillos en un cepo que instaló en un cuarto de la escuela. «¡Eres un

asesino! -le gritaba Úrsula cada vez que se enteraba de alguna nueva arbitrariedad-. Cuando

Aureliano lo sepa te va a fusilar a ti y yo seré la primera en alegrarme.» Pero todo fue inútil.

Arcadio siguió apretando los torniquetes de un rigor innecesario, hasta convertirse en el más

cruel de los gobernantes que hubo nunca en Macondo. «Ahora sufran la diferencia -dijo don

Apolinar Moscote en cierta ocasión-. Esto es el paraíso liberal.» Arcadio lo supo. Al frente de una

patrulla asaltó la casa, destrozó los muebles, vapuleó a las hijas y se llevó a rastras a don

Apolinar Moscote. Cuando Úrsula irrumpió en el patio del cuartel, después de haber atravesado el

pueblo clamando de vergüenza y blandiendo de rabia un rebenque alquitranado, el propio Arcadio

se disponía a dar la orden de fuego al pelotón de fusilamiento.

-¡Atrévete, bastardo! -gritó Úrsula.

Antes de que Arcadio tuviera tiempo de reaccionar, le descargó el primer vergajazo. «Atrévete,

asesino -gritaba-. Y mátame también a mí, hijo de mala madre. Así no tendré ojos para llorar la

vergüenza de haber criado un fenómeno.» Azotándolo sin misericordia, lo persiguió hasta el fondo

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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del patio, donde Arcadio se enrolló como un caracol. Don Apolinar Moscote estaba inconsciente,

amarrado en el poste donde antes tenían al espantapájaros despedazado por los tiros de entrenamiento.

Los muchachos del pelotón se dispersaron, temerosos de que Úrsula terminara

desahogándose con ellos. Pero ni siquiera los miró. Dejó a Arcadio con el uniforme arrastrado,

bramando de dolor y rabia, y desató a don Apolinar Moscote para llevarlo a su casa. Antes de

abandonar el cuartel, soltó a los presos del cepo.

A partir de entonces fue ella quien mandó en el pueblo. Restableció la misa dominical,

suspendió el uso de los brazales rojos y descalificó los bandos atrabiliarios. Pero a despecho de su

fortaleza, siguió llorando la desdicha de su destino. Se sintió tan sola, que buscó la inútil

compañía del marido olvidado bajo el castaño. «Mira en lo que hemos quedado -le decía,

mientras las lluvias de junio amenazaban con derribar el cobertizo de palma-. Mira la casa vacía,

nuestros hijos desperdigados por el mundo, y nosotros dos solos otra vez como al principio.» José

Arcadio Buendía, hundido en un abismo de inconsciencia, era sordo a sus lamentos. Al comienzo

de su locura anunciaba con latinajos apremiantes sus urgencias cotidianas. En fugaces

escampadas de lucidez, cuando Amaranta le llevaba la comida, él le comunicaba sus pesares más

molestos y se prestaba con docilidad a sus ventosas y sinapismos. Pero en la época en que Úrsula

fue a lamentarse a su lado había perdido todo contacto con la realidad. Ella lo bañaba por partes

sentado en el banquito, mientras le daba noticias de la familia. «Aureliano se ha ido a la guerra,

hace ya más de cuatro meses, y no hemos vuelto a saber de él -le decía, restregándole la espalda

con un estropajo enjabonado. José Arcadio volvió, hecho un hombrazo más alto que tú y todo

bordado en punto de cruz, pero sólo vino a traer la vergüenza a nuestra casa.» Creyó observar,

sin embargo, que su marido entristecía con las malas noticias. Entonces optó por mentirle. «No

me creas lo que te digo -decía, mientras echaba cenizas sobre sus excrementos para recogerlos

con la pala-. Dios quiso que José Arcadio y Rebeca se casaran, y ahora son muy felices.» Llegó a

ser tan sincera en el engaño que ella misma acabó consolándose con sus propias mentiras.

«Arcadio ya es un hombre serio -decía-, y muy valiente, y muy buen mozo con su uniforme y su

sable.» Era como hablarle a un muerto, porque José Arcadio Buendía estaba ya fuera del alcance

de toda preocupación. Pero ella insistió. Lo veía tan manso, tan indiferente a todo, que decidió

soltarlo. Él ni siquiera se movió del banquito. Siguió expuesto al sol y la lluvia, como si las sogas

fueran innecesarias, porque un dominio superior a cualquier atadura visible lo mantenía amarrado

al tronco del castaño. Hacia el mes de agosto, cuando el invierno empezaba a eternizarse, Úrsula

pudo por fin darle una noticia que parecía verdad.

-Fíjate que nos sigue atosigando la buena suerte -le dijo-. Amaranta y el italiano de la pianola

se van a casar.

Amaranta y Pietro Crespi, en efecto, habían profundizado en la amistad, amparados por la

confianza de Úrsula, que esta vez no creyó necesario vigilar las visitas. Era un noviazgo crepuscular.

El italiano llegaba al atardecer, con una gardenia en el ojal, y le traducía a Amaranta

sonetos de Petrarca. Permanecían en el corredor sofocado por el orégano y las rosas, él leyendo y

ella tejiendo encaje de bolillo, indiferentes a los sobresaltos y las malas noticias de la guerra,

hasta que los mosquitos los obligaban a refugiarse en la sala. La sensibilidad de Amaranta, su

discreta pero envolvente ternura habían ido urdiendo en torno al novio una telaraña invisible, que

él tenía que apartar materialmente con sus dedos pálidos y sin anillos para abandonar la casa a

las ocho. Habían hecho un precioso álbum con las tarjetas postales que Pietro Crespi recibía de

Italia. Eran imágenes de enamorados en parques solitarios, con viñetas de corazones flechados y

cintas doradas sostenidas por palomas. «Yo conozco este parque en Florencia -decía Pietro Crespi

repasando las postales-. Uno extiende la mano y los pájaros bajan a comer.» A veces, ante una

acuarela de Venecia, la nostalgia transformaba en tibios aromas de flores el olor de fango y

mariscos podridos de los canales. Amaranta suspiraba, reía, soñaba con una segunda patria de

hombres y mujeres hermosos que hablaban una lengua de niños, con ciudades antiguas de cuya

pasada grandeza sólo quedaban los gatos entre los escombros. Después de atravesar el océano

en su búsqueda, después de haberlo confundido con la pasión en los manoseos vehementes de

Rebeca, Pietro Crespi había encontrado el amor. La dicha trajo consigo la prosperidad. Su

almacén ocupaba entonces casi una cuadra, y era un invernadero de fantasía, con reproducciones

del campanario de Florencia que daban la hora con un concierto de carillones, y cajas musicales

de Sorrento, y polveras de China que cantaban al destaparías tonadas de cinco notas, y todos los

instrumentos músicos que se podían imaginar y todos los artificios de cuerda que se podían concebir.

Bruno Crespi, su hermano menor, estaba al frente del almacén, porque él no se daba

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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abasto para atender la escuela de música. Gracias a él, la calle de los Turcos, con su deslumbrante

exposición de chucherías, se transformó en un remanso melódico para olvidar las

arbitrariedades de Arcadio y la pesadilla remota de la guerra. Cuando Úrsula dispuso la reanudación

de la misa dominical, Pietro Crespi le regaló al templo un armonio alemán, organizó un

coro infantil y preparó un repertorio gregoriano que puso una nota espléndida en el ritual

taciturno del padre Nicanor. Nadie ponía en duda que haría Amaranta una esposa feliz. Sin

apresurar los sentimientos, dejándose arrastrar por la fluidez natural del corazón, llegaron a un

punto en que sólo hacia falta fijar la fecha de la boda. No encontrarían obstáculos. Úrsula se

acusaba íntimamente de haber torcido con aplazamientos reiterados el destino de Rebeca, y no

estaba dispuesta a acumular remordimientos. El rigor del luto por la muerte de Remedios había

sido relegado a un lugar secundario por la mortificación de la guerra, la ausencia de Aureliano, la

brutalidad de Arcadio y la expulsión de José Arcadio y Rebeca. Ante la inminencia de la boda, el

propio Pietro Crespi había insinuado que Aureliano José, en quien fomentó un cariño casi

paternal, fuera considerado como su hijo mayor. Todo hacía pensar que Amaranta se orientaba

hacia una felicidad sin tropiezos. Pero al contrario de Rebeca, ella no revelaba la menor ansiedad.

Con la misma paciencia con que abigarraba manteles y tejía primores de pasamanería y bordaba

pavorreales en punto de cruz, esperó a que Pietro Crespi no soportara más las urgencias del

corazón. Su hora llegó con las lluvias aciagas de octubre. Pietro Crespi le quitó del regazo la

canastilla de bordar y le apretó la mano entre las suyas. «No soporto más esta espera -le dijo-.

Nos casamos el mes entrante.» Amaranta no tembló al contacto de sus manos de hielo. Retiró la

suya, como un animalito escurridizo, y volvió a su labor.

-No seas ingenuo, Crespi -sonrió-, ni muerta me casaré contigo.

Pietro Crespi perdió el dominio de sí mismo. Lloró sin pudor, casi rompiéndose los dedos de

desesperación, pero no logró quebrantarla. «No pierdas el tiempo -fue todo cuanto dijo

Amaranta-. Si en verdad me quieres tanto, no vuelvas a pisar esta casa.» Úrsula creyó

enloquecer de vergüenza. Pietro Crespi agotó los recursos de la súplica. Llegó a increíbles

extremos de humillación. Lloró toda una tarde en el regazo de Úrsula, que hubiera vendido el

alma por consolarlo. En noches de lluvia se le vio merodear por la casa con un paraguas de seda,

tratando de sorprender una luz en el dormitorio de Amaranta. Nunca estuvo mejor vestido que en

esa época. Su augusta cabeza de emperador atormentado adquirió un extraño aire de grandeza.

Importunó a las amigas de Amaranta, las que iban a bordar en el corredor, para que trataran de

persuadirla. Descuidó los negocios. Pasaba el día en la trastienda, escribiendo esquelas

desatinadas, que hacía llegar a Amaranta con membranas de pétalos y mariposas disecadas, y

que ella devolvía sin abrir. Se encerraba horas y horas a tocar la cítara. Una noche cantó.

Macondo despertó en una especie de estupor, angelizado por una cítara que no merecía ser de

este mundo y una voz como no podía concebirse que hubiera otra en la tierra con tanto amor.

Pietro Crespi vio entonces la luz en todas las ventanas del pueblo, menos en la de Amaranta. El

dos de noviembre, día de todos los muertos, su hermano abrió el almacén y encontró todas las

lámparas encendidas y todas las cajas musicales destapadas y todos los relojes trabados en una

hora interminable, y en medio de aquel concierto disparatado encontró a Pietro Crespi en el

escritorio de la trastienda, con las muñecas cortadas a navaja y las dos manos metidas en una

palangana de benjuí.

Úrsula dispuso que se le velara en la casa. ~ padre Nicanor se oponía a los oficios religiosos y

a la sepultura en tierra sagrada. Úrsula se le enfrentó. «De algún modo que ni usted ni yo

podemos entender, ese hombre era un santo -dijo-. Así que lo voy a enterrar, contra su voluntad,

junto a la tumba de Melquíades.» Lo hizo, con el respaldo de todo el pueblo, en funerales

magníficos. Amaranta no abandonó el dormitorio. Oyó desde su cama el llanto de Úrsula, los

pasos y murmullos de la multitud que invadió la casa, los aullidos de las plañideras, y luego un

hondo silencio oloroso a flores pisoteadas. Durante mucho tiempo siguió sintiendo el hálito de

lavanda de Pietro Crespi al atardecer, pero tuvo fuerzas para no sucumbir al delirio. Úrsula la

abandonó. Ni siquiera levantó los ojos para apiadarse de ella, la tarde en que Amaranta entró en

la cocina y puso la mano en las brasas del fogón, hasta que le dolió tanto que no sintió más dolor,

sino la pestilencia de su propia carne chamuscada. Fue una cura de burro para el remordimiento.

Durante varios días anduvo por la casa con la mano metida en un tazón con claras de huevo, y

cuando sanaron las quema duras pareció como si las claras de huevo hubieran cicatrizado

también las úlceras de su corazón. La única huella ex-terna que le dejó la tragedia fue la venda

de gasa negra que se puso en la mano quemada, y que había de llevar hasta la muerte.

Cien años de soledad

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Arcadio dio una rara muestra de generosidad, al proclamar mediante un bando el duelo oficial

por la muerte de Pietro Crespi. Úrsula lo interpretó como el regreso del cordero extraviado. Pero

se equivocó. Había perdido a Arcadio, no desde que vistió el uniforme militar, sino desde siempre.

Creía haberlo criado como a un hijo, como crió a Rebeca, sin privilegios ni discriminaciones. Sin

embargo, Arcadio era un niño solitario y asustado durante la peste del insomnio, en medio de la

fiebre utilitaria de Úrsula, de los delirios de José Arcadio Buendía, del hermetismo de Aureliano,

de la rivalidad mortal entre Amaranta y Rebeca. Aureliano le enseñó a leer y escribir, pensando

en otra cosa, como lo hubiera hecho un extraño. Le regalaba su ropa, para que Visitación la

redujera, cuando ya estaba de tirar. Arcadio sufría con sus zapatos demasiado grandes, con sus

pantalones remendados, con sus nalgas de mujer. Nunca logró comunicarse con nadie mejor que

lo hizo con Visitación y Cataure en su lengua. Melquíades fue el único que en realidad se ocupó de

él, que le hacía escuchar sus textos incomprensibles y le daba instrucciones sobre el arte de la

daguerrotipia. Nadie se imaginaba cuánto lloró su muerte en secreto, y con qué desesperación

trató de revivirlo en el estudio inútil de sus papeles. La escuela, donde se le ponía atención y se le

respetaba, y luego el poder, con sus bandos terminantes y su uniforme de gloria, lo liberaron del

peso de una antigua amargura. Una noche, en la tienda de Catarino, alguien se atrevió a decirle:

«No mereces el apellido que llevas.» Al contrario de lo que todos esperaban, Arcadio no lo hizo

fusilar.

-A mucha honra -dijo-, no soy un Buendía.

Quienes conocían el secreto de su filiación, pensaron por aquella réplica que también él estaba

al corriente, pero en realidad no lo estuvo nunca. Pilar Ternera, su madre, que le había hecho

hervir la sangre en el cuarto de daguerrotipia, fue para él una obsesión tan irresistible como lo

fue primero para José Arcadio y luego para Aureliano. A pesar de que había perdido sus encantos

y el esplendor de su risa, él la buscaba y la encontraba en el rastro de su olor de humo. Poco

antes de la guerra, un mediodía en que ella fue más tarde que de costumbre a buscar a su hijo

menor a la escuela, Arcadio la estaba esperando en el cuarto donde solía hacer la siesta, y donde

después instaló el cepo. Mientras el niño jugaba en el patio, él esperó en la hamaca, temblando

de ansiedad, sabiendo que Pilar Ternera tenía que pasar por ahí. Llegó. Arcadio la agarró por la

muñeca y trató de meterla en la hamaca. «No puedo, no puedo -dijo Pilar Ternera horrorizada-.

No te imaginas cómo quisiera complacerte, pero Dios es testigo que no puedo.» Arcadio la agarró

por la cintura con su tremenda fuerza hereditaria, y sintió que el mundo se borraba al contacto de

su piel. «No te hagas la santa -decía-. Al fin, todo el mundo sabe que eres una puta.» Pilar se

sobrepuso al asco que le inspiraba su miserable destino.

-Los niños se van a dar cuenta -murmuró-. Es mejor que esta noche dejes la puerta sin tranca.

Arcadio la esperó aquella noche tiritando de fiebre en la hamaca. Esperó sin dormir, oyendo los

grillos alborotados de la madrugada sin término y el horario implacable de los alcaravanes, cada

vez más convencido de que lo habían engañado.

De pronto, cuando la ansiedad se había descompuesto en rabia, la puerta se abrió. Pocos

meses después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de revivir los pasos perdidos en

el salón de clases, los tropiezos contra los escaños, y por último la densidad de un cuerpo en las

tinieblas del cuarto y los latidos del aire bombeado por un corazón que no era el suyo. Extendió la

mano y encontró otra mano con dos sortijas en un mismo dedo, que estaba a punto de naufragar

en la oscuridad. Sintió la nervadura de sus venas, el pulso de su infortunio, y sintió la palma

húmeda con la línea de la vida tronchada en la base del pulgar por el zarpazo de la muerte.

Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a

brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre, y el sexo

pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y

tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad. Pilar Ternera le había pagado cincuenta

pesos, la mitad de sus ahorros de toda la vida, para que hiciera lo que estaba haciendo. Arcadio

la había visto muchas veces, atendiendo la tiendecita de víveres de sus padres, y nunca se había

fijado en ella, porque tenía la rara virtud de no existir por completo sino en el momento oportuno.

Pero desde aquel día se enroscó como un gato al calor de su axila. Ella iba a la escuela a la hora

de la siesta, con el consentimiento de sus padres, a quienes Pilar Ternera había pagado la otra

mitad de sus ahorros. Más tarde, cuando las tropas del gobierno los desalojaron del local, se

amaban entre las latas de manteca y los sacos de maíz de la trastienda. Por la época en que

Arcadio fue nombrado jefe civil y militar, tuvieron una hija.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

49

Los únicos parientes que se enteraron, fueron José Arcadio y Rebeca, con quienes Arcadio

mantenía entonces relaciones íntimas, fundadas no tanto en el parentesco como en la complicidad.

José Arcadio había doblegado la cerviz al yugo matrimonial. El carácter firme de Rebeca,

la voracidad de su vientre, su tenaz ambición, absorbieron la descomunal energía del marido, que

de holgazán y mujeriego se convirtió en un enorme animal de trabajo. Tenían una casa limpia y

ordenada. Rebeca la abría de par en par al amanecer, y el viento de las tumbas entraba por las

ventanas y salía por las puertas del patio, y dejaba las paredes blanqueadas y los muebles

curtidos por el salitre de los muertos. El hambre de tierra, el doc doc de los huesos de sus

padres, la impaciencia de su sangre frente a la pasividad de Pietro Crespi, estaban relegados al

desván de la memoria. Todo el día bordaba junto a la ventana, ajena a la zozobra de la guerra,

hasta que los potes de cerámica empezaban a vibrar en el aparador y ella se levantaba a calentar

la comida, mucho antes de que aparecieran los escuálidos perros rastreadores y luego el coloso

de polainas y espuelas y con escopeta de dos cañones, que a veces llevaba un venado al hombro

y casi siempre un sartal de conejos o de patos silvestres. Una tarde, al principio de su gobierno,

Arcadio fue a visitarlos de un modo intempestivo. No lo veían desde que abandonaron la casa,

pero se mostró tan cariñoso y familiar que lo invitaron a compartir el guisado.

Sólo cuando tomaban el café reveló Arcadio el motivo de su visita: había recibido una denuncia

contra José Arcadio. Se decía que empezó arando su patio y había seguido derecho por las tierras

contiguas, derribando cercas y arrasando ranchos con sus bueyes, hasta apoderarse por la fuerza

de los mejores predios del contorno. A los campesinos que no había despojado, porque no le

interesaban sus tierras, les impuso una contribución que cobraba cada sábado con los perros de

presa y la escopeta de dos cañones. No lo negó. Fundaba su derecho en que las tierras usurpadas

habían sido distribuidas por José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y creía posible

demostrar que su padre estaba loco desde entonces, puesto que dispuso de un patrimonio que en

realidad pertenecía a la familia. Era un alegato innecesario, porque Arcadio no había ido a hacer

justicia. Ofreció simplemente crear una oficina de registro de la propiedad para que José Arcadio

legalizara los títulos de la tierra usurpada, con la condición de que delegara en el gobierno local el

derecho de cobrar las contribuciones. Se pusieron de acuerdo. Años después, cuando el coronel

Aureliano Buendía examinó los títulos de propiedad, encontró que estaban registradas a nombre

de su hermano todas las tierras que se divisaban desde la colina de su patio hasta el horizonte,

inclusive el cementerio, y que en los once meses de su mandato Arcadio había cargado no sólo

con el dinero de las contribuciones, sino también con el que cobraba al pueblo por el derecho de

enterrar a los muertos en predios de José Arcadio.

Úrsula tardó varios meses en saber lo que ya era del dominio público, porque la gente se lo

ocultaba para no aumentarle el sufrimiento. Empezó por sospecharlo. «Arcadio está construyendo

una casa -le confió con fingido orgullo a su marido, mientras trataba de meterle en la boca una

cucharada de jarabe de totumo. Sin embargo, suspiró involuntariamente: No sé por qué todo esto

me huele mal.» Más tarde, cuando se enteró de que Arcadio no sólo había terminado la casa sino

que se había encargado un mobiliario vienés, confirmó la sospecha de que estaba disponiendo de

los fondos públicos. «Eres la vergüenza de nuestro apellido», le gritó un domingo después de

misa, cuando lo vio en la casa nueva jugando barajas con sus oficiales. Arcadio no le prestó

atención. Sólo entonces supo Úrsula que tenía una hija de seis meses, y que Santa Sofía de la

Piedad, con quien vivía sin casarse, estaba otra vez encinta. Resolvió escribirle al coronel

Aureliano Buendía, en cualquier lugar en que se encontrara, para ponerlo al corriente de la situación.

Pero los acontecimientos que se precipitaron por aquellos días no sólo impidieron sus

propósitos, sino que la hicieron arrepentirse de haberlos concebido. La guerra, que hasta entonces

no había sido más que una palabra para designar una circunstancia vaga y remota, se

concretó en una realidad dramática. A fines de febrero llegó a Macondo una anciana de aspecto

ceniciento, montada en un burro cargado de escobas. Parecía tan inofensiva, que las patrullas de

vigilancia la dejaron pasar sin preguntas, como uno más de los vendedores que a menudo

llegaban de los pueblos de la ciénaga. Fue directamente al cuartel. Arcadio la recibió en el local

donde antes estuvo el salón de clases, y que entonces estaba transformado en una especie de

campamento de retaguardia, con hamacas enrolladas y colgadas en las argollas y petates

amontonados en los rincones, y fusiles y carabinas y hasta escopetas de cacería dispersos por el

suelo. La anciana se cuadró en un saludo militar antes de identificarse:

-Soy el coronel Gregorio Stevenson.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

50

Llevaba malas noticias. Los últimos focos de resistencia liberal, según dijo, estaban siendo

exterminados. El coronel Aureliano Buendía, a quien había dejado batiéndose en retirada por los

lados de Riohacha, le encomendó la misión de hablar con Arcadio. Debía entregar la plaza sin

resistencia, poniendo como condición que se respetaran bajo palabra de honor la vida y las

propiedades de los liberales. Arcadio examinó con una mirada de conmiseración a aquel extraño

mensajero que habría podido confundirse con una abuela fugitiva.

-Usted, por supuesto, trae algún papel escrito -dijo.

-Por supuesto -contestó el emisario-, no lo traigo. Es fácil comprender que en las actuales

circunstancias no se lleve encima nada comprometedor.

Mientras hablaba, se sacó del corpiño y puso en la mesa un pescadito de oro. «Creo que con

esto será suficiente», dijo. Arcadio comprobó que en efecto era uno de los pescaditos hechos por

el coronel Aureliano Buendía. Pero alguien podía haberlo comprado antes de la guerra, o haberlo

robado, y no tenía por tanto ningún mérito de salvoconducto. El mensajero llegó hasta el extremo

de violar un secreto de guerra para acreditar su identidad. Reveló que iba en misión a Curazao,

donde esperaba reclutar exiliados de todo el Caribe y adquirir armas y pertrechos suficientes para

intentar un desembarco a fin de año. Confiando en ese plan, el coronel Aureliano Buendía no era

partidario de que en aquel momento se hicieran sacrificios inútiles.

Arcadio fue inflexible. Hizo encarcelar al mensajero, mientras comprobaba su identidad, y

resolvió defender la plaza hasta la muerte.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Las noticias del fracaso liberal fueron cada vez más

concretas. A fines de marzo, en una madrugada de lluvias prematuras, la calma tensa de las

semanas anteriores se resolvió abruptamente con un desesperado toque de corneta, seguido de

un cañonazo que desbarató la torre del templo. En realidad, la voluntad de resistencia de Arcadio

era una locura. No disponía de más de cincuenta hombres mal armados, con una dotación

máxima de veinte cartuchos cada uno. Pero entre ellos, sus antiguos alumnos, excitados con

proclamas altisonantes, estaban decididos a sacrificar el pellejo por una causa perdida. En medio

del tropel de botas, de órdenes contradictorias, de cañonazos que hacían temblar la tierra, de

disparos atolondrados y de toques de corneta sin sentido, el supuesto coronel Stevenson

consiguió hablar con Arcadio. «Evíteme la indignidad de morir en el cepo con estos trapes de

mujer -le dijo-. Si he de morir, que sea peleando.» Logró convencerlo. Arcadio ordenó que le

entregaran un arma con veinte cartuchos y lo dejaron con cinco hombres defendiendo el cuartel,

mientras él iba con su estado mayor a ponerse al frente de la resistencia. No alcanzó a llegar al

camino de la ciénaga. Las barricadas habían sido despedazadas y los defensores se batían al

descubierto en las calles, primero hasta donde les alcanzaba la dotación de los fusiles, y luego

con pistolas contra fusiles y por último cuerpo a cuerpo. Ante la inminencia de la derrota, algunas

mujeres se echaron a la calle armadas de palos y cuchillos de cocina. En aquella confusión,

Arcadio encontró a Amaranta que andaba buscándolo como una loca, en camisa de dormir, con

dos viejas pistolas de José Arcadio Buendía. Le dio su fusil a un oficial que había sido desarmado

en la refriega, y se evadió con Amaranta por una calle adyacente para llevarla a casa Úrsula

estaba en la puerta, esperando, indiferente a las descargas que habían abierto una tronera en la

fachada de la casa vecina. La lluvia cedía, pero las calles estaban resbaladizas y blandas como

jabón derretido, y había que adivinar las distancias en la oscuridad. Arcadio dejó a Amaranta con

Úrsula y trató de enfrentarse a do8 soldados que soltaron una andanada ciega desde la esquina.

Las viejas pistolas guardadas muchos años en un ropero no ;f~½cionaron. Protegiendo a Arcadio

con su cuerpo, Úrsula intentó arrastrarlo hasta la casa.

-Ven, por Dios -le gritaba-. ¡Ya basta de locuras!

Los soldados los apuntaron.

-¡Suelte a ese hombre, señora -gritó uno de ellos-, o no respondemos!

Arcadio empujó a Úrsula hacia la casa y se entregó. Poco después terminaron los disparos y

empezaron a repicar las campanas. La resistencia había sido aniquilada en menos de media hora.

Ni uno solo de los hombres de Arcadio sobrevivió al asalto, pero antes de morir se llevaron por

delante a trescientos soldados. El último baluarte fue el cuartel. Antes de ser atacado, el supuesto

coronel Gregorio Stevenson puso en libertad a los presos y ordenó a sus hombres que salieran a

batirse en la calle. La extraordinaria movilidad y la puntería certera con que disparó sus veinte

cartuchos por las diferentes ventanas, dieron la impresión de que el cuartel estaba bien

resguardado, y los atacantes lo despedazaron a cañonazos. El capitán que dirigió la operación se

asombró de encontrar los escombros desiertos, y un solo hombre en calzoncillos, muerto, con el

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

51

fusil sin carga, todavía agarrado por un brazo que había sido arrancado de cuajo. Tenía una

frondosa cabellera de mujer enrollada en la nuca con una peineta, y en el cuello un escapulario

con un pescadito de oro. Al voltearlo con la puntera de la bota para alumbrarle la cara, el capitán

se quedó perplejo. «Mierda», exclamó. Otros oficiales se acercaron.

Miren dónde vino a aparecer este hombre -les dijo el capitán-. Es Gregorio Stevenson,

Al amanecer, después de un consejo de guerra sumario, Arcadio fue fusilado contra el muro

del cementerio. En las dos últimas horas de su vida no logró entender por qué había desaparecido

el miedo que lo atormentó desde la infancia. Impasible, sin preocuparse siquiera por demostrar

su reciente valor, escuchó los interminables cargos de la acusación. Pensaba en Úrsula, que a esa

hora debía estar bajo el castaño tomando el café con José Arcadio Buendía. Pensaba en su hija de

ocho meses, que aún no tenía nombre, y en el que iba a nacer en agosto, Pensaba en Santa Sofía

de la Piedad, a quien la noche anterior dejó salando un venado para el almuerzo del sábado, y

añoró su cabello chorreado sobre los hombros y sus pestañas que parecían artificiales. Pensaba

en su gente sin sentimentalismos, en un severo ajuste de cuentas con la vida, empezando a

comprender cuánto quería en realidad a las personas que más había odiado. El presidente del

consejo de guerra inició su discurso final, antes de que Arcadio cayera en la cuenta de que

habrían transcurrido dos horas. «Aunque los cargos comprobados no tuvieran sobrados méritos –

decía el presidente-, la temeridad irresponsable y criminal con que el acusado empujó a sus

subordinados a una muerte inútil, bastaría para merecerle la pena capital.» En la escuela

desportillada donde experimentó por primera vez la seguridad del poder, a pocos metros del

cuarto donde conoció la incertidumbre del amor, Arcadio encontró ridículo el formalismo de la

muerte. En realidad no le importaba la muerte sino la vida, y por eso la sensación que

experimentó cuando pronunciaron la sentencia no fue una sensación de miedo sino de nostalgia.

No habló mientras no le preguntaron cuál era su última voluntad.

-Díganle a mi mujer -contestó con voz bien timbrada- que le ponga a la, niña el nombre de

Úrsula -hizo una pausa y confirmó-: Úrsula, como la abuela. Y díganle también que si el que va a

nacer nace varón, que le pongan José Arcadio, pero no por el tío, sino por el abuelo.

Antes de que lo llevaran al paredón, el padre Nicanor trató de asistirlo. «No tengo nada de qué

arrepentirme», dijo Arcadio, y se puso a las órdenes del pelotón después de tomarse una taza de

café negro. El jefe del pelotón, especialista en ejecuciones sumarias, tenía un nombre que era

mucho más que una casualidad: capitán Roque Carnicero. Camino del cementerio, bajo la llovizna

persistente, Arcadio observó que en el horizonte despuntaba un miércoles radiante. La nostalgia

se desvanecía con la niebla y dejaba en su lugar una inmensa curiosidad. Sólo cuando le

ordenaron ponerse de espaldas al muro, Arcadio vio a Rebeca con el pelo mojado y un vestido de

flores rosadas abriendo la casa de par en par. Hizo un esfuerzo para que le reconociera. En

efecto, Rebeca miró casualmente hacia el muro y se quedó paralizada de estupor, y apenas pudo

reaccionar para hacerle a Arcadio una señal de adiós con la mano. Arcadio le contestó en la

misma forma. En ese instante lo apuntaron las bocas ahumadas de los fusiles y oyó letra por letra

las encíclicas cantadas de Melquíades y sintió los pasos perdidos de Santa Bofia de la Piedad,

virgen, en el salón de clases, y experimentó en la nariz la misma dureza de hielo que le había

llamado la atención en las fosas nasales del cadáver de Remedios. «¡Ah, carajo! -alcanzó a

pensar-, se me olvidó decir que si nacía mujer la pusieran Remedios.» Entonces, acumulado en

un zarpazo desgarrador, volvió a sentir todo el terror que le atormentó en la vida. El capitán dio

la orden de fuego. Arcadio apenas tuvo tiempo de sacar el pecho y levantar la cabeza sin

comprender de dónde fluía el líquido ardiente que le quemaba los muslos.

-¡Cabrones! -gritó-. ¡Viva el partido liberal!

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VII

En mayo terminó la guerra. Dos semanas antes de que el gobierno hiciera el anuncio oficial, en

una proclama altisonante que prometía un despiadado castigo para los promotores de la rebelión,

el coronel Aureliano Buendía cayó prisionero cuando estaba a punto de alcanzar la frontera

occidental disfrazado de hechicero indígena. De los veintiún hombres que lo siguieron en la

guerra, catorce murieron en combate, seis estaban heridos, y sólo uno lo acompañaba en el

momento de la derrota final: el coronel Gerineldo Márquez. La noticia de la captura fue dada en

Macondo con un bando extraordinario. «Está vivo -le informó Úrsula a su marido-. Roguemos a

Dios para que sus enemigos tengan clemencia.» Después de tres días de llanto, una tarde en que

batía un dulce de leche en la cocina, oyó claramente la voz de su hijo muy cerca del oído. «Era

Aureliano -gritó, corriendo hacia el castaño para darle la noticia al esposo-. No sé cómo ha sido el

milagro, pero está vivo y vamos a verlo muy pronto.» Lo dio por hecho. Hizo lavar los pisos de la

casa y cambiar la posición de los muebles. Una semana después, un rumor sin origen que no

sería respaldado por el bando, confirmó dramáticamente el presagio. El coronel Aureliano Buendía

había sido condenado a muerte, y la sentencia sería ejecutada en Macondo, para escarmiento de

la población. Un lunes, a las diez y veinte de la mañana, Amaranta estaba vistiendo a Aureliano

José, cuando percibió un tropel remoto y un toque de corneta, un segundo antes de que Úrsula

irrumpiera en el cuarto con un grito: «Ya lo traen.» La tropa pugnaba por someter a culatazos a

la muchedumbre desbordada. Úrsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a

empellones, y entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa desgarrada, el cabello y la

barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir el polvo abrasante, con las manos

amarradas a la espalda con una soga que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a

caballo. Junto a él, también astroso y derrotado, llevaban al coronel Gerineldo Márquez. No

estaban tristes. Parecían más bien turbados por la muchedumbre que gritaba a la tropa toda

clase de improperios.

-¡Hijo mío! -gritó Úrsula en medio de la algazara, y le dio un manotazo al soldado que trató de

detenerla. El caballo del oficial se encabritó. Entonces el coronel Aureliano Buendía se detuvo,

trémulo, esquivó los brazos de su madre y fijó en sus ojos una mirada dura.

-Váyase a casa, mamá -dijo-. Pida permiso a las autoridades y venga a verme a la cárcel.

Miró a Amaranta, que permanecía indecisa a dos pasos detrás de Úrsula, y le sonrió al

preguntarle: «¿Qué te pasó en la mano?» Amaranta levantó la mano con la venda negra. «Una

quemadura», dijo, y apartó a Úrsula para que no la atropellaran los caballos. La tropa disparó.

Una guardia especial rodeó a los prisioneros y los llevó al trote al cuartel.

Al atardecer, Úrsula visitó en la cárcel al coronel Aureliano Buendía. Había tratado de conseguir

el permiso a través de don Apolinar Moscote, pero éste había perdido toda autoridad frente a la

omnipotencia de los militares. El padre Nicanor estaba postrado por una calentura hepática. Los

padres del coronel Gerineldo Márquez, que no estaba condenado a muerte, habían tratado de

verlo y fueron rechazados a culatazos. Ante la imposibilidad de conseguir intermediarios,

convencida de que su hijo sería fusilado al amanecer, Úrsula hizo un envoltorio con las cosas que

quería llevarle y fue sola al cuartel.

-Soy la madre del coronel Aureliano Buendía -se anunció. Los centinelas le cerraron el paso.

«De todos modos voy a entrar -les advirtió Úrsula-. De manera que si tienen orden de disparar,

empiecen de una vez.» Apartó a uno de un empellón y entró a la antigua sala de clases, donde un

grupo de soldados desnudos engrasaban sus armas, Un oficial en uniforme de campaña,

sonrosado, con lentes de cristales muy gruesos y ademanes ceremoniosos, hizo a los centinelas

una señal para que se retiraran.

-Soy la madre del coronel Aureliano Buendía -repitió Úrsula.

-Usted querrá decir -corrigió el oficial con una sonrisa amable- que es la señora madre del

señor Aureliano Buendía.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

53

Úrsula reconoció en su modo de hablar rebuscado la cadencia lánguida de la gente del páramo,

los cachacos.

-Como usted diga, señor -admitió-, siempre que me permita verlo.

Había órdenes superiores de no permitir visitas a los condenados a muerte, pero el oficial

asumió la responsabilidad de concederle una entrevista de quince minutos. Úrsula le mostró lo

que llevaba en el envoltorio: una muda de ropa limpia los botines que se puso su hijo para la

boda, y el dulce de leche que guardaba para él desde el día en que presintió su regreso. Encontró

al coronel Aureliano Buendía en el cuarto del cepo, tendido en un catre y con los brazos abiertos,

porque tenía las axilas empedradas de golondrinos. Le habían permitido afeitarse. El bigote denso

de puntas retorcidas acentuaba la angulosidad de sus pómulos. A Úrsula le pareció que estaba

más pálido que cuando se fue, un poco más alto y más solitario que nunca. Estaba enterado de

los pormenores de la casa: el suicidio de Pietro Crespi, las arbitrariedades y el fusilamiento de

Arcadio, la impavidez de José Arcadio Buendía bajo el castaño. Sabía que Amaranta había

consagrado su viudez de virgen a la crianza de Aureliano José, y que éste empezaba a dar muestras

de muy buen juicio y leía y escribía al mismo tiempo que aprendía a hablar. Desde el

momento en que entró al cuarto, Úrsula se sintió cohibida por la madurez de su hijo, por su aura

de dominio, por el resplandor de autoridad que irradiaba su piel. Se sorprendió que estuviera tan

bien informado. «Ya sabe usted que soy adivino -bromeó él. Y agregó en serio-:

Esta mañana, cuando me trajeron, tuve la impresión de que ya había pasado por todo esto.»

En verdad, mientras la muchedumbre tronaba a su paso, él estaba concentrado en sus pensamientos,

asombrado de la forma en que había envejecido el pueblo en un año. Los almendros

tenían las hojas rotas. Las casas pintadas de azul, pintadas luego de rojo y luego vueltas a pintar

de azul, habían terminado por adquirir una coloración indefinible.

-¿Qué esperabas? -suspiró Úrsula-. El tiempo pasa.

-Así es -admitió Aureliano-, pero no tanto.

De este modo, la visita tanto tiempo esperada, para la que ambos habían preparado las

preguntas e inclusive previsto las respuestas, fue otra vez la conversación cotidiana de siempre.

Cuando el centinela anunció el término de la entrevista, Aureliano sacó de debajo de la estera del

catre un rollo de papeles sudados. Eran sus versos. Los inspirados por Remedios, que había

llevado consigo cuando se fue, y los escritos después, en las azarosas pausas de la guerra.

«Prométame que no los va a leer nadie -dijo-. Esta misma noche encienda el horno con ellos.»

Úrsula lo prometió y se incorporó para darle un beso de despedida.

-Te traje un revólver -murmuró.

El coronel Aureliano Buendia comprobó que el centinela no estaba a la vista. «No me sirve de

nada -replicó en voz baja-. Pero démelo, no sea que la registren a la salida.» Úrsula sacó el

revólver del corpiño y él lo puso debajo de la estera del catre. «Y ahora no se despida -concluyó

con un énfasis calmado-. No suplique a nadie ni se rebaje ante nadie. Hágase el cargo que me

fusilaron hace mucho tiempo.» Úrsula se mordió los labios para no llorar.

-Ponte piedras calientes en los golondrinos -dijo.

Dio media vuelta y salió del cuarto. El coronel Aureliano Buendía permaneció de pie, pensativo,

hasta que se cerró la puerta. Entonces volvió a acostarse con los brazos abiertos. Desde el

principio de la adolescencia, cuando empezó a ser consciente de sus presagios, pensó que la

muerte había d< anunciarse con una señal definida, inequívoca, irrevocable, pero le faltaban

pocas horas para morir, y la señal no llegaba. En cierta ocasión una mujer muy bella entró a su

campamento de Tucurinca y pidió a los centinelas que le permitieran verlo. La dejaron pasar,

porque conocían el fanatismo de algunas madres que enviaban a sus hijas al dormitorio de los

guerreros más notables, según ellas mismas decían, para mejorar la raza. El coronel Aureliano

Buendía estaba aquella noche terminando e poema del hombre que se había extraviado en la

lluvia, cuando la muchacha entró al cuarto. Él le dio la espalda para poner la hoja en la gaveta

con llave donde guardaba sus versos. Y entonces lo sintió. Agarró la pistola en la gaveta sin

volver la cara.

-No dispare, por favor -dijo.

Cuando se volvió con la pistola montada, la muchacha había bajado la suya y no sabía qué

hacer. Así había logrado eludir cuatro de once emboscadas. En cambio, alguien que nunca fu

capturado entró una noche al cuartel revolucionario de Manaure y asesinó a puñaladas a su

intimo amigo, el coronel Magnífico Visbal, a quien había cedido el catre para que sudar una

calentura. A pocos metros, durmiendo en una hamaca e el mismo cuarto, él no se dio cuenta de

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

54

nada. Eran inútiles sus esfuerzos por sistematizar los presagios. Se presentaban d pronto, en una

ráfaga de lucidez sobrenatural, como una convicción absoluta y momentánea, pero inasible. En

ocasione eran tan naturales, que no las identificaba como presagios sin cuando se cumplían.

Otras veces eran terminantes y no se cumplían. Con frecuencia no eran más que golpes vulgares

de superstición. Pero cuando lo condenaron a muerte y le pidieron expresar su última voluntad,

no tuvo la menor dificultad par identificar el presagio que le inspiró la respuesta:

-Pido que la sentencia se cumpla en Macondo -dijo. El presidente del tribunal se disgustó.

-No sea vivo, Buendía -le dijo-. Es una estratagema par ganar tiempo.

-Si no la cumplen, allá ustedes -dijo el coronel-, pero esa es mi última voluntad.

Desde entonces lo habían abandonado los presagios. El día en que Úrsula lo visitó en la cárcel,

después de mucho pensar, llegó a la conclusión de que quizá la muerte no se anunciaría aquella

vez, porque no dependía del azar sino de la voluntad de sus verdugos. Pasó la noche en vela

atormentado por el dolor de los golondrinos. Poco antes del alba oyó pasos en el corredor. «Ya

vienen», se dijo, y pensó sin motivo en José Arcadio Buendía, que en aquel momento estaba

pensando en él, bajo la madrugada lúgubre del castaño. No sintió miedo, ni nostalgia, sino una

rabia intestinal ante la idea de que aquella muerte artificiosa no le permitiría conocer el final de

tantas cosas que dejaba sin terminar. La puerta se abrió y entró el centinela con un tazón de

café. Al día siguiente a la misma hora todavía estaba como entonces, rabiando con el dolor de las

axilas, y ocurrió exactamente lo mismo. El jueves compartió el dulce de leche con los centinelas y

se puso la ropa limpia, que le quedaba estrecha, y los botines de charol. Todavía el viernes no lo

habían fusilado.

En realidad, no se atrevían a ejecutar la sentencia. La rebeldía del pueblo hizo pensar a los

militares que el fusilamiento del coronel Aureliano Buendía tendría graves consecuencias políticas

no sólo en Macondo sino en todo el ámbito de la ciénaga, así que consultaron a las autoridades de

la capital provincial. La noche del sábado, mientras esperaban la respuesta, el capitán Roque

Carnicero fue con otros oficiales a la tienda de Catarino. Sólo una mujer, casi presionada con

amenazas, se atrevió a llevarlo al cuarto. «No se quieren acostar con un hombre que saben que

se va a morir -le confesó ella-. Nadie sabe cómo será, pero todo el mundo anda diciendo que el

oficial que fusile al coronel Aureliano Buendía, y todos los soldados del pelotón, uno por uno,

serán asesinados sin remedio, tarde o temprano, así se escondan en el fin del mundo.» El capitán

Roque Carnicero lo comentó con los otros oficiales, y éstos lo comentaron con sus superiores. El

domingo, aunque nadie lo había revelado con franqueza, aunque ningún acto militar había

turbado la calma tensa de aquellos días, todo el pueblo sabía que los oficiales estaban dispuestos

a eludir con toda clase de pretextos la responsabilidad de la ejecución. En el correo del lunes llegó

la orden oficial: la ejecución debía cumplirse en el término de veinticuatro horas. Esa noche los

oficiales metieron en una gorra siete papeletas con sus nombres, y el inclemente destino del

capitán Roque Carnicero lo señaló con la papeleta premiada. «La mala suerte no tiene resquicios –

dijo él con profunda amargura-. Nací hijo de puta y muero hijo de puta.» A las cinco de la

mañana eligió el pelotón por sorteo, lo formó en el patio, y despertó al condenado con una frase

premonitoria:

-Vamos Buendía -le dijo-. Nos llegó la hora.

-Así que era esto -replicó el coronel-. Estaba soñando que se me habían reventado los

golondrinos.

Rebeca Buendía se levantaba a las tres de la madrugada desde que supo que Aureliano sería

fusilado. Se quedaba en el dormitorio a oscuras, vigilando por la ventana entreabierta el muro del

cementerio, mientras la cama en que estaba sentada se estremecía con los ronquidos de José

Arcadio. Esperó toda semana con la misma obstinación recóndita con que en otra época esperaba

las cartas de Pietro Crespi. «No lo fusilarán aquí» -le decía José Arcadio-. Lo fusilarán a media

noche en cuartel para que nadie sepa quién formó el pelotón, y lo enterrarán allá mismo.»

Rebeca siguió esperando. «Son tan brutos que lo fusilarán aquí» -decía-. Tan segura estaba, que

había previsto la forma en que abriría la puerta para decirle adiós con la mano. «No lo van a traer

por la calle -insistía José Arcadio-, con sólo seis soldados asustados, sabiendo que gente está

dispuesta a todo.» Indiferente a la lógica de su marido, Rebeca continuaba en la ventana.

-Ya verás que son así de brutos -decía-.

El martes a las cinco de la mañana José Arcadio había tomado el café y soltado los perros,

cuando Rebeca cerró la ventana se agarró de la cabecera de la cama para no caer. «Ahí lo trae –

suspiró-. Qué hermoso está.» José Arcadio se asomó a la ventana, y lo vio, trémulo en la claridad

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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del alba, con unos pantalones que habían sido suyos en la juventud. Estaba ya de espaldas al

muro y tenía las manos apoyadas en la cintura porque los nudos ardientes de las axilas le

impedían bajar los brazos «Tanto joderse uno -murmuraba el coronel Aureliano Buendía-. Tanto

joderse para que lo maten a uno seis maricas si poder hacer nada,» Lo repetía con tanta rabia,

que casi parece fervor, y el capitán Roque Carnicero se conmovió porque creyó que estaba

rezando. Cuando el pelotón lo apuntó, la rabia se había materializado en una sustancia viscosa y

amarga que le adormeció la lengua y lo obligó a cerrar los ojos. Entonces desapareció el

resplandor de aluminio del amanecer, y volvió verse a sí mismo, muy niño, con pantalones cortos

y un lazo en el cuello, y vio a su padre en una tarde espléndida conduciéndolo al interior de la

carpa, y vio el hielo. Cuando oyó el grito, creyó que era orden final al pelotón. Abrió los ojos con

una curiosidad de escalofrío, esperando encontrarse con la trayectoria incandescente de los

proyectiles, pero sólo encontró capitán Roque Carnicero con los brazos en alto, y a José Arcadio

atravesando la calle con su escopeta pavorosa lista para disparar.

-No haga fuego -le dijo el capitán a José Arcadico. Usted viene mandado por la Divina

Providencia.

Allí empezó otra guerra. El capitán Roque Carnicero y sus seis hombres se fueron con el

coronel Aureliano Buendía a liberar al general revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte

en Riohacha. Pensaron ganar tiempo atravesando la sierra por el camino que siguió José Arcadio

Buendía para fundar a Macondo, pero antes de una semana se convencieron de que era una

empresa imposible. De modo que tuvieron que hacer la peligrosa ruta de las estribaciones, sin

más municiones que las del pelotón de fusilamiento. Acampaban cerca de los pueblos, y uno de

ellos, con un pescadito de oro en la mano, entraba disfrazado a pleno día y hacia contacto con los

liberales en reposo, que a la mañana siguiente salían a cazar y no regresaban nunca. Cuando

avistaron a Riohacha desde un recodo de la sierra, el general Victorio Medina había sido fusilado.

Los hombres del coronel Aureliano Buendía lo proclamaron jefe de las fuerzas revolucionarias del

litoral del Caribe, con el grado de general. Él asumió el cargo, pero rechazó el ascenso, y se puso

a sí mismo la condición de no aceptarlo mientras no derribaran el régimen conservador. Al cabo

de tres meses habían logrado armar a más de mil hombres, pero fueron exterminados. Los

sobrevivientes alcanzaron la frontera oriental. La próxima vez que se supo de ellos habían

desembarcado en el Cabo de la Vela, procedentes del archipiélago de las Antillas, y un parte del

gobierno divulgado por telégrafo y publicado en bandos jubilosos por todo el país, anunció la

muerte del coronel Aureliano Buendía. Pero dos días después, un telegrama múltiple que casi le

dio alcance al anterior, anunciaba otra rebelión en los llanos del sur. Así empezó la leyenda de la

ubicuidad del coronel Aureliano Buendía. Informaciones simultáneas y contradictorias lo

declaraban victorioso en Villanueva, derrotado en Guacamayal, demorado por los indios

Motilones, muerto en una aldea de la ciénaga y otra vez sublevado en Urumita. Los dirigentes

liberales que en aquel momento estaban negociando una participación en el parlamento, lo

señalaron como un aventurero sin representación de partido. El gobierno nacional lo asimiló a la

categoría de bandolero y puso a su cabeza un precio de cinco mil pesos. Al cabo de dieciséis

derrotas, el coronel Aureliano Buendía salió de la Guajira con dos mil indígenas bien armados, y

la guarnición sorprendida durante el sueño abandonó Riohacha. Allí estableció su cuartel general,

y proclamó la guerra total contra el régimen. La primera notificación que recibió del gobierno fue

la amenaza de fusilar al coronel Gerineldo Márquez en el término de cuarenta y ocho horas, si no

se replegaba con sus fuerzas hasta la frontera oriental. El coronel Roque Carnicero, que entonces

era jefe de su estado mayor, le entregó el telegrama con un gesto de consternación, pero él lo

leyó con imprevisible alegría.

¡Qué bueno! -exclamó-. Ya tenemos telégrafo en Macondo.

Su respuesta fue terminante. En tres meses esperaba establecer su cuartel general en

Macondo. Si entonces no encontraba vivo al coronel Gerineldo Márquez, fusilaría sin fórmula de

juicio a toda la oficialidad que tuviera prisionera en ese momento, empezando por los generales,

e impartiría órdenes a sus subordinados para que procedieran en igual forma hasta el término de

la guerra. Tres meses después, cuando entró victorioso a Macondo, el primer abrazo que recibió

en el camino de la ciénaga fue el del coronel Gerineldo Márquez.

La casa estaba llena de niños. Úrsula había recogido a Santa Sofía de la Piedad, con la hija

mayor y un par de gemelos que nacieron cinco meses después del fusilamiento de Arcadio.

Contra la última voluntad del fusilado, bautizó a la niña con el nombre de Remedios. «Estoy

segura que eso fue lo que Arcadio quiso decir -alegó-. No la pondremos Úrsula, porque se sufre

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

56

mucho con ese nombre.» A los gemelos les puso José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.

Amaranta se hizo cargo de todos. Colocó asientitos de madera en la sala, y estableció un

parvulario con otros niños de familias vecinas. Cuando regresó el coronel Aureliano Buendía,

entre estampidos de cohetes y repiques de campanas, un coro infantil le dio la bienvenida en la

casa. Aureliano José, largo como su abuelo, vestido de oficial revolucionario, le rindió honores

militares.

No todas las noticias eran buenas. Un año después de la fuga del coronel Aureliano Buendía,

José Arcadio y Rebeca se fueron a vivir en la casa construida por Arcadio. Nadie se enteró de su

intervención para impedir el fusilamiento. En la casa nueva, situada en el mejor rincón de la

plaza, a la sombra de un almendro privilegiado con tres nidos de petirrojos, con una puerta

grande para las visitas V cuatro ventanas para la luz, establecieron un hogar hospitalario. Las

antiguas amigas de Rebeca, entre ellas cuatro hermanas Moscote que continuaban solteras,

reanudaron las sesiones de bordado interrumpidas años antes en el corredor de las begonias.

José Arcadio siguió disfrutando de las tierras usurpadas cuyos títulos fueron reconocidos por el

gobierno conservador. Todas las tardes se le veía regresar a caballo, con sus perros montunos y

su escopeta de dos cañones, y un sartal de conejos colgados en la montura. Una tarde de

septiembre, ante la amenaza de una tormenta, regresó a casa más temprano que de costumbre.

Saludó a Rebeca en el comedor, amarró los perros en el patio, colgó los conejos en la cocina para

sacarlos más tarde y fue al dormitorio a cambiarse de ropa. Rebeca declaró después que cuando

su marido entró al dormitorio ella se encerró en el baño y no se dio cuenta de nada. Era una

versión difícil de creer, pero no había otra más verosímil, y nadie pudo concebir un motivo para

que Rebeca asesinara al hombre que la había hecho feliz. Ese fue tal vez el único misterio que

nunca se esclareció en Macondo. Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el

estampido de un pistoletazo retumbó la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta,

atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió

escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la calle de los Turcos, dobló una esquina a la

derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por

debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los

tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el

corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta que daba una

lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero y apareció en la cocina donde

Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.

-¡Ave María Purísima! -gritó Úrsula.

Siguió el hilo de sangre en sentido contrario, y en busca de su origen atravesó el granero, pasó

por el corredor de las begonias donde Aureliano José cantaba que tres y tres son seis y seis y tres

son nueve, y atravesó el comedor y las salas y siguió en línea recta por la calle, y dobló luego a la

derecha y después a la izquierda hasta la calle de los Turcos, sin recordar que todavía llevaba

puestos el delantal de hornear y las babuchas caseras, y salió a la plaza y se metió por la puerta

de una casa donde no había estado nunca, y empujó la puerta del dormitorio y casi se ahogó con

el olor a pólvora quemada, y encontró a José Arcadio tirado boca abajo en el suelo sobre las

polainas que se acababa de quitar, y vio el cabo original del hilo de sangre que ya había dejado

de fluir de su oído derecho. No encontraron ninguna herida en su cuerpo ni pudieron localizar el

arma. Tampoco fue posible quitar el penetrante olor a pólvora del cadáver. Primero lo lavaron

tres veces con jabón y estropajo, después lo frotaron con sal y vinagre, luego con ceniza y limón,

y por último lo metieron en un tonel de lejía y lo dejaron reposar seis horas. Tanto lo restregaron

que los arabescos del tatuaje empezaban a decolorarse. Cuando concibieron el recurso

desesperado de sazonarlo con pimienta y comino y hojas de laurel y hervirlo un día entero a

fuego lento ya había empezado a descomponerse y tuvieron que enterrarlo a las volandas. Lo

encerraron herméticamente en un ataúd especial de dos metros y treinta centímetros de largo y

un metro y diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado

con pernos de acero, y aun así se percibía el olor en las calles por donde pasó el entierro. El

padre Nicanor, con el hígado hinchado y tenso como un tambor, le echó la bendición desde la

cama. Aunque en los meses siguientes reforzaron la tumba con muros superpuestos y echaron

entre ellos ceniza apelmazada, aserrín y cal viva, el cementerio siguió oliendo a pólvora hasta

muchos años después, cuando los ingenieros de la compañía bananera recubrieron la sepultura

con una coraza de hormigón. Tan pronto como sacaron el cadáver, Rebeca cerró las puertas de

su casa y se enterró en vida, cubierta con una gruesa costra de desdén que ninguna tentación

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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terrenal consiguió romper. Salió a la calle en una ocasión, ya muy vieja, con unos zapatos color

de plata antigua y un sombrero de flores minúsculas, por la época en que pasó por el pueblo el

Judío Errante y provocó un calor tan intenso que los pájaros rompían las alambreras de las

ventanas para morir en los dormitorios. La última vez que alguien la vio con vida fue cuando

mató de un tiro certero a un ladrón que trató de forzar la puerta de su casa. Salvo Argénida, su

criada y confidente, nadie volvió a tener contacto con ella desde entonces. En un tiempo se supo

que escribía cartas al Obispo, a quien consideraba como su primo hermano, pero nunca se dijo

que hubiera recibido respuesta. El pueblo la olvidó.

A pesar de su regreso triunfal, el coronel Aureliano Buendía no se entusiasmaba con las

apariencias. Las tropas del gobierno abandonaban las plazas sin resistencia, y eso suscitaba en la

población liberal una ilusión de victoria que no convenía defraudar, pero los revolucionarios

conocían la verdad, y más que nadie el coronel Aureliano Buendía. Aunque en ese momento

mantenía más de cinco mil hombres bajo su mando y dominaba dos estados del litoral, tenía

conciencia de estar acorralado contra el mar, y metido en una situación política tan confusa que

cuando ordenó restaurar la torre de la iglesia desbaratada por un cañonazo del ejército, el padre

Nicanor comentó en su lecho de enfermo: «Esto es un disparate: los defensores de la fe de Cristo

destruyen el templo y los masones lo mandan componer.» Buscando una tronera de escape

pasaba horas y horas en la oficina telegráfica, conferenciando con los jefes de otras plazas, y

cada vez salía con la impresión más definida de que la guerra estaba estancada. Cuando se

recibían noticias de nuevos triunfos liberales se proclamaban con bandos de júbilo, pero él medía

en los mapas su verdadero alcance, y comprendía que sus huestes estaban penetrando en la

selva, defendiéndose de la malaria y los mosquitos, avanzando en sentido contrario al de la

realidad. «Estamos perdiendo el tiempo -se quejaba ante sus oficiales-. Estaremos perdiendo el

tiempo mientras los carbones del partido estén mendigando un asiento en el congreso.» En

noches de vigilia, tendido boca arriba en la hamaca que colgaba en el mismo cuarto en que

estuvo condenado a muerte, evocaba la imagen de los abogados vestidos de negro que

abandonaban el palacio presidencial en el hielo de la madrugada con el cuello de los abrigos

levantado hasta las orejas, frotándose las manos, cuchicheando, refugiándose en los cafetines

lúgubres del amanecer, para especular sobre lo que quiso decir el presidente cuando dijo que sí,

o lo que quiso decir cuando dijo que no, y para suponer inclusive lo que el presidente estaba

pensando cuando dijo una cosa enteramente distinta, mientras él espantaba mosquitos a treinta

y cinco grados de temperatura, sintiendo aproximarse al alba temible en que tendría que dar a

sus hombres la orden de tirarse al mar.

Una noche de incertidumbre en que Pilar Ternera cantaba en el patio con la tropa, él pidió que

le leyera el porvenir en las barajas. «Cuídate la boca -fue todo lo que sacó en claro Pilar Ternera

después de extender y recoger los naipes tres veces-. No sé lo que quiere decir, pero la señal es

muy clara:

cuídate la boca.» Dos días después alguien le dio a un ordenanza un tazón de café sin azúcar,

y el ordenanza se lo pasó a otro, y éste a otro, hasta que llegó de mano en mano al despacho del

coronel Aureliano Buendía. No había pedido café, pero ya que estaba ahí, el coronel se lo tomó.

Tenía una carga de nuez vómica suficiente para matar un caballo. Cuando lo llevaron a su casa

estaba tieso y arqueado y tenía la lengua partida entre los dientes. Úrsula se lo disputó a la

muerte. Después de limpiarle el estómago con vomitivos, lo envolvió en frazadas calientes y le

dio claras de huevos durante dos días, hasta que el cuerpo estragado recobró la temperatura

normal. Al cuarto día estaba fuera de peligro. Contra su voluntad, presionado por Úrsula y los

oficiales, permaneció en la cama una semana más. Sólo entonces supo que no habían quemado

sus versos. «No me quise precipitar -le explicó Úrsula-. Aquella noche, cuando iba a prender el

horno, me dije que era mejor esperar que trajeran el cadáver.» En la neblina de la convalecencia,

rodeado de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel Aureliano Buendia evocó en la

lectura de sus versos los instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas

horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus

experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo

examinarlos al derecho y al revés. Una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez:

-Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?

-Por qué ha de ser, compadre contestó el coronel Genireldo Márquez-: por el gran partido

liberal.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

58

-Dichoso tú que lo sabes contestó él-. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que

estoy peleando por orgullo.

-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Márquez.

Al coronel Aureliano Buendia le divirtió su alarma. «Naturalmente -dijo-. Pero en todo caso, es

mejor eso, que no saber por qué se pelea.» Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo:

-O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie.

Su orgullo le había impedido hacer contactos con los grupos armados del interior del país,

mientras los dirigentes del partido no rectificaran en público su declaración de que era un bandolero.

Sabía, sin embargo, que tan pronto como pusiera de lado esos escrúpulos rompería el

círculo vicioso de la guerra. La convalecencia le permitió reflexionar. Entonces consiguió que

Úrsula le diera el resto de la herencia enterrada y sus cuantiosos ahorros; nombró al coronel

Gerineldo Márquez jefe civil y militar de Macondo, y se fue a establecer contacto con los grupos

rebeldes del interior.

El coronel Gerineldo Márquez no sólo era el hombre de más confianza del coronel Aureliano

Buendía, sino que Úrsula lo recibía como un miembro de la familia. Frágil, tímido, de una buena

educación natural, estaba, sin embargo, mejor constituido para la guerra que para el gobierno.

Sus asesores políticos lo enredaban con facilidad en laberintos teóricos. Pero consiguió imponer

en Macondo el ambiente de paz rural con que soñaba el coronel Aureliano Buendia para morirse

de viejo fabricando pescaditos de oro. Aunque vivía en casa de sus padres, almorzaba donde

Úrsula dos o tres veces por semana. Inició a Aureliano José en el manejo de las armas de fuego,

le dio una instrucción militar prematura y durante varios meses lo llevó a vivir al cuartel, con el

consentimiento de Úrsula, para que se fuera haciendo hombre. Muchos años antes, siendo casi un

niño, Gerineldo Márquez había declarado su amor a Amaranta. Ella estaba entonces tan

ilusionada con su pasión solitaria por Pietro Crespi, que se rió de él. Gerineldo Márquez esperó.

En cierta ocasión le envió a Amaranta un papelito desde la cárcel, pidiéndole el favor de bordar

una docena de pañuelos de batista con las iniciales de su padre. Le mandó el dinero. Al cabo de

una semana, Amaranta le llevó a la cárcel la docena de pañuelos bordados, junto con el dinero, y

se quedaron varias horas hablando del pasado. «Cuando salga de aquí me casaré contigo», le dijo

Gerineldo Márquez al despedirse. Amaranta se rió, pero siguió pensando en él mientras enseñaba

a leer a los niños, y deseé revivir para él su pasión juvenil por Pietro Crespi. Los sábados, día de

visita a los presos, pasaba por casa de los padres de Gerineldo Márquez y los acompañaba a la

cárcel. Uno de esos sábados, Úrsula se sorprendió al verla en la cocina, esperando a que salieran

los bizcochos del horno para escoger los mejores y envolverlos en una servilleta que había

bordado para la ocasión.

-Cásate con él -le dijo-. Difícilmente encontrarás otro hombre como ese.

Amaranta fingió una reacción de disgusto.

-No necesito andar cazando hombres -replicó-. Le llevo estos bizcochos a Gerineldo porque me

da lástima que tarde o temprano lo van a fusilar.

Lo dijo sin pensarlo, pero fue por esa época que el gobierno hizo pública la amenaza de fusilar

al coronel Gerineldo Márquez si las fuerzas rebeldes no entregaban a Riohacha. Las visitas se

suspendieron. Amaranta se encerró a llorar, agobiada por un sentimiento de culpa semejante al

que la atormenté cuando murió Remedios, como si otra vez hubieran sido sus palabras

irreflexivas las responsables de una muerte. Su madre la consoló. Le aseguré que el coronel

Aureliano Buendía haría algo por impedir el fusilamiento, y prometió que ella misma se encargaría

de atraer a Gerineldo Márquez, cuando terminara la guerra. Cumplió la promesa antes del

término previsto. Cuando Gerineldo Márquez volvió a la casa investido de su nueva dignidad de

jefe civil y militar, lo recibió como a un hijo, concibió exquisitos halagos para retenerlo, y rogó

con todo el ánimo de su corazón que recordara su propósito de casarse con Amaranta. Sus

súplicas parecían certeras. Los días en que iba a almorzar a la casa, el coronel Gerineldo Márquez

se quedaba la tarde en el corredor de las begonias jugando damas chinas con Amaranta. Úrsula

les llevaba café con leche y bizcochos y se hacía cargo de los niños para que no los molestaran.

Amaranta, en realidad, se esforzaba por encender en su corazón las cenizas olvidadas de su

pasión juvenil. Con una ansiedad que llegó a ser intolerable esperé los días de almuerzos, las

tardes de damas chinas, y el tiempo se le iba volando en compañía de aquel guerrero de nombre

nostálgico cuyos dedos temblaban imperceptiblemente al mover las fichas. Pero el día en que el

coronel Gerineldo Márquez le reiteré su voluntad de casarse, ella lo rechazó.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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-No me casaré con nadie -le dijo-, pero menos contigo. Quieres tanto a Aureliano que te vas a

casar conmigo porque no puedes casarte con él.

El coronel Gerineldo Márquez era un hombre paciente. «Volveré a insistir -dijo-. Tarde o

temprano te convenceré.» Siguió visitando la casa. Encerrada en el dormitorio, mordiendo un

llanto secreto, Amaranta se metía los dedos en los oídos para no escuchar la voz del pretendiente

que le contaba a Úrsula las últimas noticias de la guerra, y a pesar de que se moría por verlo,

tuvo fuerzas para no salir a su encuentro.

El coronel Aureliano Buendía disponía entonces de tiempo para enviar cada dos semanas un

informe pormenorizado a Macondo. Pero sólo una vez, casi ocho meses después de haberse ido,

le escribió a Úrsula. Un emisario especial llevó a la casa un sobre lacrado, dentro del cual había

un papel escrito con la caligrafía preciosista del coronel: Cuiden mucho a papá porque se va a

morir. Úrsula se alarmó: «Si Aureliano lo dice, Aureliano lo sabe», dijo. Y pidió ayuda para llevar

a José Arcadio Buendía a su dormitorio. No sólo era tan pesado como siempre, sino que en 511

prolongada estancia bajo el castaño había desarrollado la facultad de aumentar de peso voluntariamente,

hasta el punto de que siete hombres no pudieron con él y tuvieron que llevarlo a

rastras a la cama. Un tufo de hongos tiernos, de flor de palo, de antigua y reconcentrada

intemperie impregnó el aire del dormitorio cuando empezó a respirarlo el viejo colosal macerado

por el sol y la lluvia. Al día siguiente no amaneció en la cama. Después de buscarlo por todos los

cuartos, Úrsula lo encontré otra vez bajo el castaño. Entonces lo amarraron a la cama. A pesar de

su fuerza intacta, José Arcadio Buendía no estaba en condiciones de luchar. Todo le daba lo

mismo. Si volvió al castaño no fue por su voluntad sino por una costumbre del cuerpo. Úrsula lo

atendía, le daba de comer, le llevaba noticias de Aureliano. Pero en realidad, la única persona con

quien él podía tener contacto desde hacía mucho tiempo, era Prudencio Aguilar. Ya casi

pulverizado por la profunda decrepitud de la muerte, Prudencio Aguilar iba dos veces al día a

conversar con él. Hablaban de gallos. Se prometían establecer un criadero de animales

magníficos, no tanto por disfrutar de unas victorias que entonces no les harían falta, sino por

tener algo con qué distraerse en los tediosos domingos de la muerte. Era Prudencio Aguilar quien

lo limpiaba, le daba de comer y le llevaba noticias espléndidas de un desconocido que se llamaba

Aureliano y que era coronel en la guerra. Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba

con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y

pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de

mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto

pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego

a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una

galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces

regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y

encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después

de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se

quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real. A la mañana siguiente Úrsula le llevaba

el desayuno cuando vio acercarse un hombre por el corredor. Era pequeño y macizo, con un traje

de paño negro y un sombrero también negro, enorme, hundido hasta los ojos taciturnos. «Dios

mío -pensó Úrsula-. Hubiera jurado que era Melquíades.» Era Cataure, el hermano de Visitación,

que había abandonado la casa huyendo de la peste del insomnio, y de quien nunca se volvió a

tener noticia. Visitación le preguntó por qué había vuelto, y él le contestó en su lengua solemne:

-He venido al sepelio del rey.

Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le

gritaron al oído, le pusieron un espejo frente a las fosas nasales, pero no pudieron despertarlo.

Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la

ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche

sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y

sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las

calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarías con palas y

rastrillos para que pudiera pasar el entierro.

Cien años de soledad

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VIII

Sentada en el mecedor de mimbre, con la labor interrumpida en el regazo, Amaranta

contemplaba a Aureliano José con el mentón embadurnado de espuma, afilando la navaja barbera

en la penca para afeitarse por primera vez. Se sangré las espinillas, se corté el labio superior

tratando de modelarse un bigote de pelusas rubias, y después de todo quedó igual que antes,

pero el laborioso proceso le dejé a Amaranta la impresión de que en aquel instante había

empezado a envejecer.

-Estás idéntico a Aureliano cuando tenía tu edad -dijo-. Ya eres un hombre.

Lo era desde hacía mucho tiempo, desde el día ya lejano en que Amaranta creyó que aún era

un niño y siguió desnudándose en el baño delante de él, como lo había hecho siempre, como se

acostumbré a hacerlo desde que Pilar Ternera se lo entregó para que acabara de criarlo. La

primera vez que él la vio, lo único que le llamó la atención fue la profunda depresión entre los

senos. Era entonces tan inocente que preguntó qué le había pasado, y Amaranta fingió excavarse

el pecho con la punta de los dedos y contesté: «Me sacaron tajadas y tajadas y tajadas.» Tiempo

después, cuando ella se restableció del suicidio de Pietro Crespi y volvió a bañarse con Aureliano

José, éste ya no se fijé en la depresión, sino que experimenté un estremecimiento desconocido

ante la visión de los senos espléndidos de pezones morados. Siguió examinándola, descubriendo

palmo a palmo el milagro de su intimidad, y sintió que su piel se erizaba en la contemplación,

como se erizaba la piel de ella al contacto del agua. Desde muy niño tenía la costumbre de

abandonar la hamaca para amanecer en la cama de Amaranta, cuyo contacto tenía la virtud de

disipar el miedo a la oscuridad. Pero desde el día en que tuvo conciencia de su desnudez, no era

el miedo a la oscuridad lo que lo impulsaba a meterse en su mosquitero, sino el anhelo de sentir

la respiración tibia de Amaranta al amanecer. Una madrugada, por la época en que ella rechazó al

coronel Gerineldo Márquez, Aureliano José despertó con la sensación de que le faltaba el aire.

Sintió los dedos de Amaranta como unos gusanitos calientes y ansiosos que buscaban su vientre.

Fingiendo dormir cambió de posición para eliminar toda dificultad, y entonces sintió la mano sin la

venda negra buceando como un molusco ciego entre las algas de su ansiedad. Aunque

aparentaron ignorar lo que ambos sabían, y lo que cada uno sabía que el otro sabía, desde

aquella noche quedaron mancornados por una complicidad inviolable. Aureliano José no podía

conciliar el sueño mientras no escuchaba el valse de las doce en el reloj de la sala, y la madura

doncella cuya piel empezaba a entristecer no tenía un instante de sosiego mientras no sentía

deslizarse en el mosquitero aquel sonámbulo que ella había criado, sin pensar que sería un

paliativo para su soledad. Entonces no sólo durmieron juntos, desnudos, intercambiando caricias

agotadoras, sino que se perseguían por los rincones de la casa y se encerraban en los dormitorios

a cualquier hora, en un permanente estado de exaltación sin alivio. Estuvieron a punto de ser

sorprendidos por Úrsula, una tarde en que entró al granero cuando ellos empezaban a besarse.

«¿Quieres mucho a tu tía?», le preguntó ella de un modo inocente a Aureliano José. Él contestó

que sí. «Haces bien», concluyó Úrsula, y acabó de medir la harina para el pan y regresó a la

cocina. Aquel episodio sacó a Amaranta del delirio. Se dio cuenta de que había llegado demasiado

lejos, de que ya no estaba jugando a los besitos con un niño, sino chapaleando en una pasión

otoñal, peligrosa y sin porvenir, y la cortó de un tajo. Aureliano José, que entonces terminaba su

adiestramiento militar, acabó por admitir la realidad y se fue a dormir al cuartel. Los sábados iba

con los soldados a la tienda de Catarino. Se consolaba de su abrupta soledad, de su adolescencia

prematura, con mujeres olorosas a flores muertas que él idealizaba en las tinieblas y las convertía

en Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de imaginación.

Poco después empezaron a recibirse noticias contradictorias de la guerra. Mientras el propio

gobierno admitía los progresos de la rebelión, los oficiales de Macondo tenían informes

confidenciales de la inminencia de una paz negociada. A principios de abril, un emisario especial

se identificó ante el coronel Gerineldo Márquez. Le confirmó que, en efecto, los dirigentes del

partido habían establecido contactos con jefes rebeldes del interior, y estaban en vísperas de

concertar el armisticio a cambio de tres ministerios para los liberales, una representación

minoritaria en el parlamento y la amnistía general para los rebeldes que depusieran las armas. El

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

61

emisario llevaba una orden altamente confidencial del coronel Aureliano Buendía, que estaba en

desacuerdo con los términos del armisticio. El coronel Gerineldo Márquez debía seleccionar a

cinco de sus mejores hombres y prepararse para abandonar con ellos el país. La orden se cumplió

dentro de la más estricta reseña. Una semana antes de que se anunciara el acuerdo, y en medio

de una tormenta de rumores contradictorios, el coronel Aureliano Buendía y diez oficiales de

confianza, entre ellos el coronel Roque Carnicero, llegaron sigilosamente a Macondo después de la

medianoche, dispersaron la guarnición, enterraron las armas y destruyeron los archivos. Al

amanecer habían abandonado el pueblo con el coronel Gerineldo Márquez y sus cinco oficiales.

Fue una operación tan rápida y confidencial, que Úrsula no se enteró de ella sino a última hora,

cuando alguien dio unos golpecitos en la ventana de su dormitorio y murmuró: «Si quiere ver al

coronel Aureliano Buendía, asómese ahora mismo a la puerta.» Úrsula saltó de la cama y salió a

la puerta en ropa de dormir, y apenas alcanzó a percibir el galope de la caballada que

abandonaba el pueblo en medio de una muda polvareda. Sólo al día siguiente se enteró de que

Aureliano José se había ido con su padre.

Diez días después de que un comunicado conjunto del gobierno y la oposición anunció el

término de la guerra, se tuvieron noticias del primer levantamiento armado del coronel Aureliano

Buendía en la frontera occidental. Sus fuerzas escasas y mal armadas fueron dispersadas en

menos de una semana. Pero en el curso de ese ano, mientras liberales y conservadores trataban

de que el país creyera en la reconciliación, intentó otros siete alzamientos. Una noche cañoneó a

Riohacha desde una goleta, y la guarnición sacó de sus camas y fusiló en represalia a los catorce

liberales más conocidos de la población. Ocupó por más de quince días una aduana fronteriza, y

desde allí dirigió a la nación un llamado a la guerra general. Otra de sus expediciones se perdió

tres meses en la selva, en una disparatada tentativa de atravesar más de mil quinientos kilómetros

de territorios vírgenes para proclamar Ja guerra en los suburbios de la capital. En cierta

ocasión estuvo a menos de veinte kilómetros de Macondo, y fue obligado por las patrullas del

gobierno a internarse en las montañas muy cerca de la región encantada donde su padre

encontró muchos años antes el fósil de un galeón español.

Por esa época murió Visitación. Se dio el gusto de morirse de muerte natural, después de

haber renunciado a un trono por temor al insomnio, y su última voluntad fue que desenterraran

de debajo de su cama el sueldo ahorrado en más de veinte años, y se lo mandaran al coronel

Aureliano Buendía para que siguiera la guerra. Pero Úrsula no se tomó el trabajo de sacar ese

dinero, porque en aquellos días se rumoraba que el coronel Aureliano Buendía había sido muerto

en un desembarco cerca de la capital provincial. El anuncio oficial -el cuarto en menos de dos

años- fue tenido por cierto durante casi seis meses, pues nada volvió a saberse de él. De pronto,

cuando ya Úrsula y Amaranta habían superpuesto un nuevo luto a los anteriores, llegó una noticia

insólita. El coronel Aureliano Buendía estaba vivo, pero aparentemente había desistido de

hostigar al gobierno de su país, y se había sumado al federalismo triunfante en otras repúblicas

del Caribe. Aparecía con nombres distintos cada vez más lejos de su tierra. Después había de

saberse que la idea que entonces lo animaba era la unificación de las fuerzas federalistas de la

América Central, para barrer con los regímenes conservadores desde Alaska hasta la Patagonia.

La primera noticia directa que Úrsula recibió de él, varios años después de haberse ido, fue una

carta arrugada y borrosa que le llegó de mano en mano desde Santiago de Cuba.

-Lo hemos perdido para siempre -exclamó Úrsula al leerla-. Por ese camino pasará la Navidad

en el fin del mundo.

La persona a quien se lo dijo, que fue la primera a quien mostró la carta, era el general

conservador José Raquel Moncada, alcalde de Macondo desde que terminó la guerra. «Este

Aureliano -comentó el general Moncada-, lástima que no sea conservador.» Lo admiraba de

veras. Como muchos civiles conservadores, José Raquel Moncada había hecho la guerra en defensa

de su partido y había alcanzado el título de general en el campo de batalla, aunque carecía

de vocación militar. Al contrario, también como muchos de sus copartidarios, era antimilitarista.

Consideraba a la gente de armas como holgazanes sin principios, intrigantes y ambiciosos,

expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden. Inteligente, simpático, sanguíneo,

hombre de buen comer y fanático de las peleas de gallos, había sido en cierto momento el

adversario más temible del coronel Aureliano Buendía. Logró imponer su autoridad sobre los

militares de carrera en un amplio sector del litoral. Cierta vez en que se vio forzado por

conveniencias estratégicas a abandonar una plaza a las fuerzas del coronel Aureliano Buendía, le

dejó a éste dos cartas. En una de ellas, muy extensa, lo invitaba a una campaña conjunta para

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

62

humanizar la guerra. La otra carta era para su esposa, que vivía en territorio liberal, y la dejó con

la súplica de hacerla llegar a su destino. Desde entonces, aun en los períodos más encarnizados

de la guerra, los dos comandantes concertaron treguas para intercambiar prisioneros. Eran

pausas con un cierto ambiente festivo que el general Moncada aprovechaba para enseñar a jugar

a ajedrez al coronel Aureliano Buendía. Se hicieron grandes amigos. Llegaron inclusive a pensar

en la posibilidad de coordinar a los elementos populares de ambos partidos para liquidar la influencia

de los militares y los políticos profesionales, e instaurar un régimen humanitario que

aprovechara lo mejor de cada doctrina. Cuando terminó la guerra, mientras el coronel Aureliano

Buendía se escabullía por los desfiladeros de la subversión permanente, el general Moncada fue

nombrado corregidor de Macondo. Vistió su traje civil, sustituyó a los militares por agentes de la

policía desarmados, hizo respetar las leyes de amnistía y auxilió a algunas familias de liberales

muertos en campaña. Consiguió que Macondo fuera erigido en municipio y fue por tanto su

primer alcalde, y creó un ambiente de confianza que hizo pensar en la guerra como en una

absurda pesadilla del pasado. El padre Nicanor, consumido por las fiebres hepáticas, fue

reemplazado por el padre Coronel, a quien llamaban El Cachorro, veterano de la primera guerra

federalista. Bruno Crespi, casado con Amparo Moscote, y cuya tienda de juguetes e instrumentos

musicales no se cansaba de prosperar, construyó un teatro, que las compañías españolas

incluyeron en sus itinerarios. Era un vasto salón al aire libre, con escaños de madera, un telón de

terciopelo con máscaras griegas, y tres taquillas en forma de cabezas de león por cuyas bocas

abiertas se vendían los boletos. Fue también por esa época que se restauró el edificio de la

escuela. Se hizo cargo de ella don Melchor Escalona, un maestro viejo mandado de la ciénaga,

que hacía caminar de rodillas en el patio de caliche a los alumnos desaplicados y les hacía comer

ají picante a los lenguaraces, con la complacencia de los padres. Aureliano Segundo y José

Arcadio Segundo, los voluntariosos gemelos de Santa Sofía de la Piedad, fueron los primeros que

se sentaron en el salón de clases con sus pizarras y sus gises y sus jarritos de aluminio marcados

con sus nombres. Remedios, heredera de la belleza pura de su madre, empezaba a ser conocida

como Remedios, la bella. A pesar del tiempo, de los lutos superpuestos y las aflicciones

acumuladas, Úrsula se resistía a envejecer. Ayudada por Santa Bofia de la Piedad había dado un

nuevo impulso a su industria de repostería, y no sólo recuperó en pocos años la fortuna que su

hijo se gastó en la guerra, sino que volvió a atiborrar de oro puro los calabazos enterrados en el

dormitorio. «Mientras Dios me dé vida -solía decir- no faltará la plata en esta casa de locos.» Así

estaban las cosas, cuando Aureliano José desertó de las tropas federalistas de Nicaragua, se

enroló en la tripulación de un buque alemán, y apareció en la cocina de la casa, macizo como un

caballo, prieto y peludo como un indio, y con la secreta determinación de casarse con Amaranta.

Cuando Amaranta lo vio entrar, sin que él hubiera dicho nada, supo de inmediato por qué

había vuelto. En la mesa no se atrevían a mirarse a la cara. Pero dos semanas después del

regreso estando Úrsula presente, él fijó sus ojos en los de ella y le dijo: «Siempre pensaba

mucho en ti.» Amaranta le huía. Se prevenía contra los encuentros casuales. Procuraba no separarse

de Remedios, la bella. Le indignó el rubor que doró sus mejillas el día en que el sobrino le

preguntó hasta cuándo pensaba llevar la venda negra en la mano, porque interpretó la pregunta

como una alusión a su virginidad. Cuando él llegó, ella pasó la aldaba en su dormitorio, pero

durante tantas noches percibió sus ronquidos pacíficos en el cuarto contiguo, que descuidó esa

precaución. Una madrugada, casi dos meses después del regreso lo sintió entrar en el dormitorio.

Entonces, en vez de huir, en vez de gritar como lo había previsto, se dejó saturar por una suave

sensación de descanso. Lo sintió deslizarse en el mosquitero, como lo había hecho cuando era

niño, como lo había hecho desde siempre, y no pudo reprimir el sudor helado y el crotaloteo de

los dientes cuando se dio cuenta de que él estaba completamente desnudo. «Vete -murmuró,

ahogándose de curiosidad-. Vete o me pongo a gritar.» Pero Aureliano José 5<bía entonces lo que

tenía que hacer, porque ya no era un nill0 asustado por la oscuridad sino un animal de campamento.

Desde aquella noche se reiniciaron las sordas batallas sin consecuencias que se

prolongaban hasta el amanecer. «Soy tu tía -murmuraba Amaranta, agotada-. Es casi como si

fuera tu madre, no sólo por la edad, sino porque lo único que me faltó fue darte de mamar.»

Aureliano escapaba al alba y regresaba a la madrugada siguiente, cada vez más excitado por la

comprobación de que ella no pasaba la aldaba. No había dejado de desearla un solo instante. La

encontraba en los oscuros dormitorios de los pueblos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y

la materializaba en el tufo de la sangre seca en las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo

del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando de aniquilar su

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recuerdo no sólo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compañeros de

armas calificaban de temeridad, pero mientras más revolcaba su imagen en el muladar de la

guerra, más la guerra se parecía a Amaranta. Así padeció el exilio, buscando la manera de

matarla con su propia muerte, hasta que le oyó contar a alguien el viejo cuento del hombre que

se casó con una tía que además era su prima y cuyo hijo terminó siendo abuelo de sí mismo.

-¿Es que uno se puede casar con una tía? -preguntó él, asombrado.

-No sólo se puede -le contestó un soldado- sino que estamos haciendo esta guerra contra los

curas para que uno se pueda casar con su propia madre.

Quince días después desertó. Encontró a Amaranta más ajada que en el recuerdo, más

melancólica y pudibunda, y ya doblando en realidad el último cabo de la madurez, pero más febril

que nunca en las tinieblas del dormitorio y más desafiante que nunca en la agresividad de su

resistencia. «Eres un bruto -le decía Amaranta, acosada por sus perros de presa-. No es cierto

que se le pueda hacer esto a una pobre tía, como no sea con dispensa especial del Papa.»

Aureliano José prometía ir a Roma, prometía recorrer a Europa de rodillas, y besar las sandalias

del Sumo Pontífice sólo para que ella bajara sus puentes levadizos.

-No es sólo eso-rebatía Amaranta-. Es que nacen los hijos con cola de puerco.

Aureliano José era sordo a todo argumento.

-Aunque nazcan armadillos -suplicaba.

Una madrugada, vencido por el dolor insoportable de la virilidad reprimida, fue a la tienda de

Catarino. Encontró una mujer de senos fláccidos, cariñosa y barata, que le apaciguó el vientre por

algún tiempo. Trató de aplicarle a Amaranta el tratamiento del desprecio. La veía en el corredor,

cosiendo en una máquina de manivela que había aprendido a manejar con habilidad admirable, y

ni siquiera le dirigía la palabra. Amaranta se sintió liberada de un lastre, y ella misma no comprendió

por qué volvió a pensar entonces en el coronel Gerineldo Márquez, por qué evocaba con

tanta nostalgia las tardes de damas chinas, y por qué llegó inclusive a desearlo como hombre de

dormitorio. Aureliano José no se imaginaba cuánto terreno había perdido, la noche en que no

pudo resistir más la farsa de la indiferencia, y volvió al cuarto de Amaranta. Ella lo rechazó con

una determinación inflexible, inequívoca, y echó para siempre la aldaba del dormitorio.

Pocos meses después del regreso de Aureliano José, se presentó en la casa una mujer

exuberante, perfumada de jazmines, con un niño de unos cinco años. Afirmó que era hijo del

coronel Aureliano Buendía y lo llevaba para que Úrsula lo bautizara. Nadie puso en duda el origen

de aquel niño sin nombre: era igual al coronel, por los tiempos en que lo llevaron a conocer el

hielo. La mujer contó que había nacido con los ojos abiertos mirando a la gente con criterio de

persona mayor, y que le asustaba su manera de fijar la mirada en las cosas sin parpadear. «Es

idéntico -dijo Úrsula-. Lo único que falta es que haga rodar las sillas con sólo mirarlas.» Lo

bautizaron con el nombre de Aureliano, y con el apellido de su madre, porque la ley no le

permitía llevar el apellido del padre mientras éste no lo reconociera. El general Moncada sirvió de

padrino. Aunque Amaranta insistió en que se lo dejaran para acabar de criarlo, la madre se

opuso.

Úrsula ignoraba entonces la costumbre de mandar doncellas a los dormitorios de los guerreros,

como se les soltaba gallinas a los gallos finos, pero en el curso de ese año se enteró: nueve hijos

más del coronel Aureliano Buendía fueron llevados a la casa para ser bautizados. El mayor, un

extraño moreno de ojos verdes que nada tenía que ver con la familia paterna, había pasado de

los diez años. Llevaron niños de todas las edades, de todos los colores, pero todos varones, y

todos con un aire de soledad que no permitía poner en duda el parentesco. Sólo dos se

distinguieron del montón. Uno, demasiado grande para su edad, que hizo añicos los floreros y

varias piezas de la vajilla, porque sus manos parecían tener la propiedad de despedazar todo lo

que tocaban. El otro era un rubio con los mismos ojos garzos de su madre, a quien habían dejado

el cabello largo y con bucles, como a una mujer. Entró a la casa con mucha familiaridad, como si

hubiera sido criado en ella, y fue directamente a un arcón del dormitorio de Úrsula, y exigió:

«Quiero la bailarina de cuerda.» Úrsula se asustó. Abrió el arcón, rebuscó entre los anticuados

y polvorientos objetos de los tiempos de Melquiades y encontró envuelta en un par de medias la

bailarina de cuerda que alguna vez llevó Pietro Crespi a la casa, y de la cual nadie había vuelto a

acordarse. En menos de doce años bautizaron con ~ nombre de Aureliano, y con el apellido de la

madre, a todos los hijos que diseminó el coronel a lo largo y a le ancho de sus territorios de

guerra; diecisiete. Al principio, Úrsula les llenaba los bolsillos de dinero y Amaranta intentaba

quedarse con ellos. Pero terminaron por limitarse a hacerles un regalo y a servirles de madrinas.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

64

«Cumplimos con bautizarlos», decía Úrsula, anotando en una libreta el nombre y la dirección de

las madres y el lugar y fecha de nacimiento de los niños. «Aureliano ha de llevar bien sus cuentas,

así que será él quien tome las determinaciones cuando regrese.» En el curso de un almuerzo,

comentando con el general Moncada aquella desconcertante proliferación, expresó el deseo de

que el coronel Aureliano Buendía volviera alguna vez para reunir a todos sus hijos en la casa.

-No se preocupe, comadre -dijo enigmáticamente el general Moncada-. Vendrá más pronto de

lo que usted se imagina.

Lo que el general Moncada sabía, y que no quiso revelar en el almuerzo, era que el coronel

Aureliano Buendía estaba ya en camino para ponerse al frente de la rebelión más prolongada,

radical y sangrienta de cuantas se habían intentado hasta entonces.

La situación volvió a ser tan tensa como en los meses que precedieron a la primera guerra. Las

riñas de gallos, animadas por el propio alcalde, fueron suspendidas. El capitán Aquiles Ricardo,

comandante de la guarnición, asumió en la práctica el poder municipal. Los liberales lo señalaron

como un provocador. «Algo tremendo va a ocurrir -le decía Úrsula a Aureliano José. No salgas a

la calle después de las seis de la tarde.» Eran súplicas inútiles. Aureliano José, al igual que

Arcadio en otra época, había dejado de pertenecerle. Era como si el regreso a la casa, la

posibilidad de existir sin molestarse por las urgencias cotidianas, hubieran despertado en él la vocación

concupiscente y desidiosa de su tío José Arcadio. Su pasión por Amaranta se extinguió sin

dejar cicatrices. Andaba un poco al garete, jugando billar, sobrellevando su soledad con mujeres

ocasionales, saqueando los resquicios donde Úrsula olvidaba el dinero traspuesto. Terminó por no

volver a la casa sino para cambiarse de ropa. «Todos son iguales -se lamentaba Úrsula-. Al

principio se crían muy bien, son obedientes y formales y parecen incapaces de matar una mosca,

y apenas les sale la barba se tiran a la perdición.» Al contrario de Arcadio, que nunca conoció su

verdadero origen, él se enteró de que era hijo de Pilar Ternera, quien le había colgado una hamaca

para que hiciera la siesta en su casa. Eran, más que madre e hijo, cómplices en la soledad.

Pilar Ternera había perdido el rastro de toda esperanza. Su risa había adquirido tonalidades de

órgano, sus senos habían sucumbido al tedio de las caricias eventuales, su vientre y sus muslos

habían sido víctimas de su irrevocable destino de mujer repartida, pero su corazón envejecía sin

amargura. Gorda, lenguaraz, con ínfulas de matrona en desgracia, renunció a la ilusión estéril de

las barajas y encontró un remanso de consolación en los amores ajenos. En la casa donde

Aureliano José dormía la siesta, las muchachas del vecindario recibían a sus amantes casuales.

«Me prestas el cuarto, Pilar», le decían simplemente, cuando ya estaban dentro. «Por supuesto»,

decía Pilar. Y si alguien estaba presente, le explicaba:

-Soy feliz sabiendo que la gente es feliz en la cama.

Nunca cobraba el servicio. Nunca negaba el favor, como no se lo negó a los incontables

hombres que la buscaron hasta en el crepúsculo de su madurez, sin proporcionarle dinero ni

amor, y sólo algunas veces placer. Sus cinco hijas, herederas de una semilla ardiente, se

perdieron por los vericuetos de la vida desde la adolescencia. De los dos varones que alcanzó a

pillar, uno murió peleando en las huestes del coronel Aureliano Buendía y otro fue herido y

capturado a los catorce años, cuando intentaba robarse un huacal de gallinas en un pueblo de la

ciénaga. En cierto modo, Aureliano José file el hombre alto y moreno que durante medio siglo le

anunció el rey de copas, y que como todos los enviados de las barajas llegó a su corazón cuando

ya estaba marcado por el signo de la muerte. Ella lo vio en los naipes.

-No salgas esta noche -le dijo-. Quédate a dormir aquí, que Carmelita Montiel se ha cansado

de rogarme que la meta en tu cuarto.

Aureliano José no captó el profundo sentido de súplica que tenía aquella oferta.

-Dile que me espere a la medianoche -dijo.

Se fue al teatro, donde una compañía española anunciaba El puñal del Zorro, que en realidad

era la obra de Zorrilla con el nombre cambiado por orden del capitán Aquiles Ricardo, porque los

liberales les llamaban godos a los conservadores. Sólo en el momento de entregar el boleto en la

puerta, Aureliano José se dio cuenta de que el capitán Aquiles Ricardo, con dos soldados armados

de fusiles, estaba cateando a la concurrencia. «Cuidado, capitán -le advirtió Aureliano José-. Todavía

no ha nacido el hombre que me ponga las manos encima.» El capitán intentó catearlo por la

fuerza, y Aureliano José, que andaba desarmado, se echó a correr. Los soldados desobedecieron

la orden de disparar. «Es un Buendía», explicó uno de ellos. Ciego de furia, el capitán le arrebató

entonces el fusil, se abrió en el centro de la calle, y apuntó.

-¡Cabrones! -alcanzó a gritar-. Ojalá fuera el coronel Aureliano Buendía.

Cien años de soledad

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65

Carmelita Montiel, una virgen de veinte años, acababa de bañarse con agua de azahares y

estaba regando hojas de romero en la cama de Pilar Ternera, cuando sonó el disparo. Aureliano

José estaba destinado a conocer con ella la felicidad que le negó Amaranta, a tener siete hijos y a

morirse de viejo en sus brazos, pero la bala de fusil que le entró por la espalda y le despedazó el

pecho, estaba dirigida por una mala interpretación de las barajas. El capitán Aquiles Ricardo, que

era en realidad quien estaba destinado a morir esa noche, murió en efecto cuatro horas antes

que Aureliano José. Apenas sonó el disparo fue derribado por dos balazos simultáneos, cuyo

origen no se estableció nunca, y un grito multitudinario estremeció la noche.

-¡Viva el partido liberal! ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!

A las doce, cuando Aureliano José acabó de desangrarse y Carmelita Montiel encontró en

blanco los naipes de su porvenir, más de cuatrocientos hombres habían desfilado frente al teatro

y habían descargado sus revólveres contra el cadáver abandonado del capitán Aquiles Ricardo. Se

necesitó una patrulla para poner en una carretilla el cuerpo apelmazado de plomo, que se

desbarataba como un pan ensopado.

Contrariado por las impertinencias del ejército regular, el general José Raquel Moncada

movilizó sus influencias políticas, volvió a vestir el uniforme y asumió la jefatura civil y militar de

Macondo. No esperaba, sin embargo, que su actitud conciliatoria pudiera impedir lo inevitable.

Las noticias de septiembre fueron contradictorias. Mientras el gobierno anunciaba que mantenía

el control en todo el país, los liberales recibían informes secretos de levantamientos armados en

el interior. El régimen no admitió el estado de guerra mientras no se proclamó en un bando que

se le había seguido consejo de guerra en ausencia al coronel Aureliano Buendía y había sido

condenado a muerte. Se ordenaba cumplir la sentencia a la primera guarnición que lo capturara.

«Esto quiere decir que ha vuelto», se alegró Úrsula ante el general Moncada. Pero él mismo lo ignoraba.

En realidad, el coronel Aureliano Buendía estaba en el país desde hacía más de un mes.

Precedido de rumores contradictorios, supuesto al mismo tiempo en los lugares más apartados, el

propio general Moncada no creyó en su regreso sino cuando se anunció oficialmente que se había

apoderado de dos estados del litoral. «La felicito, comadre -le dijo a Úrsula, mostrándole el

telegrama-. Muy pronto lo tendrá aquí.» Úrsula se preocupó entonces por primera vez. «¿Y usted

qué hará, compadre?», preguntó. El general Moncada se había hecho esa pregunta muchas

veces.

-Lo mismo que él, comadre -contestó-: cumplir con mi deber,

El primero de octubre, al amanecer, el coronel Aureliano Buendía con mil hombres bien

armados atacó a Macondo y la guarnición recibió la orden de resistir hasta el final. A mediodía,

mientras el general Moncada almorzaba con Úrsula, un cañonazo rebelde que retumbó en todo el

pueblo pulverizó la fachada de la tesorería municipal. «Están tan bien armados como nosotros –

suspiró el general Moncada-, pero además pelean con más ganas.» A las dos de la tarde,

mientras la tierra temblaba con los cañonazos de ambos lados, se despidió de Úrsula con la

certidumbre de que estaba librando una batalla perdida.

-Ruego a Dios que esta noche no tenga a Aureliano en la casa -dijo-. Si es así, déle un abrazo

de mi parte, porque yo no espero verlo más nunca.

Esa noche fue capturado cuando trataba de fugarse de Macondo, después de escribirle una

extensa carta al coronel Aureliano Buendía, en la cual le recordaba los propósitos comunes de

humanizar la guerra, y le deseaba una victoria definitiva contra la corrupción de los militares y las

ambiciones de los políticos de ambos partidos. Al día siguiente el coronel Aureliano Buendía

almorzó con él en casa de Úrsula, donde fue recluido hasta que un consejo de guerra

revolucionario decidiera su destino. Fue una reunión familiar. Pero mientras los adversarios

olvidaban la guerra para evocar recuerdos del pasado, Úrsula tuvo la sombría impresión de que

su hijo era un intruso. La había tenido desde que lo vio entrar protegido por un ruidoso aparato

militar que volteó los dormitorios al derecho y al revés hasta convencerse de que no había ningún

riesgo. El coronel Aureliano Buendía no sólo lo aceptó, sino que impartió órdenes de una

severidad terminante, y no permitió que nadie se le acercara a menos de tres metros, ni siquiera

Úrsula, mientras los miembros de su escolta no terminaron de establecer las guardias alrededor

de la casa. Vestía un uniforme de dril ordinario, sin insignias de ninguna clase, y unas botas altas

con espuelas embadurnadas de barro y sangre seca. Llevaba al cinto una escuadra con la funda

desabrochada, y la mano siempre apoyada en la culata revelaba la misma tensión vigilante y

resuelta de la mirada. Su cabeza, ahora con entradas profundas, parecía horneada a fuego lento.

Cien años de soledad

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66

Su rostro cuarteado por la sal del Caribe había adquirido una dureza metálica. Estaba preservado

contra la vejez inminente por una vitalidad que tenía algo que ver con la frialdad de las entrañas.

Era más alto que cuando se fue, más pálido y óseo, y manifestaba los primeros síntomas de

resistencia a la nostalgia. «Dios mío -se dijo Úrsula, alarmada-. Ahora parece un hombre capaz

de todo.» Lo era. El rebozo azteca que le llevó a Amaranta, las evocaciones que hizo en el

almuerzo, las divertidas anécdotas que contó, eran simples rescoldos de su humor de otra época.

No bien se cumplió la orden de enterrar a los muertos en la fosa común, asignó al coronel Roque

Carnicero la misión de apresurar los juicios de guerra, y él se empeñó en la agotadora tarea de

imponer las reformas radicales que no dejaran piedra sobre piedra en la revenida estructura del

régimen conservador. «Tenemos que anticiparnos a los políticos del partido -decía a sus

asesores-. Cuando abran los ojos a la realidad se encontrarán con los hechos consumados.» Fue

entonces cuando decidió revisar los títulos de propiedad de la tierra, hasta cien años atrás, y

descubrió las tropelías legalizadas de su hermano José Arcadio. Anuló los registros de una

plumada. En un último gesto de cortesía, desatendió sus asuntos por una hora y visitó a Rebeca

para ponerla al corriente de su determinación.

En la penumbra de la casa, la viuda solitaria que en un tiempo fue Ja confidente de sus amores

reprimidos, y cuya obstinación le salvó la vida, era un espectro del pasado. Cerrada de negro

hasta los puños, con el corazón convertido en cenizas, apenas si tenía noticias de la guerra. El

coronel Aureliano Buendía tuvo la impresión de que la fosforescencia de sus huesos traspasaba la

piel, y que ella se movía a través de una atmósfera de fuegos fatuos, en un aire estancado donde

aún se percibía un recóndito olor a pólvora. Empezó por aconsejarle que moderara el rigor de su

luto, que ventilara la casa, que le perdonara al mundo la muerte de José Arcadio. Pero ya Rebeca

estaba a salvo de toda vanidad. Después de buscarla inútilmente en el sabor de la tierra, en las

cartas perfumadas de Pietro Crespi, en la cama tempestuosa de su marido, había encontrado la

paz en aquella casa donde los recuerdos se materializaron por la fuerza de la evocación

implacable, y se paseaban como seres humanos por los cuartos clausurados. Estirada en su

mecedor de mimbre, mirando al coronel Aureliano Buendia como si fuera él quien pareciera un

espectro del pasado Rebeca ni si quiera se conmovió con la noticia de que las tierras usurpadas

por José Arcadio serían restituidas a sus dueños legítimos

-Se hará lo que tú dispongas, Aureliano suspiro Siempre creí, y lo confirmo ahora, que eres

un descastado.

La revisión de los títulos de propiedad se consumó al mismo tiempo que los juicios sumarios,

presididos por el coronel Gerineldo Márquez, y que concluyeron con el fusilamiento de toda la

oficialidad del ejército regular prisionera de los revolucionarios. El último consejo de guerra fue el

del general José Raquel Moncada. Úrsula intervino. «Es el mejor gobernante que hemos tenido en

Macondo -le dijo al coronel Aureliano Buendía-. Ni siquiera tengo nada que decirte de su buen

corazón, del afecto que nos tiene, porque tú lo conoces mejor que nadie.» El coronel Aureliano

Buendía fijó en ella una mirada de re-probación:

-No puedo arrogarme la facultad de administrar justicia

-replicó-. Si usted tiene algo que decir, dígalo ante el consejo de guerra.

Úrsula no sólo lo hizo, sino que llevó a declarar a todas las madres de los oficiales

revolucionarios que vivían en Macondo. Una por una, las viejas fundadoras del pu6blo, varias de

las cuales habían participado en la temeraria travesía de la sierra, exaltaron las virtudes del

general Moncada. Úrsula fue la última en el desfile. Su dignidad luctuosa, el peso de su nombre,

la convincente vehemencia de su declaración hicieron vacilar por un momento el equilibrio de la

justicia. «Ustedes han tomado muy en serio este juego espantoso, y han hecho bien, porque

están cumpliendo con su deber -dijo a los miembros del tribunal-. Pero no olviden que mientras

Dios nos dé vida, nosotras seguiremos siendo madres, y por muy revolucionarios que sean

tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto.»

El jurado se retiró a deliberar cuando todavía resonaban estas palabras en el ámbito de la escuela

convertida en cuartel. A la media noche, el general José Raquel Moncada fue sentenciado a

muerte. El coronel Aureliano Buendía, a pesar de las violentas recriminaciones de Úrsula, se negó

a conmutarle la pena. Poco antes del amanecer, visitó al sentenciado en el cuarto del cepo.

-Recuerda, compadre -le dijo-, que no te fusilo yo. Te fusila la revolución.

El general Moncada ni siquiera se levantó del catre al verlo entrar.

-Vete a la mierda, compadre -replicó.

Cien años de soledad

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Hasta ese momento, desde su regreso, el coronel Aureliano Buendía no se había concedido la

oportunidad de verlo con el corazón. Se asombró de cuánto había envejecido, del temblor de sus

manos, de la conformidad un poco rutinaria con que esperaba la muerte, y entonces experimentó

un hondo desprecio por sí mismo que confundió con un principio de misericordia.

-Sabes mejor que yo -dijo- que todo consejo de guerra es una farsa, y que en verdad tienes

que pagar los crímenes de otros, porque esta vez vamos a ganar la guerra a cualquier precio. Tú,

en mi lugar, ¿no hubieras hecho lo mismo?

El general Moncada se incorporó para limpiar los gruesos anteojos de carey con el faldón de la

camisa. «Probablemente -dijo-. Pero lo que me preocupa no es que me fusiles, porque al fin y al

cabo, para la gente como nosotros esto es la muerte natural.» Puso los lentes en la cama y se

quitó el reloj de leontina. «Lo que me preocupa -agregó- es que de tanto odiar a los militares, de

tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal

en la vida que merezca tanta abyección.» Se quitó el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen

de los Remedios y los puso juntos con los lentes y el reloj.

-A este paso -concluyó- no sólo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra

historia, sino que fusilarás a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia.

El coronel Aureliano Buendía permaneció impasible. El general Moncada le entregó entonces

los lentes, la medalla, el reloj y el anillo, y cambió de tono.

-Pero no te hice venir para regañarte -dijo-. Quería suplicarte el favor de mandarle estas cosas

a mi mujer.

El coronel Aureliano Buendía se las guardó en los bolsillos.

-¿Sigue en Manaure?

-Sigue en Manaure -confirmó el general Moncada-, en

la misma casa detrás de la iglesia donde mandaste aquella carta.

-Lo haré con mucho gusto, José Raquel -dijo el coronel Aureliano Buendía.

Cuando salió al aire azul de neblina, el rostro se le humedeció como en otro amanecer del

pasado, y sólo entonces comprendió por qué había dispuesto que la sentencia se cumpliera en el

patio, y no en el muro del cementerio. El pelotón, formado frente a la puerta, le rindió honores de

jefe de estado.

-Ya pueden traerlo -ordenó.

Cien años de soledad

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IX

El coronel Gerineldo Márquez fue el primero que percibió el vacío de la guerra. En su condición

de jefe civil y militar de Macondo sostenía dos veces por semana conversaciones telegráficas con

el coronel Aureliano Buendía. Al principio, aquellas entrevistas determinaban el curso de una

guerra de carne y hueso cuyos contornos perfectamente definidos permitían establecer en

cualquier momento el punto exacto en que se encontraba, y prever sus rumbos futuros. Aunque

nunca se dejaba arrastrar al terreno de las confidencias, ni siquiera por sus amigos más

próximos, el coronel Aureliano Buendía conservaba entonces el tono familiar que permitía

identificarlo al otro extremo de la línea. Muchas veces prolongó las conversaciones más allá del

término previsto y las dejó derivar hacia comentarios de carácter doméstico. Poco a poco, sin

embargo, y a medida que la guerra se iba intensificando y extendiendo, su imagen se fue

borrando en un universo de irrealidad. Los puntos y rayas de su voz eran cada vez más remotos e

inciertos, y se unían y combinaban para formar palabras que paulatinamente fueron perdiendo

todo sentido. El coronel Gerineldo Márquez se limitaba entonces a escuchar, abrumado por la impresión

de estar en contacto telegráfico con un desconocido de otro mundo.

-Comprendido, Aureliano -concluía en el manipulador-. ¡Viva el partido liberal!

Terminó por perder todo contacto con la guerra. Lo que en otro tiempo fue una actividad real,

una pasión irresistible de su juventud, se convirtió para él en una referencia remota: un vacío. Su

único refugio era el costurero de Amaranta. La visitaba todas las tardes. Le gustaba contemplar

sus manos mientras rizaba espumas de olán en la máquina de manivela que hacía girar

Remedios, la bella. Pasaban muchas horas sin hablar, conformes con la compañía recíproca, pero

mientras Amaranta se complacía íntimamente en mantener vivo el fuego de su devoción, él

ignoraba cuáles eran los secretos designios de aquel corazón indescifrable. Cuando se conoció la

noticia de su regreso, Amaranta se había ahogado de ansiedad. Pero cuando lo vio entrar en la

casa confundido con la ruidosa escolta del coronel Aureliano Buendía, y lo vio maltratado por el

rigor del destierro, envejecido por la edad y el olvido, sucio de sudor y polvo, oloroso a rebaño,

feo, con el brazo izquierdo en cabestrillo, se sintió desfallecer de desilusión. «Dios mío -pensó-:

no era éste el que esperaba.» Al día siguiente, sin embargo, él volvió a la casa afeitado y limpio,

con el bigote perfumado de agua de alhucema y sin el cabestrillo ensangrentado. Le llevaba un

breviario de pastas nacaradas.

-Qué raros son los hombres -dijo ella, porque no encontró otra cosa que decir-. Se pasan la

vida peleando contra los curas y regalan libros de oraciones.

Desde entonces, aun en los días más críticos de la guerra, la visitó todas las tardes. Muchas

veces, cuando no estaba presente Remedios, la bella, era él quien le daba vueltas a la rueda de la

máquina de coser. Amaranta se sentía turbada por la perseverancia, la lealtad, la sumisión de

aquel hombre investido de tanta autoridad, que, sin embargo, se despojaba de sus armas en la

sala para entrar indefenso al costurero. Pero durante cuatro años él le reiteró su amor, y ella

encontró siempre la manera de rechazarlo sin herirlo, porque aunque no conseguía quererlo ya no

podía vivir sin él. Remedios, la bella, que parecía indiferente a todo, y de quien se pensaba que

era retrasada mental, no fue insensible a tanta devoción, e intervino en favor del coronel

Gerineldo Márquez. Amaranta descubrió de pronto que aquella niña que había criado, que apenas

despuntaba a la adolescencia, era ya la criatura más bella que se había visto en Macondo. Sintió

renacer en su corazón el rencor que en otro tiempo experimentó contra Rebeca, y rogándole a

Dios que no la arrastrara hasta el extremo de desearle la muerte, la desterró del costurero. Fue

por esa época que el coronel Gerineldo Márquez empezó a sentir el hastío de la guerra. Apeló a

sus reservas de persuasión, a su inmensa y reprimida ternura, dispuesto a renunciar por

Amaranta a una gloria que le había costado el sacrificio de sus mejores años. Pero no logró

convencerla. Una tarde de agosto, agobiada por el peso insoportable de su propia obstinación,

Amaranta se encerró en el dormitorio a llorar su soledad hasta la muerte, después de darle la

respuesta definitiva a su pretendiente tenaz:

-Olvidémonos para siempre -le dijo-, ya somos demasiado viejos para estas cosas.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

69

El coronel Gerineldo Márquez acudió aquella tarde a un llamado telegráfico del coronel

Aureliano Buendía. Fue una conversación rutinaria que no había de abrir ninguna brecha en la

guerra estancada. Al terminar, el coronel Gerineldo Márquez contempló las calles desoladas, el

agua cristalizada en los almendros, y se encontró perdido en la soledad.

-Aureliano -dijo tristemente en el manipulador-, está lloviendo en Macondo.

Hubo un largo silencio en la línea. De pronto, los aparatos saltaron con los signos despiadados

del coronel Aureliano Buendía.

-No seas pendejo, Gerineldo -dijeron los signos-. Es natural que esté lloviendo en agosto.

Tenían tanto tiempo de no verse, que el coronel Gerineldo Márquez se desconcertó con la

agresividad de aquella reacción. Sin embargo, dos meses después, cuando el coronel Aureliano

Buendía volvió a Macondo, el desconcierto se transformó en estupor. Hasta Úrsula se sorprendió

de cuánto había cambiado. Llegó sin ruido, sin escolta, envuelto en una manta a pesar del calor,

y con tres amantes que instaló en una misma casa, donde pasaba la mayor parte del tiempo

tendido en una hamaca. Apenas si leía los despachos telegráficos que informaban de operaciones

rutinarias. En cierta ocasión el coronel Gerineldo Márquez le pidió instrucciones para la

evacuación de una localidad fronteriza que amenazaba con convertirse en un conflicto internacional.

-No me molestes por pequeñeces -le ordenó él-. Consúltalo con la Divina Providencia.

Era tal vez el momento más critico de la guerra. Los terratenientes liberales, que al principio

apoyaban la revolución, habían suscrito alianzas secretas con los terratenientes conservadores

para impedir la revisión de los títulos de propiedad. Los políticos que capitalizaban la guerra

desde el exilio habían repudiado públicamente las determinaciones drásticas del coronel Aureliano

Buendía, pero hasta esa desautorización parecía tenerlo sin cuidado. No había vuelto a leer sus

versos, que ocupaban más de cinco tomos, y que permanecían olvidados en el fondo del baúl. De

noche, o a la hora de la siesta, llamaba a la hamaca a una de sus mujeres y obtenía de ella una

satisfacción rudimentaria, y luego dormía con un sueño de piedra que no era perturbado por el

más ligero indicio de preocupación. Sólo él sabía entonces que su aturdido corazón estaba

condenado para siempre a la incertidumbre. Al principio, embriagado por la gloria del regreso,

por las victorias inverosímiles, se había asomado al abismo de la grandeza. Se complacía en

mantener a la diestra al duque de Marlborough, su gran maestro en las artes de la guerra, cuyo

atuendo de pieles y uñas de tigre suscitaban el respeto de los adultos y el asombro de los niños.

Fue entonces cuando decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a

menas de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera

que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino

del mundo. La primera vez que estuvo en Manaure después del fusilamiento del general

Moncada se apresuró a cumplir la última voluntad de su víctima, y la viuda recibió los lentes, la

medalla, el reloj y el anillo, pero no le permitió pasar de la puerta.

-No entre, coronel -le dijo-. Usted mandará en su guerra, pero yo mando en mi casa.

El coronel Aureliano Buendía no dio ninguna muestra de rencor, pero su espíritu sólo encontró

el sosiego cuando su guardia personal saqueó y redujo a cenizas la casa de la viuda. «Cuídate el

corazón, Aureliano -le decía entonces el coronel Gerineldo Márquez-. Te estás pudriendo vivo.»

Por esa época convocó una segunda asamblea de los principales comandantes rebeldes. Encontró

de todo: idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes.

Había, inclusive, un antiguo funcionario conservador refugiado en la revuelta para escapar a un

juicio por malversación de fondos. Muchos no sabían ni siquiera por qué peleaban. En medio de

aquella muchedumbre abigarrada, cuyas diferencias de criterio estuvieron a punto de provocar

una explosión interna, se destacaba una autoridad tenebrosa: el general Teófilo Vargas. Era un

indio puro, montaraz, analfabeto, dotado de una malicia taciturna y una vocación mesiánica que

suscitaba en sus hombres un fanatismo demente. El coronel Aureliano Buendía promovió la

reunión con el propósito de unificar el mando rebelde contra las maniobras de los políticos. El

general Teófilo Vargas se adelantó a sus intenciones: en pocas horas desbarató la coalición de los

comandantes mejor calificados y se apoderó del mando central. «Es una fiera de cuidado -les dijo

el coronel Aureliano Buendía a sus oficiales-. Para nosotros, ese hombre es más peligroso que el

ministro de la Guerra.» Entonces un capitán muy joven que siempre se había distinguido por su

timidez levantó un índice cauteloso:

-Es muy simple, coronel -propuso-: hay que matarlo.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

70

El coronel Aureliano Buendía no se alarmó por la frialdad de la proposición, sino por la forma

en que se anticipó una fracción de segundo a su propio pensamiento.

-No esperen que yo dé esa orden -dijo.

No la dio, en efecto. Pero quince días después el general Teófilo Vargas fue despedazado a

machetazos en una emboscada y el coronel Aureliano Buendía asumió el mando central.

La misma noche en que su autoridad fue reconocida por todos los comandos rebeldes,

despertó sobresaltado, pidiendo a gritos una manta. Un frío interior que le rayaba las huesos y lo

mortificaba inclusive a pleno salle impidió dormir bien varias meses, hasta que se le convirtió en

una costumbre. La embriaguez del poder empezó a descomponerse en ráfagas de desazón.

Buscando un remedio contra el frío, hizo fusilar al joven oficial que propuso el asesinato del

general Teófilo Vargas. Sus órdenes se cumplían antes de ser impartidas, aun antes de que él las

concibiera, y siempre llegaban mucho más lejos de donde él se hubiera atrevido a hacerlas llegar.

Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo. Le molestaba la gente

que lo aclamaba en los pueblos vencidos, y que le parecía la misma que aclamaba al enemigo.

Por todas partes encontraba adolescentes que lo miraban con sus propios ojos, que hablaban con

su propia voz, que lo saludaban con la misma desconfianza con que él los saludaba a ellos, y que

decían ser sus hijos. Se sintió disperso, repetido, y más solitario que nunca. Tuvo la convicción de

que sus propios oficiales le mentían. Se peleó con el duque de Marlborough. «El mejor amigo –

solía decir entonces- es el que acaba de morir.» Se cansó de la incertidumbre, del círculo vicioso

de aquella guerra eterna que siempre lo encontraba a él en el mismo lugar, sólo que cada vez

más viejo, más acabado, más sin saber por qué, ni cómo, ni hasta cuándo. Siempre había alguien

fuera del circulo de tiza. Alguien a quien le hacía falta dinero, que tenía un hijo con tos ferina o

que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda

de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar:

«Todo normal, mi coronel.» Y la normalidad era precisamente lo más espantoso de aquella guerra

infinita: que no pasaba nada. Solo, abandonado por los presagios, huyendo del frío que había de

acompañarlo hasta la muerte, buscó un último refugio en Macondo, al calor de sus recuerdos más

antiguos. Era tan grave su desidia que cuando le anunciaron la llegada de una comisión de su

partido autorizada para discutir la encrucijada de la guerra, él se dio vuelta en la hamaca sin

despertar por completo.

-Llévenlos donde las putas -dijo.

Eran seis abogados de levita y chistera que soportaban con un duro estoicismo el bravo sol de

noviembre. Úrsula los hospedó en la casa. Se pasaban la mayor parte del día encerrados en el

dormitorio, en conciliábulos herméticos, y al anochecer pedían una escolta y un conjunto de

acordeones y tomaban por su cuenta la tienda de Catarino. «No los molesten -ordenaba el

coronel Aureliano Buendía-. Al fin y al cabo, yo sé lo que quieren.» A principios de diciembre, la

entrevista largamente esperada, que muchos habían previsto coma una discusión interminable,

se resolvió en menos de una hora.

En la calurosa sala de visitas, junto al espectro de la pianola amortajada con una sábana

blanca, el coronel Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron

sus edecanes. Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la manta de lana

escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar

a la revisión de los títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes

liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para

obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de

igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los

hogares.

-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos

luchando por el poder.

-Son reformas tácticas -replicó uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la

base popular de la guerra. Después veremos.

Uno de los asesores políticos del coronel Aureliano Buendía se apresuró a intervenir.

-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el

régimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen

ustedes, quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en síntesis, que

durante casi veinte años hemos estado luchando contra los sentimientos de la nación.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

71

Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buendía lo interrumpió con una señal. «No pierda el

tiempo, doctor -dijo-. Lo importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder.»

Sin dejar de sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a firmar.

-Puesto que es así -concluyó-, no tenemos ningún inconveniente en aceptar.

Sus hombres se miraron consternados.

-Me perdona, coronel -dijo suavemente el coronel Genireldo Márquez-, pero esto es una

traición.

El coronel Aureliano Buendía detuvo en el aire la pluma entintada, y descargó sobre él todo el

peso de su autoridad.

-Entrégueme sus armas -ordenó.

El coronel Gerineldo Márquez se levantó y puso las armas en la mesa.

-Preséntese en el cuartel -le ordenó el coronel Aureliano Buendía-. Queda usted a disposición

de los tribunales revolucionarios.

Luego firmó la declaración y entregó las pliegas a las emisarias, diciéndoles:

-Señores, ahí tienen sus papeles. Que les aprovechen.

Dos días después, el coronel Gerineldo Márquez, acusado de alta traición, fue condenado a

muerte. Derrumbado en su hamaca, el coronel Aureliano Buendía fue insensible a las súplicas de

clemencia. La víspera de la ejecución, desobedeciendo la arden de no molestarlo, Úrsula lo visitó

en el dormitorio. Cerrada de negro, investida de una rara solemnidad, permaneció de pie los tres

minutos de la entrevista. «Sé que fusilarás a Gerineldo -dijo serenamente-, y no puedo hacer

nada por impedirlo. Pero una cosa te advierto: tan pronto como vea el cadáver, te lo juro por los

huesos de mi padre y mi madre, por la memoria de José Arcadio Buendía, te lo juro ante Dios,

que te he de sacar de donde te metas y te mataré con mis propias manos.» Antes de abandonar

el cuarto, sin esperar ninguna réplica, concluyó:

-Es lo mismo que habría hecho si hubieras nacido con cola de puerco.

Aquella noche interminable, mientras el coronel Gerineldo Márquez evocaba sus tardes

muertas en el costurero de Amaranta, el coronel Aureliano Buendía rasguñó durante muchas

horas, tratando de romperla, la dura cáscara de su soledad. Sus únicos instantes felices, desde la

tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían transcurrido en el taller de

platería, donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro. Había tenido que promover 32

guerras, y había tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en

el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la

simplicidad.

Al amanecer, estragado por la tormentosa vigilia, apareció en el cuarto del cepo una hora

antes de la ejecución. «Terminó la farsa, compadre -le dijo al coronel Gerineldo Márquez-.

Vámonos de aquí, antes de que acaben de fusilarte los mosquitos.» El coronel Gerineldo Márquez

no pudo reprimir el desprecio que le inspiraba aquella actitud.

-No, Aureliano -replicó-. Vale más estar muerto que verte convertido en un chafarote.

-No me verás -dijo el coronel Aureliano Buendía-. Ponto los zapatos y ayúdame a terminar con

esta guerra de mierda.

Al decirlo, no imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla. Necesitó casi

un año de rigor sanguinario para forzar al gobierno a proponer condiciones de paz favorables a

los rebeldes, y otro año para persuadir a sus partidarios de la conveniencia de aceptarlas. Llegó a

inconcebibles extremos de crueldad para sofocar las rebeliones de sus propios ofíciales, que se

resistían a feriar la victoria y terminó apoyándose en fuerzas enemigas para acabar de

someterlos.

Nunca fue mejor guerrero que entonces. La certidumbre de que por fin peleaba por su propia

liberación, y no por ideales abstractos, por consignas que los políticos podían voltear al derecho y

al revés según las circunstancias, le infundió un entusiasmo enardecido. El coronel Gerineldo

Márquez, que luchó por el fracaso con tanta convicción y tanta lealtad como antes había luchado

por el triunfo, le reprochaba su temeridad inútil. «No te preocupes -sonreía él-. Morirse es mucho

más difícil de lo que uno cree.» En su caso era verdad. La seguridad de que su día estaba

señalado lo invistió de una inmunidad misteriosa, una inmortalidad a término fijo que lo hizo

invulnerable a los riesgos de la guerra, y le permitió finalmente conquistar una derrota que era

mucho más difícil, mucho más sangrienta y costosa que la victoria.

En casi veinte años de guerra, el coronel Aureliano Buendía había estado muchas veces en la

casa, pero el estado de urgencia en que llegaba siempre, el aparato militar que lo acompañaba a

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

72

todas partes, el aura de leyenda que doraba su presencia y a la cual no fue insensible ni la propia

Úrsula, terminaron por convertirlo en un extraño. La última vez que estuvo en Macondo, y tomó

una casa para sus tres concubinas, no se le vio en la suya sino dos o tres veces, cuando tuvo

tiempo de aceptar invitaciones a comer. Remedios, la bella, y los gemelos nacidos en plena

guerra, apenas si lo conocían. Amaranta no lograba conciliar la imagen del hermano que pasó la

adolescencia fabricando pescaditos de oro, con la del guerrero mítico que había interpuesto entre

él y el resto de la humanidad una distancia de tres metros. Pero cuando se conoció la proximidad

del armisticio y se pensó que él regresaba otra vez convertido en un ser humano, rescatado por

fin para el corazón de los suyos, los afectos familiares aletargados por tanto tiempo renacieron

con más fuerza que nunca.

-Al fin -dijo Úrsula- tendremos otra vez un hombre en la casa.

Amaranta fue la primera en sospechar que lo habían perdido para siempre. Una semana antes

del armisticio, cuando él entró en la casa sin escolta, precedido por dos ordenanzas descalzos que

depositaron en el corredor los aperos de la mula y el baúl de los versos, único saldo de su antiguo

equipaje imperial, ella lo vio pasar frente al costurero y lo llamó. El coronel Aureliano Buendía

pareció tener dificultad para reconocerla.

-Soy Amaranta -dijo ella de buen humor, feliz de su regreso, y le mostró la mano con la venda

negra-. Mira.

El coronel Aureliano Buendía le hizo la misma sonrisa de la primera vez en que la vio con la

venda, la remota mañana en que volvió a Macondo sentenciado a muerte.

-¡Qué horror -dijo-, cómo se pasa el tiempo!

El ejército regular tuvo que proteger la casa. Llegó vejado, escupido, acusado de haber

recrudecido la guerra sólo para venderla más cara. Temblaba de fiebre y de frío y tenía otra vez

las axilas empedradas de golondrinos. Seis meses antes, cuando oyó hablar del armisticio, Úrsula

había abierto y barrido la alcoba nupcial, y había quemado mirra en los rincones, pensando que él

regresaría dispuesto a envejecer despacio entre las enmohecidas muñecas de Remedios. Pero en

realidad, en los dos últimos años él le había pagado sus cuotas finales a la vida, inclusive la del

envejecimiento. Al pasar frente al taller de platería, que Úrsula había preparado con especial

diligencia, ni siquiera advirtió que las llaves estaban puestas en el candado. No percibió los

minúsculos y desgarradores destrozos que el tiempo había hecho en la casa, y que después de

una ausencia tan prolongada habrían parecido un desastre a cualquier hombre que conservara

vivos sus recuerdos. No le dolieron las peladuras de cal en las paredes, ni los sucios algodones de

telaraña en los rincones, ni el polvo de las begonias, ni las nervaduras del comején en las vigas,

ni el musgo de los quicios, ni ninguna de las trampas insidiosas que le tendía la nostalgia. Se

sentó en el corredor, envuelto en la manta y sin quitarse las botas, como esperando apenas que

escampara, y permaneció toda la tarde viendo llover sobre las begonias. Úrsula comprendió

entonces que no lo tendría en la casa por mucho tiempo. «Si no es la guerra -pensó- sólo puede

ser la muerte.» Fue una suposición tan nítida, tan convincente, que la identificó como un

presagio.

Esa noche, en la cena, el supuesto Aureliano Segundo desmigajó el pan con la mano derecha y

tomó la sopa con la izquierda. Su hermano gemelo, el supuesto José Arcadio Segundo, desmigajó

el pan con la mano izquierda y tomó la sopa con la derecha. Era tan precisa la coordinación de

sus movimientos que no parecían dos hermanos sentados el uno frente al otro, sino un artificio de

espejos. El espectáculo que los gemelos habían concebido desde que tuvieron conciencia de ser

iguales fue repetido en honor del recién llegado. Pero el coronel Aureliano Buendía no lo advirtió.

Parecía tan ajeno a todo que ni siquiera se fijó en Remedios, la bella, que pasó desnuda hacia el

dormitorio. Úrsula fue la única que se atrevió a perturbar su abstracción.

-Si has de irte otra vez -le dijo a mitad de la cena-, por lo menos trata de recordar cómo

éramos esta noche.

Entonces el coronel Aureliano Buendía se dio cuenta, sin asombro, que Úrsula era el único ser

humano que había logrado desentrañar su miseria, y por primera vez en muchos anos se atrevió

a mirarla a la cara. Tenía la piel cuarteada, los dientes carcomidos, el cabello marchito y sin color,

y la mirada atónita. La comparó con el recuerdo más antiguo que tenía de ella, la tarde en que él

tuvo el presagio de que una olla de caldo hirviendo iba a caerse de la mesa, y la encontró

despedazada. En un instante descubrió los arañazos, los verdugones, las mataduras, las úlceras y

cicatrices que había dejado en ella más de medio siglo de vida cotidiana, y comprobó que esos

estragos no suscitaban en él ni siquiera un sentimiento de piedad. Hizo entonces un último

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

73

esfuerzo para buscar en su corazón el sitio donde se le habían podrido los afectos, y no pudo

encontrarlo. En otra época, al menos, experimentaba un confuso sentimiento de vergüenza

cuando sorprendía en su propia piel el olor de Úrsula, y en más de una ocasión sintió sus

pensamientos interferidos por el pensamiento de ella. Pero todo eso había sido arrasado por la

guerra. La propia Remedios, su esposa, era en aquel momento la imagen borrosa de alguien que

pudo haber sido su hija. Las incontables mujeres que conoció en el desierto del amor, y que

dispersaron su simiente en todo el litoral, no habían dejado rastro alguno en sus sentimientos. La

mayoría de ellas entraba en el cuarto en la oscuridad y se iban antes del alba, y al día siguiente

eran apenas un poco de tedio en la memoria corporal. El único afecto que prevalecía contra el

tiempo y la guerra, fue el que sintió por su hermano José Arcadio, cuando ambos eran niños, y no

estaba fundado en el amor, sino en la complicidad.

-Perdone -se excusó ante la petición de Úrsula-. Es que esta guerra ha acabado con todo.

En los días siguientes se ocupó de destruir todo rastro de su paso por el mundo. Simplificó el

taller de platería hasta sólo dejar los objetos impersonales, regaló sus ropas a los ordenanzas y

enterró sus armas en el patio con el mismo sentido de penitencia con que su padre enterró la

lanza que dio muerte a Prudencio Aguilar. Sólo conservó una pistola, y con una sola bala. Úrsula

no intervino. La única vez que lo disuadió fue cuando él estaba a punto de destruir el

daguerrotipo de Remedios que se conservaba en la sala, alumbrado por una lámpara eterna. «Ese

retrato dejó de pertenecerte hace mucho tiempo -le dijo-. Es una reliquia de familia.» La víspera

del armisticio, cuando ya no quedaba en la casa un solo objeto que permitiera recordarlo, llevó a

la panadería el baúl con los versos en el momento en que Santa Bofia de la Piedad se preparaba

para encender el horno.

-Préndalo con esto -le dijo él, entregándole el primer rollo de papeles amarillento-. Arde mejor,

porque son cosas muy viejas.

Santa Sofía de la Piedad, la silenciosa, la condescendiente, la que nunca contrarió ni a sus

propios hijos, tuvo la impresión de que aquel era un acto prohibido.

-Son papeles importantes -dijo.

-Nada de eso -dijo el coronel-. Son cosas que se escriben para uno mismo.

-Entonces -dijo ella- quémelos usted mismo, coronel.

No sólo lo hizo, sino que despedazó el baúl con una hachuela y echó las astillas al fuego. Horas

antes, Pilar Ternera había estado a visitarlo. Después de tantos años de no verla, el coronel

Aureliano Buendía se asombró de cuánto había envejecido y engordado, y de cuánto había

perdido el esplendor de su risa, pero se asombró también de la profundidad que había logrado en

la lectura de las barajas. «Cuídate la boca», le dijo ella, y él se preguntó si la otra vez que se lo

dijo, en el apogeo de la gloria, no había sido una visión sorprendentemente anticipada de su

destino. Poco después, cuando su médico personal acabó de extirparle los golondrinos, él le

preguntó sin demostrar un interés particular cuál era el sitio exacto del corazón. El médico lo

auscultó y le pintó luego un circulo en el pecho con un algodón sucio de yodo.

El martes del armisticio amaneció tibio y lluvioso. El coronel Aureliano Buendía apareció en la

cocina antes de las cinco y tomó su habitual café sin azúcar. «Un día como este viniste al mundo

-le dijo Úrsula-. Todos se asustaron con tus ojos abiertos.» Él no le puso atención, porque estaba

pendiente de los aprestos de tropa, los toques de corneta y las voces de mando que estropeaban

el alba. Aunque después de tantos años de guerra debían parecerle familiares, esta vez

experimentó el mismo desaliento en las rodillas, y el mismo cabrilleo de la piel que había

experimentado en su juventud en presencia de una mujer desnuda. Pensó confusamente, al fin

capturado en una trampa de la nostalgia, que tal vez si se hubiera casado con ella hubiera sido

un hombre sin guerra y sin gloria, un artesano sin nombre, un animal feliz. Ese estremecimiento

tardío, que no figuraba en sus previsiones, le amargó el desayuno. A las siete de la mañana,

cuando el coronel Gerineldo Márquez fue a buscarlo en compañía de un grupo de oficiales

rebeldes, lo encontró más taciturno que nunca, más pensativo y solitario. Úrsula trató de echarle

sobre los hombros una manta nueva. «Qué va a pensar el gobierno -le dijo-. Se imaginarán que

te has rendido porque ya no tenias ni con qué comprar una manta.» Pero él no la aceptó. Ya en la

puerta, viendo que seguía la lluvia, se dejó poner un viejo sombrero de fieltro de José Arcadio

Buendía.

-Aureliano -le dijo entonces Úrsula-, prométeme que si te encuentras por ahí con la mala hora,

pensarás en tu madre.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

74

Él le hizo una sonrisa distante, levantó la mano con todos los dedos extendidos, y sin decir una

palabra abandonó la casa y se enfrentó a los gritos, vituperios y blasfemias que habían de

perseguirlo hasta la salida del pueblo. Úrsula pasó la tranca en la puerta decidida a no quitarla en

el resto de su vida. «Nos pudriremos aquí dentro -pensó-. Nos volveremos ceniza en esta casa sin

hombres, pero no le daremos a este pueblo miserable el gusto de vernos llorar.» Estuvo toda la

mañana buscando un recuerdo de su hijo en los más secretos rincones, y no pudo encontrarlo.

El acto se celebró a veinte kilómetros de Macondo, a la sombra de una ceiba gigantesca en

torno a la cual había de fundarse más tarde el pueblo de Neerlandia. Los delegados del gobierno

y los partidos, y la comisión rebelde que entregó las armas, fueron servidos por un bullicioso

grupo de novicias de hábitos blancos, que parecían un revuelo de palomas asustadas por la lluvia.

El coronel Aureliano Buendía llegó en una mula embarrada. Estaba sin afeitar, más atormentado

por el dolor de los golondrinos que por el inmenso fracaso de sus sueños, pues había llegado al

término de toda esperanza, más allá de la gloria y de la nostalgia de la gloria. De acuerdo con lo

dispuesto por él mismo, no hubo música, ni cohetes, ni campanas de júbilo, ni vítores, ni ninguna

otra manifestación que pudiera alterar el carácter luctuoso del armisticio. Un fotógrafo ambulante

que tomó el único retrato suyo que hubiera podido conservarse, fue obligado a destruir las placas

sin revelarías.

El acto duró apenas el tiempo indispensable para que se estamparan las firmas. En torno de la

rústica mesa colocada en el centro de una remendada carpa de circo, donde se sentaron los

delegados, estaban los últimos oficiales que permanecieron fieles al coronel Aureliano Buendía.

Antes de tomar las firmas, el delegado personal del presidente de la república trató de leer en voz

alta el acta de la rendición, pero el coronel Aureliano Buendía se opuso. «No perdamos el tiempo

en formalismos», dijo, y se dispuso a firmar los pliegos sin leerlos. Uno de sus oficiales rompió

entonces el silencio soporífero de la carpa.

-Coronel -dijo-, háganos el favor de no ser el primero en firmar.

El coronel Aureliano Buendía accedió. Cuando el documento dio la vuelta completa a la mesa,

en medio de un silencio tan nítido que habrían podido descifrarse las firmas por el garrapateo de

la pluma en el papel, el primer lugar estaba todavía en blanco. El coronel Aureliano Buendía se

dispuso a ocuparlo.

-Coronel -dijo entonces otro de sus oficiales-, todavía tiene tiempo de quedar bien.

Sin inmutarse, el coronel Aureliano Buendía firmó la primera copia. No había acabado de firmar

la última cuando apareció en la puerta de la carpa un coronel rebelde llevando del cabestro una

mula cargada con dos baúles. A pesar de su extremada juventud, tenía un aspecto árido y una

expresión paciente. Era el tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo. Había

hecho un penoso viaje de seis días, arrastrando la mula muerta de hambre, para llegar a tiempo

al armisticio. Con una parsimonia exasperante descargó los baúles, los abrió, y fue poniendo en la

mesa, uno por uno, setenta y dos ladrillos de oro. Nadie recordaba la existencia de aquella

fortuna. En el desorden del último año, cuando el mando central saltó en pedazos y la revolución

degeneró en una sangrienta rivalidad de caudillos, era imposible determinar ninguna responsabilidad.

El oro de la rebelión, fundido en bloques que luego fueron recubiertos de barro

cocido, quedó fuera de todo control. El coronel Aureliano Buendía hizo incluir los setenta y dos

ladrillos de oro en el inventario de la rendición, y clausuró el acto sin permitir discursos. El

escuálido adolescente permaneció frente a él, mirándolo a los ojos con sus serenos ojos color de

almíbar.

-¿Algo más? -le preguntó el coronel Aureliano Buendía.

El joven coronel apretó los dientes.

-El recibo -dijo.

El coronel Aureliano Buendía se lo extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de

limonada y un pedazo de bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de campaña

que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el

borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el circulo de yodo

que su médico personal le había pintado en el pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la

olla de la leche en el fogón, extrañada de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena

de gusanos

-¡Han matado a Aureliano! -exclamó.

Miró hacia el patio, obedeciendo a una costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio

Buendía, empapado, triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió. «Lo han matado a

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

75

traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer vio a través

de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una

exhalación, y pensó que era una señal de la muerte.

Estaba todavía bajo el castaño, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al

coronel Aureliano Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos

abiertos de rabia.

Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió

por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le

dijo satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro

vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban

salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepintió de no haberse

dado el tiro en el paladar como lo tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.

-Si todavía me quedara autoridad -le dijo al doctor-, lo haría fusilar sin fórmula de juicio. No

por salvarme la vida, sino por hacerme quedar en ridículo.

El fracaso de la muerte le devolvió en pocas horas el prestigio perdido. Los mismos que

inventaron la patraña de que había vendido la guerra por un aposento cuyas paredes estaban

construidas con ladrillos de oro, definieron la tentativa de suicidio como un acto de honor, y lo

proclamaron mártir. Luego, cuando rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la

república, hasta sus más encarnizados rivales desfilaron por su cuarto pidiéndole que

desconociera los términos del armisticio y promoviera una nueva guerra. La casa se llenó de

regalos de desagravio. Tardíamente impresionado por el respaldo masivo de sus antiguos

compañeros de armas, el coronel Aureliano Buendía no descartó la posibilidad de complacerlos. Al

contrario, en cierto momento pareció tan entusiasmado con la idea de una nueva guerra que el

coronel Gerineldo Márquez pensó que sólo esperaba un pretexto para proclamarla. El pretexto se

le ofreció, efectivamente, cuando el presidente de la república se negó a asignar las pensiones de

guerra a los antiguos combatientes, liberales o conservadores, mientras cada expediente no fuera

revisado por una comisión especial, y la ley de asignaciones aprobada por el congreso. «Esto es

un atropello -tronó el coronel Aureliano Buendía-. Se morirán de viejos esperando el correo.»

Abandonó por primera vez el mecedor que Úrsula le compró para la convalecencia, y dando

vueltas en la alcoba dictó un mensaje terminante para el presidente de la república. En ese

telegrama, que nunca fue publicado, denunciaba la primera violación del tratado de Neerlandia y

amenazaba con proclamar la guerra a muerte si la asignación de las pensiones no era resuelta en

el término de quince días. Era tan justa su actitud, que permitía esperar, inclusive, la adhesión de

los antiguos combatientes conservadores. Pero la única respuesta del gobierno fue el refuerzo de

la guardia militar que se había puesto en la puerta de la casa, con el pretexto de protegerla, y la

prohibición de toda clase de visitas. Medidas similares se adoptaron en todo el país con otros

caudillos de cuidado. Fue una operación tan oportuna, drástica y eficaz, que dos meses después

del armisticio, cuando el coronel Aureliano Buendía fue dado de alta, sus instigadores más

decididos estaban muertos o expatriados, o habían sido asimilados para siempre por la

administración pública.

El coronel Aureliano Buendía abandonó el cuarto en diciembre, y le bastó con echar una

mirada al corredor para no volver a pensar en la, guerra. Con una vitalidad que parecía imposible

a sus años, Úrsula había vuelto a rejuvenecer la casa. «Ahora van a ver quién soy yo -dijo

cuando supo que su hijo viviría-. No habrá una casa mejor, ni más abierta a todo el mundo, que

esta casa de locos.» La hizo lavar y pintar, cambió los muebles, restauró el jardín y sembró flores

nuevas, y abrió puertas y ventanas para que entrara hasta los dormitorios la deslumbrante

claridad del verano. Decretó el término de los numerosos lutos superpuestos, y ella misma

cambió los viejos trajes rigurosos por ropas juveniles. La música de la pianola volvió a alegrar la

casa. Al oírla, Amaranta se acordó de Pietro Crespi, de su gardenia crepuscular y su olor de

lavanda, y en el fondo de su marchito corazón floreció un rencor limpio, purificado por el tiempo.

Una tarde en que trataba de poner orden en la sala, Úrsula pidió ayuda a los soldados que custodiaban

la casa. El joven comandante de la guardia les concedió el permiso. Poco a poco, Úrsula

les fue asignando nuevas tareas. Los invitaba a comer, les regalaba ropas y zapatos y les

enseñaba a leer y escribir. Cuando el gobierno suspendió la vigilancia, uno de ellos se quedó

viviendo en la casa, y estuvo a su servicio por muchos años. El día de Año Nuevo, enloquecido

por los desaires de Remedios, la bella, el joven comandante de la guardia amaneció muerto de

amor junto a su ventana.

Cien años de soledad

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X

Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de

junio en que entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo. Aunque era lánguido y llorón, sin

ningún rasgo de un Buendía, no tuvo que pensar dos veces para ponerle nombre.

-Se llamará José Arcadio -dijo.

Fernanda del Carpio, la hermosa mujer con quien se había casado el año anterior, estuvo de

acuerdo. En cambio Úrsula no pudo ocultar un vago sentimiento de zozobra. En la larga historia

de la familia, la tenaz repetición de los nombres le había permitido sacar conclusiones que le

parecían terminantes. Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José

Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un signo trágico. Los

únicos casos de clasificación imposible eran los de José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo.

Fueron tan parecidos y traviesos durante la infancia que ni la propia Santa Sofía de la Piedad

podía distinguirlos. El día del bautismo, Amaranta les puso esclavas con sus respectivos nombres

y los vistió con ropas de colores distintos marcadas con las iniciales de cada uno, pero cuando

empezaron a asistir a la escuela optaron por cambiarse la ropa y las esclavas y por llamarse ellos

mismos con los nombres cruzados. El maestro Melchor Escalona, acostumbrado a conocer a José

Arcadio Segundo por la camisa verde, perdió los estribos cuando descubrió que éste tenía la

esclava de Aureliano Segundo, y que el otro decía llamarse, sin embargo, Aureliano Segundo a

pesar de que tenía la camisa blanca y la esclava marcada con el nombre de José Arcadio

Segundo. Desde entonces no se sabía con certeza quién era quién. Aun cuando crecieron y la

vida los hizo diferentes, Úrsula seguía preguntándose si ellos mismos no habrían cometido un

error en algún momento de su intrincado juego de confusiones, y habían quedado cambiados

para siempre. Hasta el principio de la adolescencia fueron dos mecanismos sincrónicos.

Despertaban al mismo tiempo, sentían deseos de ir al baño a la misma hora, sufrían los mismos

trastornos de salud y hasta sonaban las mismas cosas. En la casa, donde se creía que

coordinaban sus actos por el simple deseo de confundir, nadie se dio cuenta de la realidad hasta

un día en que Santa Sofía de la Piedad le dio a uno un vaso de limonada, y más tardó en probarlo

que el otro en decir que le faltaba azúcar. Santa Sofía de la Piedad, que en efecto había olvidado

ponerle azúcar a la limonada, se lo contó a Úrsula. «Así son todos -dijo ella, sin sorpresa-. Locos

de nacimiento.» El tiempo acabó de desordenar las cosas. El que en los juegos de confusión se

quedó con el nombre de Aureliano Segundo se volvió monumental como el abuelo, y el que se

quedó con el nombre de José Arcadio Segundo se volvió óseo como el coronel, y lo único que

conservaron en común fue el aire solitario de la familia. Tal vez fue ese entrecruzamiento de

estaturas, nombres y caracteres lo que le hizo sospechar a Úrsula que estaban barajados desde la

infancia.

La diferencia decisiva se reveló en plena guerra cuando José Arcadio Segundo le pidió al

coronel Gerineldo Márquez que lo llevara a ver los fusilamientos. Contra el parecer de Úrsula, sus

deseos fueron satisfechos. Aureliano Segundo, en cambio, se estremeció ante la sola idea de

presenciar una ejecución. Prefería la casa. A los doce años le preguntó a Úrsula qué había en el

cuarto clausurado. «Papeles -le contestó ella-. Son los libros de Melquíades y las cosas raras que

escribía en sus últimos años.» La respuesta, en vez de tranquilizarlo, aumentó su curiosidad.

Insistió tanto, prometió con tanto ahínco no maltratar las cosas, que Úrsula le dio las llaves.

Nadie había vuelto a entrar al cuarto desde que sacaron el cadáver de Melquíades y pusieron en

la puerta el candado cuyas piezas se soldaron con la herrumbre. Pero cuando Aureliano Segundo

abrió las ventanas entró una luz familiar que parecía acostumbrada a iluminar el cuarto todos los

días, y no había el menor rastro de polvo o telaraña, sino que todo estaba barrido y limpio, mejor

barrido y más limpio que el día del entierro, y la tinta no se había secado en el tintero ni el óxido

había alterado el brillo de los metales, ni se había extinguido el rescoldo del atanor donde José

Arcadio Buendía vaporizó el mercurio. En los anaqueles estaban los libros empastados en una

materia acartonada y pálida como la piel humana curtida, y estaban los manuscritos intactos. A

pesar del encierro de muchos años, el aire parecía más puro que en el resto de la casa. Todo era

tan reciente, que varias semanas después, cuando Úrsula entró al cuarto con un cubo de agua y

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una escoba para lavar los pisos, no tuvo nada que hacer. Aureliano Segundo estaba abstraído en

la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño

gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que

prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo

para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y

con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a

Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contentó que sí, que muchos años antes los gitanos

llevaban a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.

-Lo que pasa -suspiró- es que el mundo se va acabando poco a poco y ya no vienen esas

cosas.

Cuando terminó el libro, muchos de cuyos cuentos estaban inconclusos porque faltaban

páginas, Aureliano Segundo se dio a la tarea de descifrar los manuscritos. Fue imposible. Las

letras parecían ropa puesta a secar en un alambre, y se asemejaban más a la escritura musical

que a la literaria. Un mediodía ardiente, mientras escrutaba los manuscritos, sintió que no estaba

solo en el cuarto. Contra la reverberación de la ventana, sentado con las manos en las rodillas,

estaba Melquíades. No tenía más de cuarenta años. Llevaba el mismo chaleco anacrónico y el

sombrero de alas de cuervo, y por sus sienes pálidas chorreaba la grasa del cabello derretida por

el calor, como lo vieron Aureliano y José Arcadio cuando eran niños. Aureliano Segundo lo

reconoció de inmediato, porque aquel recuerdo hereditario se había transmitido de generación en

generación, y había llegado a él desde la memoria de su abuelo.

-Salud -dijo Aureliano Segundo.

-Salud, joven -dijo Melquíades.

Desde entonces, durante varios años, se vieron casi todas las tardes. Melquíades le hablaba

del mundo, trataba de infundirle su vieja sabiduría, pero se negó a traducir los manuscritos.

«Nadie debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años», explicó. Aureliano

Segundo guardó para siempre el secreto de aquellas entrevistas. En una ocasión sintió que su

mundo privado se derrumbaba, porque Úrsula entró en el momento en que Melquíades estaba en

el cuarto. Pero ella no lo vio.

-¿Con quién hablas? -le preguntó.

-Con nadie -dijo Aureliano Segundo.

-Así era tu bisabuelo -dijo Úrsula-. También él hablaba solo.

José Arcadio Segundo, mientras tanto, había satisfecho la ilusión de ver un fusilamiento. Por el

resto de su vida recordaría el fogonazo lívido de los seis disparos simultáneos y el eco del

estampido que se despedazó por los montes, y la sonrisa triste y los ojos perplejos del fusilado,

que permaneció erguido mientras la camisa se le empapaba de sangre, y que seguía sonriendo

aún cuando lo desataron del poste y lo metieron en un cajón lleno de cal. «Está vivo -pensó él-.

Lo van a enterrar vivo.» Se impresionó tanto, que desde entonces detestó las prácticas militares

y la guerra, no por las ejecuciones sino por la espantosa costumbre de enterrar vivos a los

fusilados. Nadie supo entonces en qué momento empezó a tocar las campanas en la torre, y a

ayudarle a misa al padre Antonio Isabel, sucesor de El Cachorro, y a cuidar gallos de pelea en el

patio de la casa cural. Cuando el coronel Gerineldo Márquez se enteró, lo reprendió duramente

por estar aprendiendo oficios repudiados por los liberales. «La cuestión -contestó él- es que a mí

me parece que he salido conservador.» Lo creía como si fuera una determinación de la fatalidad.

El coronel Gerineldo Márquez, escandalizado, se lo contó a Úrsula.

-Mejor -aprobó ella-. Ojalá se meta de cura, para que Dios entre por fin a esta casa.

Muy pronto se supo que el padre Antonio Isabel lo estaba preparando para la primera

comunión. Le enseñaba el catecismo mientras le afeitaba el pescuezo a los gallos. Le explicaba

con ejemplos simples, mientras ponían en sus nidos a las gallinas cluecas, cómo se le ocurrió a

Dios en el segundo día de la creación que los pollos se formaran dentro del huevo. Desde

entonces manifestaba el párroco los primeros síntomas del delirio senil que lo llevó a decir, años

más tarde, que probablemente el diablo había ganado la rebelión contra Dios, y que era aquél

quien estaba sentado en el trono celeste, sin revelar su verdadera identidad para atrapar a los

incautos. Fogueado por la intrepidez de su preceptor, José Arcadio Segundo llegó en pocos meses

a ser tan ducho en martingalas teológicas para confundir al demonio, como diestro en las

trampas de la gallera. Amaranta le hizo un traje de lino con cuello y corbata, le compró un par de

zapatos blancos y grabó su nombre con letras doradas en el lazo del sirio. Dos noches antes de la

primera comunión, el padre Antonio Isabel se encerró con él en la sacristía para confesarlo, con la

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ayuda de un diccionario de pecados. Fue una lista tan larga, que el anciano párroco, acostumbrado

a acostarse a las seis, se quedó dormido en el sillón antes de terminar. El

interrogatorio fue para José Arcadio Segundo una revelación. No le sorprendió que el padre le

preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se

desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales. El primer viernes de mayo comulgó

torturado por la curiosidad. Más tarde le hizo la pregunta a Petronio, el enfermo sacristán

que vivía en la torre y que según decían se alimentaba de murciélagos, y Petronio le constó: «Es

que hay cristianos corrompidos que hacen sus cosas con las burras.» José Arcadio Segundo siguió

demostrando tanta curiosidad, pidió tantas explicaciones, que Petronio perdió la paciencia.

-Yo voy los martes en la noche -confesó-. Si prometes no decírselo a nadie, el otro martes te

llevo.

El martes siguiente, en efecto, Petronio bajó de la torre con un banquito de madera que nadie

supo hasta entonces para qué servía, y llevó a José Arcadio Segundo a una huerta cercana. El

muchacho se aficionó tanto a aquellas incursiones nocturnas, que pasó mucho tiempo antes de

que se le viera en la tienda de Catarino. Se hizo hombre de gallos. «Te llevas esos animales a

otra parte -le ordenó Úrsula la primera vez que lo vio entrar con sus finos animales de pelea-. Ya

los gallos han traído demasiadas amarguras a esta casa para que ahora vengas tú a traernos

otras.» José Arcadio Segundo se los llevó sin discusión, pero siguió criándolos donde Pilar

Ternera, su abuela, que puso a su disposición cuanto le hacía falta, a cambio de tenerlo en la

casa. Pronto demostró en la gallera la sabiduría que le infundió el padre Antonio Isabel, y dispuso

de suficiente dinero no sólo para enriquecer sus crías, sino para procurarse satisfacciones de

hombre. Úrsula lo comparaba en aquel tiempo con su hermano y no podía entender cómo los dos

gemelos que parecieron una sola persona en la infancia habían terminado por ser tan distintos. La

perplejidad no le duró mucho tiempo, porque muy pronto empezó Aureliano Segundo a dar

muestras de holgazanería y disipación. Mientras estuvo encerrado en el cuarto de Melquíades fue

un hombre ensimismado, como lo fue el coronel Aureliano Buendía en su juventud. Pero poco

antes del tratado de Neerlandia una casualidad lo sacó de su ensimismamiento y lo enfrentó a la

realidad del mundo. Una mujer joven, que andaba vendiendo números para la rifa de un

acordeón, lo saludó con mucha familiaridad. Aureliano Segundo no se sorprendió porque ocurría

con frecuencia que lo confundieran con su hermano. Pero no aclaró el equívoco, ni siquiera

cuando la muchacha trató de ablandarle el corazón con lloriqueos, y terminó por llevarlo a su

cuarto. Le tomó tanto cariño desde aquel primer encuentro, que hizo trampas en la rifa para que

él se ganara el acordeón. Al cabo de dos semanas, Aureliano Segundo se dio cuenta de que la

mujer se había estado acostando alternativamente con él y con su hermano, creyendo que eran

el mismo hombre, y en vez de aclarar la situación se las arregló para prolongarla. No volvió al

cuarto de Melquiades. Pasaba las tardes en el patio, aprendiendo a tocar de oídas el acordeón,

contra las protestas de Úrsula que en aquel tiempo había prohibido la música en la casa a causa

de los lutos, y que además menospreciaba el acordeón como un instrumento propio de los

vagabundos herederos de Francisco el Hombre. Sin embargo, Aureliano Segundo llegó a ser un

virtuoso del acordeón y siguió siéndolo después de que se casó y tuvo hijos y fue uno de los

hombres más respetados de Macondo.

Durante casi dos meses compartió la mujer con su hermano. Lo vigilaba, le descomponía los

planes, y cuando estaba seguro de que José Arcadio Segundo no visitaría esa noche la amante

común, se iba a dormir con ella. Una mañana descubrió que estaba enfermo. Dos días después

encontró a su hermano aferrado a una viga del baño empapado en sudor y llorando a lágrima

viva, y entonces comprendió. Su hermano le confesó que la mujer lo había repudiado por llevarle

lo que ella llamaba una enfermedad de la mala vida. Le contó también cómo trataba de curarlo

Pilar Ternera. Aureliano Segundo se sometió a escondidas a los ardientes lavados de

permanganato y las aguas diuréticas, y ambos se curaron por separado después de tres meses de

sufrimientos secretos. José Arcadio Segundo no volvió a ver a la mujer. Aureliano Segundo

obtuvo su perdón y se quedó con ella hasta la muerte.

Se llamaba Petra Cotes. Había llegado a Macondo en plena guerra, con un marido ocasional

que vivía de las rifas, y cuando el hombre murió, ella siguió con el negocio. Era una mulata limpia

y joven, con unos ojos amarillos y almendrados que le daban a su rostro la ferocidad de una

pantera, pero tenía un corazón generoso y una magnífica vocación para el amor. Cuando Úrsula

se dio cuenta de que José Arcadio Segundo era gallero y Aureliano Segundo tocaba el acordeón

en las fiestas ruidosas de su concubina, creyó enloquecer de confusión. Era como si en ambos se

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hubieran concentrado los defectos de la familia y ninguna de sus virtudes. Entonces decidió que

nadie volviera a llamarse Aureliano y José Arcadio. Sin embargo, cuando Aureliano Segundo tuvo

su primer hijo, no se atrevió a contrariarlo.

-De acuerdo -dijo Úrsula-, pero con una condición: yo me encargo de criarlo.

Aunque ya era centenaria y estaba a punto de quedarse ciega por las cataratas, conservaba

intactos el dinamismo físico, la integridad del carácter y el equilibrio mental. Nadie mejor que ella

para formar al hombre virtuoso que había de restaurar el prestigio de la familia, un hombre que

nunca hubiera oído hablar de la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de mala vida y las

empresas delirantes, cuatro calamidades que, según pensaba Úrsula, habían determinado la

decadencia de su estirpe.

«Éste será cura -prometió solemnemente-. Y si Dios me da vida, ha de llegar a ser Papa.»

Todos rieron al oírla, no sólo en el dormitorio, sino en toda la casa, donde estaban reunidos los

bulliciosos amigotes de Aureliano Segundo. La guerra, relegada al desván de los malos recuerdos,

fue momentáneamente evocada con los taponazos del champaña.

-A la salud del Papa -brindó Aureliano Segundo.

Los invitados brindaron a coro. Luego el dueño de casa tocó el acordeón, se reventaron

cohetes y se ordenaron tambores de júbilo para el pueblo. En la madrugada, los invitados

ensopados en champaña sacrificaron seis vacas y las pusieron en la calle a disposición de la

muchedumbre. Nadie se escandalizó. Desde que Aureliano Segundo se hizo cargo de la casa,

aquellas festividades eran cosa corriente, aunque no existiera un motivo tan justo como el

nacimiento de un Papa. En pocos años, sin esfuerzos, a puros golpes de suerte, había acumulado

una de las más grandes fortunas de la ciénaga, gracias a la proliferación sobrenatural de sus

animales. Sus yeguas parían trillizos, las gallinas ponían dos veces al día, y los cerdos

engordaban con tal desenfreno, que nadie podía explicarse tan desordenada fecundidad, como no

fuera por artes de magia. «Economiza ahora -le decía Úrsula a su atolondrado bisnieto-. Esta

suerte no te va a durar toda la vida. » Pero Aureliano Segundo no le ponía atención. Mientras

más destapaba champaña para ensopar a sus amigos, más alocadamente parían sus animales, y

más se convencía él de que su buena estrella no era cosa de su conducta sino influencia de Petra

Cotes, su concubina, cuyo amor tenía la virtud de exasperar a la naturaleza. Tan persuadido

estaba de que era ese el origen de su fortuna, que nunca tuvo a Petra Cotes lejos de sus crías, y

aun cuando se casó y tuvo hijos, siguió viviendo con ella con el consentimiento de Fernanda.

Sólido, monumental como sus abuelos, pero con un gozo vital y una simpatía irresistible que ellos

no tuvieron, Aureliano Segundo apenas si tenía tiempo de vigilar sus ganados. Le bastaba con

llevar a Petra Cotes a sus criaderos, y pasearla a caballo por sus tierras, para que todo animal

marcado con su hierro sucumbiera a la peste irremediable de la proliferación.

Como todas las cosas buenas que les ocurrieron en su larga vida, aquella fortuna desmandada

tuvo origen en la casualidad. Hasta el final de las guerras, Petra Cotes seguía sosteniéndose con

el producto de sus rifas, y Aureliano Segundo se las arreglaba para saquear de vez en cuando las

alcancías de Úrsula. Formaban una pareja frívola, sin más preocupaciones que la de acostarse

todas las noches, aun en las fechas prohibidas, y retozar en la cama hasta el amanecer. «Esa

mujer ha sido tu perdición -le gritaba Úrsula al bisnieto cuando lo veía entrar a la casa como un

sonámbulo-. Te tiene tan embobado, que un día de estos te veré retorciéndote de cólicos, con un

sapo metido en la barriga.» José Arcadio Segundo, que demoró mucho tiempo para descubrir la

suplantación, no lograba entender la pasión de su hermano. Recordaba a Petra Cotes como una

mujer convencional, más bien perezosa en la cama, y completamente desprovista de recursos

para el amor. Sordo al clamor de Úrsula y a las burlas de su hermano, Aureliano Segundo sólo

pensaba entonces en encontrar un oficio que le permitiera sostener una casa para Petra Cotes, y

morirse con ella, sobre ella y debajo de ella, en una noche de desafuero febril. Cuando el coronel

Aureliano Buendía volvió a abrir el taller, seducido al fin por los encantos pacíficos de la vejez,

Aureliano Segundo pensó que sería un buen negocio dedicarse a la fabricación de pescaditos de

oro. Pasó muchas horas en el cuartito caluroso viendo cómo las duras láminas de metal,

trabajadas por el coronel con la paciencia inconcebible del desengaño, se iban convirtiendo poco a

poco en escamas doradas. El oficio le pareció tan laborioso, y era tan persistente y apremiante el

recuerdo de Petra Cotes, que al cabo de tres semanas desapareció del taller. Fue en esa época

que le dio a Petra Cotes por rifar conejos. Se reproducían y se volvían adultos con tanta rapidez,

que apenas daban tiempo para vender los números de la rifa. Al principio, Aureliano Segundo no

advirtió las alarmantes proporciones de la proliferación. Pero una noche, cuando ya nadie en el

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pueblo quería oír hablar de las rifas de conejos, sintió un estruendo en la pared del patio. «No te

asustes -dijo Petra Cotes-. Son los conejos.» No pudieron dormir más, atormentados por el

tráfago de los animales. Al amanecer, Aureliano Segundo abrió la puerta y vio el patio empedrado

de conejos, azules en el resplandor del alba. Petra Cotes, muerta de risa, no resistió la tentación

de hacerle una broma.

-Estos son los que nacieron anoche -dijo.

-¡Qué horror! -dijo él-. ¿Por qué no pruebas con vacas? Pocos días después, tratando de

desahogar su patio, Petra Cotes cambió los conejos por una vaca, que dos meses más tarde parió

trillizos. Así empezaron las cosas. De la noche a la mañana, Aureliano Segundo se hizo dueño de

tierras y ganados, y apenas si tenía tiempo de ensanchar las caballerizas y pocilgas desbordadas.

Era una prosperidad de delirio que a él mismo le causaba risa, y no podía menos que asumir actitudes

extravagantes para descargar su buen humor. «Apártense, vacas, que la vida es corta»,

gritaba. Úrsula se preguntaba en qué enredos se había metido, si no estaría robando, si no había

terminado por volverse cuatrero, y cada vez que lo veía destapando champaña por el puro placer

de echarse la espuma en la cabeza, le reprochaba a gritos el desperdicio. Lo molestó tanto, que

un día en que Aureliano Segundo amaneció con el humor rebosado, apareció con un cajón de

dinero, una lata de engrudo y una brocha, y cantando a voz en cuello las viejas canciones de

Francisco el Hombre, empapeló la casa por dentro y por fuera, y de arriba abajo, con billetes de a

peso. La antigua mansión, pintada de blanco desde los tiempos en que llevaron la pianola,

adquirió el aspecto equivoco de una mezquita. En medio del alboroto de la familia, del escándalo

de Úrsula, del júbilo del pueblo que abarrotó la calle para presenciar la glorificación del

despilfarro, Aureliano Segundo terminó por empapelar desde la fachada hasta la cocina, inclusive

los baños y dormitorios y arrojó los billetes sobrantes en el patio.

-Ahora -dijo finalmente- espero que nadie en esta casa me vuelva a hablar de plata.

Así fue. Úrsula hizo quitar los billetes adheridos a las grandes tortas de cal, y volvió a pintar la

casa de blanco. «Dios mío -suplicaba-. Haznos tan pobres como éramos cuando fundamos este

pueblo, no sea que en la otra vida nos vayas a cobrar esta dilapidación.» Sus súplicas fueron

escuchadas en sentido contrario. En efecto, uno de los trabajadores que desprendía los billetes

tropezó por descuido con un enorme San José de yeso que alguien había dejado en la casa en los

últimos años de la guerra, y la imagen hueca se despedazó contra el suelo. Estaba atiborrada de

monedas de oro. Nadie recordaba quién había llevado aquel santo de tamaño natural. «Lo

trajeron tres hombres -explicó Amaranta-. Me pidieron que lo guardáramos mientras pasaba la

lluvia, y yo les dije que lo pusieran ahí, en el rincón, donde nadie fuera a tropezar con él, y ahí lo

pusieron con mucho cuidado, y ahí ha estado desde entonces, porque nunca volvieron a

buscarlo.» En los últimos tiempos, Ursula le había puesto velas y se había postrado ante él, sin

sospechar que en lugar de un santo estaba adorando casi doscientos kilogramos de oro. La tardía

comprobación de su involuntario paganismo agravó su desconsuelo. Escupió el espectacular

montón de monedas, lo metió en tres sacos de lona, y lo enterró en un lugar secreto, en espera

de que tarde o temprano los tres desconocidos fueran a reclamaría. Mucho después, en los años

difíciles de su decrepitud, Úrsula solía intervenir en las conversaciones de los numerosos viajeros

que entonces pasaban por la casa, y les preguntaba si durante la guerra no habían dejado allí un

San José de yeso para que lo guardaran mientras pasaba la lluvia.

Estas cosas, que tanto consternaban a Úrsula, eran corrientes en aquel tiempo. Macondo

naufragaba en una prosperidad de milagro. Las casas de barro y cañabrava de los fundadores

habían sido reemplazadas por construcciones de ladrillo, con persianas de madera y pisos de

cemento, que hacían más llevadero el calor sofocante de las dos de la tarde. De la antigua aldea

de José Arcadio Buendía sólo quedaban entonces los almendros polvorientos destinados a resistir

a las circunstancias más arduas y el río de aguas diáfanas cuyas piedras prehistóricas fueron

pulverizadas por las enloquecidas almádenas de José Arcadio Segundo, cuando se empeñó en

despejar el cauce para establecer un servicio de navegación. Fue un sueño delirante, comparable

apenas a los de su bisabuelo, porque el lecho pedregoso y los numerosos tropiezos de la corriente

impedían el tránsito desde Macondo hasta el mar. Pero José Arcadio Segundo, en un imprevisto

arranque de temeridad, se empecinó en el proyecto. Hasta entonces no había dado ninguna

muestra de imaginación. Salvo su precaria aventura con Petra Cotes, nunca se le había conocido

mujer. Úrsula lo tenía como el ejemplar más apagado que había dado la familia en toda su

historia, incapaz de destacarse ni siquiera como alborotador de galleras, cuando el coronel

Aureliano Buendía le contó la historia del galeón español encallado a doce kilómetros del mar,

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Gabriel García Márquez

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cuyo costillar carbonizado vio él mismo durante la guerra. El relato, que a tanta gente durante

tanto tiempo le pareció fantástico, fue una revelación para José Arcadio Segundo. Remató sus

gallos al mejor postor, reclutó hombres y compró herramientas, y se empeñó en la descomunal

empresa de romper piedras, excavar canales, despejar escollos y hasta emparejar cataratas. «Ya

esto me lo sé de memoria -gritaba Úrsula-. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y

hubiéramos vuelto al principio.» Cuando estimó que el río era navegable, José Arcadio Segundo

hizo a su hermano una exposición pormenorizada de sus planes, y éste le dio el dinero que le

hacía falta para su empresa. Desapareció por mucho tiempo. Se había dicho que su proyecto de

comprar un barco no era más que una triquiñuela para alzarse con el dinero del hermano, cuando

se divulgó la noticia de que una extraña nave se aproximaba al pueblo. Los habitantes de

Macondo, que ya no recordaban las empresas colosales de José Arcadio Buendía, se precipitaron

a la ribera y vieron con ojos pasmados de incredulidad la llegada del primer y último barco que

atracó jamás en el pueblo. No era más que una balsa de troncos, arrastrada mediante gruesos

cables por veinte hombres que caminaban por la ribera. En la proa, con un brillo de satisfacción

en la mirada, José Arcadio Segundo dirigía la dispendiosa maniobra. Junto con él llegaba un

grupo de matronas espléndidas que se protegían del sol abrasante con vistosas sombrillas y

tenían en los hombros preciosos pañolones de seda, y ungüentos de colores en el rostro, flores

naturales en el cabello, y serpientes de oro en los brazos y diamantes en los dientes. La balsa de

troncos fue el único vehículo que José Arcadio Segundo pudo remontar hasta Macondo, y sólo por

una vez, pero nunca reconoció el fracaso de su empresa sino que proclamó su hazaña como una

victoria de la voluntad. Rindió cuentas escrupulosas a su hermano, y muy pronto volvió a

hundirse en la rutina de los gallos. Lo único que quedó de aquella desventurada iniciativa fue el

soplo de renovación que llevaron las matronas de Francia, cuyas artes magníficas cambiaron los

métodos tradicionales del amor, y cuyo sentido del bienestar social arrasó con la anticuada tienda

de Catarino y transformó la calle en un bazar de farolitos japoneses y organillos nostálgicos.

Fueron ellas las promotoras del carnaval sangriento que durante tres días hundió a Macondo en el

delirio, y cuya única consecuencia perdurable fue haberle dado a Aureliano Segundo la

oportunidad de conocer a Fernanda del Carpio.

Remedios, la bella, fue proclamada reina. Úrsula, que se estremecía ante la belleza inquietante

de la bisnieta, no pudo impedir la elección. Hasta entonces había conseguido que no saliera a la

calle, como no fuera para ir a misa con Amaranta, pero la obligaba a cubrirse la cara con una

mantilla negra. Los hombres menos piadosos, los que se disfrazaban de curas para decir misas

sacrílegas en la tienda de Catarino, asistían a la iglesia con el único propósito de ver aunque fuera

un instante el rostro de Remedios, la bella, de cuya hermosura legendaria se hablaba con un

fervor sobrecogido en todo el ámbito de la ciénaga. Pasó mucho tiempo antes de que lo

consiguieran, y más les hubiera valido que la ocasión no llegara nunca, porque la mayoría de

ellos no pudo recuperar jamás la placidez del sueño. El hombre que lo hizo posible, un forastero,

perdió para siempre la serenidad, se enredó en los tremedales de la abyección y la miseria, y

años después fue despedazado por un tren nocturno cuando se quedó dormido sobre los rieles.

Desde el momento en que se le vio en la iglesia, con un vestido de pana verde y un chaleco

bordado, nadie puso en duda que iba desde muy lejos, tal vez de una remota ciudad del exterior,

atraído por la fascinación mágica de Remedios, la bella. Era tan hermoso, tan gallardo y

reposado, de una prestancia tan bien llevada, que Pietro Crespi junto a él habría parecido un

sietemesino, y muchas mujeres murmuraron entre sonrisas de despecho que era él quien

verdaderamente merecía la mantilla. No alternó con nadie en Macondo. Aparecía al amanecer del

domingo, como un príncipe de cuento, en un caballo con estribos de plata y gualdrapas de

terciopelo, y abandonaba el pueblo después de la misa.

Era tal el poder de su presencia, que desde la primera vez que se le vio en la iglesia todo el

mundo dio por sentado que entre él y Remedios, la bella, se había establecido un duelo callado y

tenso, un pacto secreto, un desafío irrevocable cuya culminación no podía ser solamente el amor

sino también la muerte. El sexto domingo, el caballero apareció con una rosa amarilla en la

mano. Oyó la misa de pie, como lo hacía siempre, y al final se interpuso al paso de Remedios, la

bella, y le ofreció la rosa solitaria. Ella la recibió con un gesto natural, como si hubiera estado

preparada para aquel homenaje, y entonces se descubrió el rostro por un instante y dio las

gracias con una sonrisa. Fue todo cuanto hizo. Pero no sólo para el caballero, sino para todos los

hombres que tuvieron el desdichado privilegio de vivirlo, aquel fue un instante eterno.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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El caballero instalaba desde entonces la banda de música junto a la ventana de Remedios, la

bella, y a veces hasta el amanecer. Aureliano Segundo fue el único que sintió por él una

compasión cordial, y trató de quebrantar su perseverancia. «No pierda más el tiempo -le dijo una

noche-. Las mujeres de esta casa son peores que las mulas.» Le ofreció su amistad, lo invitó a

bañarse en champaña, trató de hacerle entender que las hembras de su familia tenían entrañas

de pedernal, pero no consiguió vulnerar su obstinación. Exasperado por las interminables noches

de música, el coronel Aureliano Buendía lo amenazó con curarle la aflicción a pistoletazos. Nada

lo hizo desistir, salvo su propio y lamentable estado de desmoralización. De apuesto e impecable

se hizo vil y harapiento. Se rumoraba que había abandonado poder y fortuna en su lejana nación,

aunque en verdad no se conoció nunca su origen. Se volvió hombre de pleitos, pendenciero de

cantina, y amaneció revolcado en sus propias excrecencias en la tienda de Catarino. Lo más triste

de su drama era que Remedios, la bella, no se fijó en él ni siquiera cuando se presentaba a la

iglesia vestido de príncipe. Recibió la rosa amarilla sin la menor malicia, más bien divertida por la

extravagancia del gesto, y se levantó la mantilla para verle mejor la cara y no para mostrarle la

suya.

En realidad, Remedios, la bella, no era un ser de este mundo. Hasta muy avanzada la

pubertad, Santa Sofía de la Piedad tuvo que bañarla y ponerle la ropa, y aun cuando pudo valerse

por sí misma había que vigilarla para que no pintara animalitos en las paredes con una varita

embadurnada de su propia caca. Llegó a los veinte años sin aprender a leer y escribir, sin servirse

de los cubiertos en la mesa, paseándose desnuda por la casa, porque su naturaleza se resistía a

cualquier clase de convencionalismos. Cuando el joven comandante de la guardia le declaró su

amor, lo rechazó sencillamente porque la asombró frivolidad. «Fíjate qué simple es -le dijo a

Amaranta-. Dice que se está muriendo por mi, como si yo fuera un cólico miserere.» Cuando en

efecto lo encontraron muerto junto a su ventana, Remedios, la bella, confirmó su impresión

inicial.

-Ya ven -comentó-. Era completamente simple. Parecía como si una lucidez penetrante le

permitiera ver la realidad de las cosas más allá de cualquier formalismo. Ese era al menos el

punto de vista del coronel Aureliano Buendía, para quien Remedios, la bella, no era en modo

alguno retrasada mental, como se creía, sino todo lo contrario. «Es como si viniera de regreso de

veinte años de guerra», solía decir. Úrsula, por su parte, le agradecía a Dios que hubiera

premiado a la familia con una criatura de una pureza excepcional, pero al mismo tiempo la

conturbaba su hermosura, porque le parecía una virtud contradictoria, una trampa diabólica en el

centro de la candidez. Fue por eso que decidió apartarla del mundo, preservarla de toda tentación

terrenal, sin saber que Remedios, la bella, ya desde el vientre de su madre, estaba a salvo de

cualquier contagio. Nunca le pasó por la cabeza la idea de que la eligieran reina de la belleza en

el pandemónium de un carnaval. Pero Aureliano Segundo, embullado con la ventolera de

disfrazarse de tigre, llevó al padre Antonio Isabel a la casa para que convenciera a Úrsula de que

el carnaval no era una fiesta pagana, como ella decía, sino una tradición católica. Finalmente convencida,

aunque a regañadientes, dio el consentimiento para la coronación.

La noticia de que Remedios Buendía iba a ser la soberana del festival, rebasó en pocas horas

los límites de la ciénaga, llegó hasta lejanos territorios donde se ignoraba el inmenso prestigio de

su belleza, y suscitó la inquietud de quienes todavía consideraban su apellido como un símbolo de

la subversión. Era una inquietud infundada. Si alguien resultaba inofensivo en aquel tiempo, era

el envejecido y desencantado coronel Aureliano Buendía, que poco a poco había ido perdiendo

todo contacto con la realidad de la nación. Encerrado en su taller, su única relación con el resto

del mundo era el comercio de pescaditos de oro. Uno de los antiguos soldados que vigilaron su

casa en los primeros días de la paz, iba a venderlos a las poblaciones de la ciénaga, y regresaba

cargado de monedas y de noticias. Que el gobierno conservador, decía, con el apoyo de los

liberales, estaba reformando el calendario para que cada presidente estuviera cien años en el

poder. Que por fin se había firmado el concordato con la Santa Sede, y que había venido desde

Roma un cardenal con una corona de diamantes y en un trono de oro macizo, y que los ministros

liberales se habían hecho retratar de rodillas en el acto de besarle el anillo. Que la corista

principal de una compañía española, de paso por la capital, había sido secuestrada en su

camerino por un grupo de enmascarados, y el domingo siguiente había bailado desnuda en la

casa de verano del presidente de la república. «No me hables de política -le decía el coronel-.

Nuestro asunto es vender pescaditos.» El rumor público de que no quería saber nada de la

situación del país porque se estaba enriqueciendo con su taller, provocó las risas de Úrsula

Cien años de soledad

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cuando llegó a sus oídos. Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio del

coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro

en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que trabajar cada vez más a medida que

más vendía, para satisfacer un círculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no

era el negocio sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar

minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío

para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan absorbente era la atención que le exigía el

preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra,

y la posición le torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la concentración

implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que se le vio atender algún asunto

relacionado con la guerra, fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo

para la aprobación de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de

partida. «Olvídense de eso -les dijo él-. Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme la

tortura de estaría esperando hasta la muerte.» Al principio, el coronel Gerineldo Márquez lo

visitaba al atardecer, y ambos se sentaban en la puerta de la calle a evocar el pasado. Pero

Amaranta no pudo soportar los recuerdos que le suscitaba aquel hombre cansado cuya calvicie lo

precipitaba al abismo de una ancianidad prematura, y lo atormentó con desaires injustos, hasta

que no volvió sino en ocasiones especiales, y desapareció finalmente anulado por la parálisis.

Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel

Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que

un pacto honrado con la soledad. Se levantaba a las cinco después de un sueño superficial,

tomaba en la cocina su eterno tazón de café amargo, se encerraba todo el día en el taller, y a las

cuatro de la tarde pasaba por el corredor arrastrando un taburete, sin fijarse siquiera en el

incendio de los rosales, ni en el brillo de la hora, ni en la impavidez de Amaranta, cuya melancolía

hacia un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer, y se sentaba en la puerta de la

calle hasta que se lo permitían los mosquitos. Alguien se atrevió alguna vez a perturbar su

soledad.

-¿Cómo está, coronel? -le dijo al pasar.

-Aquí -contestó él-. Esperando que pase mi entierro. De modo que la inquietud causada por la

reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de

fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo

amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El

carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin

su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto

roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en

andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un

momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la

deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una

autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó

quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero

Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los

recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo

pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y

hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pensar

en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado

equilibrio.

-¡Viva el partido liberal! -gritó-. ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!

Las descargas de fusilería ahogaron el esplendor de los fuegos artificiales, y los gritos de terror

anularon la música, y el júbilo fue aniquilado por el pánico. Muchos años después seguiría

afirmándose que la guardia real de la soberana intrusa era un escuadrón del ejército regular que

debajo de sus ricas chilabas escondían fusiles de reglamento. El gobierno rechazó el cargo en un

bando extraordinario y prometió una investigación terminante del episodio sangriento. Pero la

verdad no se esclareció 1 nunca, y prevaleció para siempre la versión de que la guardia real,

sin provocación de ninguna índole, tomó posiciones de combate a una seña de su comandante y

disparó sin piedad contra la muchedumbre. Cuando se restableció la calma, no quedaba en el

pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos,

nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares

Cien años de soledad

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de Francia y tres emperatrices japonesas. En la confusión del pánico, José Arcadio Segundo logró

poner a salvo a Remedios, la bella, y Aureliano Segundo llevó en brazos a la casa a la soberana

intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda

del Carpio. La habían seleccionado como la más hermosa entre las cinco mil mujeres más

hermosas del país, y la habían llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de

Madagascar. Úrsula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo, en lugar de poner en duda

su inocencia, se compadeció de su candidez. Seis meses después de la masacre, cuando se

restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, Aureliano

Segundo fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en

Macondo, en una fragorosa parranda de veinte días.

Cien años de soledad

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XI

El matrimonio estuvo a punto de acabarse a los dos meses porque Aureliano Segundo,

tratando de desagraviar a Petra Cotes, le hizo tomar un retrato vestida de reina de Madagascar.

Cuando Fernanda lo supo volvió a hacer sus baúles de recién casada y se marchó de Macondo sin

despedirse. Aureliano Segundo la alcanzó en el camino de la ciénaga. Al cabo de muchas súplicas

y propósitos de enmienda logró llevarla de regreso a la casa, y abandonó a la concubina.

Petra Cotes, consciente de su fuerza, no dio muestras de preocupación. Ella lo había hecho

hombre. Siendo todavía un niño lo sacó del cuarto de Melquíades, con la cabeza llena de ideas

fantásticas y sin ningún contacto con la realidad, y le dio un lugar en el mundo. La naturaleza lo

había hecho reservado y esquivo, con tendencias a la meditación solitaria, y ella le había

moldeado el carácter opuesto, vital, expansivo, desabrochado, y le había infundido el júbilo de

vivir y el placer de la parranda y el despilfarro, hasta convertirlo, por dentro y por fuera, en el

hombre con que había soñado para ella desde la adolescencia. Se había casado, pues, como tarde

o temprano se casan los hijos. Él no se atrevió a anticiparle la noticia. Asumió una actitud tan

infantil frente a la situación que fingía falsos rencores y resentimientos imaginarios, buscando el

modo de que fuera Petra Cotes quien provocara la ruptura. Un día en que Aureliano Segundo le

hizo un reproche injusto, ella eludió la trampa y puso las cosas en su puesto.

-Lo que pasa -dijo- es que te quieres casar con la reina.

Aureliano Segundo, avergonzado, fingió un colapso de cólera, se declaró incomprendido y

ultrajado, y no volvió a visitarla. Petra Cotes, sin perder un solo instante su magnífico dominio de

fiera en reposo, oyó la música y los cohetes de la boda, el alocado bullicio de la parranda pública,

como si todo eso no fuera más que una nueva travesura de Aureliano Segundo. A quienes se

compadecieron de su suerte, los tranquilizó con una sonrisa. «No se preocupen -les dijo-. A mí las

reinas me hacen los mandados,» A una vecina que le llevó velas compuestas para que alumbrara

con ellas el retrato del amante perdido, le dijo con una seguridad enigmática:

-La única vela que lo hará venir está siempre encendida.

Tal como ella lo había previsto, Aureliano Segundo volvió a su casa tan pronto como pasó la

luna de miel. Llevó a sus amigotes de siempre, un fotógrafo ambulante y el traje y la capa de

armiño sucia de sangre que Fernanda había usado en el carnaval. Al calor de la parranda que se

prendió esa tarde, hizo vestir de reina a Petra Cotes, la coronó soberana absoluta y vitalicia de

Madagascar, y repartió copias del retrato entre sus amigos. Ella no sólo se prestó al juego, sino

que se compadeció íntimamente de él, pensando que debía estar muy asustado cuando concibió

aquel extravagante recurso de reconciliación. A las siete de la noche, todavía vestida de reina, lo

recibió en la cama. Tenía apenas dos meses de casado, pero ella se dio cuenta enseguida de que

las cosas no andaban bien en el lecho nupcial, y experimentó el delicioso placer de la venganza

consumada. Dos días después, sin embargo, cuando él no se atrevió a volver, sino que mandó un

intermediario para que arreglara los términos de la separación, ella comprendió que iba a

necesitar más paciencia de la prevista, porque él parecía dispuesto a sacrificarse por las

apariencias. Tampoco entonces se alteró. Volvió a facilitar las cosas con una sumisión que

confirmó la creencia generalizada de que era una pobre mujer, y el único recuerdo que conservó

de Aureliano Segundo fue un par de botines de charol que, según él mismo había dicho, eran los

que quería llevar puestos en el ataúd. Los guardó envueltos en trapos en el fondo de un baúl, y

se preparó para apacentar una espera sin desesperación.

-Tarde o temprano tiene que venir -se dijo-, aunque sólo sea a ponerse estos botines.

No tuvo que esperar tanto como suponía. En realidad Aureliano Segundo comprendió desde la

noche de bodas que volvería a casa de Petra Cotes mucho antes de que tuviera necesidad de

ponerse los botines de charol: Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y

crecido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra

traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos

campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa señorial embaldosada de losas

sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas

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colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de los nardos. Fernanda no

tuvo hasta la pubertad otra noticia del que los melancólicos ejercicios de piano ejecutados en

alguna casa vecina por alguien que durante años y años se permitió el albedrío de no hacer la

siesta. En el cuarto de su madre enferma, verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales,

escuchaba las escalas metódicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa música estaba en

el mundo mientras ella se consumía tejiendo coronas de palmas fúnebres. Su madre, sudando la

calentura de las cinco, le hablaba del esplendor del pasado. Siendo muy niña, una noche de luna,

Fernanda vio una hermosa mujer vestida de blanco que atravesó el jardín hacia el oratorio. Lo

que más le inquietó de aquella visión fugaz fue que la sintió exactamente igual a ella, como si se

hubiera visto a sí misma con veinte años de anticipación. «Es tu bisabuela, la reina -le dijo su

madre en las treguas de la tos-. Se murió de un mal aire que le dio al cortar una vara de

nardos.» Muchos años después, cuando empezó a sentirse igual a su bisabuela, Fernanda puso en

duda la visión de la infancia, pero la madre la reprochó su incredulidad.

-Somos inmensamente ricos y poderosos -le dijo-. Un día serás reina.

Ella lo creyó, aunque sólo ocupaban la larga mesa con manteles de lino y servicios de plata,

para tomar una taza de chocolate con agua y un pan de dulce. Hasta el día de la boda soñó con

un reinado de leyenda, a pesar de que su padre, don Fernando, tuvo que hipotecar la casa para

comprarle el ajuar. No era ingenuidad ni delirio de grandeza. Así la educaron. Desde que tuvo uso

de razón recordaba haber hecho sus necesidades en una bacinilla de oro con el escudo de armas

de la familia. Salió de la casa por primera vez a los doce años, en un coche de caballos que sólo

tuvo que recorrer dos cuadras 11 para llevarla al convento. Sus compañeras de clases se

sorprendieron de que la tuvieran apartada, en una silla de espaldar muy alto, y de que ni siquiera

se mezclara con ellas durante el recreo. «Ella es distinta -explicaban las monjas-. Va a ser reina.»

Sus compañeras lo creyeron, porque ya entonces era la doncella más hermosa, distinguida y

discreta que habían visto jamás. Al cabo de ocho años, habiendo aprendido a versificar en latín, a

tocar el clavicordio, a conversar de cetrería con los caballeros y de apologética con los arzobispos,

a dilucidar asuntos de estado con los gobernantes extranjeros y asuntos de Dios con el Papa,

volvió a casa de sus padres a tejer palmas fúnebres. La encontró saqueada. Quedaban apenas los

muebles indispensables, los candelabros y el servicio de plata, porque los útiles domésticos

habían sido vendidos, uno a uno, para sufragar los gastos de su educación. Su madre había

sucumbido a la calentura de las cinco. Su padre, don Fernando, vestido de negro, con el cuello

laminado y una leontina de oro atravesada en el pecho, le daba los lunes una moneda de plata

para los gastos domésticos, y se llevaba las coronas fúnebres terminadas la semana anterior.

Pasaba la mayor parte del día encerrado en el despacho, y en las pocas ocasiones en que salía a

la calle regresaba antes de las seis, para acompañarla a rezar el rosario. Nunca llevó amistad

íntima con nadie. Nunca oyó hablar de las guerras que desangraron el país. Nunca dejó de oír los

ejercicios de piano a las tres de la tarde. Empezaba inclusive a perder la ilusión de ser reina,

cuando sonaron dos aldabonazos perentorios en el portón, y le abrió a un militar apuesto, de

ademanes ceremoniosos, que tenía una cicatriz en la mejilla y una medalla de oro en el pecho. Se

encerró con su padre en el despacho. Dos horas después, su padre fue a buscarla al costurero.

«Prepare sus cosas -le dijo-. Tiene que hacer un largo viaje.» Fue así como la llevaron a

Macondo. En un solo día, con un zarpazo brutal, la vida le echó encima todo el peso de una

realidad que durante años le habían escamoteado sus padres. De regreso a casa se encerró en el

cuarto a llorar, indiferente a las súplicas y explicaciones de don Fernando, tratando de borrar la

quemadura de aquella burla inaudita. Se había prometido no abandonar el dormitorio hasta la

muerte, cuando Aureliano Segundo llegó a buscarla. Fue un golpe de suerte inconcebible, porque

en el aturdimiento de la indignación, en la furia de la vergüenza, ella le había mentido para que

nunca conociera su verdadera identidad. Las únicas pistas reales de que disponía Aureliano

Segundo cuando salió a buscarla eran su inconfundible dicción del páramo y su oficio de tejedora

de palmas fúnebres. La buscó sin piedad. Con la temeridad atroz con que José Arcadio Buendía

atravesó la sierra para fundar a Macondo, con el orgullo ciego con que el coronel Aureliano

Buendía promovió sus guerras inútiles, con la tenacidad insensata con que Úrsula aseguró la

supervivencia de la estirpe, así buscó Aureliano Segundo a Fernanda, sin un solo instante de

desaliento. Cuando preguntó dónde vendían palmas fúnebres, lo llevaron de casa en casa para

que escogiera las mejores. Cuando preguntó dónde estaba la mujer más bella que se había dado

sobre la tierra, todas las madres le llevaron a sus hijas. Se extravió por desfiladeros de niebla,

por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión. Atravesó un páramo amarillo

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios. Al cabo

de semanas estériles, llegó a una ciudad desconocida donde todas las campanas tocaban a

muerto. Aunque nunca los había visto, ni nadie se los había descrito, reconoció de inmediato los

muros carcomidos por la sal de los huesos, los decrépitos balcones de maderas destripadas por

los hongos, y clavado en el portón y casi borrado por la lluvia el cartoncito más triste del mundo:

Se venden palmas fúnebres. Desde entonces hasta la mañana helada en que Fernanda abandonó

la casa al cuidado de la Madre Superiora apenas si hubo tiempo para que las monjas cosieran el

ajuar, y metieran en seis baúles los candelabros, el servicio de plata y la bacinilla de oro, y los

incontables e inservibles destrozos de una catástrofe familiar que había tardado dos siglos en

consumarse. Don Fernando declinó la invitación de acompañarlos. Prometió ir más tarde, cuando

acabara de liquidar sus compromisos, y desde el momento en que le echó la bendición a su hija

volvió a encerrarse en el despacho, a escribirle las esquelas con viñetas luctuosas y el escudo de

armas de la familia que habían de ser el primer contacto humano que Fernanda y su padre

tuvieran en toda la vida. Para ella, esa fue la fecha real de su nacimiento. Para Aureliano

Segundo fue casi al mismo tiempo el principio y el fin de la felicidad.

Fernanda llevaba un precioso calendario con llavecitas doradas en el que su director espiritual

había marcado con tinta morada las fechas de abstinencia venérea. Descontando la Semana

Santa, los domingos, las fiestas de guardar, los primeros viernes, los retiros, los sacrificios y los

impedimentos cíclicos, su anuario útil quedaba reducido a 42 días desperdigados en una maraña

de cruces moradas. Aureliano Segundo, convencido de que el tiempo echaría por tierra aquella

alambrada hostil, prolongó la fiesta de la boda más allá del término previsto. Agotada de tanto

mandar al basurero botellas vacías de brandy y champaña para que no congestionaran la casa, y

al mismo tiempo intrigada de que los recién casados durmieran a horas distintas y en

habitaciones separadas mientras continuaban los cohetes y la música y los sacrificios de reses,

Úrsula recordó su propia experiencia y se preguntó si Fernanda no tendría también un cinturón de

castidad que tarde o temprano provocara las burlas del pueblo y diera origen a una tragedia. Pero

Fernanda le confesó que simplemente estaba dejando pasar dos semanas antes de permitir el

primer contacto con su esposo. Transcurrido el término, en efecto, abrió la puerta de su dormitorio

con la resignación al sacrificio con que lo hubiera hecho una víctima expiatoria, y

Aureliano Segundo vio a la mujer más bella de la tierra, con sus gloriosos ojos de animal

asustado y los largos cabellos color de cobre extendidos en la almohada. Tan fascinado estaba

con la visión, que tardó un instante en darse cuenta de que Fernanda se había puesto un camisón

blanco, largo hasta los tobillos y con mangas hasta los puños, y con un ojal grande y redondo

primorosamente ribeteado a la altura del vientre. Aureliano Segundo no pudo reprimir una

explosión de risa.

-Esto es lo más obsceno que he visto en mi vida -gritó, con una carcajada que resonó en toda

la casa-. Me casé con una hermanita de la caridad.

Un mes después, no habiendo conseguido que la esposa se quitara el camisón, se fue a hacer

el retrato de Petra Cotes vestida de reina. Más tarde, cuando logró que Fernanda regresara a

casa, ella cedió a sus apremios en la fiebre de la reconciliación, pero no supo proporcionarle el

reposo con que él soñaba cuando fue a buscarla a la ciudad de los treinta y dos campanarios.

Aureliano Segundo sólo encontró en ella un hondo sentimiento de desolación. Una noche, poco

antes de que naciera el primer hijo, Fernanda se dio cuenta de que su marido había vuelto en

secreto al lecho de Petra Cotes.

-Así es -admitió él. Y explicó en un tono de postrada resignación-: tuve que hacerlo, para que

siguieran pariendo los animales.

Le hizo falta un poco de tiempo para convencerla de tan peregrino expediente, pero cuando

por fin lo consiguió, mediante pruebas que parecieron irrefutables, la única promesa que le

impuso Fernanda fue que no se dejara sorprender por la muerte en la cama de su concubina. Así

continuaron viviendo los tres, sin estorbarse, Aureliano Segundo puntual y cariñoso con ambas,

Petra Cotes pavoneándose de la reconciliación, y Fernanda fingiendo que ignoraba la verdad.

El pacto no logró, sin embargo, que Fernanda se incorporara a la familia. En vano insistió

Úrsula para que tirara la golilla de lana con que se levantaba cuando había hecho el amor, y que

provocaba los cuchicheos de los vecinos. No logró convencerla de que utilizara el baño, o el

beque nocturno, y de que le vendiera la bacinilla de oro al coronel Aureliano Buendía para que la

convirtiera en pescaditos. Amaranta se sintió tan incómoda con su dicción viciosa, y con su hábito

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de usar un eufemismo para designar cada cosa, que siempre hablaba delante de ella en

jerigonza.

-Esfetafa -decía- esfe defe lasfa quefe lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa

mifierfedafa.

Un día, irritada con la burla, Fernanda quiso saber qué era lo que decía Amaranta, y ella no

usó eufemismos para contestarle.

-Digo -dijo- que tú eres de las que confunden el culo con las témporas.

Desde aquel día no volvieron a dirigirse la palabra. Cuando las obligaban las circunstancias, se

mandaban recados, o se decían las cosas indirectamente. A pesar de la visible hostilidad la

familia, Fernanda no renunció a la voluntad de imponer los hábitos de sus mayores. Terminó con

la costumbre de comer en la cocina, y cuando cada quien tenía hambre, e impuso la obligación de

hacerlo a horas exactas en la mesa grande del comedor arreglada con manteles de lino, y con los

candelabros y el servicio de plata. La solemnidad de un acto que Úrsula había considerado

siempre como el más sencillo de la vida cotidiana creó un ambiente de estiramiento contra el cual

se reveló primero que nadie el callado José Arcadio Segundo. Pero la costumbre se impuso, así

como la de rezar el rosario antes de la cena, y llamó tanto la atención de los vecinos, que muy

pronto circuló el rumor de que los Buendía no se sentaban a la mesa como los otros mortales,

sino que habían convertido el acto de comer en una misa mayor. Hasta las supersticiones de

Úrsula, surgidas más bien de la inspiración momentánea que de la tradición, entraron en conflicto

con las que Fernanda heredó de sus padres, y que estaban perfectamente definidas y catalogadas

para cada ocasión. Mientras Úrsula disfrutó del dominio pleno de sus facultades, subsistieron

algunos de los antiguos hábitos y la vida de la familia conservó una cierta influencia de sus

corazonadas, pero cuando perdió la vista y el peso de los años la relegó a un rincón, el círculo de

rigidez iniciado por Fernanda desde el momento en que llegó terminó por cerrarse

completamente, y nadie más que ella determinó el destino de la familia. El negocio de repostería

y animalitos de caramelo, que Santa Sofía de la Piedad mantenía por voluntad de Úrsula, era

considerado por Fernanda como una actividad indigna, y no tardó en liquidarlo. Las puertas de la

casa, abiertas de par en par desde el amanecer hasta la hora de acostarse, fueron cerradas

durante la siesta, con el pretexto de que el sol recalentaba los dormitorios, y finalmente se cerraron

para siempre. El ramo de sábila y el pan que estaban colgados en el dintel desde los

tiempos de la fundación fueron reemplazados por un nicho del Corazón de Jesús. El coronel

Aureliano Buendía alcanzó a darse cuenta de aquellos cambios y previó sus consecuencias. «Nos

estamos volviendo gente fina -protestaba-. A este paso, terminaremos peleando otra vez contra

el régimen conservador, pero ahora para poner un rey en su lugar.» Fernanda, con muy buen

tacto, se cuidó de no tropezar con él. Le molestaba íntimamente su espíritu independiente, su

resistencia a toda forma de rigidez social. La exasperaban sus tazones de café a las cinco, el

desorden de su taller, su manta deshilachada y su costumbre de sentarse en la puerta de la calle

al atardecer. Pero tuvo que permitir esa pieza suelta del mecanismo familiar, porque tenía la

certidumbre de que el viejo coronel era un animal apaciguado por los años y la desilusión, que en

un arranque de rebeldía senil podría desarraigar los cimientos de la casa. Cuando su esposo

decidió ponerle al primer hijo el nombre del bisabuelo, ella no se atrevió a oponerse, porque sólo

tenía un año de haber llegado. Pero cuando nació la primera hija expresó sin reservas su determinación

de que se llamara Renata, como su madre. Úrsula había resuelto que se llamara

Remedios. Al cabo de una tensa controversia, en la que Aureliano Segundo actuó como mediador

divertido, la bautizaron con el nombre de Renata Remedios, pero Fernanda la siguió llamando

Renata a secas, mientras la familia de su marido y todo el pueblo siguieron llamándola Meme,

diminutivo de Remedios.

Al principio, Fernanda no hablaba de su familia, pero con el tiempo empezó a idealizar a su

padre. Hablaba de él en la mesa como un ser excepcional que había renunciado a toda forma de

vanidad, y se estaba convirtiendo en santo. Aureliano Segundo, asombrado de la intempestiva

magnificación del suegro, no resistía a la tentación de hacer pequeñas burlas a espaldas de su

esposa. El resto de la familia siguió el ejemplo. La propia Úrsula, que era en extremo celosa de la

armonía familiar y que sufría en secreto con las fricciones domésticas, se permitió decir alguna

vez que el pequeño tataranieto tenía asegurado su porvenir pontifical, porque era «nieto de santo

e hijo de reina y de cuatrero». A pesar de aquella sonriente conspiración, los niños se

acostumbraron a pensar en el abuelo como en un ser legendario, que les transcribía versos

piadosos en las cartas y les mandaba en cada Navidad un cajón de regalos que apenas si cabía

Cien años de soledad

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por la puerta de la calle. Eran, en realidad, los últimos desperdicios del patrimonio señorial. Con

ellos se construyó en el dormitorio de los niños un altar con santos de tamaño natural, cuyos ojos

de vidrio les imprimían una inquietante apariencia de vida y cuyas ropas de paño artísticamente

bordadas eran mejores que las usadas jamás por ningún habitante de Macondo. Poco a poco, el

esplendor funerario de la antigua y helada mansión se fue trasladando a la luminosa casa de los

Buendía. «Ya nos han mandado todo el cementerio familiar -comentó Aureliano Segundo en cierta

ocasión-. Sólo faltan los sauces y las losas sepulcrales.» Aunque en los cajones no llegó nunca

nada que sirviera a los niños para jugar, éstos pasaban el año esperando a diciembre, porque al

fin y al cabo los anticuados y siempre imprevisibles regalos constituían una novedad en la casa.

En la décima Navidad, cuando ya el pequeño José Arcadio se preparaba para viajar al seminario,

llegó con más anticipación que en los años anteriores el enorme cajón del abuelo, muy bien

clavado e impermeabilizado con brea, y dirigido con el habitual letrero de caracteres góticos a la

muy distinguida señora doña Fernanda del Carpio de Buendía. Mientras ella leía la carta en el

dormitorio, los niños se apresuraron a abrir la caja. Ayudados como de costumbre por Aureliano

Segundo, rasparon los sellos de brea, desclavaron la tapa, sacaron el aserrín protector, y

encontraron dentro un largo cofre de plomo cerrado con pernos de cobre. Aureliano Segundo

quitó los ocho pernos, ante la impaciencia de los niños, y apenas tuvo tiempo de lanzar un grito y

hacerlos a un lado, cuando levantó la plataforma de plomo y vio a don Fernando vestido de negro

y con un crucifijo en el pecho, con la piel reventada en eructos pestilentes y cocinándose a fuego

lento en un espumoso y borboritante caldo de perlas vivas.

Poco después del nacimiento de la niña, se anunció el inesperado jubileo del coronel Aureliano

Buendía, ordenado por el gobierno para celebrar un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia.

Fue una determinación tan inconsecuente con la política oficial, que el coronel se pronunció

violentamente contra ella y rechazó el homenaje. «Es la primera vez que oigo la palabra jubileo –

decía-. Pero cualquier cosa que quiera decir, no puede ser sino una burla.» El estrecho taller de

orfebrería se llenó de emisarios. Volvieron, mucho más viejos y mucho más solemnes, los

abogados de trajes oscuros que en otro tiempo revolotearon como cuervos en torno al coronel.

Cuando éste los vio aparecer, como en otro tiempo llegaban a empantanar la guerra, no pudo

soportar el cinismo de sus panegíricos. Les ordenó que lo dejaran en paz, insistió que él no era un

prócer de la nación como ellos decían, sino un artesano sin recuerdos, cuyo único sueño era

morirse de cansancio en el olvido y la miseria de sus pescaditos de oro. Lo que más le indignó fue

la noticia de que el propio presidente de la república pensaba asistir a los actos de Macondo para

imponerle la Orden del Mérito. El coronel Aureliano Buendía le mandó a decir, palabra por

palabra, que esperaba con verdadera ansiedad aquella tardía pero merecida ocasión de darle un

tiro no para cobrarle las arbitrariedades y anacronismos de su régimen, sino por faltarle el

respeto a un viejo que no le hacía mal a nadie. Fue tal la vehemencia con que pronunció la

amenaza, que el presidente de la república canceló el viaje a última hora y le mandó la

condecoración con un representante personal. El coronel Gerineldo Márquez, asediado por presiones

de toda índole, abandonó su lecho de paralítico para persuadir a su antiguo compañero de

armas. Cuando éste vio aparecer el mecedor cargado por cuatro hombres y vio sentado en él,

entre grandes almohadas, al amigo que compartió sus Victorias e infortunios desde la juventud,

no dudó un solo instante de que hacía aquel esfuerzo para expresarle su solidaridad. Pero cuando

conoció el verdadero propósito de su visita, lo hizo sacar del taller.

-Demasiado tarde me convenzo -le dijo- que te habría hecho un gran favor si te hubiera

dejado fusilar.

De modo que el jubileo se llevó a cabo sin asistencia de ninguno de los miembros de la familia.

Fue una casualidad que coincidiera con la semana de carnaval, pero nadie logró quitarle al

coronel Aureliano Buendía la empecinada idea de que también aquella coincidencia había sido

prevista por el gobierno para recalcar la crueldad de la burla. Desde el taller solitario oyó las

músicas marciales, la artillería de aparato, las campanas del Te Deum, y algunas frases de los

discursos pronunciados frente a la casa cuando bautizaron la calle con su nombre. Los ojos se le

humedecieron de indignación, de rabiosa impotencia, y por primera vez desde la derrota se dolió

de no tener los arrestos de la juventud para promover una guerra sangrienta que borrara hasta el

último vestigio del régimen conservador. No se habían extinguido los ecos del homenaje, cuando

Úrsula llamó a la puerta del taller.

-No me molesten -dijo él-. Estoy ocupado.

-Abre -insistió Úrsula con voz cotidiana-. Esto no tiene nada que ver con la fiesta.

Cien años de soledad

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Entonces el coronel Aureliano Buendía quitó la tranca, y vio en la puerta diecisiete hombres de

los más variados aspectos, de todos los tipos y colores, pero todos con un aire solitario que

habría bastado para identificarlos en cualquier lugar de la tierra. Eran sus hijos. Sin ponerse de

acuerdo, sin conocerse entre sí, habían llegado desde los más apartados rincones del litoral

cautivados por el ruido del jubileo. Todos llevaban con orgullo el nombre de Aureliano, y el

apellido de su madre. Durante los tres días que permanecieron en la casa, para satisfacción de

Úrsula y escándalo de Fernanda, ocasionaron trastornos de guerra. Amaranta buscó entre

antiguos papeles la libreta de cuentas donde Úrsula había apuntado los nombres y las fechas de

nacimiento y bautismo de todos, y agregó frente al espacio correspondiente a cada uno el

domicilio actual. Aquella lista habría permitido hacer una recapitulación de veinte años de guerra.

Habrían podido reconstruirse con ella los itinerarios nocturnos del coronel, desde la madrugada

en que salió de Macondo al frente de veintiún hombres hacia una rebelión quimérica, hasta que

regresó por última vez envuelto en la manta acartonada de sangre. Aureliano Segundo no desperdició

la ocasión de festejar a los primos con una estruendosa parranda de champaña y

acordeón, que se interpretó como un atrasado ajuste de cuentas con el carnaval malogrado por el

jubileo. Hicieron añicos media vajilla, destrozaron los rosales persiguiendo un toro para

mantearlo, mataron las gallinas a tiros, obligaron a bailar a Amaranta los valses tristes de Pietro

Crespi, consiguieron que Remedios, la bella, se pusiera unos pantalones de hombre para subirse

a la cucaña, y soltaron en el comedor un cerdo embadurnado de sebo que revolcó a Fernanda,

pero nadie lamentó los percances, porque la casa se estremeció con un terremoto de buena

salud. El coronel Aureliano Buendía, que al principio los recibió con desconfianza y hasta puso en

duda la filiación de algunos, se divirtió con sus locuras, y antes de que se fueran le regaló a cada

uno un pescadito de oro. Hasta el esquivo José Arcadio Segundo les ofreció una tarde de gallos,

que estuvo a punto de terminar en tragedia, porque varios de los Aurelianos eran tan duchos en

componendas de galleras que descubrieron al primer golpe de vista las triquiñuelas del padre

Antonio Isabel Aureliano Segundo, que vio las ilimitadas perspectivas de parranda que ofrecía

aquella desaforada parentela, decidió que todos se quedaran a trabajar con él. El único que

acepto fue Aureliano Triste, un mulato grande con los ímpetus y el espíritu explorador del abuelo,

que ya había probado fortuna en medio mundo, y le daba lo mismo quedarse en cualquier parte

Los otros, aunque todavía estaban solteros, consideraban resuelto su destino. Todos eran

artesanos hábiles, hombres de su casa gente de paz. El miércoles de ceniza, antes de que

volvieran a dispersarse en el litoral, Amaranta consiguió que se pusieran ropas dominicales y la

acompañaran a la iglesia Mas divertidos que piadosos, se dejaron conducir hasta el comulgatorio

donde el padre Antonio Isabel les puso en la frente la cruz de ceniza De regreso a casa, cuando el

menor quiso limpiarse la frente descubrió que la mancha era indeleble, y que lo eran también las

de sus hermanos. Probaron con agua y jabón con tierra y estropajo, y por último con piedra

pómez y lejía y no con siguieron borrarse la cruz. En cambio, Amaranta y los demás que fueron a

misa se la quitaron sin dificultad. «Así van mejor -los despidió Úrsula-. De ahora en adelante

nadie podrá confundirlos.» Se fueron en tropel, precedidos por la banda de músicos y reventando

cohetes, y dejaron en el pueblo la impresión de que la estirpe de los Buendía tenía semillas para

muchos siglos. Aureliano Triste, con su cruz de ceniza en la frente, instaló en las afueras del

pueblo la fábrica de hielo con que soñó José Arcadio Buendía en sus delirios de inventor.

Meses después de su llegada, cuando ya era conocido y apreciado, Aureliano Triste andaba

buscando una casa para llevar a su madre y a una hermana soltera (que no era hija del coronel)

y se interesó por el caserón decrépito que parecía abandonado en una esquina de la plaza.

Preguntó quién era el dueño. Alguien le dijo que era una casa de nadie, donde en otro tiempo

vivió una viuda solitaria que se alimentaba de tierra y cal de las paredes, y que en sus últimos

años sólo se le vio dos veces en la calle con un sombrero de minúsculas flores artificiales y unos

zapatos color de plata antigua, cuando atravesó la plaza hasta la oficina de correos para

mandarle cartas al obispo. Le dijeron que su única compañera fue una sirvienta desalmada que

mataba perros y gatos y cuanto animal penetraba a la casa, y echaba los cadáveres en mitad de

la calle para fregar al pueblo con la hedentina de la putrefacción. Había pasado tanto tiempo

desde que el sol momificó el pellejo vacío del último animal, que todo el mundo daba por sentado

que la dueña de casa y la sirvienta habían muerto mucho antes de que terminaran las guerras, y

que si todavía la casa estaba en pie era porque no habían tenido en años recientes un invierno

riguroso o un viento demoledor. Los goznes desmigajados por el óxido, las puertas apenas

sostenidas por cúmulos de telaraña, las ventanas soldadas por la humedad y el piso roto por la

Cien años de soledad

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hierba y las flores silvestres, en cuyas grietas anidaban los lagartos y toda clase de sabandijas,

parecían confirmar la versión de que allí no había estado un ser humano por lo menos en medio

siglo. Al impulsivo Aureliano Triste no le hacían falta tantas pruebas para proceder. Empujó con el

hombro la puerta principal, y la carcomida armazón de madera se derrumbó sin estrépito, en un

callado cataclismo de polvo y tierra de nidos de comején. Aureliano Triste permaneció en el

umbral, esperando que se desvaneciera la niebla, y entonces vio en el centro de la sala a la

escuálida mujer vestida todavía con ropas del siglo anterior, con unas pocas hebras amarillas en

el cráneo pelado, y con unos ojos grandes, aún hermosos, en los cuales se habían apagado las

últimas estrellas de la esperanza, y el pellejo del rostro agrietado por la aridez de la soledad.

Estremecido por la visión de otro mundo, Aureliano Triste apenas se dio cuenta de que la mujer lo

estaba apuntando con una anticuada pistola de militar.

-Perdone -murmuro.

Ella permaneció inmóvil en el centro de la sala atiborrada de cachivaches, examinando palmo a

palmo al gigante de espaldas cuadradas con un tatuaje de ceniza en la frente, y a través de la

neblina del polvo lo vio en la neblina de otro tiempo, con una escopeta de dos cañones terciada a

la espalda y no sartal de conejos en la mano.

-¡Por el amor de Dios -exclamó en voz baja-, no es justo que ahora me vengan con este

recuerdo!

-Quiero alquilar la casa -dijo Aureliano Triste.

La mujer levantó entonces la pistola, apuntando con pulso firme la cruz de ceniza, y montó el

gatillo con una determinación inapelable.

-Váyase -ordenó.

Aquella noche, durante la cena, Aureliano Triste le contó el episodio a la familia, y Úrsula lloró

de consternación. «Dios santo -exclamó apretándose la cabeza con las manos-. ¡Todavía está

viva!» El tiempo, las guerras, los incontables desastres cotidianos la habían hecho olvidarse de

Rebeca. La única que no había perdido un solo instante la conciencia de que estaba viva,

pudriéndose en su sopa de larvas, era la implacable y envejecida Amaranta. Pensaba en ella al

amanecer, cuando el hielo del corazón la despertaba en la cama solitaria, y pensaba en ella

cuando se jabonaba los senos marchitos y el vientre macilento, y cuando se ponía los blancos

pollerines y corpiños de olán de la vejez, y cuando se cambiaba en la mano la venda negra de la

terrible expiación. Siempre, a toda hora dormida y despierta, en los instantes más sublimes y en

los mas abyectos, Amaranta pensaba en Rebeca, porque la soledad le había seleccionado los

recuerdos, y había incinerado los entorpece dores montones de basura nostálgica que la vida

había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más

amargos. Por ella sabia Remedios la bella, de la existencia de Rebeca. Cada vez que pasaban por

la casa decrépita le contaba un incidente ingrato una fábula de oprobio, tratando en esa forma de

que su extenuante rencor fuera compartido por la sobrina, y por consiguiente prolongado más

allá de la muerte, pero no consiguió sus propósitos porque Remedios era inmune a toda clase de

sentimientos apasionados, y mucho más a los ajenos. Úrsula, en cambio, que había sufrido un

proceso contrario al de Amaranta, evocó a Rebeca con un recuerdo limpio de impurezas, pues la

imagen de la criatura de lástima que llevaron a la casa con el talego de huesos de sus padres

prevaleció sobre la ofensa que la hizo indigna de continuar vinculada al tronco familiar. Aureliano

Segundo resolvió que había que llevarla a la casa y protegerla pero su buen propósito fue

frustrado por la inquebrantable intransigencia de Rebeca, que había necesitado muchos anos de

sufrimiento y miseria para conquistar los privilegios de la soledad y no estaba dispuesta a

renunciar a ellos a cambio de una vejez perturbada por los falsos encantos de la misericordia.

En febrero, cuando volvieron los dieciséis hijos del coronel Aureliano Buendía, todavía

marcados con la cruz de ceniza, Aureliano Triste les habló de Rebeca en el fragor de la parranda,

y en medio día restauraron la apariencia de la casa, cambiaron puertas y ventanas, pintaron la

fachada de colores alegres, apuntalaron las paredes y vaciaron cemento nuevo en el piso, pero no

obtuvieron autorización para continuar las reformas en el interior. Rebeca ni siquiera se asomó a

la puerta. Dejó que terminaran la atolondrada restauración, y luego hizo un cálculo de los costos

y les mandó con Argénida, la vieja sirvienta que seguía acompañándola, un puñado de monedas

retiradas de la circulación desde la última guerra, y que Rebeca seguía creyendo útiles. Fue

entonces cuando se supo hasta qué punto inconcebible había llegado su desvinculación con el

mundo, y se comprendió que sería imposible rescatarla de su empecinado encierro mientras le

quedara un aliento de vida.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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En la segunda visita que hicieron a Macondo los hijos del coronel Aureliano Buendía, otro de

ellos, Aureliano Centeno, se quedó trabajando con Aureliano Triste. Era uno de los primeros que

habían llegado a la casa para el bautismo, y Úrsula y Amaranta lo recordaban muy bien porque

había destrozado en pocas horas cuanto objeto quebradizo pasó por sus manos. El tiempo había

moderado su primitivo impulso de crecimiento, y era un hombre de estatura mediana marcado

con cicatrices de viruela, pero su asombroso poder de destrucción manual continuaba intacto.

Tantos platos rompió, inclusive sin tocarlos, que Fernanda optó por comprarle un servicio de

peltre antes de que liquidara las últimas piezas de su costosa vajilla, y aun los resistentes platos

metálicos estaban al poco tiempo desconchados y torcidos. Pero a cambio de aquel poder irremediable,

exasperante inclusive para él mismo, tenía una cordialidad que suscitaba la confianza

inmediata, y una estupenda capacidad de trabajo. En poco tiempo incrementó de tal modo la

producción de hielo, que rebasó el mercado local, y Aureliano Triste tuvo que pensar en la

posibilidad de extender el negocio a otras poblaciones de la ciénaga. Fue entonces cuando

concibió el paso decisivo no sólo para la modernización de su industria, sino para vincular la

población con el resto del mundo.

-Hay que traer el ferrocarril -dijo.

Fue la primera vez que se oyó esa palabra en Macondo. Ante el dibujo que trazó Aureliano

Triste en la mesa, y que era un descendiente directo de los esquemas con que José Arcadio

Buendía ilustró el proyecto de la guerra solar, Úrsula confirmó su impresión de que el tiempo

estaba dando vueltas en redondo. Pero al contrario de su abuelo, Aureliano Triste no perdía el

sueño ni el apetito, ni atormentaba a nadie con crisis de mal humor, sino que concebía los

proyectos más desatinados como posibilidades inmediatas, elaboraba cálculos racionales sobre

costos y plazos y los llevaba a término sin intermedios de exasperación. Aureliano Segundo, que

si algo tenía del bisabuelo y algo le faltaba del coronel Aureliano Buendía era una absoluta

impermeabilidad para el escarmiento, soltó el dinero para llevar el ferrocarril con la misma

frivolidad con que lo soltó para la absurda compañía de navegación del hermano. Aureliano Triste

consultó el calendario y se fue el miércoles siguiente para estar de vuelta cuando pasaran las

lluvias. No se tuvieron más noticias. Aureliano Centeno, desbordado por las abundancias de la

fábrica, había empezado ya a experimentar la elaboración de hielo con base de jugos de frutas en

lugar de agua, y sin saberlo ni proponérselo concibió los fundamentos esenciales de la invención

de los helados, pensando en esa forma diversificar la producción de una empresa que suponía

suya, porque el hermano no daba señales de regreso después de que pasaron las lluvias y

transcurrió todo un verano sin noticias. A principios del otro invierno, sin embargo, una mujer

que lavaba ropa en el río a la hora de más calor, atravesó la calle central lanzando alaridos en un

alarmante estado de conmoción.

-Ahí viene -alcanzó a explicar- un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo.

En ese momento la población fue estremecida por un silbato de resonancias pavorosas y una

descomunal respiración acezante. Las semanas precedentes se había visto a las cuadrillas que

tendieron durmientes y rieles, y nadie les prestó atención porque pensaron que era un nuevo

artificio de los gitanos que volvían con su centenario y desprestigiado dale que dale de pitos y

sonajas pregonando las excelencias de quién iba a saber qué pendejo menjunje de jarapellinosos

genios jerosolimitanos. Pero cuando se restablecieron del desconcierto de los silbatazos y

resoplidos, todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a Aureliano Triste saludando con la

mano desde la locomotora, y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez

llegaba con ocho meses de retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y

evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de

llevar a Macondo.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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XII

Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por

dónde empezar a asombrarse, Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas

alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo

obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes

vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de

bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se

derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente.

El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no piado

soportar aquella burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi,

explicó mediante un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los

desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron

que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por

no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por

fingidas desventuras de seres imaginarios. Algo semejante ocurrió con los gramófonos de

cilindros que llevaron las alegres matronas de Francia en sustitución de los anticuados organillos,

y que tan hondamente afectaron por un tiempo los intereses de la banda de músicos. Al principio,

la curiosidad multiplicó la clientela de la calle prohibida, y hasta se supo de señoras respetables

que se disfrazaron de villanos para observar de cerca la novedad del gramófono, pero tanto y de

tan cerca lo observaron, que muy pronto llegaron a la conclusión de que no era un molino de

sortilegio, como todos pensaban y como las matronas decían, sino un truco mecánico que no

podía compararse con algo tan conmovedor tan humano y tan lleno de verdad cotidiana como

una banda de músicos. Fue una desilusión tan grave, que cuando los gramófonos se

popularizaron hasta el punto de que hubo uno en cada casa, todavía no se les tuvo como objetos

para entretenimiento de adultos sino como una cosa buena para que la destriparan los niños En

cambio cuando alguien del pueblo tuvo oportunidad de comprobar la cruda realidad del teléfono

instalado en la estación del ferrocarril, que a causa de la manivela se consideraba como una

versión rudimentaria del gramófono, hasta los mas incrédulos se desconcertaron. Era como si

Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes

de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación,

hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la

realidad. Era un intrincado frangollo de verdades y espejismos, que convulsionó de impaciencia al

espectro de José Arcadio Buendía bajo el castaño y lo obligó a caminar por toda la casa aun a

pleno día. Desde que el ferrocarril fue inaugurado oficialmente y empezó a llegar con regularidad

los miércoles a las once, y se construyó la primitiva estación de madera con un escritorio, el

teléfono y una ventanilla para vender los pasajes, se vieron por las calles de Macondo hombres y

mujeres que fingían actitudes comunes y corrientes, pero que en realidad parecían gente de

circo. En un pueblo escaldado por el escarmiento de los gitanos no había un buen porvenir para

aquellos equilibristas del comercio ambulante que con igual desparpajo ofrecían una olla pitadora

que un régimen de vida para la salvación del alma al séptimo día; pero entre los que se dejaban

convencer por cansancio y los incautos de siempre, obtenían estupendos beneficios. Entre esas

criaturas de farándula, con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con

armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino, uno de tantos miércoles llegó a

Macondo y almorzó en la casa el rechoncho y sonriente míster Herbert.

Nadie lo distinguió en la mesa mientras no se comió el primer racimo de bananos. Aureliano

Segundo lo había encontrado por casualidad, protestando en español trabajoso porque no había

un cuarto libre en el Hotel de Jacob, y como lo hacía con frecuencia con muchos forasteros se lo

llevó a la casa. Tenía un negocio de globos cautivos, que había llevado por medio mundo con

excelentes ganancias, pero no había conseguido elevar a nadie en Macondo porque consideraban

ese invento como un retroceso, después de haber visto y probado las esteras voladoras de los

gitanos. Se iba, pues, en el próximo tren. Cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo, arrancó la primera fruta sin mucho

entusiasmo. Pero siguió comiendo mientras hablaba, saboreando, masticando, más bien con distracción

de sabio que con deleite de buen comedor, y al terminar el primer racimo suplicó que le

llevaran otro. Entonces sacó de la caja de herramientas que siempre llevaba consigo un pequeño

estuche de aparatos ópticos. Con la incrédula atención de un comprador de diamantes examinó

meticulosamente un banano seccionando sus partes con un estilete especial, pesándolas en un

granatorio de farmacéutico y calculando su envergadura con un calibrador de armero. Luego sacó

de la caja una serie de instrumentos con los cuales midió la temperatura, el grado de humedad

de la atmósfera y la intensidad de la luz. Fue una ceremonia tan intrigante, que nadie comió

tranquilo esperando que míster Herbert emitiera por fin un juicio revelador, pero no dijo nada que

permitiera vislumbrar sus intenciones.

En los días siguientes se le vio con una malta y una canastilla cazando mariposas en los

alrededores del pueblo. El miércoles llegó un grupo de ingenieros, agrónomos, hidrólogos,

topógrafos y agrimensores que durante varias semanas exploraron los mismos lugares donde

míster Herbert cazaba mariposas. Más tarde llegó el señor Jack Brown en un vagón suplementario

que engancharon en la cola del tren amarillo, y que era todo laminado de plata, con poltronas de

terciopelo episcopal y techo de vidrios azules. En el vagón especial llegaron también, revoloteando

en torno al señor Brown, los solemnes abogados vestidos de negro que en otra época

siguieron por todas partes al coronel Aureliano Buendía, y esto hizo pensar a la gente que los

agrónomos, hidrólogos, topógrafos y agrimensores, así como míster Herbert con sus globos

cautivos y sus mariposas de colores, y el señor Brown con su mausoleo rodante y sus feroces

perros alemanes, tenían algo que ver con la guerra. No hubo, sin embargo, mucho tiempo para

pensarlo, porque los suspicaces habitantes de Macondo apenas empezaban a preguntarse qué

cuernos era lo que estaba pasando, cuando ya el pueblo se había transformado en un

campamento de casas de madera con techos de cinc, poblado por forasteros que llegaban de

medio mundo en el tren, no sólo en los asientos y plataformas, sino hasta en el techo de los

vagones. Los gringos, que después llevaron mujeres lánguidas con trajes de muselina y grandes

sombreros de gasa, hicieron un pueblo aparte al otro lado de la línea del tren, con calles

bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y

ventiladores de aspas colgados en el cielorraso, y extensos prados azules con pavorreales y

codornices. El sector estaba cercado por una malta metálica, como un gigantesco gallinero

electrificado que en los frescos meses del verano amanecía negro de golondrinas achicharradas.

Nadie sabía aún qué era lo que buscaban, o si en verdad no eran más que filántropos, y ya

habían ocasionado un trastorno colosal, mucho más perturbador que el de los antiguos gitanos,

pero menos transitorio y comprensible. Dotados de recursos que en otra época estuvieron

reservados a la Divina Providencia modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las

cosechas, y quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus

corrientes hela das en el otro extremo de la población, detrás del cementerio. Fue en esa ocasión

cuando construyeron una fortaleza de hormigón sobre la descolorida tumba de José Arcadio, para

que el olor a pólvora del cadáver no contaminara las aguas. Para los forasteros que llegaban sin

amor, convirtieron la calle de las cariñosas matronas de Francia en un pueblo más extenso que el

otro, y un miércoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosímiles, hembras

babilónicas adiestradas en recursos inmemoriales, y provistas de toda clase de ungüentos y

dispositivos para estimular a los inermes despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a

los modestos escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios La Calle de los Turcos,

enriquecida con luminosos almacenes de ultra marinos que desplazaron los viejos bazares de

colorines bordoneaba la noche del sábado con las muchedumbres de aventureros que se

atropellaban entre las mesas de suerte y azar los mostradores de tiro al blanco, el callejón donde

se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueños, y las mesas de fritangas y bebidas, que

amanecían el domingo desparramadas por el suelo, entre cuerpos que a veces eran de borrachos

felices y casi siempre de curiosos abatidos por los disparos, trompadas, navajinas y botellazos de

la pelotera. Fue una invasión tan tumultuosa e intempestiva, que en los primeros tiempos fue imposible

caminar por la calle con el estorbo de los muebles y los baúles, y el trajín de carpintería

de quienes paraban sus casas en cualquier terreno pelado sin permiso de nadie, y el escándalo de

las parejas que colgaban sus hamacas entre los almendros y hacían el amor bajo los toldos, a

pleno día y a la vista de todo el mundo. El único rincón de serenidad fue establecido por los

pacíficos negros antillanos que construyeron una calle marginal, con casas de madera sobre

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Gabriel García Márquez

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pilotes, en cuyos pórticos se sentaban al atardecer cantando himnos melancólicos en su farragoso

papiamento. Tantos cambios ocurrieron en tan poco tiempo, que ocho meses después de la visita

de míster Herbert los antiguos habitantes de Macondo se levantaban temprano a conocer su

propio pueblo.

-Miren la vaina que nos hemos buscado solía decir entonces el coronel Aureliano Buendía-, no

mas por invitar un gringo a comer guineo.

Aureliano Segundo, en cambio, no cabía de contento con la avalancha de forasteros. La casa

se llenó de pronto de huéspedes desconocidos, de invencibles parranderos mundiales, y fue

preciso agregar dormitorios en el patio, ensanchar el comedor y cambiar la antigua mesa por una

de dieciséis puestos, con nuevas vajillas y servicios, y aun así hubo que establecer turnos para

almorzar. Fernanda tuvo que atragantarse sus escrúpulos y atender como a reyes a invitados de

la más perversa condición, que embarraban con sus botas el corredor, se orinaban en el jardín,

extendían sus petates en cualquier parte para hacer la siesta, y hablaban sin fijarse en

susceptibilidades de damas ni remilgos de caballeros. Amaranta se escandalizó de tal modo con la

invasión de la plebe, que volvió a comer en la cocina como en los viejos tiempos. El coronel

Aureliano Buendía, persuadido de que la mayoría de quienes entraban a saludarlo en el taller no

lo hacían por simpatía o estimación, sino por la curiosidad de conocer una reliquia histórica, un

fósil de museo, optó por encerrarse con tranca y no se le volvió a ver sino en muy escasas

ocasiones sentado en la puerta de la calle. Úrsula, en cambio, aun en los tiempos en que ya

arrastraba los pies y caminaba tanteando en las paredes, experimentaba un alborozo pueril

cuando se aproximaba la llegada del tren. «Hay que hacer carne y pescado», ordenaba a las cuatro

cocineras, que se afanaban por estar a tiempo bajo la imperturbable dirección de Santa Sofía

de la Piedad. «Hay que hacer de todo -insistía- porque nunca se sabe qué quieren comer los

forasteros.» El tren llegaba a la hora de más calor. Al almuerzo, la casa trepidaba con un alboroto

de mercado, y los sudorosos comensales, que ni siquiera sabían quiénes eran sus anfitriones,

irrumpían en tropel para ocupar los mejores puestos en la mesa, mientras las cocineras

tropezaban entre sí con las enormes ollas de sopa, los calderos de carnes, las bangañas de

legumbres, las bateas de arroz, y repartían con cucharones inagotables los toneles de limonada.

Era tal el desorden, que Fernanda se exasperaba con la idea de que muchos comían dos veces, y

en más de una ocasión quiso desahogarse en improperios de verdulera porque algún comensal

confundido le pedía la cuenta. Había pasado más de un año desde la visita de míster Herbert, y lo

único que se sabía era que Tos gringos pensaban sembrar banano en la región encantada que

José Arcadio Buendía y sus hombres habían atravesado buscando la ruta de los grandes inventos.

Otros dos hijos del coronel Aureliano Buendía, con su cruz de ceniza en la frente, llegaron

arrastrados por aquel eructo volcánico, y justificaron su determinación con una frase que tal vez

explicaba las razones de todos.

-Nosotros venimos -dijeron- porque todo el mundo viene. Remedios, la bella, fue la única que

permaneció inmune a la peste del banano. Se estancó en una adolescencia magnífica, cada vez

más impermeable a los formalismos, más indiferente a la malicia y la suspicacia, feliz en un

mundo propio de realidades simples. No entendía por qué las mujeres se complicaban la vida con

corpiños y pollerines, de modo que se cosió un balandrán de cañamazo que sencillamente se

metía por la cabeza y resolvía sin más trámites el problema del vestir, sin quitarle la impresión de

estar desnuda, que según ella entendía las cosas era la única forma decente de estar en casa. La

molestaron tanto para que se cortara el cabello de lluvia que ya le daba a las pantorrillas, y para

que se hiciera moños con peinetas y trenzas con lazos colorados, que simplemente se rapó la

cabeza y les hizo pelucas a los santos. Lo asombroso de su instinto simplificador era que mientras

más se desembarazaba de la moda buscando la comodidad, y mientras más pasaba por encima

de los convencionalismos en obediencia a la espontaneidad, más perturbadora resultaba su

belleza increíble y más provocador su comportamiento con los hombres. Cuando los hijos del

coronel Aureliano Buendía estuvieron por primera vez en Macondo, Úrsula recordó que llevaban

en las venas la misma sangre de la bisnieta, y se estremeció con un espanto olvidado. «Abre bien

los ojos -la previnió-. Con cualquiera de ellos, los hijos te saldrán con cola de puerco.» Ella hizo

tan poco caso de la advertencia, que se vistió de hombre y se revolcó en arena para subirse en la

cucaña, y estuvo a punto de ocasionar una tragedia entre los diecisiete primos trastornados por el

insoportable espectáculo. Era por eso que ninguno de ellos dormía en la casa cuando visitaban el

pueblo, y los cuatro que se habían quedado vivían por disposición de Úrsula en cuartos de

alquiler. Sin embargo, Remedios, la bella, se habría muerto de risa si hubiera conocido aquella

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precaución. Hasta el último instante en que estuvo en la tierra ignoró que su irreparable destino

de hembra perturbadora era un desastre cotidiano. Cada vez que aparecía en el comedor,

contrariando las órdenes de Úrsula, ocasionaba un pánico de exasperación entre los forasteros.

Era demasiado evidente que estaba desnuda por completo bajo el burdo camisón, y nadie podía

entender que su cráneo pelado y perfecto no era un desafío, y que no era una criminal

provocación el descaro con que se descubría 105 muslos para quitarse el calor, y el gusto con que

se chupaba Tos dedos después de comer con las manos. Lo que ningún miembro de la familia

supo nunca, fue que los forasteros no tardaron en darse cuenta de que Remedios, la bella,

soltaba un hálito de perturbación, una ráfaga de tormento, que seguía siendo perceptible varias

horas después de que ella había pasado. Hombres expertos en trastornos de amor, probados en

el mundo entero, afirmaban no haber padecido jamás una ansiedad semejante a la que producía

el olor natural de Remedios, la bella. En el corredor de las begonias, en la sala de visitas, en

cualquier lugar de la casa, podía señalarse el lugar exacto en que estuvo y el tiempo transcurrido

desde que dejó de estar. Era un rastro definido, inconfundible, que nadie de la casa podía

distinguir porque estaba incorporado desde hacía mucho tiempo a los olores cotidianos, pero que

los forasteros identificaban de inmediato. Por eso eran ellos los únicos que entendían que el joven

comandante de la guardia se hubiera muerto de amor, y que un caballero venido de otras tierras

se hubiera echado a la desesperación. Inconsciente del ámbito inquietante en que se movía, del

insoportable estado de íntima calamidad que provocaba a su paso, Remedios, la bella, trataba a

los hombres sin la menor malicia y acababa de trastornarlos con sus inocentes complacencias.

Cuando Úrsula logró imponer la orden de que comiera con Amaranta en la cocina para que no la

vieran los forasteros, ella se sintió más cómoda porque al fin y al cabo quedaba a salvo de toda

disciplina. En realidad, le daba lo mismo comer en cualquier parte, y no a horas fijas sino de

acuerdo con las alternativas de su apetito. A veces se levantaba a almorzar a las tres de la

madrugada, dormía todo el día, y pasaba varios meses con los horarios trastrocados, hasta que

algún incidente casual volvía a ponerla en orden. Cuando las cosas andaban mejor, se levantaba

a las once de la mañana, y se encerraba hasta dos horas completamente desnuda en el baño,

matando alacranes mientras se despejaba del denso y prolongado sueño. Luego se echaba agua

de la alberca con una totuma. Era un acto tan prolongado, tan meticuloso, tan rico en situaciones

ceremoniales, que quien no la conociera bien habría podido pensar que estaba entregada a una

merecida adoración de su propio cuerpo. Para ella, sin embargo, aquel rito solitario carecía de

toda sensualidad, y era simplemente una manera de perder el tiempo mientras le daba hambre.

Un día, cuando empezaba a bañarse, un forastero levantó una teja del techo y se quedó sin

aliento ante el tremendo espectáculo de su desnudez. Ella vio los ojos desolados a través de las

tejas rotas y no tuvo una reacción de vergüenza, sino de alarma.

-Cuidado -exclamó-. Se va a caer.

-Nada más quiero verla -murmuró el forastero.

-Ah, bueno -dijo ella-. Pero tenga cuidado, que esas tejas están podridas.

El rostro del forastero tenía una dolorosa expresión de estupor, y parecía batallar sordamente

contra sus impulsos primarios para no disipar el espejismo. Remedios, la bella, pensó que estaba

sufriendo con el temor de que se rompieran las tejas, y se bañó más de prisa que de costumbre

para que el hombre no siguiera en peligro. Mientras se echaba agua de la alberca, le dijo que era

un problema que el techo estuviera en ese estado, pues ella creía que la cama de hojas podridas

por la lluvia era lo que llenaba el baño de alacranes. El forastero confundió aquella cháchara con

una forma de disimular la complacencia, de modo que cuando ella empezó a jabonarse cedió a la

tentación de dar un paso adelante.

-Déjeme jabonarla -murmuró.

-Le agradezco la buena intención -dijo ella-, pero me basto con mis dos manos.

-Aunque sea la espalda -suplicó el forastero.

-Sería una ociosidad -dijo ella-. Nunca se ha visto que la gente se jabone la espalda.

Después, mientras se secaba, el forastero le suplicó con los ojos llenos de lágrimas que se

casara con él. Ella le contestó sinceramente que nunca se casaría con un hombre tan simple que

perdía casi una hora, y hasta se quedaba sin almorzar, sólo por ver bañarse a una mujer. Al final,

cuando se puso el balandrán, el hombre no pudo soportar la comprobación de que en efecto no

se ponía nada debajo, como todo el mundo sospechaba, y se sintió marcado para siempre con el

hierro ardiente de aquel secreto. Entonces quitó dos tejas más para descolgarse en el interior del

baño.

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-Está muy alto -lo previno ella, asustada-. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron

en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompió

el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento. Los forasteros que oyeron el estropicio en el

comedor, y se apresuraron a llevarse el cadáver, percibieron en su piel el sofocante olor de

Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con El cuerpo, que las grietas del cráneo no

manaban sangre sino un aceite ambarino impregnado de aquel perfume secreto, y entonces

comprendieron que el olor de Remedios, la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la

muerte, hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de horror

con los otros dos hombres que habían muerto por Remedios, la bella. Faltaba todavía una víctima

para que los forasteros, y muchos de los antiguos habitantes de Macondo, dieran crédito a la

leyenda de que Remedios Buendía no exhalaba un aliento de amor, sino un flujo mortal La

ocasión de comprobarlo se presentó meses después una tarde en que Remedios, la bella, fue con

un grupo de amigas a conocer las nuevas plantaciones. Para la gente de Macondo era una

distracción reciente recorrer las húmedas e interminables avenidas bordeadas de bananos, donde

el silencio parecía llevado de otra parte, todavía sin usar, y era por eso tan torpe para transmitir

la voz. A veces no se entendía muy bien lo dicho a medio metro de distancia, y, sin embargo,

resultaba perfectamente comprensible al otro extremo de la plantación. Para las muchachas de

Macondo aquel juego novedoso era motivo de risas y sobresaltos, de sustos y burlas, y por las

noches se hablaba del paseo como de una experiencia de sueño. Era tal el prestigio de aquel

silencio, que Úrsula no tuvo corazón para privar de la diversión a Remedios, la bella, y le permitió

ir una tarde, siempre que se pusiera un sombrero y un traje adecuado. Desde que el grupo de

amigas entró a la plantación, el aire se impregnó de una fragancia mortal. Los hombres que

trabajaban en las zanjas se sintieron poseídos por una rara fascinación, amenazados por un

peligro invisible, y muchos sucumbieron a los terribles deseos de llorar. Remedios, la bella, y, sus

espantadas amigas, lograron refugiarse en una casa próxima cuando estaban a punto de ser

asaltadas por un tropel de machos feroces. Poco después fueron rescatadas por los cuatro

Aurelianos, cuyas cruces de ceniza infundían un respeto sagrado, como si fueran una marca de

casta, un sello de invulnerabilidad. Remedios, la bella, no le contó a nadie que uno de los

hombres, aprovechando el tumulto, le alcanzó a agredir El vientre con una mano que más bien

parecía una garra de águila aferrándose al borde de un precipicio. Ella se enfrentó al agresor en

una especie de deslumbramiento instantáneo, y vio los ojos desconsolados que quedaron

impresos en su corazón como una brasa de lástima. Esa noche, el hombre se jactó de su audacia

y presumió de su suerte en la Calle de los Turcos, minutos antes de que la patada de un caballo

le destrozara el pecho, y una muchedumbre de forasteros lo viera agonizar en mitad de la calle,

ahogándose en vómitos de sangre.

La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces

sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complacían

en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer,

la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino

también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo y simple

como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió o ocuparse de

ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró

que se interesara por los asuntos elementales de la casa. «Los hombres piden más de lo que tú

crees -le decía enigmáticamente. Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir

por pequeñeces, además de lo que crees.» En el fondo se engañaba a si misma tratando de

adiestraría para la felicidad doméstica, porque estaba convencida de que una vez satisfecha la

pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia

que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable

voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones

por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y

que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para

cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de

convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas

se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple

de que era boba. «Vamos a tener que rifarte», le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la

palabra de los hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera

a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso reCien

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sultaría tan provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado como para

buscar con paciencia el punto débil de su corazón. Pero cuando vio la forma insensata en que

despreció a un pretendiente que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe,

renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a

Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pensó que era una criatura

extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no

fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó fue que los bobos de familia tuvieran una

vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que

Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo

demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron

a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces

a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus

comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de

marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las

mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella,

estaba transparentada por una palidez intensa.

-¿Te sientes mal? -le preguntó.

Remedios, la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de

lástima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas

de las manos y las desplegó en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los

encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que

Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad

para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz,

viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las

sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y

pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con

ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la

memoria.

Los forasteros, por supuesto, pensaron que Remedios, la bella, había sucumbido por fin a su

irrevocable destino de abeja reina, y que su familia trataba de salvar la honra con la patraña de la

levitación. Fernanda, mordida por la envidia, terminó por aceptar el prodigio, y durante mucho

tiempo siguió rogando a Dios que le devolviera las sábanas. La mayoría creyó en el milagro, y

hasta se encendieron velas y se rezaron novenarios. Tal vez no se hubiera vuelto a hablar de otra

cosa en mucho tiempo, si el bárbaro exterminio de los Aurelianos no hubiera sustituido el

asombro por el espanto. Aunque nunca lo identificó como un presagio, el coronel Aureliano

Buendía había previsto en cierto modo el trágico final de sus hijos. Cuando Aureliano Serrador y

Aureliano Arcaya, los dos que llegaron en el tumulto, manifestaron la voluntad de quedarse en

Macondo, su padre trató de disuadirlos. No entendía qué iban a hacer en un pueblo que de la

noche a la mañana se había convertido en un lugar de peligro. Pero Aureliano Centeno y

Aureliano Triste, apoyados por Aureliano Segundo, les dieron trabajo en sus empresas. El coronel

Aureliano Buendía tenía motivos todavía muy confusos para no patrocinar aquella determinación.

Desde que vio al señor Brown en el primer automóvil que llegó a Macondo -un convertible

anaranjado con una corneta que espantaba a los perros con sus ladridos-, el viejo guerrero se

indignó con los serviles aspavientos de la gente, y se dio cuenta de que algo había cambiado en

la índole de los hombres desde los tiempos en que abandonaban mujeres e hijos y se echaban

una escopeta al hombro para irse a la guerra. Las autoridades locales, después del armisticio de

Neerlandia, eran alcaldes sin iniciativa, jueces decorativos, escogidos entre los pacíficos y

cansados conservadores de Macondo. «Este es un régimen de pobres diablos comentaba el

coronel Aureliano Buendía cuando veía pasar a los policías descalzos armados de bolillos de palo-.

Hicimos tantas guerras, y todo para que no nos pintaran la casa de azul.» Cuando llegó la

compañía bananera, sin embargo, los funcionarios locales fueron sustituidos por forasteros

autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir en el gallinero electrificado, para que gozaran,

según explicó, de la dignidad que correspondía a su investidura, y no padecieran el calor y los

mosquitos y las incontables incomodidades y privaciones del pueblo. Los antiguos policías fueron

reemplazados por sicarios de machetes. Encerrado en el taller, el coronel Aureliano Buendía

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pensaba en estos cambios, y por primera vez en sus callados años de soledad lo atormentó la

definida certidumbre de que había sido un error no proseguir la guerra hasta sus últimas

consecuencias. Por esos días, un hermano del olvidado coronel Magnífico Visbal llevó su nieto de

siete años a tomar un refresco en los carritos de la plaza, y porque el niño tropezó por accidente

con un cabo de la policía y le derramó el refresco en el uniforme, el bárbaro lo hizo picadillo a

machetazos y decapitó de un tajo al abuelo que trató de impedirlo. Todo el pueblo vio pasar al

decapitado cuando un grupo de hombres lo llevaban a su casa, y la cabeza arrastrada que una

mujer llevaba cogida por el pelo, y el talego ensangrentado donde habían metido los pedazos de

niño.

Para el coronel Aureliano Buendía fue el límite de la expiación. Se encontró de pronto

padeciendo la misma indignación que sintió en la juventud, frente al cadáver de la mujer que fue

muerta a palos porque la mordió un perro con mal de rabia. Miró a los grupos de curiosos que

estaban frente a la casa y con su antigua voz estentórea, restaurada por un hondo desprecio

contra sí mismo, les echó encima la carga de odio que ya no podía soportar en el corazón.

-¡Un día de estos -gritó- voy a armar a mis muchachos para que acaben con estos gringos de

mierda!

En el curso de esa semana, por distintos lugares del litoral, sus diecisiete hijos fueron cazados

como conejos por criminales invisibles que apuntaron al centro de sus cruces de ceniza. Aureliano

Triste salía de la casa de su madre a las siete de la noche, cuando un disparo de fusil surgido de

la oscuridad le perforó la frente. Aureliano Centeno fue encontrado en la hamaca que solía colgar

en la fábrica, con un punzón de picar hielo clavado hasta la empuñadura entre las cejas.

Aureliano Serrador había dejado a su novia en casa de sus padres después de llevarla al cine, y

regresaba por la iluminada calle de los Turcos cuando alguien que nunca fue identificado entre la

muchedumbre disparó un tiro de revólver que lo derribó dentro de un caldero de manteca

hirviendo. Pocos minutos después, alguien llamó a la puerta del cuarto donde Aureliano Arcaya

estaba encerrado con una mujer, y le gritó: «Apúrate, que están matando a tus hermanos.» La

mujer que estaba con él contó después que Aureliano Arcaya saltó de la cama y abrió la puerta, y

fue esperado con una descarga de máuser que le desbarató el cráneo. Aquella noche de muerte,

mientras la casa se preparaba para velar los cuatro cadáveres, Fernanda recorrió el pueblo como

una loca buscando a Aureliano Segundo, a quien Petra Cotes encerró en un ropero creyendo que

la consigna de exterminio incluía a todo el que llevara el nombre del coronel. No le dejó salir

hasta el cuarto día, cuando los telegramas recibidos de distintos lugares del litoral permitieron

comprender que la saña del enemigo invisible estaba dirigida solamente contra los hermanos

marcados con cruces de ceniza. Amaranta buscó la libreta de cuentas donde había anotado los

datos de los sobrinos, y a medida que llegaban los telegramas iba tachando nombres, hasta que

sólo quedó el del mayor. Lo recordaban muy bien por el contraste de su piel oscura con los

grandes ojos verdes. Se llamaba Aureliano Amador, era carpintero, y vivía en un pueblo perdido

en las estribaciones de la sierra. Después de esperar dos semanas el telegrama de su muerte,

Aureliano Segundo le mandó un emisario para prevenirlo, pensando que ignoraba la amenaza que

pesaba sobre él. El emisario regresó con la noticia de que Aureliano Amador estaba a salvo. La

noche del exterminio habían ido a buscarlo dos hombres a su casa, y habían descargado sus

revólveres contra él, pero no le habían acertado a la cruz de ceniza. Aureliano Amador logró

saltar la cerca del patio, y se perdió en los laberintos de la sierra que conocía palmo a palmo

gracias a la amistad de los indios con quienes comerciaba en maderas. No había vuelto a saberse

de él.

Fueron días negros para el coronel Aureliano Buendía. El presidente de la república le dirigió un

telegrama de pésame, en el que prometía una investigación exhaustiva, y rendía homenaje a los

muertos. Por orden suya, el alcalde se presentó al entierro con cuatro coronas fúnebres que

pretendió colocar sobre los ataúdes, pero el coronel lo puso en la calle. Después del entierro,

redactó y llevó personalmente un telegrama violento para el presidente de la república, que el

telegrafista se negó a tramitar. Entonces lo enriqueció con términos de singular agresividad, lo

metió en un sobre y lo puso al correo. Como le había ocurrido con la muerte de su esposa, como

tantas veces le ocurrió durante la guerra con la muerte de sus mejores amigos, no

experimentaba un sentimiento de pesar, sino una rabia ciega y sin dirección, una extenuante

impotencia. Llegó hasta denunciar la complicidad del padre Antonio Isabel, por haber marcado a

sus hijos con ceniza indeleble para que fueran identificados por sus enemigos. El decrépito

sacerdote que ya no hilvanaba muy bien las ideas y empezaba a espantar a los feligreses con las

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disparatadas interpretaciones que intentaba en el púlpito, apareció una tarde en la casa con el

tazón donde preparaba las cenizas del miércoles, y trató de ungir con ellas a toda la familia para

demostrar que se quitaban con agua. Pero el espanto de la desgracia había calado tan hondo, que

ni la misma Fernanda se prestó al experimento, y nunca más se vio un Buendía arrodillado en el

comulgatorio el miércoles de ceniza.

El coronel Aureliano Buendía no logró recobrar la serenidad en mucho tiempo. Abandonó la

fabricación de pescaditos, comía a duras penas, y andaba como un sonámbulo por toda la casa,

arrastrando la manta y masticando una cólera sorda. Al cabo de tres meses tenía el pelo

ceniciento, el antiguo bigote de puntas engomadas chorreando sobre los labios sin color, pero en

cambio sus ojos eran otra vez las dos brasas que asustaron a quienes lo vieron nacer y que en

otro tiempo hacían rodar las sillas con sólo mirarlas. En la furia de su tormento trataba

inútilmente de provocar los presagios que guiaron su juventud por senderos de peligro hasta el

desolado yermo de la gloria. Estaba perdido, extraviado en una casa ajena donde ya nada ni

nadie le suscitaba el menor vestigio de afecto. Una vez abrió el cuarto de Melquíades, buscando

los rastros de un pasado anterior a la guerra, y sólo encontró los escombros, la basura, los

montones de porquería acumulados por tantos años de abandono. En las pastas de los libros que

nadie había vuelto a leer, en los viejos pergaminos macerados por la humedad había prosperado

una flora lívida, y en el aire que había sido el más puro y luminoso de la casa flotaba un

insoportable olor de recuerdos podridos. Una mañana encontró a Úrsula llorando bajo el castaño,

en las rodillas de su esposo muerto. El coronel Aureliano Buendía era el único habitante de la

casa que no seguía viendo al potente anciano agobiado por medio siglo de intemperie. «Saluda a

tu padre», le dijo Úrsula. Él se detuvo un instante frente al castaño, y una vez más comprobó que

tampoco aquel espacio vacío le suscitaba ningún afecto.

-¿Qué dice? -preguntó.

-Está muy triste -contestó Úrsula- porque cree que te vas a morir.

-Dígale -sonrió el coronel- que uno no se muere cuando debe, sino cuando puede.

El presagio del padre muerto removió el último rescoldo de soberbia que le quedaba en el

corazón, pero él lo confundió con un repentino soplo de fuerza. Fue por eso que asedió a Úrsula

para que le revelara en qué lugar del patio estaban enterradas las monedas de oro que

encontraron dentro del San José de yeso. «Nunca lo sabrás -le dijo ella, con una firmeza

inspirada en un viejo escarmiento-. Un día -agregó- ha de aparecer el dueño de esa fortuna, y

sólo él podrá desenterraría.» Nadie sabía por qué un hombre que siempre fue tan desprendido

había empezado a codiciar el dinero con semejante ansiedad, y no las modestas cantidades que

le habrían bastado para resolver una emergencia, sino una fortuna de magnitudes desatinadas

cuya sola mención dejó sumido en un mar de asombro a Aureliano Segundo. Los viejos

copartidarios a quienes acudió en demanda de ayuda, se escondieron para no recibirlo. Fue por

esa época que se le oyó decir: «La única diferencia actual entre liberales y conservadores, es que

los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho.» Sin embargo, insistió

con tanto ahínco, suplicó de tal modo, quebrantó a tal punto sus principios de dignidad, que con

un poco de aquí y otro poco de allá, deslizándose por todas partes con una diligencia sigilosa y

una perseverancia despiadada, consiguió reunir en ocho meses más dinero del que Úrsula tenía

enterrado. Entonces visitó al enfermo coronel Gerineldo Márquez para que lo ayudara a promover

la guerra total.

En un cierto momento, el coronel Gerineldo Márquez era en verdad el único que habría podido

mover, aun desde su mecedor de paralítico, los enmohecidos hilos de la rebelión. Después del

armisticio de Neerlandia, mientras el coronel Aureliano Buendía se refugiaba en el exilio de sus

pescaditos de oro, él se mantuvo en contacto con los oficiales rebeldes que le fueron fieles hasta

la derrota. Hizo con ellos la guerra triste de la humillación cotidiana, de las súplicas y los

memoriales, del vuelva mañana, del ya casi, del estamos estudiando su caso con la debida

atención; la guerra perdida sin remedio contra los muy atentos y seguros servidores que debían

asignar y no asignaron nunca las pensiones vitalicias. La otra guerra, la sangrienta de veinte

años, no les causó tantos estragos como la guerra corrosiva del eterno aplazamiento. El propio

coronel Gerineldo Márquez, que escapó a tres atentados, sobrevivió a cinco heridas y salió ileso

de incontables batallas, sucumbió al asedio atroz de la espera y se hundió en la derrota miserable

de la vejez, pensando en Amaranta entre los rombos de luz de una casa prestada. Los últimos

veteranos de quienes se tuvo noticia aparecieron retratados en un periódico, con la cara

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levantada de indignidad, junto a un anónimo presidente de la república que les regaló unos

botones con su efigie para que los usaran en la solapa, y les restituyó una bandera sucia de

sangre y de pólvora para que la pusieran sobre sus ataúdes. Los otros, los más dignos, todavía

esperaban una carta en la penumbra de la caridad pública, muriéndose de hambre, sobreviviendo

de rabia, pudriéndose de viejos en la exquisita mierda de la gloria. De modo que cuando el

coronel Aureliano Buendía lo invitó a promover una conflagración mortal que arrasara con todo

vestigio de un régimen de corrupción y de escándalo sostenido por el invasor extranjero, el

coronel Gerineldo Márquez no pudo reprimir un estremecimiento de compasión.

-Ay, Aureliano -suspiró-, ya sabía que estabas viejo, pero ahora me doy cuenta que estás

mucho más viejo de lo que pareces.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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XIII

En el aturdimiento de los últimos años, Úrsula había dispuesto de muy escasas treguas para

atender a la formación papal de José Arcadio, cuando éste tuvo que ser preparado a las volandas

para irse al seminario. Meme, su hermana, repartida entre la rigidez de Fernanda y las amarguras

de Amaranta, llegó casi al mismo tiempo a la edad prevista para mandarla al colegio de las

monjas donde harían de ella una virtuosa del clavicordio. Úrsula se sentía atormentada por

graves dudas acerca de la eficacia de los métodos con que había templado el espíritu del lánguido

aprendiz de Sumo Pontífice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante vejez ni a los

nubarrones que apenas le permitían vislumbrar el contorno de las cosas, sino a algo que ella

misma no lograba definir pero que concebía confusamente como un progresivo desgaste del

tiempo. «Los años de ahora ya no vienen como los de antes», solía decir, sintiendo que la

realidad cotidiana se le escapaba de las manos. Antes, pensaba, los niños tardaban mucho para

crecer. No había sino que recordar todo el tiempo que se necesitó para que José Arcadio, el

mayor, se fuera con los gitanos, y todo lo que ocurrió antes de que volviera pintado como una

culebra y hablando como un astrónomo, y las cosas que ocurrieron en la casa antes de que

Amaranta y Arcadio olvidaran la lengua de los indios y aprendieran el castellano. Había que ver

las de sol y sereno que soportó el pobre José Arcadio Buendía bajo el castaño, y todo lo que hubo

que llorar su muerte antes de que llevaran moribundo a un coronel Aureliano Buendía que

después de tanta guerra y después de tanto sufrir por él, aún no cumplía cincuenta años. En otra

época, después de pasar todo el día haciendo animalitos de caramelo, todavía le sobraba tiempo

para ocuparse de los niños, para verles en el blanco del ojo que estaban necesitando una pócima

de aceite de ricino. En cambio, ahora, cuando no tenía nada que hacer y andaba con José Arcadio

acaballado en la cadera desde el amanecer hasta la noche, la mala clase del tiempo le había

obligado a dejar cosas a medias. La verdad era que Úrsula se resistía a envejecer aun cuando ya

había perdido la cuenta de su edad, y estorbaba por todos lados, y trataba de meterse en todo, y

fastidiaba a los forasteros con la preguntadora de si no habían dejado en la casa, por los tiempos

de la guerra, un San José de yeso para que lo guardara mientras pasaba la lluvia. Nadie supo a

ciencia cierta cuándo empezó a perder la vista. Todavía en sus últimos años, cuando ya no podía

levantarse de la cama, parecía simplemente que estaba vencida por la decrepitud, pero nadie

descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José Arcadio. Al

principio creyó que se trataba de una debilidad transitoria, y tomaba a escondidas jarabe de

tuétano y se echaba miel de abeja en los ojos, pero muy pronto se fue convenciendo de que se

hundía sin remedio en las tinieblas, hasta el punto de que nunca tuvo una noción muy clara del

invento de la luz eléctrica, porque cuando instalaron los primeros focos sólo alcanzó a percibir el

resplandor. No se lo dijo a nadie, pues habría sido un reconocimiento público de su inutilidad. Se

empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para

seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. Más

tarde había de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con

una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color, y la salvaron definitivamente de

la vergüenza de una renuncia. En la oscuridad del cuarto podía ensartar la aguja y tejer un ojal, y

sabía cuándo estaba la leche a punto de hervir, Conoció con tanta seguridad el lugar en que se

encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasión,

Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo matrimonial, y Úrsula lo encontró en

una repisa del dormitorio de los niños. Sencillamente, mientras los otros andaban

descuidadamente por todos lados, ella los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la

tomaran por sorpresa, y al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia

repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi

repetía las mismas palabras a la misma hora. Sólo cuando se salían de esa meticulosa rutina

corrían el riesgo de perder algo. De modo que cuando oyó a Fernanda consternada porque había

perdido el anillo, Úrsula recordó que lo único distinto que había hecho aquel día era asolear las

esteras de los niños porque Meme había descubierto una chinche la noche anterior. Como los

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

103

niños asistieron a la limpieza, Úrsula pensó que Fernanda había puesto el anillo en el único lugar

en que ellos no podían alcanzarlo: la repisa. Fernanda, en cambio, lo buscó únicamente en los

trayectos de su itinerario cotidiano, sin saber que la búsqueda de las cosas perdidas está

entorpecida por los hábitos rutinarios, y es por eso que cuesta tanto trabajo encontrarlas.

La crianza de José Arcadio ayudó a Úrsula en la tarea agotadora de mantenerse al corriente de

los mínimos cambios de la casa. Cuando se daba cuenta de que Amaranta estaba vistiendo a los

santos del dormitorio, fingía que le enseñaba al niño las diferencias de los colores.

-Vamos a ver -le decía-, cuéntame de qué color está vestido San Rafael Arcángel.

En esa forma, el niño le daba la información que le negaban sus ojos, y mucho antes de que él

se fuera al seminario ya podía Úrsula distinguir por la textura los distintos colores de la ropa de

los santos. A veces ocurrían accidentes imprevistos. Una tarde estaba Amaranta bordando en el

corredor de las begonias, y Úrsula tropezó con ella.

-Por el amor de Dios -protestó Amaranta-, fíjese por donde camina.

-Eres tú -dijo Úrsula-, la que estás sentada donde no debe ser.

Para ella era cierto. Pero aquel día empezó a darse cuenta de algo que nadie había

descubierto, y era que en el transcurso del año el sol iba cambiando imperceptiblemente de

posición, y quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco y sin

advertirlo. A partir de entonces, Úrsula no tenía sino que recordar la fecha para conocer el lugar

exacto en que estaba sentada Amaranta. Aunque el temblor de las manos era cada vez más

perceptible y no podía con el peso de los pies, nunca se vio su menudita figura en tantos lugares

al mismo tiempo. Era casi tan diligente como cuando llevaba encima todo el peso de la casa. Sin

embargo, en la impenetrable soledad de la decrepitud dispuso de tal clarividencia para examinar

hasta los más insignificantes acontecimientos de la familia, que por primera vez vio con claridad

las verdades que sus ocupaciones de otro tiempo le habían impedido ver. Por la época en que

preparaban a José Arcadio para el seminario, ya había hecho una recapitulación infinitesimal de la

vida de la casa desde la fundación de Macondo, y había cambiado por completo la opinión que

siempre tuvo de sus descendientes. Se dio cuenta de que el coronel Aureliano Buendía no le

había perdido el cariño a la familia a causa del endurecimiento de la guerra, como ella creía

antes, sino que nunca había querido a nadie, ni siquiera a su esposa Remedios o a las incontables

mujeres de una noche que pasaron por su vida, y mucho menos a sus hijos. Vislumbró que no

había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había renunciado por

cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creta, sino que había ganado y perdido por

el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia. Llegó a la conclusión de que aquel hijo por

quien ella habría dado la vida, era simplemente un hombre incapacitado para el amor. Una noche,

cuando lo tenía en el vientre, lo oyó llorar. Fue un lamento tan definido, que José Arcadio Buendía

despertó a su lado y se alegró con la idea de que el niño iba a ser ventrílocuo. Otras personas

pronosticaron que sería adivino. Ella, en cambio, se estremeció con la certidumbre de que aquel

bramido profundo era un primer indicio de la temible cola de cerdo, y rogó a Dios que le dejara

morir la criatura en el vientre. Pero la lucidez de la decrepitud le permitió ver, y así lo repitió

muchas veces, que el llanto de los niños en el vientre de la madre no es un anuncio de

ventriloquia ni de facultad adivinatoria, sino una señal inequívoca de incapacidad para el amor.

Aquella desvalorización de la imagen del hijo le suscitó de un golpe toda la compasión que le

estaba debiendo. Amaranta, en cambio, cuya dureza de corazón la espantaba, cuya concentrada

amargura la amargaba, se le esclareció en el último examen como la mujer más tierna que había

existido jamás, y comprendió con una lastimosa clarividencia que las injustas torturas a que

había sometido a Pietro Crespi no eran dictadas por una voluntad de venganza, como todo el

mundo creía, ni el lento martirio con que frustró la vida del coronel Gerineldo Márquez había sido

determinado por la mala hiel de su amargura, como todo el mundo creía, sino que ambas

acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medidas y una cobardía invencible, y

había triunfado finalmente el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y

atormentado corazón. Fue por esa época que Úrsula empezó a nombrar a Rebeca, a evocaría con

un viejo cariño exaltado por el arrepentimiento tardío y la admiración repentina, habiendo

comprendido que solamente ella, Rebeca, la que nunca se aumentó de su leche sino de la tierra

de la tierra y la cal de las paredes, la que no llevó en las venas sangre de sus venas sino la

sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguían cloqueando en la tumba, Rebeca,

la del corazón impaciente, la del vientre desaforado, era la única que tuvo la valentía sin frenos

que Úrsula había deseado para su estirpe.

Cien años de soledad

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-Rebeca -decía, tanteando las paredes-, ¡qué injustos hemos sido contigo!

En la casa, sencillamente, creían que desvariaba, sobre todo desde que le dio por andar con el

brazo derecho levantado, como el arcángel Gabriel. Fernanda se dio cuenta, sin embargo, de que

había un sol de clarividencia en las sombras de ese desvarío, pues Úrsula podía decir sin titubeos

cuánto dinero se había gastado en la casa durante el último año. Amaranta tuvo una idea

semejante cierto día en que su madre meneaba en la cocina una olla de sopa, y dijo de pronto,

sin saber que la estaban oyendo, que el molino de maíz que le compraron a los primeros gitanos,

y que había desaparecido desde antes de que José Arcadio le diera sesenta y cinco veces la

vuelta al mundo, estaba todavía en casa de Pilar Ternera. También casi centenaria, pero entera y

ágil a pesar de la inconcebible gordura que espantaba a los niños como en otro tiempo su risa

espantaba a, las palomas, Pilar Ternera no se sorprendió del acierto de Úrsula, porque su propia

experiencia empezaba a indicarle que una vejez alerta puede ser más atinada que las

averiguaciones de barajas.

Sin embargo, cuando Úrsula se dio cuenta de que no le había alcanzado el tiempo para

consolidar la vocación de José Arcadio, se dejó aturdir por la consternación. Empezó a cometer

errores, tratando de ver con los ojos las cosas que la intuición le permitía ver con mayor claridad.

Una mañana le echó al niño en la cabeza el contenido de un tintero creyendo que era agua

florida. Ocasionó tantos tropiezos con la terquedad de intervenir en todo, que se sintió

trastornada por ráfagas de mal humor, y trataba de quitarse las tinieblas que por fin la estaban

enredando como un camisón de telaraña. Fue entonces cuando se le ocurrió que su torpeza no

era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que

antes, cuando Dios no hacía con los meses y los años las mismas trampas que hacían los turcos

al medir una yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no sólo crecían los niños más de

prisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo. No bien Remedios, la bella,

había subido al cielo en cuerpo y alma, y ya la desconsiderada Fernanda andaba refunfuñando en

los rincones porque se había llevado las sábanas. No bien se habían enfriado los cuerpos de los

Aurelianos en sus tumbas, y ya Aureliano Segundo tenía otra vez la casa prendida, llena de

borrachos que tocaban el acordeón y se ensopaban en champaña, como si no hubieran muerto

cristianos sino perros, y como si aquella casa de locos que tantos dolores de cabeza y tantos

animalitos de caramelo había costado, estuviera predestinada a convertirse en un basurero de

perdición. Recordando estas cosas mientras alistaban el baúl de José Arcadio, Úrsula se

preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra

encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro

para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su

propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero,

y de permitirse por fin un instante rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces

aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse

del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo

un siglo de conformidad.

-¡Carajo! -gritó.

Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el baúl, creyó que la había picado un alacrán.

-¡Dónde está! -preguntó alarmada.

-¿Qué?

-¡El animal! -aclaró Amaranta.

Úrsula se puso un dedo en el corazón.

-Aquí -dijo.

Un jueves a las dos de la tarde, José Arcadio se fue al seminario. Úrsula había de evocarlo

siempre como lo imaginó al despedirlo, lánguido y serio y sin derramar una lágrima, como ella le

había enseñado, ahogándose de calor dentro del vestido de pana verde con botones de cobre y

un lazo almidonado en el cuello. Dejó el comedor impregnado de la penetrante fragancia de agua

de florida que ella le echaba en la cabeza para poder seguir su rastro en la casa. Mientras duró el

almuerzo de despedida, la familia disimuló el nerviosismo con expresiones de júbilo, y celebró con

exagerado entusiasmo las ocurrencias del padre Antonio Isabel. Pero cuando se llevaron el baúl

forrado de terciopelo con esquinas de plata, fue como si hubieran sacado de la casa un ataúd. El

único que se negó a participar en la despedida fue el coronel Aureliano Buendía.

-Esta era la última vaina que nos faltaba -refunfuñó-: ¡un Papa!

Cien años de soledad

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Tres meses después, Aureliano Segundo y Fernanda llevaron a Meme al colegio, y regresaron

con un clavicordio que ocupó el lugar de la pianola. Fue por esa época que Amaranta empezó a

tejer su propia mortaja. La fiebre del banano se había apaciguado. Los antiguos habitantes de

Macondo se encontraban arrinconados por los advenedizos, trabajosamente asidos a sus

precarios recursos de antaño, pero reconfortados en todo caso por la impresión de haber

sobrevivido a un naufragio. En la casa siguieron recibiendo invitados a almorzar, y en realidad no

se restableció la antigua rutina mientras no se fue, años después, la compañía bananera. Sin

embargo, hubo cambios radicales en el tradicional sentido de hospitalidad, porque entonces era

Fernanda quien imponía sus leyes. Con Úrsula relegada a las tinieblas, y con Amaranta abstraída

en la labor del sudario, la antigua aprendiza de reina tuvo libertad para seleccionar a los

comensales e imponerles las rígidas normas que le inculcaran sus padres. Su severidad hizo de la

casa un reducto de costumbres revenidas, en un pueblo convulsionado por la vulgaridad con que

los forasteros despilfarraban sus fáciles fortunas. Para ella, sin más vueltas, la gente de bien era

la que no tenía nada que ver con la compañía bananera. Hasta José Arcadio Segundo, su cuñado,

fue víctima de su celo discriminatorio, porque en el embullamiento de la primera hora volvió a

rematar sus estupendos gallos de pelea y se empleó de capataz en la compañía bananera.

-Que no vuelva a pisar este hogar -dijo Fernanda-, mientras tenga la sarna de los forasteros.

Fue tal la estrechez impuesta en la casa, que Aureliano Segundo se sintió definitivamente más

cómodo donde Petra Cotes. Primero, con el pretexto de aliviarle la carga a la esposa, trasladó las

parrandas. Luego, con el pretexto de que los animales estaban perdiendo fecundidad, trasladó los

establos y caballerizas. Por último, con el pretexto de que en casa de la concubina hacía menos

calor, trasladó la pequeña oficina donde atendía sus negocios. Cuando Fernanda se dio cuenta de

que era una viuda a quien todavía no se le había muerto el marido, ya era demasiado tarde para

que las cosas volvieran a su estado anterior. Aureliano Segundo apenas si comía en la casa, y las

únicas apariencias que seguía guardando, como las de dormir con la esposa, no bastaban para

convencer a nadie. Una noche, por descuido, lo sorprendió la mañana en la cama de Petra Cotes.

Fernanda, al contrario de lo que él esperaba. no le hizo el menor reproche ni soltó el más leve

suspiro de resentimiento, pero ese mismo día le mandó a casa de la concubina sus dos baúles de

ropa. Los mandó a pleno sol y con instrucciones de llevarlos por la mitad de la calle, para que

todo el mundo los viera, creyendo que el marido descarriado no podría soportar la vergüenza y

volvería al redil con la cabeza humillada. Pero aquel gesto heroico fue apenas una prueba más de

lo mal que conocía Fernanda no sólo el carácter de su marido, sino la índole de una comunidad

que nada tenía que ver con la de sus padres, porque todo el que vio pasar los baúles se dijo que

al fin y al cabo esa era la culminación natural de una historia cuyas intimidades no ignoraba

nadie, y Aureliano Segundo celebró la libertad regalada con una parranda de tres días. Para

mayor desventaja de la esposa, mientras ella empezaba a hacer una mala madurez con sus

sombrías vestiduras talares, sus medallones anacrónicos y su orgullo fuera de lugar, la concubina

parecía reventar en una segunda juventud, embutida en vistosos trajes de seda natural y con los

ojos atigrados por la candela de la reivindicación. Aureliano Segundo volvió a entregarse a ella

con la fogosidad de la adolescencia, como antes, cuando Petra Cotes no lo quería por ser él sino

porque lo confundía con su hermano gemelo, y acostándose con ambos al mismo tiempo pensaba

que Dios le había deparado la fortuna de tener un hombre que hacía el amor como si fueran dos.

Era tan apremiante la pasión restaurada, que en más de una ocasión se miraron a los ojos

cuando se disponían a comer, y sin decirse nada taparon los platos y se fueron a morirse de

hambre y de amor en el dormitorio. Inspirado en las cosas que había visto en sus furtivas visitas

a las matronas francesas, Aureliano Segundo le compró a Petra Cotes una cama con baldaquín

arzobispal, y puso cortinas de terciopelo en las ventanas y cubrió el cielorraso y las paredes del

dormitorio con grandes espejos de cristal de roca. Se le vio entonces más parrandero y botarate

que nunca. En el tren, que llegaba todos los días a las once, recibía cajas y más cajas de

champaña y de brandy. Al regreso de la estación arrastraba a la cumbiamba improvisada a

cuanto ser humano encontraba a su paso, nativo o forastero, conocido o por conocer, sin

distinciones de ninguna clase. Hasta el escurridizo señor Brown, que sólo alternaba en lengua

extraña, se dejó seducir por las tentadoras señas que le hacía Aureliano Segundo, y varias veces

se emborrachó a muerte en casa de Petra Cotes y hasta hizo que los feroces perros alemanes que

lo acompañaban a todas partes bailaran canciones texanas que él mismo masticaba de cualquier

modo al compás del acordeón.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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-Apártense vacas -gritaba Aureliano Segundo en el paroxismo de la fiesta-. Apártense que la

vida es corta.

Nunca tuvo mejor semblante, ni lo quisieron más, ni fue más desaforado el paritorio de sus

animales. Se sacrificaban tantas reses, tantos cerdos y gallinas en las interminables parrandas,

que la tierra del patio se volvió negra y lodosa de tanta sangre. Aquello era un eterno tiradero de

huesos y tripas, un muladar de sobras, y había que estar quemando recámaras de dinamita a

todas horas para que los gallinazos no les sacaran los ojos a los invitados. Aureliano Segundo se

volvió gordo, violáceo, atortugado, a consecuencia de un apetito apenas comparable al de José

Arcadio cuando regresó de la vuelta al mundo. El prestigio de su desmandada voracidad, de su

inmensa capacidad de despilfarro, de su hospitalidad sin precedente, rebasó los límites de la

ciénaga y atrajo a los glotones mejor calificados del litoral. De todas partes llegaban tragaldabas

fabulosos para tomar parte en los irracionales torneos de capacidad y resistencia que se

organizaban en casa de Petra Cotes. Aureliano Segundo fue el comedor invicto, hasta el sábado

de infortunio en que apareció Camila Sagastume, una hembra totémica conocida en el país entero

con el buen nombre de La Elefanta.

El duelo se prolongó hasta el amanecer del martes. En las primeras veinticuatro horas,

habiendo despachado una ternera con yuca, ñame y plátanos asados, y además una caja y media

de champaña, Aureliano Segundo tenía la seguridad de la victoria. Se veía más entusiasta, más

vital que la imperturbable adversaria, poseedora de un estilo evidentemente más profesional,

pero por lo mismo menos emocionante para el abigarrado público que desbordó la casa. Mientras

Aureliano Segundo comía a dentelladas, desbocado por la ansiedad del triunfo, La Elefanta

seccionaba la carne con las artes de un cirujano, y la comía sin prisa y hasta con un cierto placer.

Era gigantesca y maciza, pero contra la corpulencia colosal prevalecía la ternura de la femineidad,

y tenía un rostro tan hermoso, unas manos tan finas y bien cuidadas y un encanto personal tan

irresistible, que cuando Aureliano Segundo la vio entrar a la casa comentó en voz baja que

hubiera preferido no hacer el torneo en la mesa sino en la cama. Más tarde, cuando la vio

consumir el cuadril de la ternera sin violar una sola regla de la mejor urbanidad, comentó

seriamente que aquel delicado, fascinante e insaciable proboscidio era en cierto modo la mujer

ideal. No estaba equivocado. La fama de quebrantahuesos que precedió a La Elefanta carecía de

fundamento. No era trituradora de bueyes, ni mujer barbada en un circo griego, como se decía,

sino directora de una academia de canto. Había aprendido a comer siendo ya una respetable

madre de familia, buscando un método para que sus hijos se alimentaran mejor y no mediante

estímulos artificiales del apetito sino mediante la absoluta tranquilidad del espíritu. Su teoría,

demostrada en la práctica, se fundaba en el principio de que una persona que tuviera

perfectamente arreglados todos los asuntos de su conciencia, podía comer sin tregua hasta que la

venciera el cansancio. De modo que fue por razones morales, y no por interés deportivo, que

desatendió la academia y el hogar para competir con un hombre cuya fama de gran comedor sin

principios le había dado la vuelta al país. Desde la primera vez que lo vio, se dio cuenta de que a

Aureliano Segundo no lo perdería el estómago sino el carácter. Al término de la primera noche,

mientras La Elefanta continuaba impávida, Aureliano Segundo se estaba agotando de tanto hablar

y reír. Durmieron cuatro horas. Al despertar, se bebió cada uno el jugo de cincuenta naranjas,

ocho litros de café y treinta huevos crudos. Al segundo amanecer, después de muchas horas sin

dormir y habiendo despachado dos cerdos, un racimo de plátanos y cuatro cajas de champaña, La

Elefanta sospechó que Aureliano Segundo, sin saberlo, había descubierto el mismo método que

ella, pero por el camino absurdo de la irresponsabilidad total. Era, pues, más peligroso de lo que

ella pensaba. Sin embargo, cuando Petra Cotes llevó a la mesa dos pavos asados, Aureliano

Segundo estaba a un paso de la congestión.

-Si no puede, no coma más -dijo La Elefanta-. Quedamos empatados.

Lo dijo de corazón, comprendiendo que tampoco ella podía comer un bocado más por el

remordimiento de estar propiciando la muerte del adversario. Pero Aureliano Segundo lo

interpretó como un nuevo desafío, y se atragantó de pavo hasta más allá de su increíble

capacidad. Perdió el conocimiento. Cayó de bruces en el plato de huesos, echando espumarajos

de perro por la boca, y ahogándose en ronquidos de agonía. Sintió, en medio de las tinieblas, que

lo arrojaban desde lo más alto de una torre hacia un precipicio sin fondo, y en un último fogonazo

de lucidez se dio cuenta de que al término de aquella inacabable caída lo estaba esperando la

muerte.

-Llévenme con Fernanda -alcanzó a decir.

Cien años de soledad

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Los amigos que lo dejaron en la casa creyeron que le había cumplido a la esposa la promesa

de no morir en la cama de la concubina. Petra Cotes había embetunado los botines de charol que

él quería tener puestos en el ataúd, y ya andaba buscando a alguien que los llevara, cuando

fueron a decirle que Aureliano Segundo estaba fuera de peligro. Se restableció, en efecto, en

menos de una semana, y quince días después estaba celebrando con una parranda sin

precedentes el acontecimiento de la supervivencia. Siguió viviendo en casa de Petra Cotes, pero

visitaba a Fernanda todos los días y a veces se quedaba a comer en familia, como si el destino

hubiera invertido la situación, y lo hubiera dejado de esposo de la concubina y de amante de la

esposa.

Fue un descanso para Fernanda. En los tedios del abandono, sus únicas distracciones eran los

ejercicios de clavicordio a la hora de la siesta, y las cartas de sus hijos. En las detalladas esquelas

que les mandaba cada quince días, no había una sola línea de verdad. Les ocultaba sus penas.

Les escamoteaba la tristeza de una casa que a pesar de la luz sobre las begonias, a pesar de la

sofocación de las dos de la tarde, a pesar de las frecuentes ráfagas de fiesta que llegaban de la

calle, era cada vez más parecida a la mansión colonial de sus padres. Fernanda vagaba sola entre

tres fantasmas vivos y el fantasma muerto de José Arcadio Buendía, que a veces iba a sentarse

con una atención inquisitiva en la penumbra de la sala, mientras ella tocaba el clavicordio. El

coronel Aureliano Buendía era una sombra. Desde la última vez que salió a la calle a proponerle

una guerra sin porvenir al coronel Gerineldo Márquez, apenas si abandonaba el taller para orinar

bajo el castaño. No recibía más visitas que las del peluquero cada tres semanas. Se alimentaba

de cualquier cosa que le llevaba Úrsula una vez al día, y aunque seguía fabricando pescaditos de

oro con la misma pasión de antes, dejó de venderlos cuando se enteró de que la gente no los

compraba como joyas sino como reliquias históricas. Había hecho en el patio una hoguera con las

muñecas de Remedios, que decoraban su dormitorio desde el día de su matrimonio. La vigilante

Úrsula se dio cuenta de lo que estaba haciendo su hijo, pero no pudo impedirlo.

-Tienes un corazón de piedra -le dijo.

-Esto no es asunto del corazón -dijo él-. El cuarto se está llenando de polillas.

Amaranta tejía su mortaja. Fernanda no entendía por qué le escribía cartas ocasionales a

Meme, y hasta le mandaba regalos, y en cambio ni siquiera quería hablar de José Arcadio. «Se

morirán sin saber por qué», contestó Amaranta cuando ella le hizo la pregunta a través de

Úrsula, y aquella respuesta sembró en su corazón un enigma que nunca pudo esclarecer. Alta,

espadada, altiva, siempre vestida con abundantes pollerines de espuma y con un aire de

distinción que resistía a los años y a los malos recuerdos, Amaranta parecía llevar en la frente la

cruz de ceniza de la virginidad. En realidad la llevaba en la mano, en la venda negra que no se

quitaba ni para dormir, y que ella misma lavaba y planchaba. La vida se le iba en bordar el

sudario. Se hubiera dicho que bordaba durante el día y desbordaba en la noche, y no con la

esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino todo lo contrario, para sustentaría.

La mayor preocupación que tenía Fernanda en sus años de abandono, era que Meme fuera a

pasar las primeras vacaciones y no encontrar a Aureliano Segundo en la casa. La congestión puso

término a aquel temor. Cuando Memo volvió, sus padres se habían puesto de acuerdo no sólo

para que la niña creyera que Aureliano Segundo seguía siendo un esposo domesticado, sino

también para que no notara la tristeza de la casa. Todos los años, durante dos meses, Aureliano

Segundo representaba su papel de marido ejemplar, y promovía fiestas con helados y galletitas,

que la alegre y vivaz estudiante amenizaba con el clavicordio. Era evidente desde entonces que

había heredado muy poco del carácter de la madre. Parecía más bien una segunda versión de

Amaranta, cuando ésta no conocía a la amargura y andaba alborotando la casa con sus pasos de

baile, a los doce, a los catorce años, antes de que la pasión secreta por Pietro Crespi torciera

definitivamente el rumbo de su corazón. Pero al contrario de Amaranta, al contrario de todos,

Memo no revelaba todavía el sino solitario de la familia, y parecía enteramente conforme con el

mundo, aun cuando se encerraba en la sala a las dos de la tarde a practicar el clavicordio con una

disciplina inflexible. Era evidente que le gustaba la casa, que pasaba todo el año soñando con el

alboroto de adolescentes que provocaba su llegada, y que no andaba muy lejos de la vocación

festiva y los desafueros hospitalarios de su padre. El primer signo de esa herencia calamitosa se

reveló en las terceras vacaciones, cuando Memo apareció en la casa con cuatro monjas y sesenta

y ocho compañeras de clase, a quienes invitó a pasar una semana en familia, por propia iniciativa

y sin ningún anuncio.

-¡Qué desgracia! -se lamentó Fernanda-. ¡Esta criatura es tan bárbara como su padre!

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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Fue preciso pedir camas y hamacas a los vecinos, establecer nueve turnos en la mesa, fijar

horarios para el baño y conseguir cuarenta taburetes prestados para que las niñas de uniformes

azules y botines de hombre no anduvieran todo el día revoloteando de un lado a otro. La

invitación fue un fracaso, porque las ruidosas colegialas apenas acababan de desayunar cuando

ya tenían que empezar los turnos para el almuerzo, y luego para la cena, y en toda la semana

sólo pudieron hacer un paseo a las plantaciones. Al anochecer, las monjas estaban agotadas,

incapacitadas para moverse, para impartir una orden más, y todavía el tropel de adolescentes

incansables estaba en el patio cantando desabridos himnos escolares. Un día estuvieron a punto

de atropellar a Úrsula, que se empeñaba en ser útil precisamente donde más estorbaba. Otro día,

las monjas armaron un alboroto porque el coronel Aureliano Buendía orinó bajo el castaño sin

preocuparse de que las colegialas estuvieran en el patio. Amaranta estuvo a punto de sembrar el

pánico, porque una de las monjas entró a la cocina cuando ella estaba salando la sopa, y lo único

que se le ocurrió fue preguntar qué eran aquellos puñados de polvo blanco.

-Arsénico -dijo Amaranta.

La noche de su llegada, las estudiantes se embrollaron de tal modo tratando de ir al excusado

antes de acostarse, que a la una de la madrugada todavía estaban entrando las últimas.

Fernanda compró entonces setenta y dos bacinillas, pero sólo consiguió convertir en un problema

matinal el problema nocturno, porque desde el amanecer había frente al excusado una larga fila

de muchachas, cada una con su bacinilla en la mano, esperando turno para lavarla. Aunque

algunas sufrieron calenturas y a varias se les infectaron las picaduras de los mosquitos, la

mayoría demostró una resistencia inquebrantable frente a las dificultades más penosas, y aun a

la hora de más calor correteaban en el jardín. Cuando por fin se fueron, las flores estaban

destrozadas, los muebles partidos y las paredes cubiertas de dibujos y letreros, pero Fernanda les

perdonó los estragos en el alivio de la partida. Devolvió las camas y taburetes prestados y guardó

las setenta y dos bacinillas en el cuarto de Melquíades. La clausurada habitación, en torno a la

cual giró en otro tiempo la vida espiritual de la casa, fue conocida desde entonces como el cuarto

de las bacinillas. Para el coronel Aureliano Buendía, ese era el nombre más apropiado, porque

mientras el resto de la familia seguía asombrándose de que la pieza de Melquíades fuera inmune

al polvo y la destrucción, él la veía convertida en un muladar. De todos modos, no parecía

importarle quién tenía la razón, y si se enteró del destino del cuarto fue porque Fernanda estuvo

pasando y perturbando su trabajo una tarde entera para guardar las bacinillas.

Por esos días reapareció José Arcadio Segundo en la casa. Pasaba de largo por el corredor, sin

saludar a nadie, y se encerraba en el taller a conversar con el coronel. A pesar de que no podía

verlo, Úrsula analizaba el taconeo de sus botas de capataz, y se sorprendía de la distancia

insalvable que lo separaba de la familia, inclusive del hermano gemelo con quien jugaba en la

infancia ingeniosos juegos de confusión, y con el cual no tenía ya ningún rasgo común. Era lineal,

solemne, y tenía un estar pensativo, y una tristeza de sarraceno, y un resplandor lúgubre en el

rostro color de otoño. Era el que más se parecía a su madre, Santa Sofía de la Piedad. Úrsula se

reprochaba la tendencia a olvidarse de él al hablar de la familia, pero cuando lo sintió de nuevo

en la casa, y advirtió que el coronel lo admitía en el taller durante las horas de trabajo, volvió a

examinar sus viejos recuerdos, y confirmó la creencia de que en algún momento de la infancia se

había cambiado con su hermano gemelo, porque era él y no el otro quien debía llamarse

Aureliano. Nadie conocía los pormenores de su vida. En un tiempo se supo que no tenía una

residencia fija, que criaba gallos en casa de Pilar Ternera, y que a veces se quedaba a dormir allí,

pero que casi siempre pasaba la noche en los cuartos de las matronas francesas. Andaba al

garete, sin afectos, sin ambiciones, como una estrella errante en el sistema planetario de Úrsula.

En realidad, José Arcadio Segundo no era miembro de la familia, ni lo sería jamás de otra,

desde la madrugada distante en que el coronel Gerineldo Márquez lo llevó al cuartel, no para que

viera un fusilamiento, sino para que no olvidara en el resto de su vida la sonrisa triste y un poco

burlona del fusilado. Aquél no era sólo su recuerdo más antiguo, sino el único de su niñez. El

otro, el de un anciano con un chaleco anacrónico y un sombrero de alas de cuervo que contaba

maravillas frente a una ventana deslumbrante, no lograba situarlo en ninguna época. Era un

recuerdo incierto, enteramente desprovisto de enseñanzas o nostalgia, al contrario del recuerdo

del fusilado, que en realidad había definido el rumbo de su vida, y regresaba a su memoria cada

vez más nítido a medida que envejecía, como si el transcurso del tiempo lo hubiera ido

aproximando. Úrsula trató de aprovechar a José Arcadio Segundo para que el coronel Aureliano

Buendía abandonara su encierro. «Convéncelo de que vaya al cine -le decía-. Aunque no le

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Gabriel García Márquez

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gusten las películas tendrá por lo menos una ocasión de respirar aire puro.» Pero no tardó en

darse cuenta de que él era tan insensible a sus súplicas como hubiera podido serlo el coronel, y

que estaban acorazados por la misma impermeabilidad a los afectos. Aunque nunca supo, ni lo

supo nadie, de qué hablaban en los prolongados encierros del taller, entendió que fueran ellos los

únicos miembros de la familia que parecían vinculados por las afinidades.

La verdad es que ni José Arcadio Segundo hubiera podido sacar al coronel de su encierro. La

invasión escolar había rebasado los límites de su paciencia. Con el pretexto de que el dormitorio

nupcial estaba a merced de las polillas a pesar de la destrucción de las apetitosas muñecas de

Remedios, colgó una hamaca en el taller, y entonces lo abandonó solamente para ir al patio a

hacer sus necesidades. Úrsula no conseguía hilvanar con él una conversación trivial. Sabía que no

miraba los platos de comida, sino que los ponía en un extremo del mesón mientras terminaba el

pescadito, y no le importaba si la sopa se llenaba de nata y se enfriaba la carne. Se endureció

cada vez más desde que el coronel Gerineldo Márquez se negó a secundario en una guerra senil.

Se encerró con tranca dentro de sí mismo, y la familia terminó por pensar en él como si hubiera

muerto. No se le volvió a ver una reacción humana, hasta un once de octubre en que salió a la

puerta de la calle para ver el desfile de un circo. Aquella había sido para el coronel Aureliano

Buendía una jornada igual a todas las de sus últimos años. A las cinco de la madrugada lo

despertó el alboroto de los sapos y los grillos en el exterior del muro. La llovizna persistía desde

el sábado, y él no hubiera tenido necesidad de oír su minucioso cuchicheo en las hojas del jardín,

porque de todos modos lo hubiera sentido en el frío de los huesos. Estaba, como siempre,

arropado con la manta de lana, y con los largos calzoncillos de algodón crudo que seguía usando

por comodidad, aunque a causa de su polvoriento anacronismo él mismo los llamaba «calzoncillos

de godo». Se puso los pantalones estrechos, pero no se cerró las presillas ni se puso en el cuello

de la camisa el botón de oro que usaba siempre, porque tenía el propósito de darse un baño.

Luego se puso la manta en la cabeza, como un capirote, se peinó con los dedos el bigote

chorreado, y fue a orinar en el patio. Faltaba tanto para que saliera el sol que José Arcadio

Buendía dormitaba todavía bajo el cobertizo de palmas podridas por la llovizna. Él no lo vio, como

no lo había visto nunca, ni oyó la frase incomprensible que le dirigió el espectro de su padre

cuando despertó sobresaltado por el chorro de orín caliente que le salpicaba los zapatos. Dejó el

baño para más tarde, no por el frío y la humedad, sino por la niebla opresiva de octubre. De

regreso al taller percibió el olor de pabilo de los fogones que estaba encendiendo Santa Sofía de

la Piedad, y esperó en la cocina a que hirviera el café para llevarse su tazón sin azúcar. Santa

Sofía de la Piedad le preguntó, como todas las mañanas, en qué día de la semana estaban, y él

contestó que era martes, once de octubre. Viendo a la impávida mujer dorada por el resplandor

del fuego, que ni en ese ni en ningún otro instante de su vida parecía existir por completo,

recordó de pronto que un once de octubre, en plena guerra, lo despertó la certidumbre brutal de

que la mujer con quien había dormido estaba muerta. Lo estaba, en realidad, y no olvidaba la

fecha porque también ella le había preguntado una hora antes en qué día estaban. A pesar de la

evocación, tampoco esta vez tuvo conciencia de hasta qué punto lo habían abandonado los

presagios, y mientras hervía el café siguió pensando por pura curiosidad, pero sin el más

insignificante riesgo de nostalgia, en la mujer cuyo nombre no conoció nunca, y cuyo rostro no

vio con vida porque había llegado hasta su hamaca tropezando en la oscuridad. Sin embargo, en

el vacío de tantas mujeres como llegaron a su vida en igual forma, no recordó que fue ella la que

en el delirio del primer encuentro estaba a punto de naufragar en sus propias lágrimas, y apenas

una hora antes de morir había jurado amarlo hasta la muerte. No volvió a pensar en ella, ni en

ninguna otra, después de que entró al taller con la taza humeante, y encendió la luz para contar

los pescaditos de oro que guardaba en un tarro de lata. Había diecisiete. Desde que decidió no

venderlos, seguía fabricando dos pescaditos al día, y cuando completaba veinticinco volvía a

fundirlos en el crisol para empezar a hacerlos de nuevo. Trabajó toda la mañana absorto, sin

pensar en nada, sin darse cuenta de que a las diez arreció la lluvia y alguien pasó frente al taller

gritando que cerraran las puertas para que no se inundara la casa. y sin darse cuenta ni siquiera

de sí mismo hasta que Úrsula entró con el almuerzo y apagó la luz.

-¡Qué lluvia! -dijo Úrsula.

-Octubre -dijo él.

Al decirlo, no levantó la vista del primer pescadito del día, porque estaba engastando los rubíes

de los ojos. Sólo cuando lo terminó y lo puso con los otros en el tarro, empezó a tomar la sopa.

Luego se comió, muy despacio, el pedazo de carne guisada con cebolla, el arroz blanco y las

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tajadas de plátano fritas, todo junto en el mismo plato. Su apetito no se alteraba ni en las

mejores ni en las más duras circunstancias. Al término del almuerzo experimentó la zozobra de la

ociosidad. Por una especie de superstición científica, nunca trabajaba, ni leía, ni se bañaba, ni

hacía el amor antes de que transcurrieran dos horas de digestión, y era una creencia tan

arraigada que varias veces retrasó operaciones de guerra para no someter la tropa a los riesgos

de una congestión. De modo que se acostó en la hamaca, sacándose la cera de los oídos con un

cortaplumas, y a los pocos minutos se quedó dormido. Soñó que entraba en una casa vacía, de

paredes blancas, y que lo inquietaba la pesadumbre de ser el primer ser humano que entraba en

ella. En el sueño recordó que había soñado lo mismo la noche anterior y en muchas noches de los

últimos años, y supo que la imagen se habría borrado de su memoria al despertar, porque aquel

sueño recurrente tenía la virtud de no ser recordado sino dentro del mismo sueño. Un momento

después, en efecto, cuando el peluquero llamó a la puerta del taller, el coronel Aureliano Buendía

despertó con la impresión de que involuntariamente se había quedado dormido por breves

segundos, y que no había tenido tiempo de soñar nada.

-Hoy no -le dijo al peluquero-. Nos vemos el viernes.

Tenía una barba de tres días, moteada de pelusas blancas, pero no creía necesario afeitarse si

el viernes se iba a cortar el pelo y podía hacerlo todo al mismo tiempo. El sudor pegajoso de la

siesta indeseable revivió en sus axilas las cicatrices de los golondrinos. Había escampado, pero

aún no salía el sol. El coronel Aureliano Buendía emitió un eructo sonoro que le devolvió al

paladar la acidez de la sopa, y que fue como una orden del organismo para que se echara la

manta en los hombros y fuera al excusado. Allí permaneció más del tiempo necesario, acuclillado

sobre la densa fermentación que subía del cajón de madera, hasta que la costumbre le indicó que

era hora de reanudar el trabajo. Durante el tiempo que duró la espera volvió a recordar que era

martes, y que José Arcadio Segundo no había estado en el taller porque era día de pago en las

fincas de la compañía bananera. Ese recuerdo, como todos los de los últimos años, lo llevó sin

que viniera a cuento a pensar en la guerra. Recordó que el coronel Gerineldo Márquez le había

prometido alguna vez conseguirle un cabal lo con una estrella blanca en la frente, y que nunca se

había vuelto a hablar de eso. Luego derivó hacia episodios dispersos, pero los evocó sin

calificarlos, porque a fuerza de no poder pensar en otra cosa había aprendido a pensar en frío,

para que los recuerdos ineludibles no le lastimaran ningún sentimiento. De regreso al taller,

viendo que el aire empezaba a secar, decidió que era un buen momento para bañarse, pero

Amaranta se le había anticipado. Así que empezó el segundo pescadito del día. Estaba

engarzando la cola cuando el sol salió con tanta fuerza que la claridad crujió como un balandro. El

aire lavado por la llovizna de tres días se llenó de hormigas voladoras. Entonces cayó en la cuenta

de que tenía deseos de orinar, y los estaba aplazando hasta que acabara de armar el pescadito.

Iba para el patio, a las cuatro y diez, cuando oyó los cobres lejanos, los retumbos del bombo y el

júbilo de los niños, y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la

nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Santa Sofía de la Piedad abandonó lo que estaba haciendo en la cocina y corrió hacia la puerta.

-Es el circo -gritó.

En vez de ir al castaño, el coronel Aureliano Buendía fue también a la puerta de la calle y se

mezcló con los curiosos que contemplaban el desfile. Vio una mujer vestida de oro en el cogote

de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás

de la música con un cucharón y una cacerola. Vio los payasos haciendo maromas en la cola del

desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó

sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos

curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre. Entonces fue al castaño, pensando en el

circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo.

Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en

el tronco del castaño. La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana,

cuando Santa Sofía de la Piedad fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que

estuvieran bajando los gallinazos.

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111

XIV

Las últimas vacaciones de Meme coincidieron con el luto por la muerte del coronel Aureliano

Buendía. En la casa cerrada no había lugar para fiestas. Se hablaba en susurros, se comía en

silencio, se rezaba el rosario tres veces al día, y hasta los ejercicios de clavicordio en el calor de

la siesta tenían una resonancia fúnebre. A pesar de su secreta hostilidad contra el coronel, fue

Fernanda quien impuso el rigor de aquel duelo, impresionada por la solemnidad con que el

gobierno exaltó la memoria del enemigo muerto. Aureliano Segundo volvió como de costumbre a

dormir en la casa mientras pasaban las vacaciones de su hija, y algo debió hacer Fernanda para

recuperar sus privilegios de esposa legítima, porque el año siguiente encontró Meme una

hermanita recién nacida, a quien bautizaron contra la voluntad de la madre con el nombre de

Amaranta Úrsula.

Meme había terminado sus estudios. El diploma que la acreditaba como concertista de

clavicordio fue ratificado por el virtuosismo con que ejecutó temas populares del siglo XVII en la

fiesta organizada para celebrar la culminación de sus estudios, y con la cual se puso término al

duelo. Los invitados admiraron, más que su arte, su rara dualidad. Su carácter frívolo y hasta un

poco infantil no parecía adecuado para ninguna actividad seria, pero cuando se sentaba al

clavicordio se transformaba en una muchacha diferente, cuya madurez imprevista le daba un aire

de adulto. Así fue siempre. En verdad no tenía una vocación definida, pero había logrado las más

altas calificaciones mediante una disciplina inflexible, para no contrariar a su madre. Habrían

podido imponerle el aprendizaje de cualquier otro oficio y los resultados hubieran sido los

mismos. Desde muy niña le molestaba el rigor de Fernanda, su costumbre de decidir por los

demás, y habría sido capaz de un sacrificio mucho más duro que las lecciones de clavicordio, sólo

por no tropezar con su intransigencia. En el acto de clausura la impresión de que el pergamino

con letras góticas y mayúsculas historiadas la liberaba de un compromiso que había aceptado no

tanto por obediencia como por comodidad, y creyó que a partir de entonces ni la porfiada

Fernanda volvería a preocuparse por un instrumento que hasta las monjas consideraban como un

fósil de museo. En los primeros años creyó que sus cálculos eran errados, porque después de

haber dormido a media ciudad no sólo en la sala de visitas, sino en cuantas veladas benéficas,

sesiones escolares y conmemoraciones patrióticas se celebraban en Macondo, su madre siguió invitando

a todo recién llegado que suponía capaz de apreciar las virtudes de la hija. Sólo después

de la muerte de Amaranta, cuando la familia volvió a encerrarse por un tiempo en el luto, pudo

Meme clausurar el clavicordio y olvidar la llave en cualquier ropero, sin que Fernanda se

molestara en averiguar en qué momento ni por culpa de quién se había extraviado. Meme resistió

las exhibiciones con el mismo estoicismo con que se consagró al aprendizaje. Era el precio de su

libertad. Fernanda estaba tan complacida con su docilidad y tan orgullosa de la admiración que

despertaba su arte, que nunca se opuso a que tuviera la casa llena de amigas, y pasara la tarde

en las plantaciones y fuera al cine con Aureliano Segundo o con señoras de confianza, siempre

que la película hubiera sido autorizada en el púlpito por el padre Antonio Isabel. En aquellos ratos

de esparcimiento se revelaban los verdaderos gustos de Meme. Su felicidad estaba en el otro

extremo de la disciplina, en las fiestas ruidosas, en los comadreos de enamorados, en los prolongados

encierros con sus amigas, donde aprendían a fumar y conversaban de asuntos de

hombres, y donde una vez se les pasó la mano con tres botellas de ron de caña y terminaron

desnudas midiéndose y comparando las partes de sus cuerpos. Meme no olvidaría jamás la noche

en que entró en la casa masticando rizomas de regaliz, y sin que advirtieran su trastorno se sentó

a la mesa en que Fernanda y Amaranta cenaban sin dirigirse la palabra. Había pasado dos horas

tremendas en el dormitorio de una amiga, llorando de risa y de miedo, y en el otro lado de la

crisis había encontrado el raro sentimiento de valentía que le hizo falta para fugarse del colegio y

decirle a su madre con esas o con otras palabras que bien podía ponerse una lavativa de

clavicordio. Sentada en la cabecera de la mesa, tomando un caldo de pollo que le caía en el

estómago como un elixir de resurrección, Meme vio entonces a Fernanda y Amaranta envueltas

en el halo acusador de la realidad. Tuvo que hacer un grande esfuerzo para no echarles en cara

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sus remilgos, su pobreza de espíritu, sus delirios de grandeza. Desde las segundas vacaciones se

había enterado de que su padre sólo vivía en la casa por guardar las apariencias, y conociendo a

Fernanda como la conocía y habiéndoselas arreglado más tarde para conocer a Petra Cotes, le

concedió la razón a su padre. También ella hubiera preferido ser la hija de la concubina. En el

embotamiento del alcohol, Meme pensaba con deleite en el escándalo que se habría suscitado si

en aquel momento hubiera expresado sus pensamientos, y fue tan intensa la íntima satisfacción

de la picardía, que Fernanda la advirtió.

-¿Qué te pasa? -preguntó.

-Nada -contestó Meme-. Que apenas ahora descubro cuánto las quiero.

Amaranta se asustó con la evidente carga de odio que llevaba la declaración. Pero Fernanda se

sintió tan conmovida que creyó volverse loca cuando Meme despertó a medianoche con la cabeza

cuarteada por el dolor, y ahogándose en vómitos de hiel. Le dio un frasco de aceite de castor, le

puso cataplasmas en el vientre y bolsas de hielo en la cabeza, y la obligó a cumplir la dieta y el

encierro de cinco días ordenados por el nuevo extravagante médico francés que, después de

examinarla más de dos horas, llegó a la conclusión nebulosa de que tenía un trastorno propio de

mujer. Abandonada por la valentía, en un miserable estado de desmoralización, a Meme no le

quedó otro recurso que aguantar. Úrsula, ya completamente ciega, pero todavía activa y lúcida,

fue la única que intuyó el diagnóstico exacto. «Para mí -pensó-, estas son las mismas cosas que

les dan a los borrachos.» Pero no sólo rechazó la idea, sino que se reprochó la ligereza de

pensamiento. Aureliano Segundo sintió un retortijón de conciencia cuando vio el estado de

postración de Meme, y se prometió ocuparse más de ella en el futuro. Fue así como nació la

relación de alegre camaradería entre el padre y la hija, que lo liberó a él por un tiempo de la

amarga soledad de las parrandas, y la liberó a ella de la tutela de Fernanda sin tener que

provocar la crisis doméstica que ya parecía inevitable. Aureliano Segundo aplazaba entonces

cualquier compromiso para estar con Meme, por llevarla al cine o al circo, y le dedicaba la mayor

parte de su ocio. En los últimos tiempos, el estorbo de la obesidad absurda que ya no le permitía

amarrarse los cordones de los zapatos, y la satisfacción abusiva de toda clase de apetitos, habían

empezado a agriarle el carácter. El descubrimiento de la hija le restituyó la antigua jovialidad, y

el gusto de estar con ella lo iba apartando poco a poco de la disipación. Meme despuntaba en una

edad frutal. No era bella, como nunca lo fue Amaranta, pero en cambio era simpática,

descomplicada, y tenía la virtud de caer bien desde el primer momento. Tenía un espíritu moderno

que lastimaba la anticuada sobriedad y el mal disimulado corazón cicatero de Fernanda, y

que en cambio Aureliano Segundo se complacía en patrocinar. Fue él quien resolvió sacarla del

dormitorio que ocupaba desde niña, y donde los pávidos ojos de los santos seguían alimentando

sus terrores de adolescente, y le amuebló un cuarto con una cama tronal, un tocador amplio y

cortinas de terciopelo, sin caer en la cuenta de que estaba haciendo una segunda versión del

aposento de Petra Gotes. Era tan pródigo con Meme que ni siquiera sabía cuánto dinero le

proporcionaba, porque ella misma se lo sacaba de los bolsillos, y la mantenía al tanto de cuanta

novedad embellecedora llegaba a los comisariatos de la compañía bananera. El cuarto de Meme

se llenó de almohadillas de piedra pómez para pulirse las uñas, rizadores de cabellos, brilladores

de dientes, colirios para languidecer la mirada, y tantos y tan novedosos cosméticos y artefactos

de belleza que cada vez que Fernanda entraba en el dormitorio se escandalizaba con la idea de

que el tocador de la hija debía ser igual al de las matronas francesas. Sin embargo, Fernanda

andaba en esa época con el tiempo dividido entre la pequeña Amaranta Úrsula, que era

caprichosa y enfermiza, y una emocionante correspondencia con los médicos invisibles. De modo

que cuando advirtió la complicidad del padre con la hija, la única promesa que le arrancó a

Aureliano Segundo fue que nunca llevaría a Meme a casa de Petra Cotes. Era una advertencia sin

sentido, porque la concubina estaba tan molesta con la camaradería de su amante con la hija que

no quería saber nada de ella. La atormentaba un temor desconocido, como si el instinto le

indicara que Meme, con sólo desearlo, podría conseguir lo que no pudo conseguir Fernanda:

privarla de un amor que ya consideraba asegurado hasta la muerte. Por primera vez tuvo que

soportar Aureliano Segundo las caras duras y las virulentas cantaletas de la concubina, y hasta

temió que sus traídos y llevados baúles hicieran el camino de regreso a casa de la esposa. Esto

no ocurrió. Nadie conocía mejor a un hombre que Petra Cotes a su amante, y sabía que los

baúles se quedarían donde los mandaran, porque si algo detestaba Aureliano Segundo era complicarse

la vida con rectificaciones y mudanzas. De modo que los baúles se quedaron donde

estaban, y Petra Cotes se empeñó en reconquistar al marido afilando las únicas armas con que no

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podía disputárselo la hija. Fue también un esfuerzo innecesario, porque Meme no tuvo nunca el

propósito de intervenir en los asuntos de su padre, y seguramente si lo hubiera hecho habría sido

en favor de la concubina. No le sobraba tiempo para molestar a nadie. Ella misma barría el

dormitorio y arreglaba la cama, como le enseñaron las monjas. En la mañana se ocupaba de su

ropa, bordando en el corredor o cosiendo en la vieja máquina de manivela de Amaranta. Mientras

los otros hacían la siesta, practicaba dos horas el clavicordio, sabiendo que el sacrificio diario

mantendría calmada a Fernanda. Por el mismo motivo seguía ofreciendo conciertos en bazares

eclesiásticos y veladas escolares, aunque las solicitudes eran cada vez menos frecuentes. Al

atardecer se arreglaba, se ponía sus trajes sencillos y sus duros borceguíes, y si no tenía algo que

hacer con su padre iba a casas de amigas, donde permanecía hasta la hora de la cena. Era

excepcional que Aureliano Segundo no fuera a buscarla entonces para llevarla al cine.

Entre las amigas de Meme había tres jóvenes norteamericanas que rompieron el cerco del

gallinero electrificado y establecieron amistad con muchachas de Macondo. Una de ellas era

Patricia Brown. Agradecido con la hospitalidad de Aureliano Segundo, el señor Brown le abrió a

Meme las puertas de su casa y la invitó a los bailes de los sábados, que eran los únicos en que los

gringos alternaban con los nativos. Cuando Fernanda lo supo, se olvidó por un momento de

Amaranta Úrsula y los médicos invisibles, y armó todo un melodrama. «Imagínate -le dijo a

Meme- lo que va a pensar el coronel en su tumba.» Estaba buscando, por supuesto, el apoyo de

Úrsula. Pero la anciana ciega, al contrario de lo que todos esperaban, consideró que no había

nada reprochable en que Meme asistiera a los bailes y cultivara amistad con las norteamericanas

de su edad, siempre que conservara su firmeza de criterio y no se dejara convertir a la religión

protestante. Meme captó muy bien el pensamiento de la tatarabuela, y al día siguiente de los

bailes se levantaba más temprano que de costumbre para ir a misa. La oposición de Fernanda

resistió hasta el día en que Meme la desarmó con la noticia de que los norteamericanos querían

oírla tocar el clavicordio. El instrumento fue sacado una vez más de la casa y llevado a la del

señor Brown, donde, en efecto, la joven concertista recibió los aplausos más sinceros y las felicitaciones

más entusiastas. Desde entonces no sólo la invitaron a los bailes, sino también a los

baños dominicales en la piscina, y a almorzar una vez por semana. Meme aprendió a nadar como

una profesional, a jugar al tenis y a comer jamón de Virginia con rebanadas de piña. Entre bailes,

piscina y tenis, se encontró de pronto desenredándose en inglés. Aureliano Segundo se

entusiasmó tanto con los progresos de la hija que le compró a un vendedor viajero una

enciclopedia inglesa en seis volúmenes y con numerosas láminas de colores, que Meme leía en

sus horas libres. La lectura ocupó la atención que antes destinaba a los comadreos de

enamorados o a los encierros experimentales con sus amigas, no porque se lo hubiera impuesto

como disciplina, sino porque ya había perdido todo interés en comentar misterios que eran del

dominio público. Recordaba la borrachera como una aventura infantil, y le parecía tan divertida

que se la contó a Aureliano Segundo, y a éste le pareció más divertida que a ella. «Si tu madre lo

supiera», le dijo, ahogándose de risa, como le decía siempre que ella le hacía una confidencia. Él

le había hecho prometer que con la misma confianza lo pondría al corriente de su primer

noviazgo, y Meme le había contado que simpatizaba con un pelirrojo norteamericano que fue a

pasar vacaciones con sus padres. «Qué barbaridad -rió Aureliano Segundo-. Si tu madre lo

supiera.» Pero Meme le contó también que el muchacho había regresado a su país y no había

vuelto a dar señales de vida. Su madurez de criterio afianzó la paz doméstica. Aureliano Segundo

dedicaba entonces más horas a Petra Cotes, y aunque ya el cuerpo y el alma no le daban para

parrandas como las de antes, no perdía ocasión de promoverías y de desenfundar el acordeón,

que ya tenía algunas teclas amarradas con cordones de zapatos. En la casa, Amaranta bordaba

su interminable mortaja, y Úrsula se dejaba arrastrar por la decrepitud hacia el fondo de las

tinieblas, donde lo único que seguía siendo visible era el espectro de José Arcadio Buendía bajo el

castaño. Fernanda consolidó su autoridad. Las cartas mensuales a su hijo José Arcadio no

llevaban entonces una línea de mentira, y solamente le ocultaba su correspondencia con los médicos

invisibles, que le habían diagnosticado un tumor benigno en el intestino grueso y estaban

preparándola para practicarle una intervención telepática.

Se hubiera dicho que en la cansada mansión de los Buendía había paz y felicidad rutinaria para

mucho tiempo si la intempestiva muerte de Amaranta no hubiera promovido un nuevo escándalo.

Fue un acontecimiento inesperado. Aunque estaba vieja y apartada de todos, todavía se notaba

firme y recta, v con la salud de piedra que tuvo siempre. Nadie conoció su pensamiento desde la

tarde en que rechazó definitivamente al coronel Gerineldo Márquez y se encerró a llorar. Cuando

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salió, había agotado todas sus lágrimas. No se le vio llorar con la subida al cielo de Remedios, la

bella, ni con el exterminio de los Aurelianos, ni con la muerte del coronel Aureliano Buendía, que

era la persona que más quiso en este mundo, aunque sólo pudo demostrárselo cuando

encontraron su cadáver bajo el castaño. Ella ayudó a levantar el cuerpo. Lo vistió con sus arreos

de guerrero, lo afeitó, lo peiné, y le engomó el bigote mejor que él mismo no lo hacía en sus años

de gloria. Nadie pensó que hubiera amor en aquel acto, porque estaban acostumbrados a la

familiaridad de Amaranta con los ritos de la muerte. Fernanda se escandalizaba de que no

entendiera las relaciones del catolicismo con la vida, sino únicamente sus relaciones con la

muerte, como si no fuera una religión, sino un prospecto de convencionalismos funerarios.

Amaranta estaba demasiado enredada en el berenjenal de sus recuerdos para entender aquellas

sutilezas apologéticas. Había llegado a la vejez con todas sus nostalgias vivas. Cuando escuchaba

los valses de Pietro Crespi sentía los mismos deseos de llorar que tuvo en la adolescencia, como

si el tiempo y los escarmientos no sirvieran de nada. Los rollos de música que ella misma había

echado a la basura con el pretexto de que se estaban pudriendo con la humedad, seguían girando

y golpeando martinetes en su memoria. Había tratado de hundirlos en la pasión pantanosa que se

permitió con su sobrino Aureliano José, y había tratado de refugiarse en la protección serena y

viril del coronel Gerineldo Márquez, pero no había conseguido derrotarlos ni con el acto más

desesperado de su vejez, cuando bañaba al pequeño José Arcadio tres años antes de que lo

mandaran al seminario, y lo acariciaba no como podía hacerlo una abuela con un nieto, sino como

lo hubiera hecho una mujer con un hombre, como se contaba que lo hacían las matronas

francesas, y como ella quiso hacerlo con Pietro Crespi, a los doce, los catorce años, cuando lo vio

con sus pantalones de baile y la varita mágica con que llevaba el compás del metrónomo. A veces

le dolía haber dejado a su paso aquel reguero de miseria, y a veces le daba tanta rabia que se

pinchaba los dedos con las agujas, pero más le dolía y más rabia le daba y más la amargaba el

fragante y agusanado guayabal de amor que iba arrastrando hacia la muerte. Como el coronel

Aureliano Buendía pensaba en la guerra, sin poder evitarlo, Amaranta pensaba en Rebeca. Pero

mientras su hermano había conseguido esterilizar los recuerdos, ella sólo había conseguido

escaldarlos. Lo único que le rogó a Dios durante muchos años fue que no le mandara el castigo

de morir antes que Rebeca. Cada vez que pasaba por su casa y advertía los progresos de la

destrucción se complacía con la idea de que Dios la estaba oyendo. Una tarde, cuando cosía en el

corredor, la asaltó la certidumbre de que ella estaría sentada en ese lugar, en esa misma posición

y bajo esa misma luz, cuando le llevaran la noticia de la muerte de Rebeca. Se sentó a esperarla,

como quien espera una carta, y era cierto que en una época arrancaba botones para volver a

pegarlos, de modo que la ociosidad no hiciera más larga y angustiosa la espera. Nadie se dio

cuenta en la casa de que Amaranta tejió entonces una preciosa mortaja para Rebeca. Más tarde,

cuando Aureliano Triste contó que la había visto convertida en una imagen de aparición, con la

piel cuarteada y unas pocas hebras amarillentas en el cráneo, Amaranta no se sorprendió, porque

el espectro descrito era igual al que ella imaginaba desde hacía mucho tiempo. Había decidido

restaurar el cadáver de Rebeca, disimular con parafina los estragos del rostro y hacerle una

peluca con el cabello de los santos. Fabricaría un cadáver hermoso, con la mortaja de lino y un

ataúd forrado de peluche con vueltas de púrpura, y lo pondría a disposición de los gusanos en

unos funerales espléndidos. Elaboró el plan con tanto odio que la estremeció la idea de que lo

habría hecho de igual modo si hubiera sido con amor, pero no se dejó aturdir por la confusión,

sino que siguió perfeccionando los detalles tan minuciosamente que llegó a ser más que una

especialista, una virtuosa en los ritos de la muerte. Lo único que no tuvo en cuenta en su plan

tremendista fue que, a pesar de sus súplicas a Dios, ella podía morirse primero que Rebeca. Así

ocurrió, en efecto. Pero en el instante final Amaranta no se sintió frustrada, sino por el contrario

liberada de toda amargura, porque la muerte le deparó el privilegio de anunciarse con varios años

de anticipación. La vio un mediodía ardiente, cosiendo con ella en el corredor, poco después de

que Meme se fue al colegio. La reconoció en el acto, y no había nada pavoroso en la muerte,

porque era una mujer vestida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con

un cierto parecido a Pilar Ternera en la época en que las ayudaba en los oficios de cocina. Varias

veces Fernanda estuvo presente y no la vio, a pesar de que era tan real, tan humana, que en

alguna ocasión le pidió a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja. La muerte no le dijo

cuándo se iba a morir ni si su hora estaba señalada antes que la de Rebeca, sino que le ordenó

empezar a tejer su propia mortaja el próximo seis de abril. La autorizó para que la hiciera tan

complicada y primorosa como ella quisiera, pero tan honradamente como hizo la de Rebeca, y le

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advirtió que había de morir sin dolor, ni miedo, ni amargura, al anochecer del día en que la

terminara. Tratando de perder la mayor cantidad posible de tiempo, Amaranta encargó las hilazas

de lino bayal y ella misma fabricó el lienzo. Lo hizo con tanto cuidado que solamente esa labor le

llevó cuatro años. Luego inició el bordado. A medida que se aproximaba el término ineludible, iba

comprendiendo que sólo un milagro le permitiría prolongar el trabajo más allá de la muerte de

Rebeca, pero la misma concentración le proporcionó la calma que le hacía falta para aceptar la

idea de una frustración. Fue entonces cuando entendió el círculo vicioso de los pescaditos de oro

del coronel Aureliano Buendía. El mundo se redujo a la superficie de su piel, y el interior quedó a

salvo de toda amargura. Le dolió no haber tenido aquella revelación muchos años antes, cuando

aún fuera posible purificar los recuerdos y reconstruir el universo bajo una luz nueva, y evocar sin

estremecerse el olor de espliego de Pietro Crespi al atardecer, y rescatar a Rebeca de su salsa de

miseria, no por odio ni por amor, sino por la comprensión sin medidas de la soledad. El odio que

advirtió una noche en las palabras de Meme no la conmovió porque la afectara, sino porque se

sintió repetida en otra adolescencia que parecía tan limpia como debió parecer la suya y que, sin

embargo, estaba ya viciada por el rencor. Pero entonces era tan honda la conformidad con su

destino que ni siquiera la inquietó la certidumbre de que estaban cerradas todas las posibilidades

de rectificación. Su único objetivo fue terminar la mortaja. En vez de retardaría con preciosismos

inútiles, como lo hizo al principio, apresuró la labor. Una semana antes calculó que daría la última

puntada en la noche del cuatro de febrero, y sin revelarle el motivo le sugirió a Meme que

anticipara un concierto de clavicordio que tenía previsto para el día siguiente, pero ella no le hizo

caso. Amaranta buscó entonces la manera de retrasarse cuarenta y ocho horas, y hasta pensó

que la muerte la estaba complaciendo, porque en la noche del cuatro de febrero una tempestad

descompuso la planta eléctrica. Pero al día siguiente, a las ocho de la mañana, dio la última

puntada en la labor más primorosa que mujer alguna había terminado jamás, y anunció sin el

menor dramatismo que moriría al atardecer. No sólo previno a la familia, sino a toda la población,

porque Amaranta se había hecho a la idea de que se podía reparar una vida de mezquindad con

un último favor al mundo, y pensó que ninguno era mejor que llevarles cartas a los muertos.

La noticia de que Amaranta Buendía zarpaba al crepúsculo llevando el correo de la muerte se

divulgó en Macondo antes del mediodía, y a las tres de la tarde había en la sala un cajón lleno de

cartas. Quienes no quisieron escribir le dieron a Amaranta recados verbales que ella anotó en una

libreta con el nombre y la fecha de muerte del destinatario, «No se preocupe -tranquilizaba a los

remitentes-. Lo primero que haré al llegar será preguntar por él, y le daré su recado.» Parecía

una farsa. Amaranta no revelaba trastorno alguno, ni el más leve signo de dolor, y hasta se

notaba un poco rejuvenecida por el deber cumplido. Estaba tan derecha y esbelta como siempre.

De no haber sido por los pómulos endurecidos y la falta de algunos dientes, habría parecido

mucho menos vieja de lo que era en realidad. Ella misma dispuso que se metieran las cartas en

una caja embreada, e indicó la manera como debía colocarse en la tumba para preservarla mejor

de la humedad. En la mañana había llamado a un carpintero que le tomó las medidas para el

ataúd, de pie, en la sala, como si fueran para un vestido. Se le despertó tal dinamismo en las

últimas horas que Fernanda se estaba burlando de todos. Úrsula, con la experiencia de que los

Buendía se morían sin enfermedad, no puso en duda que Amaranta había tenido el presagio de la

muerte, pero en todo caso la atormentó el temor de que en el trajín de las cartas y la ansiedad

de que llegaran pronto los ofuscados remitentes la fueran a enterrar viva. Así que se empeñó en

despejar la casa, disputándose a gritos con los intrusos, y a las cuatro de la tarde lo había

conseguido. A esa hora, Amaranta acababa de repartir sus cosas entre los pobres, y sólo había

dejado sobre el severo ataúd de tablas sin pulir la muda de ropa y las sencillas babuchas de pana

que había de llevar en la muerte. No pasó por alto esa precaución, al recordar que cuando murió

el coronel Aureliano Buendía hubo que comprarle un par de zapatos nuevos, porque ya sólo le

quedaban las pantuflas que usaba en el taller. Poco antes de las cinco, Aureliano Segundo fue a

buscar a Meme para el concierto, y se sorprendió de que la casa estuviera preparada para el

funeral. Si alguien parecía vivo a esa hora era la serena Amaranta, a quien el tiempo le había

alcanzado hasta para rebanarse los callos. Aureliano Segundo y Meme se despidieron de ella con

adioses de burla, y le prometieron que el sábado siguiente harían la parranda de la resurrección.

Atraído por las voces públicas de que Amaranta Buendía estaba recibiendo cartas para los

muertos, el padre Antonio Isabel llegó a las cinco con el viático, y tuvo que esperar más de

quince minutos a que la moribunda saliera del baño. Cuando la vio aparecer con un camisón de

madapolán y el cabello suelto en la espalda, el decrépito párroco creyó que era una burla, y

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despachó al monaguillo. Pensó, sin embargo, aprovechar la ocasión para confesar a Amaranta

después de casi veinte años de reticencia. Amaranta replicó, sencillamente, que no necesitaba

asistencia espiritual de ninguna clase porque tenía la conciencia limpia. Fernanda se escandalizó.

Sin cuidarse de que no la oyeran, se preguntó en voz alta qué espantoso pecado habría cometido

Amaranta cuando prefería una muerte sacrílega a la vergüenza de una confesión. Entonces

Amaranta se acostó, y obligó a Úrsula a dar testimonio público de su virginidad.

-Que nadie se haga ilusiones -gritó, para que la oyera Fernanda-. Amaranta Buendía se va de

este mundo como vino.

No se volvió a levantar. Recostada en almohadones, como si de veras estuviera enferma, tejió

sus largas trenzas y se las enrolló sobre las orejas, como la muerte le había dicho que debía estar

en el ataúd. Luego le pidió a Úrsula un espejo, y por primera vez en más de cuarenta años vio su

rostro devastado por la edad y el martirio, y se sorprendió de cuánto se parecía a la imagen

mental que tenía de si misma. Úrsula comprendió por el silencio de la alcoba que habla empezado

a oscurecer.

-Despídete de Fernanda -le suplicó-. Un minuto de reconciliación tiene más mérito que toda

una vida de amistad.

-Ya no vale la pena -replicó Amaranta.

Meme no pudo no pensar en ella cuando encendieron las luces del improvisado escenario y

empezó la segunda parte del programa. A mitad de la pieza alguien le dio la noticia al oído, y el

acto se suspendió. Cuando llegó a la casa, Aureliano Segundo tuvo que abrirse paso a empujones

por entre la muchedumbre, para ver el cadáver de la anciana doncella, fea y de mal color, con la

venda negra en la mano y envuelta en la mortaja primorosa. Estaba expuesto en la sala junto al

cajón del correo.

Úrsula no volvió a levantarse después de las nueve noches de Amaranta. Santa Sofía de la

Piedad se hizo cargo de ella. Le llevaba al dormitorio la comida, y el agua de bija para que se

lavara, y la mantenía al corriente de cuanto pasaba en Macondo. Aureliano Segundo la visitaba

con frecuencia, y le llevaba ropas que ella ponía cerca de la cama, junto con las cosas más

indispensables para el vivir diario, de modo que en poco tiempo se había construido un mundo al

alcance de la mano. Logró despertar un gran afecto en la pequeña Amaranta Úrsula, que era

idéntica a ella, y a quien enseñó a leer. Su lucidez, la habilidad para bastarse de sí misma, hacían

pensar que estaba naturalmente vencida por el peso de los cien años, pero aunque era evidente

que andaba mal de la vista nadie sospeché que estaba completamente ciega. Disponía entonces

de tanto tiempo y de tanto silencio interior para vigilar la vida de la casa, que fue ella la primera

en darse cuenta de la callada tribulación de Memo.

-Ven acá -le dijo-. Ahora que estamos solas, confiésale a esta pobre vieja lo que te pasa.

Memo eludió la conversación con una risa entrecortada. Úrsula no insistió, pero acabó de

confirmar sus sospechas cuando Memo no volvió a visitarla. Sabía que se arreglaba más temprano

que de costumbre, que no tenía un instante de sosiego mientras esperaba la hora de salir a

la calle, que pasaba noches enteras dando vueltas en la cama en el dormitorio contiguo, y que la

atormentaba el revoloteo de una mariposa. En cierta ocasión le oyó decir que iba a verse con

Aureliano Segundo, y Úrsula se sorprendió de que Fernanda fuera tan corta de imaginación que

no sospeché nada cuando su marido fue a la casa a preguntar por la hija. Era demasiado evidente

que Memo andaba en asuntos sigilosos, en compromisos urgentes, en ansiedades reprimidas,

desde mucho antes de la noche en que Fernanda alborotó la casa porque la encontró besándose

con un hombre en el cine.

La propia Meme andaba entonces tan ensimismada que acusó a Úrsula de haberla denunciado.

En realidad se denuncié a sí misma. Desde hacía tiempo dejaba a su paso un reguero de pistas

que habrían despertado al más dormido, y si Fernanda tardó tanto en descubrirlas fue porque

también ella estaba obnubilada por sus relaciones secretas con los médicos invisibles. Aun así

terminó por advertir los hondos silencios, los sobresaltos intempestivos, las alternativas del

humor y las contradicciones de la hija. Se empeñé en una vigilancia disimulada pero implacable.

La dejó ir con sus amigas de siempre, la ayudé a vestirse para las fiestas del sábado, y jamás le

hizo una pregunta impertinente que pudiera alertaría. Tenía ya muchas pruebas de que Meme

hacía cosas distintas de las que anunciaba, y todavía no dejó vislumbrar sus sospechas, en

espera de la ocasión decisiva. Una noche, Meme le anuncié que iba al cine con su padre. Poco

después, Fernanda oyó los cohetes de la parranda y el inconfundible acordeón de Aureliano Segundo

por el rumbo de Petra Cotes. Entonces se vistió, entró al cine, y en la penumbra de las

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lunetas reconoció a su hija. La aturdidora emoción del acierto le impidió ver al hombre con quien

se estaba besando, pero alcanzó a percibir su voz trémula en medio de la rechifla y las risotadas

ensordecedoras del público. «Lo siento, amor», le oyó decir, y sacó a Meme del salón sin decirle

una palabra, y le sometió a la vergüenza de llevarla por la bulliciosa calle de los Turcos, y la

encerró con llave en el dormitorio.

Al día siguiente, a las seis de la tarde, Fernanda reconoció la voz del hombre que fue a

visitarla. Era joven, cetrino, con unos ojos oscuros y melancólicos que no le habrían sorprendido

tanto si hubiera conocido a los gitanos, y un aire de ensueño que a cualquier mujer de corazón

menos rígido le habría bastado para entender los motivos de su hija. Vestía de lino muy usado,

con zapatos defendidos desesperadamente con cortezas superpuestas de blanco de cinc, y

llevaba en la mano un canotier comprado el último sábado. En su vida no estuvo ni estaría más

asustado que en aquel momento, pero tenía una dignidad y un dominio que lo ponían a salvo de

la humillación, y una prestancia legítima que sólo fracasaba en las manos percudidas y las uñas

astilladas por el trabajo rudo. A Fernanda, sin embargo, le basté el verlo una vez para intuir su

condición de menestral. Se dio cuenta de que llevaba puesta su única muda de los domingos, y

que debajo de la camisa tenía la piel carcomida por la sarna de la compañía bananera. No le

permitió hablar. No le permitió siquiera pasar de la puerta que un momento después tuvo que

cerrar porque la casa estaba llena de mariposas amarillas.

-Lárguese -le dijo-. Nada tiene que venir a buscar entre la gente decente.

Se llamaba Mauricio Babilonia. Había nacido y crecido en Macondo, y era aprendiz de mecánico

en los talleres de la compañía bananera. Meme lo había conocido por casualidad, una tarde en

que fue con Patricia Brown a buscar el automóvil para dar un paseo por las plantaciones. Como el

chófer estaba enfermo, lo encargaron a él de conducirlas, y Meme pudo al fin satisfacer su deseo

de sentarse junto al volante para observar de cerca el sistema de manejo. Al contrario del chófer

titular, Mauricio Babilonia le hizo una demostración práctica. Eso fue por la época en que Meme

empezó a frecuentar la casa del señor Brown, y todavía se consideraba indigno de damas el

conducir un automóvil. Así que se conformó con la información teórica y no volvió a ver a

Mauricio Babilonia en varios meses. Más tarde había de recordar que durante el paseo le llamó la

atención su belleza varonil, salvo la brutalidad de las manos, pero que después había comentado

con Patricia Brown la molestia que le produjo su seguridad un poco altanera. El primer sábado en

que fue al cine con su padre, volvió a ver a Mauricio Babilonia con su muda de lino, sentado a

poca distancia de ellos, y advirtió que él se desinteresaba de la película por volverse a mirarla, no

tanto por verla como para que ella notara que la estaba mirando. A Meme le molestó la

vulgaridad de aquel sistema. Al final, Mauricio Babilonia se acercó a saludar a Aureliano Segundo,

y sólo entonces se enteró Meme de que se conocían, porque él había trabajado en la primitiva

planta eléctrica de Aureliano Triste, y trataba a su padre con una actitud de subalterno. Esa

comprobación la alivió del disgusto que le causaba su altanería. No se habían visto a solas, ni se

habían cruzado una palabra distinta del saludo, la noche en que soñó que él la salvaba de un

naufragio y ella no experimentaba un sentimiento de gratitud sino de rabia. Era como haberle

dado una oportunidad que él deseaba, siendo que Meme anhelaba lo contrario, no sólo con

Mauricio Babilonia, sino con cualquier otro hombre que se interesara en ella. Por eso le indignó

tanto que después del sueño, en vez de detestarlo, hubiera experimentado una urgencia

irresistible de verlo. La ansiedad se hizo más intensa en el curso de la semana, y el sábado era

tan apremiante que tuvo que hacer un grande esfuerzo para que Mauricio Babilonia no notara al

saludarla en el cine que se le estaba saliendo el corazón por la boca. Ofuscada por una confusa

sensación de placer y rabia, le tendió la mano por primera vez, y sólo entonces Mauricio Babilonia

se permitió estrechársela. Meme alcanzó en una fracción de segundo a arrepentirse de su

impulso, pero el arrepentimiento se transformó de inmediato en una satisfacción cruel, al comprobar

que también la mano de él estaba sudorosa y helada. Esa noche comprendió que no

tendría un instante de sosiego mientras no le demostrara a Mauricio Babilonia la vanidad de su

aspiración, y pasó la semana revoloteando en torno de esa ansiedad. Recurrió a toda clase de

artimañas inútiles para que Patricia Brown la llevara a buscar el automóvil. Por último, se valió

del pelirrojo norteamericano que por esa época fue a pasar vacaciones en Macondo, y con el

pretexto de conocer los nuevos modelos de automóviles se hizo llevar a los talleres. Desde el

momento en que lo vio, Meme dejó de engañarse a sí misma, y comprendió que lo que pasaba en

realidad era que no podía soportar los deseos de estar a solas con Mauricio Babilonia, y la indigné

la certidumbre de que éste lo había comprendido al verla llegar.

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-Vine a ver los nuevos modelos -dijo Meme.

-Es un buen pretexto -dijo él.

Meme se dio cuenta de que se estaba achicharrando en la lumbre de su altivez, y buscó

desesperadamente una manera de humillarlo. Pero él no le dio tiempo. «No se asuste -le dijo en

voz baja-. No es la primera vez que una mujer se vuelve loca por un hombre.» Se sintió tan

desamparada que abandoné el taller sin ver los nuevos modelos, y pasó la noche de extremo a

extremo dando vueltas en la cama y llorando de indignación. El pelirrojo norteamericano, que en

realidad empezaba a interesarle, le pareció una criatura en pañales. Fue entonces cuando cayó en

la cuenta de las mariposas amarillas que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia. Las

había visto antes, sobre todo en el taller de mecánica, y había pensado que estaban fascinadas

por el olor de la pintura. Alguna vez las había sentido revoloteando sobre su cabeza en la

penumbra del cine. Pero cuando Mauricio Babilonia empezó a perseguiría, como un espectro que

sólo ella identificaba en la multitud, comprendió que las mariposas amarillas tenían algo que ver

con él. Mauricio Babilonia estaba siempre en el público de los conciertos, en el cine, en la misa

mayor, y ella no necesitaba verlo para descubrirlo, porque se lo indicaban las mariposas. Una vez

Aureliano Segundo se impacientó tanto con el sofocante aleteo, que ella sintió el impulso de

confiarle su secreto, como se lo había prometido, pero el instinto le indicó que esta vez él no iba a

reír como de costumbre: «Qué diría tu madre si lo supiera.» Una mañana, mientras podaban las

rosas, Fernanda lanzó un grito de espanto e hizo quitar a Meme del lugar en que estaba, y que

era el mismo del jardín donde subió a los cielos Remedios, la bella. Había tenido por un instante

la impresión de que el milagro iba a repetirse en su hija, porque la había perturbado un repentino

aleteo. Eran las mariposas. Meme las vio, como si hubieran nacido de pronto en la luz, y el

corazón le dio un vuelco. En ese momento entraba Mauricio Babilonia con un paquete que, según

dijo, era un regalo de Patricia Brown. Meme se atraganté el rubor, asimilé la tribulación, y hasta

consiguió una sonrisa natural para pedirle el favor de que lo pusiera en el pasamanos porque

tenía los dedos sucios de tierra. Lo único que notó Fernanda en el hombre que pocos meses

después había de expulsar de la casa sin recordar que lo hubiera visto alguna vez, fue la textura

biliosa de su piel.

-Es un hombre muy raro -dijo Fernanda-. Se le ve en la cara que se va a morir.

Meme pensé que su madre había quedado impresionada por las mariposas. Cuando acabaron

de podar el rosal, se lavé las manos y llevó el paquete al dormitorio para abrirlo. Era una especie

de juguete chino, compuesto por cinco cajas concéntricas, y en la última una tarjeta

laboriosamente dibujada por alguien que apenas sabía escribir: Nos vemos el sábado en el cine.

Meme sintió el estupor tardío de que la caja hubiera estado tanto tiempo en el pasamanos al

alcance de la curiosidad de Fernanda, y aunque la halagaba la audacia y el ingenio de Mauricio

Babilonia, la conmovió su ingenuidad de esperar que ella le cumpliera la cita. Meme sabía desde

entonces que Aureliano Segundo tenía un compromiso el sábado en la noche. Sin embargo, el

fuego de la ansiedad la abrasó de tal modo en el curso de la semana, que el sábado convenció a

su padre de que la dejara sola en el teatro y volviera por ella al terminar la función. Una mariposa

nocturna revoloteó sobre su cabeza mientras las luces estuvieron encendidas. Y entonces ocurrió.

Cuando las luces se apagaron, Mauricio Babilonia se sentó a su lado. Meme se sintió chapaleando

en un tremedal de zozobra, del cual sólo podía rescatarla, como había ocurrido en el sueño, aquel

hombre oloroso a aceite de motor que apenas distinguía en la penumbra.

-Si no hubiera venido -dijo él-, no me hubiera visto más nunca.

Meme sintió el peso de su mano en la rodilla, y supo que ambos llegaban en aquel instante al

otro lado del desamparo.

-Lo que me choca de ti -sonrió- es que siempre dices precisamente lo que no se debe.

Se volvió loca por él. Perdió el sueño y el apetito, y se hundió tan profundamente en la

soledad, que hasta su padre se le convirtió en un estorbo. Elaboré un intrincado enredo de compromisos

falsos para desorientar a Fernanda, perdió de vista a sus amigas, saltó por encima de

los convencionalismos para verse con Mauricio Babilonia a cualquier hora y en cualquier parte. Al

principio le molestaba su rudeza. La primera vez que se vieron a solas, en los prados desiertos

detrás del taller de mecánica, él la arrastré sin misericordia a un estado animal que la dejó

extenuada. Tardé algún tiempo en darse cuenta de que también aquella era una forma de la

ternura, y fue entonces cuando perdió el sosiego, y no vivía sino para él, trastornada por la

ansiedad de hundirse en su entorpecedor aliento de aceite refregado con lejía. Poco antes de la

muerte de Amaranta tropezó de pronto con un espacio de lucidez dentro de la locura, y tembló

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ante la incertidumbre del porvenir. Entonces oyó hablar de una mujer que hacía pronósticos de

barajas, y fue a visitarla en secreto. Era Pilar Ternera. Desde que ésta la vio entrar, conoció los

recónditos motivos de Meme. «Siéntate, -le dijo-. No necesito de barajas para averiguar el

porvenir de un Buendía.» Meme ignoraba, y lo ignoré siempre, que aquella pitonisa centenaria

era su bisabuela. Tampoco lo hubiera creído después del agresivo realismo con que ella le revelé

que la ansiedad del enamoramiento no encontraba reposo sino en la cama. Era el mismo punto

de vista de Mauricio Babilonia, pero Meme se resistía a darle crédito, pues en el fondo suponía

que estaba inspirado en un mal criterio de menestral. Ella pensaba entonces que el amor de un

modo derrotaba al amor de otro modo, porque estaba en la índole de los hombres repudiar el

hambre una vez satisfecho el apetito. Pilar Ternera no sólo disipé el error, sino que le ofreció la

vieja cama de lienzo donde ella concibió a Arcadio, el abuelo de Meme, y donde concibió después

a Aureliano José. Le enseñé además cómo prevenir la concepción indeseable mediante la

vaporización de cataplasmas de mostaza, y le dio recetas de bebedizos que en casos de

percances hacían expulsar «hasta los remordimientos de conciencia». Aquella entrevista le

infundió a Meme el mismo sentimiento de valentía que experimenté la tarde de la borrachera. La

muerte de Amaranta, sin embargo, la obligó a aplazar la decisión. Mientras duraron las nueve

noches, ella no se aparté un instante de Mauricio Babilonia, que andaba confundido con la

muchedumbre que invadió la casa. Vinieron luego el luto prolongado y el encierro obligatorio, y

se separaron por un tiempo. Fueron días de tanta agitación interior, de tanta ansiedad

irreprimible y tantos anhelos reprimidos, que la primera tarde en que Meme logró salir fue

directamente a la casa de Pilar Ternera. Se entregó a Mauricio Babilonia sin resistencia, sin pudor,

sin formalismos, y con una vocación tan fluida y una intuición tan sabia, que un hombre más

suspicaz que el suyo hubiera podido confundirlas con una acendrada experiencia. Se amaron dos

veces por semana durante más de tres meses, protegidos por la complicidad inocente de

Aureliano Segundo, que acreditaba sin malicia las coartadas de la hija, sólo por verla liberada de

la rigidez de su madre.

La noche en que Fernanda los sorprendió en el cine, Aureliano Segundo se sintió agobiado por

el peso de la conciencia, y visitó a Meme en el dormitorio donde la encerró Fernanda, confiando

en que ella se desahogaría con él de las confidencias que le estaba debiendo. Pero Meme lo negó

todo. Estaba tan segura de sí misma, tan aferrada a su soledad, que Aureliano Segundo tuvo la

impresión de que ya no existía ningún vínculo entre ellos, que la camaradería y la complicidad no

eran más que una ilusión del pasado. Pensó hablar con Mauricio Babilonia creyendo que su

autoridad de antiguo patrón lo haría desistir de sus propósitos, pero Petra Cotes lo convenció de

que aquellos eran asuntos de mujeres, así que quedó flotando en un limbo de indecisión, y

apenas sostenido por la esperanza de que el encierro terminara con las tribulaciones de la hija.

Meme no dio muestra alguna de aflicción. Al contrario, desde el dormitorio contiguo percibió

Úrsula el ritmo sosegado de su sueño, la serenidad de sus quehaceres, el orden de sus comidas y

la buena salud de su digestión. Lo único que intrigó a Úrsula después de casi dos meses de

castigo, fue que Meme no se bañara en la mañana, como lo hacían todos, sino a las siete de la

noche. Alguna vez pensó prevenirla contra los alacranes, pero Meme era tan esquiva con ella por

la convicción de que la había denunciado, que prefirió no perturbaría con impertinencias de

tatarabuela. Las mariposas amarillas invadían la casa desde el atardecer. Todas las noches, al

regresar del baño, Meme encontraba a Fernanda desesperada, matando mariposas con la bomba

de insecticida. «Esto es una desgracia -decía-. Toda la vida me contaron que las mariposas

nocturnas llaman la mala suerte.» Una noche, mientras Meme estaba en el baño, Fernanda entró

en su dormitorio por casualidad, y había tantas mariposas que apenas se podía respirar. Agarró

cualquier trapo para espantarlas, y el corazón se le helé de pavor al relacionar los baños

nocturnos de su hija con las cataplasmas de mostaza que rodaron por el suelo. No esperé un

momento oportuno, como lo hizo la primera vez. Al día siguiente invitó a almorzar al nuevo

alcalde, que como ella había bajado de los páramos, y le pidió que estableciera una guardia

nocturna en el traspatio, porque tenía la impresión de que se estaban robando las gallinas. Esa

noche, la guardia derribé a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar en el baño

donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas,

como lo había hecho casi todas las noches de 105 últimos meses. Un proyectil incrustado en la

columna vertebral lo redujo a cama por el resto de su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un

quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y

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por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado

como ladrón de gallinas.

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XV

Los acontecimientos que habían de darle el golpe mortal a Macondo empezaban a vislumbrarse

cuando llevaron a la casa al hijo de Meme Buendía. La situación pública era entonces tan incierta,

que nadie tenía el espíritu dispuesto para ocuparse de escándalos privados, de modo que

Fernanda contó con un ambiente propicio para mantener al niño escondido como si no hubiera

existido nunca. Tuvo que recibirlo, porque las circunstancias en que se lo llevaron no hacían

posible el rechazo. Tuvo que soportarlo contra su voluntad por el resto de su vida, porque a la

hora de la verdad le faltó valor para cumplir la íntima determinación de ahogarlo en la alberca del

baño. Lo encerró en el antiguo taller del coronel Aureliano Buendía. A Santa Sofía de la Piedad

logró convencerla de que lo había encontrado flotando en una canastilla. Úrsula había de morir

sin conocer su origen. La pequeña Amaranta Úrsula, que entró una vez al taller cuando Fernanda

estaba alimentando al niño, también creyó en la versión de la canastilla flotante. Aureliano

Segundo, definitivamente distanciado de la esposa por la forma irracional en que ésta manejé la

tragedia de Meme, no supo de la existencia del nieto sino tres años después de que lo llevaron a

la casa, cuando el niño escapé al cautiverio por un descuido de Fernanda, y se asomé al corredor

por una fracción de segundo, desnudo y con los pelos enmarañados y con un impresionante sexo

de moco de pavo, como si no fuera una criatura humana sino la definición enciclopédica de un

antropófago.

Fernanda no contaba con aquella trastada de su incorregible destino. El niño fue como el

regreso de una vergüenza que ella creía haber desterrado para siempre de la casa. Apenas se habían

llevado a Mauricio Babilonia con la espina dorsal fracturada, y ya había concebido Fernanda

hasta el detalle más ínfimo de un plan destinado a eliminar todo vestigio del oprobio. Sin

consultarlo con su marido, hizo al día siguiente su equipaje, metió en una maletita las tres mudas

que su hija podía necesitar, y fue a buscarla al dormitorio media hora antes de la llegada del tren.

-Vamos, Renata -le dijo.

No le dio ninguna explicación. Meme, por su parte, no la esperaba ni la quería. No sólo

ignoraba para dónde iban, sino que le habría dado igual si la hubieran llevado al matadero. No

había vuelto a hablar, ni lo haría en el resto de su vida, desde que oyó el disparo en el traspatio y

el simultáneo aullido de dolor de Mauricio Babilonia. Cuando su madre le ordenó salir del

dormitorio, no se peiné ni se lavé la cara, y subió al tren como un sonámbulo sin advertir siquiera

las mariposas amarillas que seguían acompañándola. Fernanda no supo nunca, ni se tomó el

trabajo de averiguarlo, si su silencio pétreo era una determinación de su voluntad, o si se había

quedado rauda por el impacto de la tragedia. Meme apenas se dio cuenta del viaje a través de la

antigua región encantada. No vio las umbrosas e interminables plantaciones de banano a ambos

lados de las líneas. No vio las casas blancas de los gringos, ni sus jardines aridecidos por el polvo

y el calor, ni las mujeres con pantalones cortos y camisas de rayas azules que jugaban barajas en

los pórticos. No vio las carretas de bueyes cargadas de racimos en los caminos polvorientos. No

vio las doncellas que saltaban como sábalos en los ríos transparentes para dejarles a los

pasajeros del tren la amargura de sus senos espléndidos, ni las barracas abigarradas y

miserables de los trabajadores donde revoloteaban las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia,

y en cuyos portales había niños verdes y escuálidos sentados en sus bacinillas, y mujeres

embarazadas que gritaban improperios al paso del tren. Aquella visión fugaz, que para ella era

una fiesta cuando regresaba del colegio, pasó por el corazón de Meme sin despabilarlo. No miró a

través de la ventanilla ni siquiera cuando se acabó la humedad ardiente de las plantaciones, y el

tren pasó por la llanura de amapolas donde estaba todavía el costillar carbonizado del galeón

español, y salió luego al mismo aire diáfano y al mismo roar espumoso y sucio donde casi un

siglo antes fracasaron las ilusiones de José Arcadio Buendía.

A las cinco de la tarde, cuando llegaron a la estación final de la ciénaga, descendió del tren

porque Fernanda lo hizo. Subieron a un cochecito que parecía un murciélago enorme, tirado por

un caballo asmático, y atravesaron la ciudad desolada, en cuyas calles interminables y cuarteadas

por el salitre, resonaba un ejercicio de piano igual al que escuchó Fernanda en las siestas de su

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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adolescencia. Se embarcaron en un buque fluvial, cuya rueda de madera hacía un ruido de

conflagración, y cuyas láminas de hierro carcomidas por el óxido reverberaban como la boca de

un horno. Meme se encerró en el camarote. Dos veces al día dejaba Fernanda un plato de comida

junto a la cama, y dos veces al día se lo llevaba intacto, no porque Meme hubiera resuelto

morirse de hambre, sino porque le repugnaba el solo olor de los alimentos y su estómago

expulsaba hasta el agua. Ni ella misma sabía entonces que su fertilidad había burlado a los

vapores de mostaza, así como Fernanda no lo supo hasta casi un año después, cuando le llevaron

al niño. En el camarote sofocante, trastornada por la vibración de las paredes de hierro y por el

tufo insoportable del cieno removido por la rueda del buque, Meme perdió la cuenta de los días.

Había pasado mucho tiempo cuando vio la última mariposa amarilla destrozándose en las aspas

del ventilador y admitió como una verdad irremediable que Mauricio Babilonia había muerto. Sin

embargo, no se dejó vencer por la resignación. Seguía pensando en él durante la penosa travesía

a lomo de mula por el páramo alucinante donde se perdió Aureliano Segundo cuando buscaba a la

mujer más hermosa que se había dado sobre la tierra, y cuando remontaron la cordillera por

caminos de indios, y entraron a la ciudad lúgubre en cuyos vericuetos de piedra resonaban los

bronces funerarios de treinta y dos iglesias. Esa noche durmieron en la abandonada mansión colonial,

sobre los tablones que Fernanda puso en el suelo de un aposento invadido por la maleza, y

arropadas con piltrafas de cortinas que arrancaron de las ventanas y que se desmigaban a cada

vuelta del cuerpo. Meme supo dónde estaban, porque en el espanto del insomnio vio pasar al

caballero vestido de negro que en una distante víspera de Navidad llevaron a la casa dentro de un

cofre de plomo. Al día siguiente, después de misa, Fernanda la condujo a un edificio sombrío que

Meme reconoció de inmediato por las evocaciones que su madre solía hacer del convento donde

la educaron para reina, y entonces comprendió que había llegado al término del viaje. Mientras

Fernanda hablaba con alguien en el despacho contiguo, ella se quedó en un salón ajedrezado con

grandes óleos de arzobispos coloniales, temblando de frío, porque llevaba todavía un traje de

etamina con florecitas negras y los duros borceguíes hinchados por el hielo del páramo. Estaba de

pie en el centro del salón, pensando en Mauricio Babilonia bajo el chorro amarillo de los vitrales,

cuando salió del despacho una novicia muy bella que llevaba su maletita con las tres mudas de

ropa. Al pasar junto a Meme le tendió la mano sin detenerse.

-Vamos, Renata -le dijo.

Meme le tomó la mano y se dejé llevar. La última vez que Fernanda la vio, tratando de igualar

su paso con el de la novicia, acababa de cerrarse detrás de ella el rastrillo de hierro de la

clausura. Todavía pensaba en Mauricio Babilonia, en su olor de aceite y su ámbito de mariposas,

y seguiría pensando en él todos los días de su vida, hasta la remota madrugada de otoño en que

muriera de vejez, con sus nombres cambiados y sin haber dicho nunca una palabra, en un

tenebroso hospital de Cracovia.

Fernanda regresé a Macondo en un tren protegido por policías armados. Durante el viaje

advirtió la tensión de los pasajeros, los aprestos militares en los pueblos de la línea y el aire

enrarecido por la certidumbre de que algo grave iba a suceder, pero careció de información

mientras no llegó a Macondo y le contaron que José Arcadio Segundo estaba incitando a la huelga

a los trabajadores de la compañía bananera. «Esto es lo último que nos faltaba -se dijo Fernanda-

. Un anarquista en la familia.» La huelga estalló dos semanas después y no tuvo las

consecuencias dramáticas que se temían. Los obreros aspiraban a que no se les obligara a cortar

y embarcar banano los domingos, y la petición pareció tan justa que hasta el padre Antonio

Isabel intercedió en favor de ella porque la encontró de acuerdo con la ley de Dios. El triunfo de

la acción, así como de otras que se promovieron en los meses siguientes, sacó del anonimato al

descolorido José Arcadio Segundo, de quien solía decirse que sólo había servido para llenar el

pueblo de putas francesas. Con la misma decisión impulsiva con que rematé sus gallos de pelea

para establecer una empresa de navegación desatinada, había renunciado al cargo de capataz de

cuadrilla de la compañía bananera y tomó el partido de los trabajadores. Muy pronto se le señaló

como agente de una conspiración internacional contra el orden público. Una noche, en el curso de

una semana oscurecida por rumores sombríos, escapé de milagro a cuatro tiros de revólver que

le hizo un desconocido cuando salía de una reunión secreta. Fue tan tensa la atmósfera de los

meses siguientes, que hasta Úrsula la percibió en su rincón de tinieblas, y tuvo la impresión de

estar viviendo de nuevo los tiempos azarosos en que su hijo Aureliano cargaba en el bolsillo los

glóbulos homeopáticos de la subversión. Trató de hablar con José Arcadio Segundo para enterarlo

Cien años de soledad

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de ese precedente, pero Aureliano Segundo le informó que desde la noche del atentado se

ignoraba su paradero.

-Lo mismo que Aureliano -exclamó Úrsula-. Es como si el mundo estuviera dando vueltas.

Fernanda permaneció inmune a la incertidumbre de esos días. Carecía de contactos con el

mundo exterior, desde el violento altercado que tuvo con su marido por haber determinado la

suerte de Meme sin su consentimiento. Aureliano Segundo estaba dispuesto a rescatar a su hija,

con la policía si era necesario, pero Fernanda le hizo ver papeles en los que se demostraba que

había ingresado a la clausura por propia voluntad.

En erecto, Meme los había firmado cuando ya estaba del otro lado del rastrillo de hierro, y lo

hizo con el mismo desdén con que se dejé conducir. En el fondo, Aureliano Segundo no creyó en

la legitimidad de las pruebas, como no creyó nunca que Mauricio Babilonia se hubiera metido al

patio para robar gallinas, pero ambos expedientes le sirvieron para tranquilizar la conciencia, y

pudo entonces volver sin remordimientos a la sombra de Petra Cotes, donde reanudé las

parrandas ruidosas y las comilonas desaforadas. Ajena a la inquietud del pueblo, sorda a los

tremendos pronósticos de Úrsula, Fernanda le dio la última vuelta a las tuercas de su plan

consumado. Le escribió una extensa carta a su hijo José Arcadio, que ya iba a recibir las órdenes

menores, y en ella le comunicó que su hermana Renata había expirado en la paz del Señor a

consecuencia del vómito negro. Luego puso a Amaranta Úrsula al cuidado de Santa Sofía de la

Piedad, y se dedicó a organizar su correspondencia con los médicos invisibles, trastornada por el

percance de Meme. Lo primero que hizo fue fijar fecha definitiva para la aplazada intervención

telepática. Pero los médicos invisibles le contestaron que no era prudente mientras persistiera el

estado de agitación social en Macondo. Ella estaba tan urgida y tan mal informada, que les

explicó en otra carta que no había tal estado de agitación, y que todo era fruto de las locuras de

un cuñado suyo, que andaba por esos días con la ventolera sindical, como padeció en otro tiempo

las de la gallera y la navegación. Aún no estaban de acuerdo el caluroso miércoles en que llamó a

la puerta de la casa una monja anciana que llevaba una canastilla colgada del brazo. Al abrirle,

Santa Sofía de la Piedad pensó que era un regalo y trató de quitarle la canastilla cubierta con un

primoroso tapete de encaje. Pero la monja lo impidió, porque tenía instrucciones de entregársela

personalmente, y bajo la reserva más estricta, a doña Fernanda del Carpio de Buendía. Era el hijo

de Mame. El antiguo director espiritual de Fernanda le explicaba en una carta que había nacido

dos meses antes, y que se habían permitido bautizarlo con el nombre de Aureliano, como su

abuelo, porque la madre no despegó los labios para expresar su voluntad. Fernanda se sublevé

íntimamente contra aquella burla del destino, pero tuvo fuerzas para disimularlo delante de la

monja.

-Diremos que lo encontramos flotando en la canastilla -sonrió.

-No se lo creerá nadie -dijo la monja.

-Si se lo creyeron a las Sagradas Escrituras -replicó Fernanda-, no veo por qué no han de

creérmelo a mí.

La monja almorzó en casa, mientras pasaba el tren de regreso, y de acuerdo con la discreción

que le habían exigido no volvió a mencionar al niño, pero Fernanda la señaló como un testigo

indeseable de su vergüenza, y lamentó que se hubiera desechado la costumbre medieval de

ahorcar al mensajero de malas noticias. Fue entonces cuando decidió ahogar a la criatura en la

alberca tan pronto como se fuera la monja, pero el corazón no le dio para tanto y prefirió esperar

con paciencia a que la infinita bondad de Dios la liberara del estorbo.

El nuevo Aureliano había cumplido un año cuando la tensión pública estalló sin ningún anuncio.

José Arcadio Segundo y otros dirigentes sindicales que habían permanecido hasta entonces en la

clandestinidad, aparecieron intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones

en los pueblos de la zona bananera. La policía se conformó con vigilar el orden. Pero en la noche

del lunes los dirigentes fueron sacados de sus casas y mandados, con grillos de cinco kilos en los

pies, a la cárcel de la capital provincial. Entre ellos se llevaron a José Arcadio Segundo y a

Lorenzo Gavilán, un coronel de la revolución mexicana, exiliado en Macondo, que decía haber sido

testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz. Sin embargo, antes de tres meses estaban en

libertad, porque el gobierno y la compañía bananera no pudieron ponerse de acuerdo sobre quién

debía alimentarlos en la cárcel. La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la

insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones

de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino con vales que sólo

servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la compañía. José Arcadio

Cien años de soledad

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Segundo fue encarcelado porque reveló que el sistema de los vales era un recurso de la compañía

para financiar sus barcos fruteros, que de no haber sido por la mercancía de los comisariatos

hubieran tenido que regresar vacíos desde Nueva Orleáns hasta los puertos de embarque del

banano. Los otros cargos eran del dominio público. Los médicos de la compañía no examinaban a

los enfermos, sino que los hacían pararse en fila india frente a los dispensarios, y una enfermera

les ponía en la lengua una píldora del color del piedralipe, así tuvieran paludismo, blenorragia o

estreñimiento. Era una terapéutica tan generalizada, que los niños se ponían en la lila varias

veces, y en vez de tragarse las píldoras se las llevaban a sus casas para señalar con ellas lo

números cantados en el juego de lotería. Los obreros de la compañía estaban hacinados en

tambos miserables. Los ingenieros, en vez de construir letrinas, llevaban a los campamentos, por

Navidad, un excusado portátil para cada cincuenta personas, y hacían demostraciones públicas de

cómo utilizarlos para que duraran más. Los decrépitos abogados vestidos de negro que en otro

tiempo asediaron al coronel Aureliano Buendía, y que entonces eran apoderados de la compañía

bananera, desvirtuaban estos cargos con arbitrios que parecían cosa de magia. Cuando los

trabajadores redactaron un pliego de peticiones unánime, pasó mucho tiempo sin que pudieran

notificar oficialmente a la compañía bananera. Tan pronto como conoció el acuerdo, el señor

Brown enganchó en el tren su suntuoso vagón de vidrio, y desapareció de Macondo junto con los

representantes más conocidos de su empresa. Sin embargo, varios obreros encontraron a uno de

ellos el sábado siguiente en un burdel, y le hicieron firmar una copia del pliego de peticiones

cuando estaba desnudo con la mujer que se prestó para llevarlo a la trampa. Los luctuosos

abogados demostraron en el juzgado que aquel hombre no tenía nada que ver con la compañía, y

para que nadie pusiera en duda sus argumentos lo hicieron encarcelar por usurpador. Más tarde,

el señor Brown fue sorprendido viajando de incógnito en un vagón de tercera clase, y le hicieron

firmar otra copia del pliego de peticiones. Al día siguiente compareció ante los jueces con el pelo

pintado de negro y hablando un castellano sin tropiezos. Los abogados demostraron que no era el

señor Jack Brown, superintendente de la compañía bananera y nacido en Prattville, Alabama, sino

un inofensivo vendedor de plantas medicinales, nacido en Macondo y allí mismo bautizado con el

nombre de Dagoberto Fonseca. Poco después, frente a una nueva tentativa de los trabajadores,

los abogados exhibieron en lugares públicos el certificado de defunción del señor Brown,

autenticado por cónsules y cancilleres, y en el cual se daba fe de que el pasado nueve de junio

había sido atropellado en Chicago por un carro de bomberos. Cansados de aquel delirio

hermenéutico, los trabajadores repudiaron a las autoridades de Macondo y subieron con sus

quejas a los tribunales supremos. Fue allí donde los ilusionistas del derecho demostraron que las

reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni

había tenido nunca ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba

ocasionalmente y con carácter temporal. De modo que se desbarató la patraña del jamón de

Virginia, las píldoras milagrosas y los excusados pascuales, y se estableció por fallo de tribunal y

se proclamó en bandos solemnes la inexistencia de los trabajadores.

La huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los

trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los

pueblos. La calle de los Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el salón de billares

del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro horas. Allí estaba José Arcadio

Segundo, el día en que se anuncié que el ejército había sido encargado de restablecer el orden

público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un anuncio de la

muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le

permitió ver un fusilamiento. Sin embargo, el mal augurio no alteró su solemnidad. Hizo la jugada

que tenía prevista y no erró la carambola. Poco después, las descargas de redoblante, los ladridos

del clarín, los gritos y el tropel de la gente, le indicaron que no sólo la partida de billar sino la

callada y solitaria partida que jugaba consigo mismo desde la madrugada de la ejecución, habían

por fin terminado. Entonces se asomé a la calle, y los vio. Eran tres regimientos cuya marcha

pautada por tambor de galeotes hacia trepidar la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo

impregnó de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos, brutos.

Sudaban con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez

taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar,

hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran

idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los

morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio

Cien años de soledad

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de la obediencia ciega y el sentido del honor. Ursula los oyó pasar desde su lecho de tinieblas y

levantó la mano con los dedos en cruz. Santa Sofía de la Piedad existió por un instante, inclinada

sobre el mantel bordado que acababa de planchar, y pensó en su hijo, José Arcadio Segundo, que

vio pasar sin inmutarse los últimos soldados por la puerta del Hotel de Jacob.

La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no

se hizo ninguna tentativa de conciliación. Tan pronto como se exhibieron en Macondo, los

soldados pusieron a un lado los fusiles, cortaron y embarcaron el banano y movilizaron los trenes.

Los trabajadores, que hasta entonces se habían conformado con esperar, se echaron al monte sin

más armas que sus machetes de labor, y empezaron a sabotear el sabotaje. Incendiaron fincas y

comisariatos, destruyeron los rieles para impedir el tránsito de los trenes que empezaban a

abrirse paso con fuego de ametralladoras, y cortaron los alambres del telégrafo y el teléfono. Las

acequias se tiñeron de sangre. El señor Brown, que estaba vivo en el gallinero electrificado, fue

sacado de Macondo con su familia y las de otros compatriotas suyos, y conducidos a territorio

seguro bajo la protección del ejército. La situación amenazaba con evolucionar hacia una guerra

civil desigual y sangrienta, cuando las autoridades hicieron un llamado a los trabajadores para

que se concentraran en Macondo. El llamado anunciaba que el Jefe Civil y Militar de la provincia

llegaría el viernes siguiente, dispuesto a interceder en el conflicto.

José Arcadio Segundo estaba entre la muchedumbre que se concentré en la estación desde la

mañana del viernes. Había participado en una reunión de los dirigentes sindicales y había sido

comisionado junto con el coronel Gavilán para confundirse con la multitud y orientarla según las

circunstancias. No se sentía bien, y amasaba una pasta salitrosa en el paladar, desde que advirtió

que el ejército había emplazado nidos de ametralladoras alrededor de la plazoleta, y que la

ciudad alambrada de la compañía bananera estaba protegida con piezas de artillería. Hacia las

doce, esperando un tren que no llegaba, más de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y

niños, habían desbordado el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban en las

calles adyacentes que el ejército cerró con filas de ametralladoras. Aquello parecía entonces, más

que una recepción, una feria jubilosa. Habían trasladado los puestos de fritangas y las tiendas de

bebidas de la calle de los Turcos, y la gente soportaba con muy buen ánimo el fastidio de la

espera y el sol abrasante. Un poco antes de las tres corrió el rumor de que el tren oficial no

llegaría hasta el día siguiente. La muchedumbre cansada exhalé un suspiro de desaliento. Un

teniente del ejército se subió entonces en el techo de la estación, donde había cuatro nidos de

ametralladoras enfiladas hacia la multitud, y se dio un toque de silencio. Al lado de José Arcadio

Segundo estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y siete años.

Cargó al menor, y le pidió a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que

oyera mejor lo que iban a decir. José Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos

años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al

teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto Número 4 del Jefe Civil y Militar de la

provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas, y por su secretario, el mayor

Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla

de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala.

Leído el decreto, en medio de una ensordecedora rechifla de protesta, un capitán sustituyó al

teniente en el techo de la estación, y con la bocina de gramófono hizo señas de que quería

hablar. La muchedumbre volvió a guardar silencio.

-Señoras y señores -dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco

minutos para retirarse.

La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anuncié el principio del

plazo. Nadie se movió.

-Han pasado cinco minutos -dijo el capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego.

José Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la

mujer. «Estos cabrones son capaces de disparar», murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo

tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco

con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad

del silencio y, además, convencido de que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada

por la fascinación de la muerte, José Arcadio Segundo se empiné por encima de las cabezas que

tenía enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz.

-¡Cabrones! -gritó-. Les regalamos el minuto que falta.

Cien años de soledad

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Al final de su grito ocurrió algo que no le produjo espanto, sino una especie de alucinación. El

capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero

todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas

de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos

incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre

la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea. De

pronto, a un lado de la estación, un grito de muerte desgarró el encantamiento: «Aaaay, mi

madre.» Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro

de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva. José Arcadio Segundo apenas tuvo

tiempo de levantar al niño, mientras la madre con el otro era absorbida por la muchedumbre

centrifugada por el pánico.

Muchos años después, el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían

creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se

dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle

adyacente. La posición privilegiada del niño le permitió ver que en ese momento la masa

desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias voces

gritaron al mismo tiempo:

-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los

sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces

un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada

compacta que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de dragón de la calle

opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando

en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban

siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras

insaciables y metódicas de la metralla. El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz,

en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo,

en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre, antes de que el tropel colosal

arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el

puto mundo donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo.

Cuando José Arcadio Segundo desperté estaba boca arriba en las tinieblas. Se dio cuenta de

que iba en un tren interminable y silencioso, y de que tenía el cabello apelmazado por la sangre

seca y le dolían todos los huesos. Sintió un sueño insoportable. Dispuesto a dormir muchas horas,

a salvo del terror y el horror, se acomodé del lado que menos le dolía, y sólo entonces descubrió

que estaba acostado sobre los muertos. No había un espacio libre en el vagón, salvo el corredor

central. Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres

tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada,

y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumos en el orden y el sentido en

que se transportaban los racimos de banano. Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio

Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los

relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos

veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al

mar como el banano de rechazo. Solamente reconoció a una mujer que vendía refrescos en la

plaza y al coronel Gavilán, que todavía llevaba enrollado en la mano el cinturón con la hebilla de

plata moreliana con que trató de abrirse camino a través del pánico. Cuando llegó al primer

vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de

pasar. Era el más largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una

locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las

rojas y verdes lámparas de posición, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima

de los vagones se veían los bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas.

Después de medianoche se precipité un aguacero torrencial. José Arcadio Segundo ignoraba

dónde había saltado, pero sabía que caminando en sentido contrario al del tren llegaría a Macondo.

Al cabo de más de tres horas de marcha, empapado hasta los huesos, con un dolor de

cabeza terrible, divisé las primeras casas a la luz del amanecer. Atraído por el olor del café, entró

en una cocina donde una mujer con un niño en brazos estaba inclinada sobre el fogón.

-Buenos -dijo exhausto-. Soy José Arcadio Segundo Buendía.

Cien años de soledad

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Pronunció el nombre completo, letra por letra, para convencerse de que estaba vivo. Hizo bien,

porque la mujer había pensado que era una aparición al ver en la puerta la figura escuálida,

sombría, con la cabeza y la ropa sucias de sangre, y tocada por la solemnidad de la muerte. Lo

conocía. Llevó una manta para que se arropara mientras se secaba la ropa en el fogón, le calenté

agua para que se lavara la herida, que era sólo un desgarramiento de la piel, y le dio un pañal

limpio para que se vendara la cabeza. Luego le sirvió un pocillo de café, sin azúcar, como le

habían dicho que lo tomaban los Buendía, y abrió la ropa cerca del fuego.

José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

-Debían ser como tres mil -murmuré.

-¿Qué?

-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. «Aquí no ha habido muertos -dijo-. Desde los

tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.» En tres cocinas donde se detuvo

José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: «No hubo muertos.» Pasó por

la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y

tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia

tenaz y las casas cerradas, sin vestigios de vida interior. La única noticia humana era el primer

toque para misa. Llamó en la puerta de la casa del coronel Gavilán. Una mujer encinta, a quien

había visto muchas veces, le cerró la puerta en la cara. «Se fue -dijo asustada-. Volvió a su

tierra.» La entrada principal del gallinero alambrado estaba custodiada, como siempre, por dos

policías locales que parecían de piedra bajo la lluvia, con impermeables y cascos de hule. En su

callecita marginal, los negros antillanos cantaban a coro los salmos del sábado. José Arcadio

Segundo saltó la cerca del patio y entró en la casa por la cocina. Santa Sofía de la Piedad apenas

levantó la voz. «Que no te vea Fernanda -dijo-. Hace un rato se estaba levantando.» Como si

cumpliera un pacto implícito, llevó al hijo al cuarto de las bacinillas, le arregló el desvencijado

catre de Melquíades, y a las dos de la tarde, mientras Fernanda hacía la siesta, le pasó por la

ventana un plato de comida.

Aureliano Segundo había dormido en casa porque allí lo sorprendió la lluvia, y a las tres de la

tarde todavía seguía esperando que escampara. Informado en secreto por Santa Sofía de la

Piedad, a esa hora visitó a su hermano en el cuarto de Melquíades. Tampoco él creyó la versión

de la masacre ni la pesadilla del tren cargado de muertos que viajaba hacia el mar. La noche

anterior habían leído un bando nacional extraordinario, para informar que los obreros habían

obedecido la orden de evacuar la estación, y se dirigían a sus casas en caravanas pacíficas. El

bando informaba también que los dirigentes sindicales, con un elevado espíritu patriótico, habían

reducido sus peticiones a dos puntos: reforma de los servicios médicos y construcción de letrinas

en las viviendas. Se informé más tarde que cuando las autoridades militares obtuvieron el

acuerdo de los trabajadores, se apresuraron a comunicárselo al señor Brown, y que éste no sólo

había aceptado las nuevas condiciones, sino que ofreció pagar tres días de jolgorios públicos para

celebrar el término del conflicto. Sólo que cuando los militares le preguntaron para qué fecha

podía anunciarse la firma del acuerdo, él miró a través de la ventana del cielo rayado de

relámpagos, e hizo un profundo gesto de incertidumbre.

-Será cuando escampe -dijo-. Mientras dure la lluvia, suspendemos toda clase de actividades.

No llovía desde hacia tres meses y era tiempo de sequía. Pero cuando el señor Brown anuncié

su decisión se precipité en toda la zona bananera el aguacero torrencial que sorprendió a José

Arcadio Segundo en el camino de Macondo. Una semana después seguía lloviendo. La versión

oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró

el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos

habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la

lluvia. La ley marcial continuaba, en previsión de que fuera necesario aplicar medidas de

emergencia para la calamidad pública del aguacero interminable, pero la tropa estaba

acuartelada. Durante el día los militares andaban por los torrentes de las calles, con los

pantalones enrollados a media pierna, jugando a los naufragios con los niños. En la noche,

después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus

camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los

malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo

negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes

en busca de noticias. «Seguro que fue un sueño -insistían los oficiales-. En Macondo no ha

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

128

pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.» Así consumaron el

exterminio de los jefes sindicales.

El único sobreviviente fue José Arcadio Segundo. Una noche de febrero se oyeron en la puerta

los golpes inconfundibles de las culatas. Aureliano Segundo, que seguía esperando que escampara

para salir, les abrió a seis soldados al mando de un oficial. Empapados de lluvia, sin

pronunciar una palabra, registraron la casa cuarto por cuarto, armario por armario, desde las

salas hasta el granero. Úrsula despertó cuando encendieron la luz del aposento, y no exhalé un

suspiro mientras duró la requisa, pero mantuvo los dedos en cruz, moviéndolos hacia donde los

soldados se movían. Santa Sofía de la Piedad alcanzó a prevenir a José Arcadio Segundo que

dormía en el cuarto de Melquíades, pero él comprendió que era demasiado tarde para intentar la

fuga. De modo que Santa Sofía de la Piedad volvió a cerrar la puerta, y él se puso la camisa y los

zapatos, y se sentó en el catre a esperar que llegaran. En ese momento estaban requisando el

taller de orfebrería. El oficial había hecho abrir el candado, y con una rápida barrida de la linterna

había visto el mesón de trabajo y la vidriera con los frascos de ácidos y los instrumentos que

seguían en el mismo lugar en que los dejó su dueño, y pareció comprender que en aquel cuarto

no vivía nadie. Sin embargo, le preguntó astutamente a Aureliano Segundo si era platero, y él le

explicó que aquel había sido el taller del coronel Aureliano Buendía, «Ajá», hizo el oficial, y

encendió la luz y ordenó una requisa tan minuciosa, que no se les escaparon los dieciocho

pescaditos de oro que se habían quedado sin fundir y que estaban escondidos detrás de los frascos

en el tarro de lata. El oficial los examinó uno por uno en el mesón de trabajo y entonces se

humanizó por completo. «Quisiera llevarme uno, si usted me lo permite -dijo-. En un tiempo

fueron una clave de subversión, pero ahora son una reliquia.» Era joven, casi un adolescente, sin

ningún signo de timidez, y con una simpatía natural que no se le había notado hasta entonces.

Aureliano Segundo le regaló el pescadito. El oficial se lo guardó en el bolsillo de la camisa, con un

brillo infantil en los ojos, y echó los otros en el tarro para ponerlos donde estaban.

-Es un recuerdo invaluable -dijo-. El coronel Aureliano Buendía fue uno de nuestros más

grandes hombres.

Sin embargo, el golpe de humanización no modificó su conducta profesional. Frente al cuarto

de Melquíades, que estaba otra vez con candado, Santa Sofía de la Piedad acudió a una última

esperanza. «Hace como un siglo que no vive nadie en ese aposento», dijo. El oficial lo hizo abrir,

lo recorrió con el haz de la linterna, y Aureliano Segundo y Santa Sofía de la Piedad vieron los

ojos árabes de José Arcadio Segundo en el momento en que pasó por su cara la ráfaga de luz, y

comprendieron que aquel era el fin de una ansiedad y el principio de otra que sólo encontraría un

alivio en la resignación. Pero el oficial siguió examinando la habitación con la linterna, y no dio

ninguna señal de interés mientras no descubrió las setenta y dos bacinillas apelotonadas en los

armarios. Entonces encendió la luz. José Arcadio Segundo estaba sentado en el borde del catre,

listo para salir, más solemne y pensativo que nunca. Al fondo estaban los anaqueles con los libros

descosidos, los rollos de pergaminos, y la mesa de trabajo limpia y ordenada, y todavía fresca la

tinta en los tinteros. Había la misma pureza en el aire, la misma diafanidad, el mismo privilegio

contra el polvo y la destrucción que conoció Aureliano Segundo en la infancia, y que sólo el

coronel Aureliano Buendía no pudo percibir. Pero el oficial no se interesó sino en las bacinillas.

-¿Cuántas personas viven en esta casa? -preguntó.

-Cinco.

El oficial, evidentemente, no entendió. Detuvo la mirada en el espacio donde Aureliano

Segundo y Santa Sofía de la Piedad seguían viendo a José Arcadio Segundo, y también éste se

dio cuenta de que el militar lo estaba mirando sin verlo. Luego apagó la luz y ajusté la puerta.

Cuando les habló a los soldados, entendió Aureliano Segundo que el joven militar había visto el

cuarto con los mismos ojos con que lo vio el coronel Aureliano Buendía.

-Es verdad que nadie ha estado en ese cuarto por lo menos en un siglo -dijo el oficial a los

soldados-. Ahí debe haber hasta culebras.

Al cerrarse la puerta, José Arcadio Segundo tuvo la certidumbre de que su guerra había

terminado. Años antes, el coronel Aureliano Buendía le había hablado de la fascinación de la

guerra y había tratado de demostrarla con ejemplos incontables sacados de su propia

experiencia. Él le había creído. Pero la noche en que los militares lo miraron sin verlo, mientras

pensaba en la tensión de los últimos meses, en la miseria de la cárcel, en el pánico de la estación

y en el tren cargado de muertos, José Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel

Aureliano Buendía no fue más que un farsante o un imbécil. No entendía que hubiera necesitado

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tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo. En el

cuarto de Melquíades, en cambio, protegido por la luz sobrenatural, por el ruido de la lluvia, por

la sensación de ser invisible, encontró el reposo que no tuvo un solo instante de su vida anterior,

y el único miedo que persistía era el de que lo enterraran vivo. Se lo conté a Santa Sofía de la

Piedad, que le llevaba las comidas diarias, y ella le prometió luchar por estar viva hasta más allá

de sus fuerzas, para asegurarse de que lo enterraran muerto. A salvo de todo temor, José

Arcadio Segundo se dedicó entonces a repasar muchas veces los pergaminos de Melquíades, y

tanto más a gusto cuanto menos los entendía. Acostumbrado al ruido de la lluvia, que a los dos

meses se convirtió en una forma nueva del silencio, lo único que perturbaba su soledad eran las

entradas y salidas de Santa Sofía de la Piedad. Por eso le suplicó que le dejara la comida en el

alféizar de la ventana, y le echara candado a la puerta. El resto de la familia lo olvidó, inclusive

Fernanda, que no tuvo inconveniente en dejarlo allí, cuando supo que los militares lo habían visto

sin conocerlo. A los seis meses de encierro, en vista de que los militares se habían ido de

Macondo, Aureliano Segundo quitó el candado buscando alguien con quien conversar mientras

pasaba la lluvia. Desde que abrió la puerta se sintió agredido por la pestilencia de las bacinillas

que estaban puestas en el suelo, y todas muchas veces ocupadas. José Arcadio Segundo,

devorado por la pelambre, indiferente al aire enrarecido por los vapores nauseabundos, seguía

leyendo y releyendo los pergaminos ininteligibles. Estaba iluminado por un resplandor seráfico.

Apenas levantó la vista cuando sintió abrirse la puerta, pero a su hermano le basté aquella

mirada para ver repetido en ella el destino irreparable del bisabuelo.

-Eran más de tres mil -fue todo cuanto dijo José Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que

eran todos los que estaban en la estación.

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XVI

Llovió cuatro años, once meses y dos días. Hubo épocas de llovizna en que todo el mundo se

puso sus ropas de pontifical y se compuso una cara de convaleciente para celebrar la escampada,

pero pronto se acostumbraron a interpretar las pausas como anuncios de recrudecimiento. Se

desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte mandaba unos huracanes

que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las

plantaciones. Como ocurrió durante la peste del insomnio, que Úrsula se dio a recordar por

aquellos días, la propia calamidad iba inspirando defensas contra el tedio. Aureliano Segundo fue

uno de los que más hicieron para no dejarse vencer por la ociosidad. Había ido a la casa por

algún asunto casual la noche en que el señor Brown convocó la tormenta, y Fernanda traté de

auxiliarlo con un paraguas medio desvarillado que encontré en un armario. «No hace falta -dijo

él-. Me quedo aquí hasta que escampe.» No era, por supuesto, un compromiso ineludible, pero

estuvo a punto de cumplirlo al pie de la letra. Como su ropa estaba en casa de Petra Cotes, se

quitaba cada tres días la que llevaba puesta, y esperaba en calzoncillos mientras la lavaban. Para

no aburrirse, se entregó a la tarea de componer los numerosos desperfectos de la casa. Ajusté

bisagras, aceité cerraduras, atornillé aldabas y nivelé fallebas. Durante varios meses se le vio

vagar con una caja de herramientas que debieron olvidar los gitanos en los tiempos de José

Arcadio Buendía, y nadie supo si fue por la gimnasia involuntaria, por el tedio invernal o por la

abstinencia obligada, que la panza se le fue desinflando poco a poco como un pellejo, y la cara de

tortuga beatífica se le hizo menos sanguínea y menos protuberante la papada, hasta que todo él

terminé por ser menos paquidérmico y pudo amarrarse otra vez los cordones de los zapatos.

Viéndolo montar picaportes y desconectar relojes, Fernanda se preguntó si no estaría incurriendo

también en el vicio de hacer para deshacer, como el coronel Aureliano Buendía con los pescaditos

de oro, Amaranta con los botones y la mortaja, José Arcadio Segundo con los pergaminos y

Úrsula con los recuerdos. Pero no era cierto. Lo malo era que la lluvia lo trastornaba todo, y las

máquinas más áridas echaban flores por entre los engranajes si no se les aceitaba cada tres días,

y se oxidaban los hilos de los brocados y le nacían algas de azafrán a la ropa mojada. La

atmósfera era tan húmeda que los peces hubieran podido entrar por las puertas y salir por las

ventanas, navegando en el aire de los aposentos. Una mañana despertó Úrsula sintiendo que se

acababa en un soponcio de placidez, y ya había pedido que le llevaran al padre Antonio Isabel,

aunque fuera en andas, cuando Santa Sofía de la Piedad descubrió que tenía la espalda

adoquinada de sanguijuelas. Se las desprendieron una por una, achicharrándolas con tizones,

antes de que terminaran de desangraría. Fue necesario excavar canales para desaguar la casa, y

desembarazarla de sapos y caracoles, de modo que pudieran secarse los pisos, quitar los ladrillos

de las patas de las camas y caminar otra vez con zapatos. Entretenido con las múltiples minucias

que reclamaban su atención, Aureliano Segundo no se dio cuenta de que se estaba volviendo

viejo, hasta una tarde en que se encontró contemplando el atardecer prematuro desde un

mecedor, y pensando en Petra Cotes sin estremecerse. No habría tenido ningún inconveniente en

regresar al amor insípido de Fernanda, cuya belleza se había reposado con la madurez, pero la

lluvia lo había puesto a salvo de toda emergencia pasional, y le había infundido la serenidad

esponjosa de la inapetencia. Se divirtió pensando en las cosas que hubiera podido hacer en otro

tiempo con aquella lluvia que ya iba para un año. Había sido uno de los primeros que llevaron

láminas de cinc a Macondo, mucho antes de que la compañía bananera las pusiera de moda, sólo

por techar con ellas el dormitorio de Petra Cates y solazarse con la impresión de intimidad profunda

que en aquella época le producía la crepitación de la lluvia, Pero hasta esos recuerdos locos

de su juventud estrafalaria lo dejaban impávido, como si en la última parranda hubiera agotado

sus cuotas de salacidad, y sólo le hubiera quedado el premio maravilloso de poder evocarías sin

amargura ni arrepentimientos. Hubiera podido pensarse que el diluvio le había dado la

oportunidad de sentarse a reflexionar, y que el trajín de los alicates y las alcuzas le había

despertado la añoranza tardía de tantos oficios útiles como hubiera podido hacer y no hizo en la

vida, pero ni lo uno ni lo otro era cierto, porque la tentación de sedentarismo y domesticidad que

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

131

lo andaba rondando no era fruto de la recapacitación ni el escarmiento. Le llegaba de mucho más

lejos, desenterrada por el trinche de la lluvia, de los tiempos en que leía en el cuarto de

Melquíades las prodigiosas fábulas de los tapices volantes y las ballenas que se alimentaban de

barcos con tripulaciones. Fue por esos días que en un descuido de Fernanda apareció en el

corredor el pequeño Aureliano, y su abuelo conoció el secreto de su identidad. Le corté el pelo, lo

vistió, le enseñó a perderle el miedo a la gente, y muy pronto se vio que era un legítimo

Aureliano Buendía, con sus pómulos, altos, su mirada de asombro y su aire solitario. Para

Fernanda fue un descanso. Hacía tiempo que había medido la magnitud de su soberbia, pero no

encontraba cómo remediarla, porque mientras más pensaba en las soluciones, menos racionales

le parecían. De haber sabido que Aureliano Segundo iba a tomar las cosas como las tomé, con

una buena complacencia de abuelo, no le habría dado tantas vueltas ni tantos plazos, sino que

desde el año anterior se hubiera liberado de la mortificación. Para Amaranta Úrsula, que ya había

mudado los dientes, el sobrino fue como un juguete escurridizo que la consolé del tedio de la

lluvia. Aureliano Segundo se acordé entonces de la enciclopedia inglesa que nadie había vuelto a

tocar en el antiguo dormitorio de Meme. Empezó por mostrarles las láminas a los niños, en

especial las de animales, y más tarde los mapas y las fotografías de países remotos y personajes

célebres. Como no sabía inglés, y como apenas podía distinguir las ciudades más conocidas y las

personalidades más corrientes, se dio a inventar nombres y leyendas para satisfacer la curiosidad

insaciable de los niños.

Fernanda creía de veras que su esposo estaba esperando a que escampara para volver con la

concubina. En los primeros meses de la lluvia temió que él intentara deslizarse hasta su

dormitorio, y que ella iba a pasar por la vergüenza de revelarle que estaba incapacitada para la

reconciliación desde el nacimiento de Amaranta Úrsula. Esa era la causa de su ansiosa

correspondencia con los médicos invisibles, interrumpida por los frecuentes desastres del correo.

Durante los primeros meses, cuando se supo que los trenes se descarrilaban en la tormenta, una

carta de los médicos invisibles le indicó que se estaban perdiendo las suyas. Más tarde, cuando se

interrumpieron los contactos con sus corresponsales ignotos, había pensado seriamente en

ponerse la máscara de tigre que usó su marido en el carnaval sangriento, para hacerse examinar

con un nombre ficticio por los médicos de la compañía bananera. Pero una de las tantas personas

que pasaban a menudo por la casa llevando las noticias ingratas del diluvio le había dicho que la

compañía estaba desmantelando sus dispensarios para llevárselos a tierras de escampada.

Entonces perdió la esperanza. Se resignó a aguardar que pasara la lluvia y se normalizara el

correo y, mientras tanto, se aliviaba de sus dolencias secretas con recursos de inspiración,

porque hubiera preferido morirse a ponerse en manos del único médico que quedaba en

Macondo, el francés extravagante que se alimentaba con hierba para burros. Se había

aproximado a Úrsula, confiando en que ella conociera algún paliativo para sus quebrantos. Pero la

tortuosa costumbre de no llamar las cosas por su nombre la llevó a poner lo anterior en lo

posterior, y a sustituir lo parido por lo expulsado, y a cambiar flujos por ardores para que todo

fuera menos vergonzoso, de manera que Úrsula concluyó razonablemente que los trastornos no

eran uterinos, sino intestinales, y le aconsejó que tomara en ayunas una papeleta de calomel. De

no haber sido por ese padecimiento que nada hubiera tenido de pudendo para alguien que no

estuviera también enfermo de pudibundez, y de no haber sido por la pérdida de las cartas, a

Fernanda no le habría importado la lluvia, porque al fin de cuentas toda la vida había sido para

ella como si estuviera lloviendo. No modificó los horarios ni perdoné los ritos. Cuando todavía

estaba la mesa alzada sobre ladrillos y puestas las sillas sobre tablones para que los comensales

no se mojaran los pies, ella seguía sirviendo con manteles de lino y vajillas chinas, y prendiendo

los candelabros en la cena, porque consideraba que las calamidades no podían tomarse de

pretexto para el relajamiento de las costumbres. Nadie había vuelto a asomarse a la calle. Si de

Fernanda hubiera dependido no habrían vuelto a hacerlo jamás, no sólo desde que empezó a

llover, sino desde mucho antes, puesto que ella consideraba que las puertas se habían inventado

para cerrarlas, y que la curiosidad por lo que ocurría en la calle era cosa de rameras. Sin

embargo, ella fue la primera en asomarse cuando avisaron que estaba pasando el entierro del

coronel Gerineldo Márquez, aunque lo que vio entonces por la ventana entreabierta la dejó en tal

estado de aflicción que durante mucho tiempo estuvo arrepintiéndose de su debilidad.

No habría podido concebirse un cortejo más desolado. Habían puesto el ataúd en una carreta

de bueyes sobre la cual construyeron un cobertizo de hojas de banano, pero la presión de la

lluvia era tan intensa v las calles estaban tan empantanadas que a cada paso se atollaban las

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ruedas y el cobertizo estaba a punto de desbaratarse. Los chorros de agua triste que caían sobre

el ataúd iban ensopando la bandera que le habían puesto encima, y que era en realidad la

bandera sucia de sangre y de pólvora, repudiada por los veteranos más dignos. Sobre el ataúd

habían puesto también el sable con borlas de cobre y seda, el mismo que el coronel Gerineldo

Márquez colgaba en la percha de la sala para entrar inerme al costurero de Amaranta. Detrás de

la carreta, algunos descalzos y todos con los pantalones a media pierna, chapaleaban en el fango

los últimos sobrevivientes de la capitulación de Neerlandia, llevando en una mano el bastón de

carreto y en la otra una corona de flores de papel descoloridas por la lluvia. Aparecieron como

una visión irreal en la calle que todavía llevaba el nombre del coronel Aureliano Buendía, y todos

miraron la casa al pasar, y doblaron por la esquina de la plaza, donde tuvieron que pedir ayuda

para sacar la carreta atascada. Úrsula se había hecho llevar a la puerta por Santa Sofía de la

Piedad. Siguió con tanta atención las peripecias del entierro que nadie dudó de que lo estaba

viendo, sobre todo porque su alzada mano de arcángel anunciador se movía con los cabeceos de

la carreta.

-Adiós, Gerineldo, hijo mío -grité-. Salúdame a mi gente y dile que nos vemos cuando

escampe.

Aureliano Segundo la ayudé a volver a la cama, y con la misma informalidad con que la

trataba siempre le preguntó el significado de su despedida.

-Es verdad -dijo ella-. Nada más estoy esperando que pase la lluvia para morirme,

El estado de las calles alarmó a Aureliano Segundo. Tardíamente preocupado por la suerte de

sus animales, se echó encima un lienzo encerado y fue a casa de Petra Cotes. La encontró en el

patio, con el agua a la cintura, tratando de desencallar el cadáver de un caballo. Aureliano

Segundo la ayudé con una tranca, y el enorme cuerpo tumefactos dio una vuelta de campana y

fue arrastrado por el torrente de barro líquido. Desde que empezó la lluvia, Petra Cotes no había

hecho más que desembarazar su patio de animales muertos. En las primeras semanas le mandó

recados a Aureliano Segundo para que tomara providencias urgentes, y él había contestado que

no había prisa, que la situación no era alarmante, que ya se pensaría en algo cuando escampara.

Le mandé a decir que los potreros se estaban inundando, que el ganado se fugaba hacia las

tierras altas donde no había qué comer, y que estaban a merced del tigre y la peste. «No hay

nada que hacer -le contestó Aureliano Segundo-. Ya nacerán otros cuando escampe.» Petra Cotes

los había visto morir a racimadas, y apenas si se daba abasto para destazar a los que se

quedaban atollados. Vio con una impotencia sorda cómo el diluvio fue exterminando sin

misericordia una fortuna que en un tiempo se tuvo como la más grande y sólida de Macondo, y

de la cual no quedaba sino la pestilencia. Cuando Aureliano Segundo decidió ir a ver lo que

pasaba, sólo encontró el cadáver del caballo, y una muía escuálida entre los escombros de la

caballeriza. Petra Cotes lo vio llegar sin sorpresa, sin alegría ni resentimiento, y apenas se

permitió una sonrisa irónica.

-¡A buena hora! -dijo.

Estaba envejecida, en los puros huesos, y sus lanceolados ojos de animal carnívoro se habían

vuelto tristes y mansos de tanto mirar la lluvia. Aureliano Segundo se quedó más de tres meses

en su casa, no porque entonces se sintiera mejor allí que en la de su familia, sino porque necesité

todo ese tiempo para tomar la decisión de echarse otra vez encima el pedazo de lienzo encerado.

«No hay prisa -dijo, como había dicho en la otra casa-. Esperemos que escampe en las próximas

horas.» En el curso de la primera semana se fue acostumbrando a los desgastes que habían

hecho el tiempo y la lluvia en la salud de su concubina, y poco a poco fue viéndola como era

antes, acordándose de sus desafueros jubilosos y de la fecundidad de delirio que su amor

provocaba en los animales, y en parte por amor y en parte por interés, una noche de la segunda

semana la despertó con caricias apremiantes. Petra Cotes no reaccionó. «Duerme tranquilo –

murmuró-. Ya los tiempos no están para estas cosas.» Aureliano Segundo se vio a sí mismo en

los espejos del techo, vio la espina dorsal de Petra Cotos como una hilera de carretes ensartados

en un mazo de nervios marchitos, y comprendió que ella tenía razón, no por los tiempos, sino por

ellos mismos, que ya no estaban para esas cosas.

Aureliano Segundo regresó a la casa con sus baúles, convencido de que no sólo Úrsula, sino

todos los habitantes de Macondo, estaban esperando que escampara para morirse. Los había

visto al pasar, sentados en las salas con la mirada absorta y los brazos cruzados, sintiendo

transcurrir un tiempo entero, un tiempo sin desbravar, porque era inútil dividirlo en meses y

años, y los días en horas, cuando no podía hacerse nada más que contemplar la lluvia. Los niños

Cien años de soledad

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recibieron alborozados a Aureliano Segundo, quien volvió a tocar para ellos el acordeón asmático.

Pero el concierto no les llamó tanto la atención como las sesiones enciclopédicas, de modo que

otra vez volvieron a reunirse en el dormitorio de Memo, donde la imaginación de Aureliano

Segundo convirtió el dirigible en un elefante volador que buscaba un sitio para dormir entre las

nubes. En cierta ocasión encontró un hombre de a caballo que a pesar de su atuendo exótico

conservaba un aire familiar, y después de mucho examinarlo llegó a la conclusión de que era un

retrato del coronel Aureliano Buendía. Se lo mostró a Fernanda, y también ella admitió el

parecido del jinete no sólo con el coronel, sino con todos los miembros de la familia, aunque en

verdad era un guerrero tártaro. Así se le fue pasando el tiempo, entre el coloso de Rodas y los

encantadores de serpientes, hasta que su esposa le anunció que no quedaban más de seis kilos

de carne salada y un saco de arroz en el granero.

-¿Y ahora qué quieres que haga? -preguntó él.

-Yo no sé -contestó Fernanda-. Eso es asunto de hombres.

-Bueno -dijo Aureliano Segundo-, algo se hará cuando escampe.

Siguió más interesado en la enciclopedia que en el problema doméstico, aun cuando tuvo que

conformarse con una piltrafa y un poco de arroz en el almuerzo. «Ahora es imposible hacer nada

-decía-. No puede llover toda la vida.» Y mientras más largas le daba a las urgencias del granero,

más intensa se iba haciendo la indignación de Fernanda, hasta que sus protestas eventuales, sus

desahogos poco frecuentes, se desbordaron en un torrente incontenible, desatado, que empezó

una mañana como el monótono bordón de una guitarra, y que a medida que avanzaba el día fue

subiendo de tono, cada vez más rico, más espléndido. Aureliano Segundo no tuvo conciencia de

la cantaleta hasta el día siguiente, después del desayuno, cuando se sintió aturdido por un

abejorreo que era entonces más fluido y alto que el rumor de la lluvia, y era Fernanda que se

paseaba por toda la casa doliéndose de que la hubieran educado como una reina para terminar de

sirvienta en una casa de locos, con un marido holgazán, idólatra, libertino, que se acostaba boca

arriba a esperar que le llovieran panes del cielo, mientras ella se destroncaba los riñones tratando

de mantener a flote un hogar emparapetado con alfileres, donde había tanto que hacer, tanto que

soportar y corregir desde que amanecía Dios hasta la hora de acostarse, que llegaba a la cama

con los ojos llenos de polvo de vidrio y, sin embargo, nadie le había dicho nunca buenos días,

Fernanda, qué tal noche pasaste, Fernanda, ni le habían preguntado aunque fuera por cortesía

por qué estaba tan pálida ni por qué despertaba con esas ojeras de violeta, a pesar de que ella no

esperaba, por supuesto, que aquello saliera del resto de una familia que al fin y al cabo la había

tenido siempre como un estorbo, como el trapito de bajar la olla, como un monigote pintado en la

pared, y que siempre andaban desbarrando contra ella por los rincones, llamándola santurrona,

llamándola farisea, llamándola lagarta, y hasta Amaranta, que en paz descanse, había dicho de

viva voz que ella era de las que confundían el recto con las témporas, bendito sea Dios, qué

palabras, y ella había aguantado todo con resignación por las intenciones del Santo Padre, pero

no había podido soportar más cuando el malvado de José Arcadio Segundo dijo que la perdición

de la familia había sido abrirle las puertas a una cachaca, imagínese, una cachaca mandona,

válgame Dios, una cachaca hija de la mala saliva, de la misma índole de los cachacos que mandó

el gobierno a matar trabajadores, dígame usted, y se refería a nadie menos que a ella, la ahijada

del duque de Alba, una dama con tanta alcurnia que le revolvía el hígado a las esposas de los

presidentes, una fijodalga de sangre como ella que tenía derecho a firmar con once apellidos

peninsulares, y que era el único mortal en ese pueblo de bastardos que no se sentía

emberenjenado frente a dieciséis cubiertos, para que luego el adúltero do su marido dijera

muerto de risa que tantas cucharas y tenedores, y tantos cuchillos y cucharitas no era cosa de

cristianos, sino de ciempiés, y la única que podía determinar a ojos cerrados cuándo se servía el

vino blanco, y de qué lado y en qué copa, y cuándo se servía el vino rojo, y de qué lado y en qué

copa, y no como la montuna de Amaranta, que en paz descanse, que creía que el vino blanco se

servía de día y el vino rojo do noche, y la única en todo el litoral que podía vanagloriarse de no

haber hecho del cuerpo sino en bacinillas de oro, para que luego el coronel Aureliano Buendía,

que en paz descanse, tuviera el atrevimiento do preguntar con su mala bilis de masón de dónde

había merecido ese privilegio, si era que olla no cagaba mierda, sino astromelias, imagínense,

con esas palabras, y para que Renata, su propia hija, que por indiscreción había visto sus aguas

mayores en el dormitorio, contestara que de verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha

heráldica, pero que lo que tenía dentro era pura mierda, mierda física, y peor todavía que las

otras porque era mierda de cachaca, imagínese, su propia hija, de modo que nunca se había

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Gabriel García Márquez

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hecho ilusiones con el resto de la familia, pero de todos modos tenía derecho a esperar un poco

de más consideración de parto do su esposo, puesto que bien o mal era su cónyuge de

sacramento, su autor, su legítimo perjudicador, que se echó encima por voluntad libre y soberana

la grave responsabilidad de sacarla del solar paterno, donde nunca se privé ni se dolió de nada,

donde tejía palmas fúnebres por gusto de entretenimiento, puesto que su padrino había mandado

una carta con su firma y el sello de su anillo impreso en el lacre, sólo para decir que las manos de

su ahijada no estaban hechas para menesteres de este mundo, como no fuera tocar el clavicordio

y, sin embargo, el insensato de su marido la había sacado de su casa con todas las admoniciones

y advertencias y la había llevado a aquella paila de infierno donde no se podía respirar de calor, y

antes de que ella acabara de guardar sus dietas de Pentecostés ya se había ido con sus baúles

trashumantes y su acordeón de perdulario a holgar en adulterio con una desdichada a quien

bastaba con verle las nalgas, bueno, ya estaba dicho, a quien bastaba con verle menear las

nalgas de potranca para adivinar que era una, que era una, todo lo contrario de ella, que era una

dama en el palacio o en la pocilga, en la mesa o en la cama, una dama de nación, temerosa de

Dios, obediente de sus leyes y sumisa a su designio, y con quien no podía hacer, por supuesto,

las maromas y vagabundinas que hacía con la otra, que por supuesto se prestaba a todo, como

las matronas francesas, y peor aún, pensándolo bien, porque éstas al menos tenían la honradez

de poner un foco colorado en la puerta, semejantes porquerías, imagínese, ni más faltaba, con la

hija única y bienamada de doña Renata Argote y don Fernando del Carpio, y sobre todo de éste,

por supuesto, un santo varón, un cristiano de los grandes, Caballero de la Orden del Santo

Sepulcro, de esos que reciben directamente de Dios el privilegio de conservarse intactos en la

tumba, con la piel tersa como raso de novia y los Ojos vivos y diáfanos como las esmeraldas.

-Eso sí no es cierto -la interrumpió Aureliano Segundo-, cuando lo trajeron ya apestaba.

Había tenido la paciencia de escucharla un día entero, hasta sorprendería en una falta.

Fernanda no le hizo caso, pero bajó la voz. Esa noche, durante la cena, el exasperante zumbido

de la cantaleta había derrotado al rumor de la lluvia. Aureliano Segundo comió muy poco, con la

cabeza baja, y se retiré temprano al dormitorio. En el desayuno del día siguiente Fernanda estaba

trémula, con aspecto de haber dormido mal, y parecía desahogada por completo de sus rencores

Sin embargo, cuando su marido preguntó si no sería posible comerse un huevo tibio, ella no

contestó simplemente que desde la semana anterior se habían acabado los huevos, sino que

elaboré una virulenta diatriba contra los hombres que se pasaban el tiempo adorándose el

ombligo y luego tenían la cachaza de pedir hígados de alondra en la mesa. Aureliano Segundo

llevó a los niños a ver la enciclopedia, como siempre, y Fernanda fingió poner orden en el

dormitorio de Memo, sólo para que él la oyera murmurar que, por supuesto, se necesitaba tener

la cara dura para decirles a los pobres inocentes que el coronel Aureliano Buendía estaba

retratado en la enciclopedia. En la tarde, mientras los niños hacían la siesta, Aureliano Segundo

se sentó en el corredor, y hasta allá lo persiguió Fernanda, provocándolo, atormentándolo,

girando en torno de él con su implacable zumbido de moscardón, diciendo que, por supuesto,

mientras ya no quedaban más que piedras para comer, su marido se sentaba como un sultán de

Persia a contemplar la lluvia, porque no era más que eso, un mampolón, un mantenido, un bueno

para nada, más flojo que el algodón de borla, acostumbrado a vivir de las mujeres, y convencido

de que se había casado con la esposa de Jonás, que se quedó tan tranquila con el cuento de la

ballena. Aureliano Segundo la oyó más de dos horas, impasible, como si fuera sordo. No la

interrumpió hasta muy avanzada la tarde cuando no pudo soportar más la resonancia de bombo

que le atormentaba la cabeza.

-Cállate ya, por favor -suplicó.

Fernanda, por el contrario, levantó el tono. «No tengo por qué callarme -dijo-. El que no quiera

oírme que se vaya.» Entonces Aureliano Segundo perdió el dominio. Se incorporé sin prisa, como

si sólo pensara estirar los huesos, y con una furia perfectamente regulada y metódica fue

agarrando uno tras otro los tiestos de begonias, las macetas de helechos, los potes de orégano, y

uno tras otro los fue despedazando contra el suelo. Fernanda se asusté, pues en realidad no

había tenido hasta entonces una conciencia clara de la tremenda fuerza interior de la cantaleta,

pero ya era tarde para cualquier tentativa de rectificación. Embriagado por el torrente

incontenible del desahogo, Aureliano Segundo rompió el cristal de la vidriera, y una por una, sin

apresurarse, fue sacando las piezas de la vajilla y las hizo polvo contra el piso. Sistemático,

sereno, con la misma parsimonia con que había empapelado la casa de billetes, fue rompiendo

luego contra las paredes la cristalería de Bohemia, los floreros pintados a mano, los cuadros de

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las doncellas en barcas cargadas de rosas, los espejos de marcos dorados, y todo cuanto era

rompible desde la sala hasta el granero, y terminó con la tinaja de la cocina que se reventé en el

centro del patio con una explosión profunda. Luego se lavé las manos, se echó encima el lienzo

encerado, y antes de medianoche volvió con unos tiesos colgajos de carne salada, varios sacos de

arroz y maíz con gorgojo, y unos desmirriados racimos de plátanos. Desde entonces no volvieron

a faltar las cosas de comer.

Amaranta Úrsula y el pequeño Aureliano habían de recordar el diluvio como una época feliz. A

pesar del rigor de Fernanda, chapaleaban en los pantanos del patio, cazaban lagartos para

descuartizarlos y jugaban a envenenar la sopa echándole polvo de alas de mariposas en los

descuidos de Santa Sofía de la Piedad. Úrsula era su juguete más entretenido. La tuvieron por

una gran muñeca decrépita que llevaban y traían por los rincones, disfrazada con trapos de

colores y la cara pintada con hollín y achiote, y una vez estuvieron a punto de destriparle los ojos

como le hacían a los sapos con las tijeras de podar. Nada les causaba tanto alborozo como sus

desvaríos. En efecto, algo debió ocurrir en su cerebro en el tercer año de la lluvia, porque poco a

poco fue perdiendo el sentido de la realidad, y confundía el tiempo actual con épocas remotas de

su vida, hasta el punto de que en una ocasión pasó tres días llorando sin consuelo por la muerte

de Petronila Iguarán, su bisabuela, enterrada desde hacía más de un siglo. Se hundió en un

estado de confusión tan disparatado, que creía que el pequeño Aureliano era su hijo el coronel

por los tiempos en que lo llevaron a conocer el hielo, y que el José Arcadio que estaba entonces

en el seminario era el primogénito que se fue con los gitanos. Tanto habló de la familia, que los

niños aprendieron a organizarle visitas imaginarias con seres que no sólo habían muerto desde

hacía mucho tiempo, sino que habían existido en épocas distintas. Sentada en la cama con el pelo

cubierto de ceniza y la cara tapada con un pañuelo rojo, Úrsula era feliz en medio de la parentela

irreal que los niños describían sin omisión de detalles, como si de verdad la hubieran conocido.

Úrsula conversaba con sus antepasados sobre acontecimientos anteriores a su propia existencia,

gozaba con las noticias que le daban y lloraba con ellos por muertos mucho más recientes que los

mismos contertulios. Los niños no tardaron en advertir que en el curso de esas visitas

fantasmales Úrsula planteaba siempre una pregunta destinada a establecer quién era el que

había llevado a la casa durante la guerra un San José de yeso de tamaño natural para que lo

guardaran mientras pasaba la lluvia. Fue así como Aureliano Segundo se acordé de la fortuna

enterrada en algún lugar que sólo Úrsula conocía, pero fueron inútiles las preguntas y las

maniobras astutas que se le ocurrieron, porque en los laberintos de su desvarío ella parecía

conservar un margen de lucidez para defender aquel secreto, que sólo había de revelar a quien

demostrara ser el verdadero dueño del oro sepultado. Era tan hábil y tan estricta, que cuando

Aureliano Segundo instruyó a uno de sus compañeros de parranda para que se hiciera pasar por

el propietario de la fortuna, ella lo enredó en un interrogatorio minucioso y sembrado de trampas

sutiles.

Convencido de que Úrsula se llevaría el secreto a la tumba, Aureliano Segundo contrató una

cuadrilla de excavadores con el pretexto de que construyeran canales de desagüe en el patio y en

el traspatio, y él mismo sondeó el suelo con barretas de hierro y con toda clase de detectores de

metales, sin encontrar nada que se pareciera al oro en tres meses de exploraciones exhaustivas.

Más tarde recurrió a Pilar Ternera con la esperanza de que las barajas vieran más que los

cavadores, pero ella empezó por explicarle que era inútil cualquier tentativa mientras no fuera

Úrsula quien cortara el naipe. Confirmé en cambio la existencia del tesoro, con la precisión de que

eran siete mil doscientas catorce monedas enterradas en tres sacos de lona con jaretas de

alambre de cobre, dentro de un círculo con un radio de ciento veintidós metros, tomando como

centro la cama de Úrsula, pero advirtió que no sería encontrado antes de que acabara de llover y

los soles de tres junios consecutivos convirtieran en polvo los barrizales. La profusión y la

meticulosa vaguedad de los datos le parecieron a Aureliano Segundo tan semejantes a las fábulas

espiritistas, que insistió en su empresa a pesar de que estaban en agosto y habría sido necesario

esperar por lo menos tres años para satisfacer las condiciones del pronóstico. Lo primero que le

causó asombro, aunque al mismo tiempo aumentó su confusión, fue el comprobar que había

exactamente ciento veintidós metros de la cama de Úrsula a la cerca del traspatio. Fernanda

temió que estuviera tan loco como su hermano gemelo cuando lo vio haciendo las mediciones, y

peor aun cuando ordenó a las cuadrillas de excavadores profundizar un metro más en las zanjas.

Presa de un delirio exploratorio comparable apenas al del bisabuelo cuando buscaba la ruta de los

inventos, Aureliano Segundo perdió las últimas bolsas de grasa que le quedaban, y la antigua

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semejanza con el hermano gemelo se fue otra vez acentuando, no sólo por el escurrimiento de la

figura, sino por el aire distante y la actitud ensimismada. No volvió a ocuparse de los niños.

Comía a cualquier hora, embarrado de pies a cabeza, y lo hacía en un rincón de la cocina,

contestando apenas a las preguntas ocasionales de Santa Bofia de la Piedad. Viéndolo trabajar en

aquella forma, como nunca soñó que pudiera hacerlo, Fernanda creyó que su temeridad era

diligencia, y que si’ codicia era abnegación y que su tozudez era perseverancia, y le remordieron

las entrañas por la virulencia con que había despotricado contra su desidia. Pero Aureliano

Segundo no estaba entonces para reconciliaciones misericordiosas. Hundido hasta el cuello en

una ciénaga de ramazones muertas y flores podridas, volteó al derecho y al revés el suelo del

jardín después de haber terminado con el patio y el traspatio, y barrené tan profundamente los

cimientos de la galería oriental de la casa, que una noche despertaron aterrorizados por lo que

parecía ser un cataclismo, tanto por las trepidaciones como por el pavoroso crujido subterráneo,

y era que tres aposentos se estaban desbarrancando y se había abierto una grieta de escalofrío

desde el corredor hasta el dormitorio de Fernanda. Aureliano Segundo no renunció por eso a la

exploración. Aun cuando ya se habían extinguido las últimas esperanzas y lo único que parecía

tener algún sentido eran las predicciones de las barajas, reforzó los cimientos mellados, resané la

grieta con argamasa, y continué excavando en el costado occidental. Allí estaba todavía la

segunda semana del junio siguiente, cuando la lluvia empezó a apaciguarse y las nubes se fueron

alzando, y se vio que de un momento a otro iba a escampar. Así fue. Un viernes a las dos de la

tarde se alumbré el mundo con un sol bobo, bermejo y áspero como polvo de ladrillo, y casi tan

fresco como el agua, y no volvió a llover en diez años.

Macondo estaba en ruinas. En los pantanos de las calles quedaban muebles despedazados,

esqueletos de animales cubiertos de lirios colorados, últimos recuerdos de las hordas de advenedizos

que se fugaron de Macondo tan atolondradamente como habían llegado. Las casas

paradas con tanta urgencia durante la fiebre del banano, habían sido abandonadas. La compañía

bananera desmantelé sus instalaciones. De la antigua ciudad alambrada sólo quedaban los

escombros. Las casas de madera, las frescas terrazas donde transcurrían las serenas tardes de

naipes, parecían arrasadas por una anticipación del viento profético que años después había de

borrar a Macondo de la faz de la tierra. El único rastro humano que dejó aquel soplo voraz, fue un

guante de Patricia Brown en el automóvil sofocado por las trinitarias. La región encantada que

exploré José Arcadio Buendía en los tiempos de la fundación, y donde luego prosperaron las

plantaciones de banano, era un tremedal de cepas putrefactas, en cuyo horizonte remoto se

alcanzó a ver por varios años la espuma silenciosa del mar. Aureliano Segundo padeció una crisis

de aflicción el primer domingo que vistió ropas secas y salió a reconocer el pueblo. Los sobrevivientes

de la catástrofe, los mismos que ya vivían en Macondo antes de que fuera sacudido por el

huracán de la compañía bananera, estaban sentados en mitad de la calle gozando de los primeros

soles. Todavía conservaban en la piel el verde de alga y el olor de rincón que les imprimió la

lluvia, pero en el fondo de sus corazones parecían satisfechos de haber recuperado el pueblo en

que nacieron. La calle de los Turcos era otra vez la de antes, la de los tiempos en que los árabes

de pantuflas y argollas en las orejas que recorrían el mundo cambiando guacamayas por

chucherías, hallaron en Macondo un buen recodo para descansar de su milenaria condición de

gente trashumante. Al otro lado de la lluvia, la mercancía de los bazares estaba cayéndose a

pedazos, los géneros abiertos en la puerta estaban veteados de musgo, los mostradores

socavados por el comején y las paredes carcomidas por la humedad, pero los árabes de la tercera

generación estaban sentados en el mismo lugar y en la misma actitud de sus padres y sus

abuelos, taciturnos, impávidos, invulnerables al tiempo y al desastre, tan vivos o tan muertos

como estuvieron después de la peste del insomnio y de las treinta y dos guerras del coronel

Aureliano Buendía. Era tan asombrosa su fortaleza de ánimo frente a los escombros de las mesas

de juego, los puestos de fritangas, las casetas de tiro al blanco y el callejón donde se

interpretaban los sueños y se adivinaba el porvenir, que Aureliano Segundo les preguntó con su

informalidad habitual de qué recursos misteriosos se habían valido para no naufragar en la

tormenta, cómo diablos habían hecho para no ahogarse, y uno tras otro, de puerta en puerta, le

devolvieron una sonrisa ladina y una mirada de ensueño, y todos le dieron sin ponerse de

acuerdo la misma repuesta:

-Nadando.

Petra Cotes era tal vez el único nativo que tenía corazón de árabe. Había visto los últimos

destrozos de sus establos y caballerizas arrastrados por la tormenta, pero había logrado

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mantener la casa en pie. En el último año, le había mandado recados apremiantes a Aureliano

Segundo, y éste le había contestado que ignoraba cuándo volvería a su casa, pero que en todo

caso llevaría un cajón de monedas de oro para empedrar el dormitorio. Entonces ella había

escarbado en su corazón, buscando la fuerza que le permitiera sobrevivir a la desgracia, y había

encontrado una rabia reflexiva y justa, con la cual había jurado restaurar la fortuna despilfarrada

por el amante y acabada de exterminar por el diluvio. Fue una decisión tan inquebrantable, que

Aureliano Segundo volvió a su casa ocho meses después del último recado, y la encontró verde,

desgreñada, con los párpados hundidos y la piel escarchada por la sarna, pero estaba escribiendo

números en pedacitos de papel, para hacer una rifa. Aureliano Segundo se quedé atónito, y

estaba tan escuálido y tan solemne, que Petra Cotes no creyó que quien había vuelto a buscarla

fuera el amante de toda la vida, sino el hermano gemelo.

-Estás loca -dijo él-. A menos que pienses rifar los huesos. Entonces ella le dijo que se

asomara al dormitorio, y Aureliano Segundo vio la mula. Estaba con el pellejo pegado a los

huesos, como la dueña, pero tan viva y resuelta como ella. Petra Cotes la había alimentado con

su rabia, y cuando no tuvo más hierbas, ni maíz, ni raíces, la albergó en su propio dormitorio y le

dio a comer las sábanas de percal, los tapices persas, los sobrecamas de peluche, las cortinas de

terciopelo y el palio bordado con hilos de oro y borlones de seda de la cama episcopal.

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138

XVII

Úrsula tuvo que hacer un grande esfuerzo para cumplir su promesa de morirse cuando

escampara. Las ráfagas de lucidez que eran tan escasas durante la lluvia, se hicieron más frecuentes

a partir de agosto, cuando empezó a soplar el viento árido que sofocaba los rosales y

petrificaba los pantanos, y que acabé por esparcir sobre Macondo el polvo abrasante que cubrió

para siempre los oxidados techos de cinc y los almendros centenarios. Úrsula lloré de lástima al

descubrir que por más de tres años había quedado para juguete de los niños. Se lavé la cara

pintorreteada, se quité de encima las tiras de colorines, las lagartijas y los sapos resecos y las

camándulas y antiguos collares de árabes que le habían colgado por todo el cuerpo, y por primera

vez desde la muerte de Amaranta abandonó la cama sin auxilio de nadie para incorporarse de

nuevo a la vida familiar. El ánimo de su corazón invencible la orientaba en las tinieblas. Quienes

repararon en sus trastabilleos y tropezaron con su brazo arcangélico siempre alzado a la altura de

la cabeza, pensaron que a duras penas podía con su cuerpo, pero todavía no creyeron que estaba

ciega. Ella no necesitaba ver para darse cuenta de que los canteros de flores, cultivados con tanto

esmero desde la primera reconstrucción, habían sido destruidos por la lluvia y arrasados por las

excavaciones de Aureliano Segundo, y que las paredes y el cemento de los pisos estaban

cuarteados, los muebles flojos y descoloridos, las puertas desquiciadas, y la familia amenazada

por un espíritu de resignación y pesadumbre que no hubiera sido concebible en sus tiempos.

Moviéndose a tientas por los dormitorios vacíos percibía el trueno continuo del comején

taladrando las maderas, y el tijereteo de la polilla en los roperos, y el estrépito devastador de las

enormes hormigas coloradas que habían prosperado en el diluvio y estaban socavando los

cimientos de la casa. Un día abrió el baúl de los santos, y tuvo que pedir auxilio a Santa Sofía de

la Piedad para quitarse de encima las cucarachas que saltaron del interior, y que ya habían

pulverizado la ropa. «No es posible vivir en esta negligencia -decía-.

A este paso terminaremos devorados por las bestias.» Desde entonces no tuvo un instante de

reposo. Levantada desde antes del amanecer, recurría a quien estuviera disponible, inclusive a

los niños. Puso al sol las escasas ropas que todavía estaban en condiciones de ser usadas,

ahuyentó las cucarachas con sorpresivos asaltos de insecticida, raspó las venas del comején en

puertas y ventanas y asfixió con cal viva a las hormigas en sus madrigueras. La fiebre de

restauración acabó por llevarla a los cuartos olvidados. Hizo desembarazar de escombros y telarañas

la habitación donde a José Arcadio Buendía se le secó la mollera buscando la piedra

filosofal, puso en orden el taller de platería que había sido revuelto por los soldados, y por último

pidió las llaves del cuarto de Melquíades para ver en qué estado se encontraba. Fiel a la voluntad

de José Arcadio Segundo, que había prohibido toda intromisión mientras no hubiera un indicio

real de que había muerto, Santa Sofía de la Piedad recurrió a toda clase de subterfugios para

desorientar a Úrsula. Pero era tan inflexible su determinación de no abandonar a los insectos ni el

más recóndito e inservible rincón de la casa, que desbarató cuanto obstáculo le atravesaron, y al

cabo de tres días de insistencia consiguió que le abrieran el cuarto. Tuvo que agarrarse del quicio

para que no la derribara la pestilencia, pero no le hicieron falta más de dos segundos para

recordar que ahí estaban guardadas las setenta y dos bacinillas de las colegialas, y que en una de

las primeras noches de lluvia una patrulla de soldados había registrado la casa buscando a José

Arcadio Segundo y no habían podido encontrarlo.

-¡Bendito sea Dios! -exclamó, como si lo hubiera visto todo-. Tanto tratar de inculcarte las

buenas costumbres, para que terminaras viviendo como un puerco.

José Arcadio Segundo seguía releyendo los pergaminos. Lo único visible en la intrincada

maraña de pelos, eran los dientes rayados de lama verde y los ojos inmóviles. Al reconocer la voz

de la bisabuela, movió la cabeza hacia la puerta,, trató de sonreír, y sin saberlo repitió una

antigua frase de Úrsula.

-Qué quería -murmuro-, el tiempo pasa.

-Así es -dijo Úrsula-, pero no tanto.

Al decirlo, tuvo conciencia de estar dando la misma réplica que recibió del coronel Aureliano

Buendía en su celda de sentenciado, y una vez más se estremeció con la comprobación de que el

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tiempo no pasaba, como ella lo acababa de admitir, sino que daba vueltas en redondo. Pero

tampoco entonces le dio una oportunidad a la resignación. Regañó a José Arcadio Segundo como

si fuera un niño, y se empeñó en que se bañara y se afeitara y le prestara su fuerza para acabar

de restaurar casa. La simple idea de abandonar el cuarto que le había proporcionado la paz,

aterrorizó a José Arcadio Segundo. Gritó que no había poder humano capaz de hacerlo salir,

porque no quería ver el tren de doscientos vagones cargados de muertos que cada atardecer

partía de Macondo hacia el mar. «Son todos los que estaban en la estación -gritaba-. Tres mil

cuatrocientos ocho.» Sólo entonces comprendió Úrsula que él estaba en un mundo de tinieblas

más impenetrable que el suyo, tan infranqueable y solitario como el del bisabuelo. Lo dejó en el

cuarto, pero consiguió que no volvieran a poner el candado, que hicieran la limpieza todos los

días, que tiraran las bacinillas a la basura y sólo dejaran una, y que mantuvieran a José Arcadio

Segundo tan limpio y presentable como estuvo el bisabuelo en su largo cautiverio bajo el castaño.

Al principio, Fernanda interpretaba aquel ajetreo como un acceso de locura senil, y a duras penas

reprimía la exasperación. Pero José Arcadio le anunció por esa época desde Roma que pensaba ir

a Macondo antes de hacer los votos perpetuos, y la buena noticia le infundió tal entusiasmo, que

de la noche a la mañana se encontró regando las flores cuatro veces al día para que su hijo no

fuera a formarse una mala impresión de la casa. Fue ese mismo incentivo el que la indujo a

apresurar su correspondencia con los médicos invisibles, y a reponer en el corredor las macetas

de helechos y orégano, y los tiestos de begonias, mucho antes de que Úrsula se enterara de que

habían sido destruidos por la furia exterminadora de Aureliano Segundo. Más tarde vendió el

servicio de plata, y compró vajillas de cerámica, soperas y cucharones de peltre y cubiertos de

alpaca, y empobreció con ellos las alacenas acostumbradas a la loza de la Compañía de Indias y

la cristalería de Bohemia. Úrsula trataba de ir siempre más lejos. «Que abran puertas y ventanas

-gritaba-. Que hagan carne y pescado, que compren las tortugas más grandes, que vengan los

forasteros a tender sus petates en los rincones y a orinarse en los rosales, que se sienten a la

mesa a comer cuantas veces quieran, y que eructen y despotriquen y lo embarren todo con sus

botas, y que hagan con nosotros lo que les dé la gana, porque esa es la única manera de

espantar la ruina.» Pero era una ilusión vana. Estaba ya demasiado vieja y viviendo de sobra

para repetir el milagro de los animalitos de caramelo, y ninguno de sus descendientes había

heredado su fortaleza. La casa continuó cerrada por orden de Fernanda.

Aureliano Segundo, que había vuelto a llevarse sus baúles a casa de Petra Cotes, disponía

apenas de los medios para que la familia no se muriera de hambre. Con la rifa de la mula, Petra

Cotes y él habían comprado otros animales, con los cuales consiguieron enderezar un

rudimentario negocio de lotería. Aureliano Segundo andaba de casa en casa, ofreciendo los

billetitos que él mismo pintaba con tintas de colores para hacerlos más atractivos y convincentes,

y acaso no se daba cuenta de que muchos se los compraban por gratitud, y la mayoría por

compasión. Sin embargo, aun los más piadosos compradores adquirían la oportunidad de ganarse

un cerdo por veinte centavos o una novilla por treinta y dos, y se entusiasmaban tanto con la

esperanza, que la noche del martes desbordaban el patio de Petra Cotes esperando el momento

en que un niño escogido al azar sacara de la bolsa el número premiado. Aquello no tardó en

convertirse en una feria semanal, pues desde el atardecer se instalaban en el patio mesas de

fritangas y puestos de bebidas, y muchos de los favorecidos sacrificaban allí mismo el animal

ganado con la condición de que otros pusieran la música y el aguardiente, de modo que sin

haberlo deseado Aureliano Segundo se encontró de pronto tocando otra vez el acordeón y

participando en modestos torneos de voracidad. Estas humildes réplicas de las parrandas de otros

días, sirvieron para que el propio Aureliano Segundo descubriera cuánto habían decaído sus

ánimos y hasta qué punto se había secado su ingenio de cumbiambero magistral. Era un hombre

cambiado. Los ciento veinte kilos que llegó a tener en la época en que lo desafió La Elefanta se

habían reducido a setenta y ocho; la candorosa y abotagada cara de tortuga se le había vuelto de

iguana, y siempre andaba cerca del aburrimiento y el cansancio. Para Petra Cotes, sin embargo,

nunca fue mejor hombre que entonces, tal vez porque confundía con el amor la compasión que él

le inspiraba, y el sentimiento de solidaridad que en ambos había despertado la miseria. La cama

desmantelada dejó de ser lugar de desafueros y se convirtió en refugio de confidencias. Liberados

de los espejos repetidores que habían rematado para comprar animales de rifa, y de los

damascos y terciopelos concupiscentes que se había comido la mula, se quedaban despiertos

hasta muy tarde con la inocencia de dos abuelos desvelados, aprovechando para sacar cuentas y

trasponer centavos el tiempo que antes malgastaban en malgastarse. A veces los sorprendían los

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primeros gallos haciendo y deshaciendo montoncitos de monedas, quitando un poco de aquí para

ponerlo allá, de modo que esto alcanzara para contentar a Fernanda, y aquello para los zapatos

de Amaranta Úrsula, y esto otro para Santa Sofía de la Piedad que no estrenaba un traje desde

los tiempos del ruido, y esto para mandar hacer el cajón si se moría Úrsula, y esto para el café

que subía un centavo por libra cada tres meses, y esto para el azúcar que cada vez endulzaba

menos, y esto para la leña que todavía estaba mojada por el diluvio, y esto otro para el papel y la

tinta de colores de los billetes, y aquello que sobraba para ir amortizando el valor de la ternera de

abril, de la cual milagrosamente salvaron el cuero, porque le dio carbunco sintomático cuando

estaban vendidos casi todos los números de la rifa. Eran tan puras aquellas misas de pobreza,

que siempre destinaban la mejor parte para Fernanda, y no lo hicieron nunca por remordimiento

ni por caridad, sino porque su bienestar les importaba más que el de ellos mismos. Lo que en

verdad les ocurría, aunque ninguno de los dos se daba cuenta, era que ambos pensaban en

Fernanda como en la hija que hubieran querido tener y no tuvieron, hasta el punto de que en

cierta ocasión se resignaron a comer mazamorra por tres días para que ella pudiera comprar un

mantel holandés. Sin embargo, por más que se mataban trabajando, por mucho dinero que

escamotearan y muchas triquiñuelas que concibieran, los ángeles de la guarda se les dormían de

cansancio mientras ellos ponían y quitaban monedas tratando de que siquiera les alcanzaran para

vivir. En el insomnio que les dejaban las malas cuentas, se preguntaban qué había pasado en el

mundo para que los animales no parieran con el mismo desconcierto de antes, por qué el dinero

se desbarataba en las manos, y por qué la gente que hacía poco tiempo quemaba mazos de

billetes en la cumbiamba, consideraba que era un asalto en despoblado cobrar doce centavos por

la rifa de seis gallinas. Aureliano Segundo pensaba sin decirlo que el mal no estaba en el mundo,

sino en algún lugar recóndito del misterioso corazón de Petra Cotes, donde algo había ocurrido

durante el diluvio que volvió estériles a los animales y escurridizo el dinero. Intrigado con ese

enigma, escarbó tan profundamente en los sentimientos de ella, que buscando el interés encontró

el amor porque tratando de que ella lo quisiera terminó por quererla. Petra Cotes, por su parte, lo

iba queriendo más a medida que sentía aumentar su cariño, y fue así como en la plenitud del

otoño volvió a creer en la superstición juvenil de que la pobreza era una servidumbre del amor.

Ambos evocaban entonces como un estorbo las parrandas desatinadas, la riqueza aparatosa y la

fornicación sin frenos, y se lamentaban de cuánta vida les había costado encontrar el paraíso de

la soledad compartida. Locamente enamorados al cabo de tantos años de complicidad estéril,

gozaban con el milagro de quererse tanto en la mesa como en la cama, y llegaron a ser tan

felices, que todavía cuando eran dos ancianos agotados seguían retozando como conejitos y

peleándose como perros.

Las rifas no dieron nunca para más. Al principio, Aureliano Segundo ocupaba tres días de la

semana encerrado en su antigua oficina de ganadero, dibujando billete por billete, pintando con

un cierto primor una vaquita roja, un cochinito verde o un grupo de gallinitas azules, según fuera

el animal rifado, y modelaba con una buena imitación de las letras de imprenta el nombre que le

pareció bueno a Petra Cotes para bautizar el negocio: Rifas de la Divina Providencia. Pero con el

tiempo se sintió tan cansado después de dibujar hasta dos mil billetes a la semana, que mandó a

hacer los animales, el nombre y los números en sellos de caucho, y entonces el trabajo se redujo

a humedecerlos en almohadillas de distintos colores. En sus últimos años se les ocurrió sustituir

los números por adivinanzas, de modo que el premio se repartiera entre todos los que acertaran,

pero el sistema resultó ser tan complicado y se prestaba a tantas suspicacias, que desistieron a la

segunda tentativa.

Aureliano Segundo andaba tan ocupado tratando de consolidar el prestigio de sus rifas, que

apenas le quedaba tiempo para ver a los niños, Fernanda puso a Amaranta Úrsula en una

escuelita privada donde no se recibían más de seis alumnas, pero se negó a permitir que

Aureliano asistiera a la escuela pública. Consideraba que ya había cedido demasiado al aceptar

que abandonara el cuarto. Además, en las escuelas de esa época sólo se recibían hijos legítimos

de matrimonios católicos, y en el certificado de nacimiento que habían prendido con una nodriza

en la batita de Aureliano cuando lo mandaron a la casa, estaba registrado como expósito. De

modo que se quedó encerrado, a merced de la vigilancia caritativa de Santa Sofía de la Piedad y

de las alternativas mentales de Úrsula, descubriendo el estrecho mundo de la casa según se lo

explicaban las abuelas. Era fino, estirado, de una curiosidad que sacaba de quicio a los adultos,

pero al contrario de la mirada inquisitiva y a veces clarividente que tuvo el coronel a su edad, la

suya era parpadeante y un poco distraída. Mientras Amaranta Úrsula estaba en el parvulario, él

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cazaba lombrices y torturaba insectos en el jardín. Pero una vez en que Fernanda lo sorprendió

metiendo alacranes en una caja para ponerlos en la estera de Úrsula, lo recluyó en el antiguo

dormitorio de Meme, donde se distrajo de sus horas solitarias repasando las láminas de la

enciclopedia. Allí lo encontró Úrsula una tarde en que andaba asperjando la casa con agua

serenada y un ramo de ortigas, y a pesar de que había estado con él muchas veces, le preguntó

quién era.

-Soy Aureliano Buendía -dilo él.

-Es verdad -replicó ella-. Ya es hora de que empieces a aprender la platería.

Lo volvió a confundir con su hijo, porque el viento cálido que sucedió al diluvio e infundió en el

cerebro de Úrsula ráfagas eventuales de lucidez, había acabado de pasar. No volvió recobrar la

razón. Cuando entraba al dormitorio, encontraba allí a Petronila Iguarán, con el estorboso

miriñaque y el saquito de mostacilla que se ponía para las visitas de compromiso, y encontraba a

Tranquilina María Miniata Alacoque Buendía, su abuela, abanicándose con una pluma de pavorreal

en su mecedor de tullida, y a su bisabuelo Aureliano Arcadio Buendía con su falso dormán de las

guardias virreinales, y a Aureliano Iguarán, su padre, que había inventado una oración para que

se achicharraran y se cayeran los gusanos de las vacas, y a la timorata de su madre, y al primo

con la cola de cerdo, y a José Arcadio Buendía y a sus hijos muertos, todos sentados en sillas que

habían sido recostadas contra la pared como si no estuvieran en una visita, sino en un velorio.

Ella hilvanaba una cháchara colorida, comentando asuntos de lugares apartados y tiempos sin

coincidencia, de modo que cuando Amaranta Úrsula regresaba de la escuela y Aureliano se

cansaba de la enciclopedia, la encontraban sentada en la cama, hablando sola, y perdida en un

laberinto de muertos. «¡Fuego!», gritó una vez aterrorizada, y por un instante sembró el pánico

en la casa, pero lo que estaba anunciando era el incendio de una caballeriza que había

presenciado a los cuatro años. Llegó a revolver de tal modo el pasado con la actualidad, que en

las dos o tres ráfagas de lucidez que tuvo antes de morir, nadie supo a ciencia cierta si hablaba

de lo que sentía o de lo que recordaba. Poco a poco se fue reduciendo, fetizándose,

momificándose en vida, hasta el punto de que en sus últimos meses era una ciruela pasa perdida

dentro del camisón, y el brazo siempre alzado terminó por parecer la pata de una marimonda. Se

quedaba inmóvil varios días, y Santa Sofía de la Piedad tenía que sacudirla para convencerse de

que estaba viva, y se la sentaba en las piernas para alimentarla con cucharaditas de agua de

azúcar. Parecía una anciana recién nacida. Amaranta Úrsula y Aureliano la llevaban y la traían por

el dormitorio, la acostaban en el altar para ver que era apenas más grande que el Niño Dios, y

una tarde la escondieron en un armario del granero donde hubieran podido comérsela las ratas.

Un domingo de ramos entraron al dormitorio mientras Fernanda estaba en misa, y cargaron a

Úrsula por la nuca y los tobillos.

-Pobre la tatarabuelita -dijo Amaranta Úrsula-, se nos murió de vieja.

Úrsula se sobresaltó.

-¡Estoy viva! -dijo.

-Ya ves -dijo Amaranta Úrsula, reprimiendo la risa-, ni siquiera respira.

-¡Estoy hablando! -gritó Úrsula.

-Ni siquiera habla -dijo Aureliano-. Se murió como un grillito.

Entonces Úrsula se rindió a la evidencia. «Dios mío -exclamó en voz baja-. De modo que esto

es la muerte.» Inició una oración interminable, atropellada, profunda, que se prolongó por más

de dos días, y que el martes había degenerado en un revoltijo de súplica a Dios y de consejos

prácticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa, para que nunca dejaran apagar la

lámpara frente al daguerrotipo de Remedios, y para que cuidaran de que ningún Buendía fuera a

casarse con alguien de su misma sangre, porque nacían los hijos con cola de puerco. Aureliano

Segundo trató de aprovechar el delirio para que le confesara dónde estaba el oro enterrado, pero

otra vez fueron inútiles las súplicas. «Cuando aparezca el dueño -dijo Úrsula- Dios ha de

iluminarlo para que lo encuentre.» Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría

muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la

naturaleza: que las rosas olían a quenopodio que se le cayó una totuma de garbanzos y los

granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y

que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados.

Amaneció muerta el jueves santo. La última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su

edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los

ciento veintidós años. La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

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que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos

quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros

desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas

de las ventanas para morirse en los dormitorios.

Al principio se creyó que era una peste. Las amas de casa se agotaban de tanto barrer pájaros

muertos, sobre todo a la hora de la siesta, y los hombres los echaban al río por carretadas. El

domingo de resurrección, el centenario padre Antonio Isabel afirmó en el púlpito que la muerte de

los pájaros obedecía a la mala influencia del Judío Errante, que él mismo había visto la noche

anterior. Lo describió como un híbrido de macho cabrío cruzado con hembra hereje, una bestia

infernal cuyo aliento calcinaba el aire y cuya visita determinaría la concepción de engendros por

las recién casadas. No fueron muchos quienes prestaron atención a su plática apocalíptica,

porque el pueblo estaba convencido de que el párroco desvariaba a causa de la edad, Pero una

mujer despertó a todos al amanecer del miércoles, porque encontró unas huellas de bípedo de

pezuña hendida. Eran tan ciertas e inconfundibles, que quienes fueron a verlas no pusieron en

duda la existencia de una criatura espantosa semejante a la descrita por el párroco, y se

asociaron para montar trampas en sus patios. Fue así como lograron la captura. Dos semanas

después de la muerte de Úrsula, Petra Cotes y Aureliano Segundo despertaron sobresaltados por

un llanto de becerro descomunal que les llegaba del vecindario. Cuando se levantaron, ya un

grupo de hombres estaba desensartando al monstruo de las afiladas varas que habían parado en

el fondo de una fosa cubierta con hojas secas, y había dejado de berrear. Pesaba como un buey,

a pesar de que su estatura no era mayor que la de un adolescente, y de sus heridas manaba una

sangre verde y untuosa. Tenía el cuerpo cubierto de una pelambre áspera, plagada de garrapatas

menudas, y el pellejo petrificado por una costra de rémora, pero al contrario de la descripción del

párroco, sus partes humanas eran más de ángel valetudinario que de hombre, porque las manos

eran tersas y hábiles, los ojos grandes y crepusculares, y tenía en los omoplatos los muñones

cicatrizados y callosos de unas alas potentes, que debieron ser desbastadas con hachas de

labrador. Lo colgaron por los tobillos en un almendro de la plaza, para que nadie se quedara sin

verlo y cuando empezó a pudrirse lo incineraron en una hoguera, porque no se pudo determinar

si su naturaleza bastarda era de animal para echar en el río o de cristiano para sepultar. Nunca se

estableció si en realidad fue por él que se murieron los pájaros, pero las recién casadas no

concibieron los engendros anunciados, ni disminuyó la intensidad del calor.

Rebeca murió a fines de ese año. Argénida, su criada de toda la vida, pidió ayuda a las

autoridades para derribar la puerta del dormitorio donde su patrona estaba encerrada desde

hacía tres días, y la encontraron en la cama solitaria, enroscada como un camarón, con la cabeza

pelada por la tiña y el pulgar metido en la boca. Aureliano Segundo se hizo cargo del entierro, y

trató de restaurar la casa para venderla, pero la destrucción estaba tan encarnizada en ella que

las paredes se desconchaban acabadas de pintar, y no hubo argamasa bastante gruesa para

impedir que la cizaña triturara los pisos y la hiedra pudriera los horcones.

Todo andaba así desde el diluvio. La desidia de la gente contrastaba con la voracidad del

olvido, que poco a poco iba carcomiendo sin piedad los recuerdos, hasta el extremo de que por

esos tiempos, en un nuevo aniversario del tratado de Neerlandia, llegaron a Macondo unos

emisarios del presidente de la república para entregar por fin la condecoración varias veces

rechazada por el coronel Aureliano Buendía, y perdieron toda una tarde buscando a alguien que

les indicara dónde podían encontrar a algunos de sus descendientes. Aureliano Segundo estuvo

tentado de recibirla, creyendo que era una medalla de oro macizo, pero Petra Cotes lo persuadió

de la indignidad cuando ya los emisarios aprestaban bandos y discursos para la ceremonia.

También por esa época volvieron los gitanos, los últimos herederos de la ciencia de Melquíades, y

encontraron el pueblo tan acabado y a sus habitantes tan apartados del resto del mundo, que

volvieron a meterse en las casas arrastrando fierros imantados como si de veras fueran el último

descubrimiento de los sabios babilonios, y volvieron a concentrar los rayos solares con la lupa

gigantesca, y no faltó quien se quedara con la boca abierta viendo caer peroles y rodar calderos,

y quienes pagaran cincuenta centavos para asombrarse con una gitana que se quitaba y se ponía

la dentadura postiza. Un desvencijado tren amarillo que no traía ni se llevaba a nadie, y que

apenas se detenía en la estación desierta, era lo único que quedaba del tren multitudinario en el

cual enganchaba el señor Brown su vagón con techo de vidrio y poltronas de obispo, y de los

trenes fruteros de ciento veinte vagones que demoraban pasando toda una tarde. Los delegados

curiales que habían ido a investigar el informe sobre la extraña mortandad de los pájaros y el

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sacrificio del Judío Errante, encontraron al padre Antonio Isabel jugando con los niños a la gallina

ciega, y creyendo que su informe era producto de una alucinación senil, se lo llevaron a un asilo.

Poco después mandaron al padre Augusto Ángel, un cruzado de las nuevas hornadas,

intransigente, audaz, temerario, que tocaba personalmente las campanas varias veces al día para

que no se aletargaran los espíritus, y que andaba de casa en casa despertando a los dormilones

para que fueran a misa, pero antes de un año estaba también vencido por la negligencia que se

respiraba en el aire, por el polvo ardiente que todo lo envejecía y atascaba, y por el sopor que le

causaban las albóndigas del almuerzo en el calor insoportable de la siesta,

A la muerte de Úrsula, la casa volvió a caer en un abandono del cual no la podría rescatar ni

siquiera una voluntad tan resuelta y vigorosa como la de Amaranta Úrsula, que muchos arios

después, siendo una mujer sin prejuicios, alegre y moderna, con los pies bien asentados en el

mundo, abrió puertas y ventanas para espantar la ruina, restauró el jardín, exterminó las

hormigas coloradas que ya andaban a pleno día por el corredor, y trató inútilmente de despertar

el olvidado espíritu de hospitalidad. La pasión claustral de Fernanda puso un dique infranqueable

a los cien años torrenciales de Úrsula. No sólo se negó a abrir las puertas cuando pasó el viento

árido, sino que hizo clausurar las ventanas con crucetas de madera, obedeciendo a la consigna

paterna de enterrarse en vida. La dispendiosa correspondencia con los médicos invisibles terminó

en un fracaso. Después de numerosos aplazamientos, se encerró en su dormitorio en la fecha y la

hora acordadas, cubierta solamente por una sábana blanca y con la cabeza hacia el norte, y a la

una de la madrugada sintió que le taparon la cara con un pañuelo embebido en un líquido glacial.

Cuando despertó, el sol brillaba en la ventana y ella tenía una costura bárbara en forma de arco

que empezaba en la ingle y terminaba en el esternón. Pero antes de que cumpliera el reposo

previsto recibió una carta desconcertada de los médicos invisibles, quienes decían haberla

registrado durante seis horas sin encontrar nada que correspondiera a los síntomas tantas veces

y tan escrupulosamente descritos por ella. En realidad, su hábito pernicioso de no llamar las

cosas por su nombre había dado origen a una nueva confusión, pues lo único que encontraron los

cirujanos telepáticos fue un descendimiento del útero que podía corregirse con el uso de un

pesario. La desilusionada Fernanda trató de obtener una información más precisa, pero los corresponsales

ignotos no volvieron a contestar sus cartas. Se sintió tan agobiada por el peso de

una palabra desconocida, que decidió amordazar la vergüenza para preguntar qué era un pesario,

y sólo entonces supo que el médico francés se había colgado de una viga tres meses antes, y

había sido enterrado contra la voluntad del pueblo por un antiguo compañero de armas del

coronel Aureliano Buendía. Entonces se confió a su hijo José Arcadio, y éste le mandó los pesarios

desde Roma, con un folletito explicativo que ella echó al excusado después de aprendérselo de

memoria, para que nadie fuera a conocer la naturaleza de sus quebrantos. Era una precaución

inútil, porque las únicas personas que vivían en la casa apenas si la tomaban en cuenta. Santa

Sofía de la Piedad vagaba en una vejez solitaria, cocinando lo poco que se comían, y casi por

completo dedicada al cuidado de José Arcadio Segundo. Amaranta Úrsula, heredera de ciertos

encantos de Remedios, la bella, ocupaba en hacer sus tareas escolares el tiempo que antes

perdía en atormentar a Úrsula, y empezaba a manifestar un buen juicio y una consagración a los

estudios que hicieron renacer en Aureliano Segundo la buena esperanza que le inspiraba Meme.

Le había prometido mandarla a terminar sus estudios en Bruselas, de acuerdo con una costumbre

establecida en los tiempos de la compañía bananera, y esa ilusión lo había llevado a tratar de

revivir las tierras devastadas por el diluvio. Las pocas veces que entonces se le veía en la casa,

era por Amaranta Úrsula, pues con el tiempo se había convertido en un extraño para Fernanda, y

el pequeño Aureliano se iba volviendo esquivo y ensimismado a medida que se acercaba a la

pubertad. Aureliano Segundo confiaba en que la vejez ablandara el corazón de Fernanda, para

que el niño pudiera incorporarse a la vida de un pueblo donde seguramente nadie se hubiera

tomado el trabajo de hacer especulaciones suspicaces sobre su origen. Pero el propio Aureliano

parecía preferir el encierro y la soledad, y no revelaba la menor malicia por conocer el mundo que

empezaba en la puerta de la calle. Cuando Úrsula hizo abrir el cuarto de Melquíades, él se dio a

rondarlo, a curiosear por la puerta entornada, y nadie supo en qué momento terminó vinculado a

José Arcadio Segundo por un afecto recíproco. Aureliano Segundo descubrió esa amistad mucho

tiempo después de iniciada, cuando oyó al niño hablando de la matanza de la estación. Ocurrió un

día en que alguien se lamentó en la mesa de la ruina en que se hundió el pueblo cuando lo

abandonó la compañía bananera, y Aureliano lo contradijo con una madurez y una versación de

persona mayor. Su punto de vista, contrario a la interpretación general, era que Macondo fue un

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lugar próspero y bien encaminado hasta que lo desordenó y lo corrompió y lo exprimió la compañía

bananera, cuyos ingenieros provocaron el diluvio como un pretexto para eludir

compromisos con los trabajadores. Hablando con tan buen criterio que a Fernanda le pareció una

parodia sacrílega de Jesús entre los doctores, el niño describió con detalles precisos y

convincentes cómo el ejército ametralló a más de tres mil trabajadores acorralados en la

estación, y cómo cargaron los cadáveres en un tren de doscientos vagones y los arrojaron al mar.

Convencida como la mayoría de la gente de la verdad oficial de que no había pasado nada,

Fernanda se escandalizó con la idea de que el niño había heredado los instintos anarquistas del

coronel Aureliano Buendía, y le ordenó callarse. Aureliano Segundo, en cambio, reconoció la versión

de su hermano gemelo. En realidad, a pesar de que todo el mundo lo tenía por loco, José

Arcadio Segundo era en aquel tiempo el habitante más lúcido de la casa. Enseñó al pequeño

Aureliano a leer y a escribir, lo inició en el estudio de los pergaminos, y le inculcó una

interpretación tan personal de lo que significó para Macondo la compañía bananera, que muchos

años después, cuando Aureliano se incorporara al mundo, había de pensarse que contaba una

versión alucinada, porque era radicalmente contraria a la falsa que los historiadores habían

admitido, y consagrado en los textos escolares. En el cuartito apartado, adonde nunca llegó el

viento árido, ni el polvo ni el calor, ambos recordaban la visión atávica de un anciano con

sombrero de alas de cuervo que hablaba del mundo a espaldas de la ventana, muchos años antes

de que ellos nacieran. Ambos descubrieron al mismo tiempo que allí siempre era marzo y siempre

era lunes, y entonces comprendieron que José Arcadio Buendía no estaba tan loco como contaba

la familia, sino que era el único que había dispuesto de bastante lucidez para vislumbrar la verdad

de que también el tiempo sufría tropiezos y accidentes, y podía por tanto astillarse y dejar en un

cuarto una fracción eternizada. José Arcadio Segundo había logrado además clasificar las letras

crípticas de los pergaminos. Estaba seguro de que correspondían a un alfabeto de cuarenta y

siete a cincuenta y tres caracteres, que separados parecían arañitas y garrapatas, y que en la

primorosa caligrafía de Melquíades parecían piezas de ropa puesta a secar en un alambre.

Aureliano recordaba haber visto una tabla semejante en la enciclopedia inglesa, así que la llevó al

cuarto para compararla con la de José Arcadio Segundo. Eran iguales, en efecto.

Por la época en que se le ocurrió la lotería de adivinanzas, Aureliano Segundo despertaba con

un nudo en la garganta, como si estuviera reprimiendo las ganas de llorar. Petra Cotes lo

interpretó como uno de los tantos trastornos provocados por la mala situación, y todas las

mañanas, durante más de un año, le tocaba el paladar con un hisopo de miel de abejas y le daba

jarabe de rábano. Cuando el nudo de la garganta se le hizo tan opresivo que le costaba trabajo

respirar, Aureliano Segundo visitó a Pilar Ternera por si ella conocía alguna hierba de alivio. La

inquebrantable abuela, que había llegado a los cien años al frente de un burdelito clandestino, no

confió en supersticiones terapéuticas, sino que consultó el asunto con las barajas. Vio el caballo

de oro con la garganta herida por el acero de la sota de espadas, y dedujo que Fernanda estaba

tratando de que el marido volviera a la casa mediante el desprestigiado sistema de hincar

alfileres en su retrato, pero que le había provocado un tumor interno por un conocimiento torpe

de sus malas artes. Como Aureliano Segundo no tenía más retratos que los de la boda, y las

copias estaban completas en el álbum familiar, siguió buscando por toda la casa en los descuidos

de la esposa, y por fin encontró en el fondo del ropero media docena de pesarios en sus cajitas

originales. Creyendo que las rojas llantitas de caucho eran objetos de hechicería, se metió una en

el bolsillo para que la viera Pilar Ternera. Ella no pudo determinar su naturaleza, pero le pareció

tan sospechosa, que de todos modos se hizo llevar la media docena y la quemó en una hoguera

que prendió en el patio. Para conjurar el supuesto maleficio de Fernanda, le indicó a Aureliano

Segundo que mojara una gallina clueca y la enterrara viva bajo el castaño, y él lo hizo de tan

buena fe, que cuando acabó de disimular con hojas secas la tierra removida, ya sentía que

respiraba mejor. Por su parte, Fernanda interpretó la desaparición como una represalia de los

médicos invisibles, y se cosió en la parte interior de la camisola una faltriquera de jareta, donde

guardó los pesarios nuevos que le mandó su hijo.

Seis meses después del enterramiento de la gallina, Aureliano Segundo despertó a medianoche

con un acceso de tos, y sintiendo que lo estrangulaban por dentro con tenazas de cangrejo. Fue

entonces cuando comprendió que por muchos pesarios mágicos que destruyera y muchas gallinas

de conjuro que remojara, la única y triste verdad era que se estaba muriendo. No se lo dijo a

nadie. Atormentad por el temor de morirse sin mandar a Bruselas a Amaranta Úrsula, trabajó

como nunca lo había hecho, y en vez de una hizo tres rifas semanales. Desde muy temprano se

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le veía recorrer el pueblo, aun en los barrios más apartados y miserables, tratando de vender los

billetitos con una ansiedad que sólo era concebible en un moribundo. «Aquí está la Divina

Providencia -pregonaba-. No la dejen ir, que sólo llega una vez cada cien años.» Hacía

conmovedores esfuerzos por parecer alegre, simpático, locuaz, pero bastaba verle el sudor y la

palidez para saber que no podía con su alma. A veces se desviaba por predios baldíos, donde

nadie lo viera, y se sentaba un momento a descansar de las tenazas que lo despedazaban por

dentro. Todavía a la medianoche estaba en el barrio de tolerancia, tratando de consolar con prédicas

de buena suerte a las mujeres solitarias que sollozaban junto a las victrolas. «Este número

no sale hace cuatro meses -les decía, mostrándoles los billetitos-. No lo dejes ir, que la vida es

más corta de lo que uno cree.» Acabaron por perderle el respeto, por burlarse de él, y en sus

últimos meses ya no le decían don Aureliano, como lo habían hecho siempre, sino que lo

llamaban en su propia cara don Divina Providencia. La voz se le iba llenando de notas falsas, se le

fue destemplando y terminó por apagársele en un ronquido de perro, pero todavía tuvo voluntad

para no dejar que decayera la expectativa por los premios en el patio de Petra Cotes. Sin

embargo, a medida que se quedaba sin voz y se daba cuenta de que en poco tiempo ya no podría

soportar el dolor, iba comprendiendo que no era con cerdos y chivos rifados como su hija llegaría

a Bruselas, de modo que concibió la idea de hacer la fabulosa rifa de las tierras destruidas por el

diluvio, que bien podían ser restauradas por quien dispusiera de capital. Fue una iniciativa tan

espectacular, que el propio alcalde se prestó para anunciarla con un bando, y se formaron

sociedades para comprar billetes a cien pesos cada uno, que se agotaron en menos de una semana.

La noche de la rifa, los ganadores hicieron una fiesta aparatosa, comparable apenas a las

de los buenos tiempos de compañía bananera, y Aureliano Segundo tocó en el acordeón por

última vez las canciones olvidadas de Francisco el Hombre, pero ya no pudo cantarlas.

Dos meses después, Amaranta Úrsula se fue a Bruselas. Aureliano Segundo le entregó no sólo

el dinero de la rifa extraordinaria, sino el que había logrado economizar en los meses anteriores,

y el muy escaso que obtuvo por la venta de la pianola, el clavicordio y otros corotos caídos en

desgracia. Según sus cálculos, ese fondo le alcanzaba para los estudios, así que sólo quedaba

pendiente el valor del pasaje de regreso. Fernanda se opuso al viaje hasta el último momento,

escandalizada con la idea de que Bruselas estuviera tan cerca de la perdición de París, pero se

tranquilizó con una carta que le dio el padre Ángel para una pensión de jóvenes católicas atendida

por religiosas, donde Amaranta Úrsula prometió vivir hasta el término de sus estudios. Además,

el párroco consiguió que viajara al cuidado de un grupo de franciscanas que iban para Toledo,

donde esperaban encontrar gente de confianza para mandarla a Bélgica. Mientras se adelantaba

la apresurada correspondencia que hizo posible esta coordinación, Aureliano Segundo, ayudado

por Petra Cotes, se ocupó del equipaje de Amaranta Úrsula. La noche en que prepararon uno de

los baúles nupciales de Fernanda, las cosas estaban tan bien dispuestas que la estudiante sabía

de memoria cuáles eran los trajes y las babuchas de pana con que debía hacer la travesía del

Atlántico, y el abrigo de paño azul con botones de cobre, y los zapatos de cordobán con que debía

desembarcar. Sabía también cómo debía caminar para no caer al agua cuando subiera a bordo

por la plataforma, que en ningún momento debía separarse de las monjas ni salir del camarote

como no fuera para comer, y que por ningún motivo debía contestar a las preguntas que los desconocidos

de cualquier sexo le hicieran en alta mar. Llevaba un frasquito con gotas para el mareo

y un cuaderno escrito de su puño y letra por el padre Ángel, con seis oraciones para conjurar la

tempestad. Fernanda le fabricó un cinturón de lona para que guardara el dinero, y le indicó la

forma de usarlo ajustado al cuerpo, de modo que no tuviera que quitárselo ni siquiera para

dormir. Trató de regalarle la bacinilla de oro lavada con lejía y desinfectada con alcohol, pero

Amaranta Úrsula la rechazó por miedo de que se burlaran de ella sus compañeras de colegio.

Pocos meses después, a la hora de la muerte, Aureliano Segundo había de recordarla como la vio

la última vez, tratando de bajar sin conseguirlo el cristal polvoriento del vagón de segunda clase,

para escuchar las últimas recomendaciones de Fernanda. Llevaba un traje de seda rosada con un

ramito de pensamientos artificiales en el broche del hombro izquierdo; los zapatos de cordobán

con trabilla y tacón bajo, y las medias satinadas con ligas elásticas en las pantorrillas. Tenía el

cuerpo menudo, el cabello suelto y largo y los ojos vivaces que tuvo Úrsula a su edad, y la forma

en que se despedía sin llorar pero sin sonreír, revelaba la misma fortaleza de carácter.

Caminando junto al vagón a medida que aceleraba, y llevando a Fernanda del brazo para que no

fuera a tropezar, Aureliano Segundo apenas pudo corresponderle con un saludo de la mano,

cuando la hija le mandó un beso con la punta de los dedos. Los esposos permanecieron inmóviles

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bajo el sol abrasante, mirando cómo el tren se iba confundiendo con el punto negro del horizonte,

y tomados del brazo por primera vez desde el día de la boda.

El nueve de agosto, antes de que se recibiera la primera carta de Bruselas, José Arcadio

Segundo conversaba con Aureliano en el cuarto de Melquíades, y sin que viniera a cuento dijo:

-Acuérdate siempre de que eran más de tres mil y que los echaron al mar.

Luego se fue de bruces sobre los pergaminos, y murió con los ojos abiertos. En ese mismo

instante, en la cama de Fernanda, su hermano gemelo llegó al final del prolongado y terrible

martirio de los cangrejos de hierro que le carcomieron la garganta. Una semana antes había

vuelto a la casa, sin voz, sin aliento y casi en los puros huesos, con sus baúles trashumantes y su

acordeón de perdulario, para cumplir la promesa de morir junto a la esposa. Petra Cotes lo ayudó

a recoger sus ropas y lo despidió sin derramar una lágrima, pero olvidó darle los zapatos de

charol que él quería llevar en el ataúd. De modo que cuando supo que había muerto, se vistió de

negro, envolvió los botines en un periódico, y le pidió permiso a Fernanda para ver al cadáver.

Fernanda no la dejó pasar de la puerta.

-Póngase en mi lugar -suplicó Petra Cotes-. Imagínese cuánto lo habré querido para soportar

esta humillación.

-No hay humillación que no la merezca una concubina

-replicó Fernanda-. Así que espere a que se muera otro de los tantos para ponerle esos

botines.

En cumplimiento de su promesa, Santa Sofía de la Piedad degolló con un cuchillo de cocina el

cadáver de José Arcadio Segundo para asegurarse de que no lo enterraran vivo, Los cuerpos

fueron puestos en ataúdes iguales, y allí se vio que volvían a ser idénticos en la muerte, como lo

fueron hasta la adolescencia. Los viejos compañeros de parranda de Aureliano Segundo pusieron

sobre su caja una corona que tenía una cinta morada con un letrero: Apartense vacas que la vida

es corta. Fernanda se indignó tanto con la irreverencia que mandó tirar la corona en la basura. En

el tumulto de última hora, los borrachitos tristes que los sacaron de la casa confundieron los

ataúdes y los enterraron en tumbas equivocadas.

Cien años de soledad

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147

XVIII

Aureliano no abandonó en mucho tiempo el cuarto de Melquíades. Se aprendió de memoria las

leyendas fantásticas del libro desencuadernado, la síntesis de los estudios de Hermann, el tullido;

los apuntes sobre la ciencia demonológica, las claves de la piedra filosofal, las centurias de

Nostradamus y sus investigaciones sobre la peste, de modo que llegó a la adolescencia sin saber

nada de su tiempo, pero con los conocimientos básicos del hombre medieval. A cualquier hora

que entrara en el cuarto, Santa Sofía de la Piedad lo encontraba absorto en la lectura. Le llevaba

al amanecer un tazón de café sin azúcar, y al mediodía un plato de arroz con tajadas de plátano

fritas, que era lo único que se comía en la casa después de la muerte de Aureliano Segundo. Se

preocupaba por cortarle el pelo, por sacarle las liendres, por adaptarle la ropa vieja que

encontraba en baúles olvidados, y cuando empezó a despuntarle el bigote le llevó la navaja

barbera y la totumita para la espuma del coronel Aureliano Buendía. Ninguno de los hijos de éste

se le pareció tanto, ni siquiera Aureliano José, sobre todo por los pómulos pronunciados, y la línea

resuelta y un poco despiadada de los labios. Como le ocurrió a Úrsula con Aureliano segundo

cuando éste estudiaba en el cuarto, Santa Sofía de la piedad creía que Aureliano hablaba solo. En

realidad, conversaba con Melquíades. Un mediodía ardiente, poco después de la muerte de los

gemelos, vio contra la reverberación de la ventana al anciano lúgubre con el sombrero de alas de

cuervo, como la materialización de un recuerdo que estaba en su memoria desde mucho antes de

nacer. Aureliano había terminado de clasificar el alfabeto de los pergaminos. Así que cuando

Melquiades le preguntó si había descubierto en qué lengua estaban escritos, él no vaciló para

contestar.

-En sánscrito -dijo.

Melquíades le reveló que sus oportunidades de volver al cuarto estaban contadas. Pero se iba

tranquilo a las praderas de la muerte definitiva, porque Aureliano tenía tiempo de aprender el

sánscrito en los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo y pudieran ser

descifrados. Fue él quien le indicó que en el callejón que terminaba en el río, y donde en los

tiempos de la compañía bananera se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueños, un sabio

catalán tenía una tienda de libros donde había un Sanskrit Primer que sería devorado por las

polillas seis años después si él no se apresuraba a comprarlo. Por primera vez en su larga vida

Santa Sofía de la Piedad dejó traslucir un sentimiento, y era un sentimiento de estupor, cuando

Aureliano le pidió que le llevara el libro que había de encontrar entre la Jerusalén Libertada y los

poemas de Milton, en el extremo derecho del segundo renglón de los anaqueles. Como no sabía

leer, se aprendió de memoria la parrafada, y consiguió el dinero con la venta de uno de los

diecisiete pescaditos de oro que quedaban en el taller, y que sólo ella y Aureliano sabían dónde

los habían puesto la noche en que los soldados registraron la casa.

Aureliano avanzaba en los estudios del sánscrito, mientras Melquíades iba haciéndose cada vez

menos asiduo y más lejano, esfumándose en la claridad radiante del mediodía. La última vez que

Aureliano lo sintió era apenas una presencia invisible que murmuraba: «He muerto de fiebre en

los médanos de Singapur.» El cuarto se hizo entonces vulnerable al polvo, al calor, al comején, a

las hormigas coloradas, a las polillas que habían de convertir en aserrín la sabiduría de los libros

y los pergaminos.

En la casa no faltaba qué comer. Al día siguiente de la muerte de Aureliano Segundo, uno de

los amigos que habían llevado la corona con la inscripción irreverente le ofreció pagarle a

Fernanda un dinero que le había quedado debiendo a su esposo. A partir de entonces, un

mandadero llevaba todos los miércoles un canasto con cosas de comer, que alcanzaban bien para

una semana. Nadie supo nunca que aquellas vituallas las mandaba Petra Cotes, con la idea de

que la caridad continuada era una forma de humillar a quien la había humillado. Sin embargo, el

rencor se le disipó mucho más pronto de lo que ella misma esperaba, y entonces siguió

mandando la comida por orgullo y finalmente por compasión. Varias veces, cuando le faltaron

ánimos para vender billetitos y la gente perdió el interés por las rifas, se quedó ella sin comer

para que comiera Fernanda, y no dejó de cumplir el compromiso mientras no vio pasar su

entierro.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

148

Para Santa Sofía de la Piedad la reducción de los habitantes de la casa debía haber sido el

descanso a que tenía derecho después de más de medio siglo de trabajo. Nunca se le había oído

un lamento a aquella mujer sigilosa, impenetrable, que sembró en la familia los gérmenes

angélicos de Remedios, la bella, y la misteriosa solemnidad de José Arcadio Segundo; que

consagró toda una vida de soledad y silencio a la crianza de unos niños que apenas si recordaban

que eran sus hijos y sus nietos, y que se ocupó de Aureliano como si hubiera salido de sus

entrañas, sin saber ella misma que era su bisabuela. Sólo en una casa como aquélla era

concebible que hubiera dormido siempre en un petate que tendía en el piso del granero, entre el

estrépito nocturno de las ratas, y sin haberle contado a nadie que una noche la despertó la

pavorosa sensación de que alguien la estaba mirando en la oscuridad, y era que una víbora se

deslizaba por su vientre. Ella sabía que si se lo hubiera contado a Úrsula la hubiera puesto a

dormir en su propia cama, pero eran los tiempos en que nadie se daba cuenta de nada mientras

no se gritara en el corredor, porque los afanes de la panadería, los sobresaltos de la guerra, el

cuidado de los niños, no dejaban tiempo para pensar en la felicidad ajena. Petra Cotes, a quien

nunca vio, era la única que se acordaba de ella. Estaba pendiente de que tuviera un buen par de

zapatos para salir, de que nunca le faltara un traje, aun en los tiempos en que hacían milagros

con el dinero de las rifas. Cuando Fernanda llegó a la casa tuvo motivos para creer que era una

sirvienta eternizada, y aunque varias veces oyó decir que era la madre de su esposo, aquello le

resultaba tan increíble que más tardaba en saberlo que en olvidarlo. Santa Sofía de la Piedad no

pareció molestarse nunca por aquella condición subalterna. Al contrario, se tenía la impresión de

que le gustaba andar por los rincones, sin una tregua, sin un quejido, manteniendo ordenada y

limpia la inmensa casa donde vivió desde la adolescencia, y que particularmente en los tiempos

de la compañía bananera parecía más un cuartel que un hogar. Pero cuando murió Úrsula, la

diligencia inhumana de Santa Sofía de la Piedad, su tremenda capacidad de trabajo, empezaron a

quebrantarse. No era solamente que estuviera vieja y agotada, sino que la casa se precipitó de la

noche a la mañana en una crisis de senilidad. Un musgo tierno se trepó por las paredes. Cuando

ya no hubo un lugar pelado en los patios, la maleza rompió por debajo el cemento del corredor, lo

resquebrajó como un cristal, y salieron por las grietas las mismas florecitas amarillas que casi un

siglo antes había encontrado Úrsula en el vaso donde estaba la dentadura postiza de Melquíades.

Sin tiempo ni recursos para impedir los desafueros de la naturaleza, Santa Sofía de la Piedad se

pasaba el día en los dormitorios, espantando los lagartos que volverían a meterse por la noche.

Una mañana vio que las hormigas coloradas abandonaron los cimientos socavados, atravesaron el

jardín, subieron por el pasamanos donde las begonias habían adquirido un color de tierra, y

entraron hasta el fondo de la casa. Trató primero de matarlas con una escoba, luego con

insecticida y por último con cal, pero al otro día estaban otra vez en el mismo lugar, pasando

siempre, tenaces e invencibles. Fernanda, escribiendo cartas a sus hijos, no se daba cuenta de la

arremetida incontenible de la destrucción. Santa Sofía de la Piedad siguió luchando sola, peleando

con la maleza para que no entrara en la cocina, arrancando de las paredes los borlones de

telaraña que se reproducían en pocas horas, raspando el comején. Pero cuando vio que también

el cuarto de Melquíades estaba telarañado y polvoriento, así lo barriera y sacudiera tres veces al

día, y que a pesar de su furia limpiadora estaba amenazado por los escombros y el aire de

miseria que sólo el coronel Aureliano Buendía y el joven militar habían previsto, comprendió que

estaba vencida. Entonces se puso el gastado traje dominical, unos viejos zapatos de Úrsula y un

par de medias de algodón que le había regalado Amaranta Úrsula, e hizo un atadito con las dos o

tres mudas que le quedaban.

-Me rindo -le dijo a Aureliano-. Esta es mucha casa para mis pobres huesos.

Aureliano le preguntó para dónde iba, y ella hizo un gesto de vaguedad, como si no tuviera la

menor idea de su destino. Trató de precisar, sin embargo, que iba a pasar sus últimos años con

una prima hermana que vivía en Riohacha. No era una explicación verosímil. Desde la muerte de

sus padres, no había tenido contacto con nadie en el pueblo, ni recibió cartas ni recados, ni se le

oyó hablar de pariente alguno. Aureliano le dio catorce pescaditos de oro, porque ella estaba

dispuesta a irse con lo único que tenía: un peso y veinticinco centavos. Desde la ventana del

cuarto, él la vio atravesar el patio con su atadito de ropa, arrastrando los pies y arqueada por los

años, y la vio meter la mano por un hueco del portón para poner la aldaba después de haber

salido. Jamás se volvió a saber de ella.

Cuando se enteró de la fuga, Fernanda despotricó un día entero, mientras revisaba baúles,

cómodas y armarios, cosa por cosa, para convencerse de que Santa Sofía de la Piedad no se

Cien años de soledad

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había alzado con nada. Se quemó los dedos tratando de prender un fogón por primera vez en la

vida, y tuvo que pedirle a Aureliano el favor de enseñarle a preparar el café. Con el tiempo, fue él

quien hizo los oficios de cocina. Al levantarse, Fernanda encontraba el desayuno servido, y sólo

volvía a abandonar el dormitorio para coger la comida que Aureliano le dejaba tapada en

rescoldo, y que ella llevaba a la mesa para comérsela en manteles de lino y entre candelabros,

sentada en una cabecera solitaria al extremo de quince sillas vacías. Aun en esas circunstancias,

Aureliano y Fernanda no compartieron la soledad, sino que siguieron viviendo cada uno en la

suya, haciendo la limpieza del cuarto respectivo, mientras la telaraña iba nevando los rosales,

tapizando las vigas, acolchonando las paredes. Fue por esa época que Fernanda tuvo la impresión

de que la casa se estaba llenando de duendes. Era como si los objetos, sobre todo los de uso

diario, hubieran desarrollado la facultad de cambiar de lugar por sus propios medios. A Fernanda

se le iba el tiempo en buscar las tijeras que estaba segura de haber puesto en la cama y, después

de revolverlo todo, las encontraba en una repisa de la cocina, donde creía no haber estado en

cuatro días. De pronto no había un tenedor en la gaveta de los cubiertos, y encontraba seis en el

altar y tres en el lavadero. Aquella caminadera de las cosas era más desesperante cuando se

sentaba a escribir. El tintero que ponía a la derecha aparecía a la izquierda, la almohadilla del

papel secante se le perdía, y la encontraba dos días después debajo de la almohada, y las

páginas escritas a José Arcadio se le confundían con las de Amaranta Úrsula, y siempre andaba

con la mortificación de haber metido las cartas en sobres cambiados, como en efecto le ocurrió

varias veces. En cierta ocasión perdió la pluma. Quince días después se la devolvió el cartero que

la había encontrado en su bolsa, y andaba buscando al dueño de casa en casa. Al principio, ella

creyó que eran cosas de los médicos invisibles, como la desaparición de los pesarios, y hasta

empezó a escribirles una carta para suplicarles que la dejaran en paz, pero había tenido que

interrumpirla para hacer algo, y cuando volvió al cuarto no sólo no encontró la carta empezada,

sino que se olvidó del propósito de escribirla. Por un tiempo pensó que era Aureliano. Se dio a

vigilarlo, a poner objetos a su paso tratando de sorprenderlo en el momento en que los cambiara

de lugar, pero muy pronto se convenció de que Aureliano no abandonaba el cuarto de Melquíades

sino para ir a la cocina o al excusado, y que no era hombre de burlas. De modo que terminó por

creer que eran travesuras de duendes, y optó por asegurar cada cosa en el sitio donde tenía que

usarla. Amarró las tijeras con una larga pita en la cabecera de la cama. Amarró el plumero y la

almohadilla del papel secante en la pata de la mesa, y pegó con goma el tintero en la tabla, a la

derecha del lugar en que solía escribir. Los problemas no se resolvieron de un día para otro, pues

a las pocas horas de costura ya la pita de las tijeras no alcanzaba para cortar, como si los

duendes la fueran disminuyendo. Le ocurría lo mismo con la pita de la pluma, y hasta con su

propio brazo, que al poco tiempo de estar escribiendo no alcanzaba el tintero.

Ni Amaranta Úrsula, en Bruselas, ni José Arcadio, en Roma, se enteraron jamás de esos

insignificantes infortunios. Fernanda les contaba que era feliz, y en realidad lo era, justamente

porque se sentía liberada de todo compromiso, como si la vida la hubiera arrastrado otra vez

hasta el mundo de sus padres, donde no se sufría con los problemas diarios porque estaban

resueltos de antemano en la imaginación. Aquella correspondencia interminable le hizo perder el

sentido del tiempo, sobre todo después de que se fue Santa Bofia de la Piedad. Se había acostumbrado

a llevar la cuenta de los días, los meses y los años, tomando como puntos de referencia

las fechas previstas para el retorno de los hijos. Pero cuando éstos modificaron los plazos una y

otra vez, las fechas se le confundieron, los términos se le traspapelaron, y las jornadas se

parecieron tanto las unas a las otras, que no se sentían transcurrir. En lugar de impacientarse,

experimentaba una honda complacencia con la demora. No la inquietaba que muchos años

después de anunciarle las vísperas de sus votos perpetuos, José Arcadio siguiera diciendo que

esperaba terminar los estudios de alta teología para emprender los de diplomacia, porque ella

comprendía que era muy alta y empedrada de obstáculos la escalera de caracol que conducía a la

silla de San Pedro. En cambio, el espíritu se le exaltaba con noticias que para otros hubieran sido

insignificantes, como aquella de que su hijo había visto al Papa. Experimentó un gozo similar

cuando Amaranta Úrsula le mandó decir que sus estudios se prolongaban más del tiempo

previsto, porque sus excelentes calificaciones le habían merecido privilegios que su padre no

tomó en consideración al hacer las cuentas.

Habían transcurrido más de tres años desde que Santa Sofía de la Piedad le llevó la gramática,

cuando Aureliano consiguió traducir el primer pliego. No fue una labor inútil, pero constituía

apenas un primer paso en un camino cuya longitud era imposible prever, porque el texto en

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castellano no significaba nada: eran versos cifrados. Aureliano carecía de elementos para

establecer las claves que le permitieran desentrañarlos, pero como Melquíades le había dicho que

en la tienda del sabio catalán estaban los libros que le harían falta para llegar al fondo de los

pergaminos, decidió hablar con Fernanda para que le permitiera ir a buscarlos. En el cuarto

devorado por los escombros, cuya proliferación incontenible había terminado por derrotarlo,

pensaba en la forma más adecuada de formular la solicitud, se anticipaba a las circunstancias,

calculaba la ocasión más adecuada, pero cuando encontraba a Fernanda retirando la comida del

rescoldo, que era la única oportunidad para hablarle, la solicitud laboriosamente premeditada se

le atragantaba, y se le perdía la voz. Fue aquella la única vez en que la espió. Estaba pendiente

de sus pasos en el dormitorio. La oía ir hasta la puerta para recibir las cartas de sus hijos y

entregarle las suyas al cartero, y escuchaba hasta muy altas horas de la noche el trazo duro y

apasionado de la pluma en el papel, antes de oír el ruido del interruptor y el murmullo de las

oraciones en la oscuridad. Sólo entonces se dormía, confiando en que el día siguiente le daría la

oportunidad esperada. Se ilusionó tanto con la idea de que el permiso no le sería negado que una

mañana se cortó el cabello que ya le daba a los hombros, se afeitó la barba enmarañada, se puso

unos pantalones estrechos y una camisa de cuello postizo que no sabía de quién había heredado,

y esperó en la cocina a que Fernanda fuera a desayunar. No llegó la mujer de todos los días, la

de la cabeza alzada y la andadura pétrea, sino una anciana de una hermosura sobrenatural, con

una amarillenta capa de armiño, una corona de cartón dorado, y la conducta lánguida de quien ha

llorado en secreto. En realidad, desde que lo encontró en los baúles de Aureliano Segundo,

Fernanda se había puesto muchas veces el apolillado vestido de reina. Cualquiera que la hubiera

visto frente al espejo, extasiada en sus propios ademanes monárquicos, habría podido pensar que

estaba loca. Pero no lo estaba. Simplemente, había convertido los atuendos reales en una

máquina de recordar. La primera vez que se los puso no pudo evitar que se le formara un nudo

en el corazón y que los ojos se le llenaran de lágrimas, porque en aquel instante volvió a percibir

el olor de betún de las botas del militar que fue a buscarla a su casa para hacerla reina, y el alma

se le cristalizó con la nostalgia de los sueños perdidos. Se sintió tan vieja, tan acabada, tan

distante de las mejores horas de su vida, que inclusive añoró las que recordaba como las peores,

y sólo entonces descubrió cuánta falta hacían las ráfagas de orégano en el corredor, y el vapor de

los rosales al atardecer, y hasta la naturaleza bestial de los advenedizos. Su corazón de ceniza

apelmazada que había resistido sin quebrantos a los golpes más certeros de la realidad cotidiana,

se desmoronó a los primeros embates de la nostalgia. La necesidad de sentirse triste se le iba

convirtiendo en un vicio a medida que la devastaban los años. Se humanizó en la soledad. Sin

embargo, la mañana en que entró en la cocina y se encontró con una taza de café que le ofrecía

un adolescente óseo y pálido, con un resplandor alucinado en los ojos, la desgarró el zarpazo del

ridículo. No sólo le negó el permiso, sino que desde entonces cargó las llaves de la casa en la

bolsa donde guardaba los pesarios sin usar. Era una precaución inútil, porque de haberlo querido

Aureliano hubiera podido escapar y hasta volver a casa sin ser visto. Pero el prolongado

cautiverio, la incertidumbre del mundo, el hábito de obedecer, habían resecado en su corazón las

semillas de la rebeldía. De modo que volvió a su clausura, pasando y repasando los pergaminos,

y oyendo hasta muy avanzada la noche los sollozos de Fernanda en el dormitorio. Una mañana

fue como de costumbre a prender el fogón, y encontró en las cenizas apagadas la comida que

había dejado para ella el día anterior. Entonces se asomó al dormitorio, y la vio tendida en la

cama, tapada con la capa de armiño, más bella que nunca, y con la piel convertida en una

cáscara de marfil. Cuatro meses después, cuando llegó José Arcadio, la encontró intacta.

Era imposible concebir un hombre más parecido a su madre. Llevaba un traje de tafetán

luctuoso, una camisa de cuello redondo y duro, y una delgada cinta de seda con un lazo en lugar

de la corbata. Era lívido, lánguido, de mirada atónita y labios débiles. El cabello negro, lustrado y

liso, partido en el centro del cráneo por una línea recta y exangüe, tenía la misma apariencia

postiza del pelo de los santos. La sombra de la barba bien destroncada en el rostro de parafina

parecía un asunto de la conciencia. Tenía las manos pálidas, con nervaduras verdes y dedos

parasitarios, y un anillo de oro macizo con un ópalo girasol, redondo, en el índice izquierdo.

Cuando le abrió la puerta de la calle Aureliano no hubiera tenido necesidad de suponer quién era

para darse cuenta de que venía de muy lejos. La casa se impregnó a su paso de la fragancia de

agua florida que Úrsula le echaba en la cabeza cuando era niño, para poder encontrarlo en las

tinieblas. De algún modo imposible de precisar, después de tantos años de ausencia José Arcadio

seguía siendo un niño otoñal, terriblemente triste y solitario. Fue directamente al dormitorio de su

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madre, donde Aureliano había vaporizado mercurio durante cuatro meses en el atanor del abuelo

de su abuelo, para conservar el cuerpo según la fórmula de Melquíades. José Arcadio no hizo

ninguna pregunta. Le dio un beso en la frente al cadáver, le sacó de debajo de la falda la

faltriquera de jareta donde había tres pesarios todavía sin usar, y la llave del ropero. Hacía todo

con ademanes directos y decididos, en contraste con su languidez. Sacó del ropero un cofrecito

damasquinado con el escudo familiar, y encontró en el interior perfumado de sándalo la carta

voluminosa en que Fernanda desahogó el corazón de las incontables verdades que le había

ocultado. La leyó de pie, con avidez pero sin ansiedad, y en la tercera página se detuvo, y

examinó a Aureliano con una mirada de segundo reconocimiento.

-Entonces -dijo con una voz que tenía algo de navaja de afeitar-, tú eres el bastardo.

-Soy Aureliano Buendía.

-Vete a tu cuarto -dijo José Arcadio.

Aureliano se fue, y no volvió a salir ni siquiera por curiosidad cuando oyó el rumor de los

funerales solitarios. A veces, desde la cocina, veía a José Arcadio deambulando por la casa, ahogándose

en su respiración anhelante, y seguía escuchando sus pasos por los dormitorios en

ruinas después de la medianoche. No oyó su voz en muchos meses, no sólo porque José Arcadio

no le dirigía la palabra, sino porque él no tenía deseos de que ocurriera, ni tiempo de pensar en

nada distinto de los pergaminos. A la muerte de Fernanda, había sacado el penúltimo pescadito y

había ido a la librería del sabio catalán, en busca de los libros que le hacían falta. No le interesó

nada de lo que vio en el trayecto, acaso porque carecía de recuerdos para comparar, y las calles

desiertas y las casas desoladas eran iguales a como las había imaginado en un tiempo en que

hubiera dado el alma por conocerlas. Se había concedido a si mismo el permiso que le negó

Fernanda, y sólo por una vez, con un objetivo único y por el tiempo mínimo indispensable, así

que recorrió sin pausa las once cuadras que separaban la casa del callejón donde antes se

interpretaban los sueños, y entró acezando en el abigarrado y sombrío local donde apenas había

espacio para moverse. Más que una librería, aquélla parecía un basurero de libros usados,

puestos en desorden en los estantes mellados por el comején, en los rincones amelazados de

telaraña, y aun en los espacios que debieron destinarse a los pasadizos. En una larga mesa,

también agobiada de mamotretos, el propietario escribía una prosa incansable, con una caligrafía

morada, un poco delirante, y en hojas sueltas de cuaderno escolar. Tenía una hermosa cabellera

plateada que se le adelantaba en la frente como el penacho de una cacatúa, y sus ojos azules,

vivos y estrechos, revelaban la mansedumbre del hombre que ha leído todos los libros. Estaba en

calzoncillos, empapado en sudor y no desentendió la escritura para ver quién había llegado. Aureliano

no tuvo dificultad para rescatar de entre aquel desorden de fábula los cinco libros que

buscaba, pues estaban en el lugar exacto que le indicó Melquíades. Sin decir una palabra, se los

entregó junto con el pescadito de oro al sabio catalán, y éste los examinó, y sus párpados se

contrajeron como dos almejas. «Debes estar loco» -dijo en su lengua, alzándose de hombros, y le

devolvió a Aureliano los cinco libros y el pescadito.

-Llévatelo -dijo en castellano-. El último hombre que leyó esos libros debió ser Isaac el Ciego,

así que piensa bien lo que haces.

José Arcadio restauró el dormitorio de Meme, mandó limpiar y remendar las cortinas de

terciopelo y el damasco del baldaquín de la cama virreinal, y puso otra vez en servicio el baño

abandonado, cuya alberca de cemento estaba renegrida por una nata fibrosa y áspera. A esos dos

lugares se redujo su imperio de pacotilla, de gastados géneros exóticos, de perfumes falsos y

pedrería barata. Lo único que pareció estorbarle en el resto de la casa fueron los santos del altar

doméstico, que una tarde quemó hasta convertirlos en ceniza, en una hoguera que prendió en el

patio. Dormía hasta después de las once. Iba al baño con una deshilachada túnica de dragones

dorados y unas chinelas de borlas amarillas, y allí oficiaba un rito que por su parsimonia y

duración recordaba al de Remedios, la bella. Antes de bañarse, aromaba la alberca con las sales

que llevaba en tres pomos alabastrados. No se hacía abluciones con la totuma, sino que se

zambullía en las aguas fragantes, y permanecía hasta dos horas flotando boca arriba, adormecido

por la frescura y por el recuerdo de Amaranta. A los pocos días de haber llegado abandonó el

vestido de tafetán, que además de ser demasiado caliente para el pueblo era el único que tenía, y

lo cambió por unos pantalones ajustados, muy parecidos a los que usaba Pietro Crespi en las

clases de baile, y una camisa de seda tejida con el gusano vivo, y con sus iniciales bordadas en el

corazón. Dos veces por semana lavaba la muda completa en la alberca, y se quedaba con la

túnica hasta que se secaba, pues no tenía nada más que ponerse. Nunca comía en la casa. Salía

Cien años de soledad

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a la calle cuando aflojaba el calor de la siesta, y no regresaba hasta muy entrada la noche.

Entonces continuaba su deambular angustioso, respirando como un gato, y pensando en

Amaranta. Ella, y la mirada espantosa de los santos en el fulgor de la lámpara nocturna, eran los

dos recuerdos que conservaba de la casa. Muchas veces, en el alucinante agosto romano, había

abierto los ojos en mitad del sueño, y había visto a Amaranta surgiendo de un estanque de

mármol brocatel, con su pollerines de encaje y su venda en la mano, idealizada por la ansiedad

del exilio. Al contrario de Aureliano José, que trató de sofocar aquella imagen en el pantano

sangriento de la guerra, él trataba de mantenerla viva en un cenagal de concupiscencia, mientras

entretenía a su madre con la patraña sin término de la vocación pontificia. Ni a él ni a Fernanda

se les ocurrió pensar nunca que su correspondencia era un intercambio de fantasías. José

Arcadio, que abandonó el seminario tan pronto como llegó a Roma, siguió alimentando la leyenda

de la teología y el derecho canónico, para no poner en peligro la herencia fabulosa de que le

hablaban las cartas delirantes de su madre, y que había de rescatarlo de la miseria y la sordidez

que compartía con dos amigos en una buhardilla del Trastevere. Cuando recibió la última carta de

Fernanda, dictada por el presentimiento de la muerte inminente, metió en una maleta los últimos

desperdicios de su falso esplendor, y atravesó el océano en una bodega donde los emigrantes se

apelotaban como reses de matadero, comiendo macarrones fríos y queso agusanado. Antes de

leer el testamento de Fernanda, que no era más que una minuciosa y tardía recapitulación de

infortunios, ya los muebles desvencijados y la maleza del corredor le habían indicado que estaba

metido en una trampa de la cual no saldría jamás, para siempre exiliado de la luz de diamante y

el aire inmemorial de la primavera romana. En los insomnios agotadores del asma, medía y volvía

a medir la profundidad de su desventura, mientras repasaba la casa tenebrosa donde los

aspavientos seniles de Úrsula le infundieron el miedo del mundo. Para estar segura de no

perderlo en las tinieblas, ella le había asignado un rincón del dormitorio, el único donde podría

estar a salvo de los muertos que deambulaban por la casa desde el atardecer. «Cualquier cosa

mala que hagas -le decía Úrsula- me la dirán los santos.» Las noches pávidas de su infancia se

redujeron a ese rincón, donde permanecía inmóvil hasta la hora de acostarse, sudando de miedo

en un taburete, bajo la mirada vigilante y glacial de los santos acusetas. Era una tortura inútil,

porque ya para esa época él tenía terror de todo lo que lo rodeaba, y estaba preparado para

asustarse de todo lo que encontrara en la vida: las mujeres de la calle, que echaban a perder la

sangre; las mujeres de la casa, que parían hijos con cola de puerco; los gallos de pelea, que

provocaban muertes de hombres y remordimientos de conciencia para el resto de la vida; las

armas de fuego, que con sólo tocarlas condenaban a veinte años de guerra; las empresas

desacertadas, que sólo conducían al desencanto y la locura, y todo, en fin, todo cuanto Dios había

creado con su infinita bondad, y que el diablo había pervertido. Al despertar, molido por el torno

de las pesadillas, la claridad de la ventana y las caricias de Amaranta en la alberca, y el deleite

con que lo empolvaba entre las piernas con una bellota de seda, lo liberaban del terror. Hasta

Úrsula era distinta bajo la luz radiante del jardín, porque allí no le hablaba de cosas de pavor,

sino que le frotaba los dientes con polvo de carbón para que tuviera la sonrisa radiante de un

Papa, y le cortaba y le pulía las uñas para que los peregrinos que llegaban a Roma de todo el

ámbito de la tierra se asombraran de la pulcritud de las manos del Papa cuando les echara la

bendición, y lo peinaba como un Papa, y lo ensopaba con agua florida para que su cuerpo y sus

ropas tuvieran la fragancia de un Papa. En el patio de Castelgandolfo él había visto al Papa en un

balcón, pronunciando el mismo discurso en siete idiomas para una muchedumbre de peregrinos,

y lo único que en efecto le había- llamado la atención era la blancura de sus manos, que parecían

maceradas en lejía, el resplandor deslumbrante de sus ropas de verano, y su recóndito hálito de

agua de colonia.

Casi un año después del regreso a la casa, habiendo vendido para comer los candelabros de

plata y la bacinilla heráldica que a la hora de la verdad sólo tuvo de oro las incrustaciones del

escudo, la única distracción de José Arcadio era recoger niños en el pueblo para que jugaran en la

casa. Aparecía con ellos a la hora de la siesta, y los hacía saltar la cuerda en el jardín, cantar en

el corredor y hacer maromas en los muebles de la sala, mientras él iba por entre los grupos

impartiendo lecciones de buen comportamiento. Para esa época había acabado con los pantalones

estrechos y la camisa de seda, y usaba una muda ordinaria comprada en los almacenes de los

árabes, pero seguía manteniendo su dignidad lánguida y sus ademanes papales. Los niños se

tomaron la casa como lo hicieron en el pasado las compañeras de Meme. Hasta muy entrada la

noche se les oía cotorrear y cantar y bailar zapateados, de modo que la casa parecía un internado

Cien años de soledad

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sin disciplina. Aureliano no se preocupó de la invasión mientras no fueron a molestarlo en el

cuarto de Melquíades. Una mañana, dos niños empujaron la puerta, y se espantaron ante la

visión del hombre cochambroso y peludo que seguía descifrando los pergaminos en la mesa de

trabajo. No se atrevieron a entrar, pero siguieren rondando la habitación. Se asomaban

cuchicheando por las hendijas, arrojaban animales vivos por las claraboyas, y en una ocasión

clavetearon por fuera la puerta y la ventana, y Aureliano necesitó medio día para forzarlas.

Divertidos por la impunidad de sus travesuras, cuatro niños entraron otra mañana en el cuarto,

mientras Aureliano estaba en la cocina, dispuestos a destruir los pergaminos. Pero tan pronto

como se apoderaron de los pliegos amarillentos, una fuerza angélica los levantó del suelo, y los

mantuvo suspendidos en el aire, hasta que regresó Aureliano y les arrebató los pergaminos.

Desde entonces no volvieron a molestarlo.

Los cuatro niños mayores, que usaban pantalones cortos a pesar de que ya se asomaban a la

adolescencia, se ocupaban de la apariencia personal de José Arcadio. Llegaban más temprano que

los otros, y dedicaban la mañana a afeitarle, a darle masajes con toallas calientes, a cortarle y

pulirle las uñas de las manos y los pies, a perfumarle con agua florida. En varias ocasiones se

metieron en la alberca, para jabonarlo de pies a cabeza, mientras él flotaba boca arriba,

pensando en Amaranta. Luego le secaban, le empolvaban el cuerpo, y lo vestían. Une de los

niños, que tenía el cabello rubio y crespo, y los ojos de vidries rosados como les conejos, solía

dormir en la casa. Eran tan firmes los vínculos que lo unían a José Arcadio que le acompañaba en

sus insomnios de asmático, sin hablar, deambulando con él por la casa en tinieblas. Una noche

vieren en la alcoba donde dormía Úrsula un resplandor amarillo a través del cemento cristalizado

come si un sol subterráneo hubiera convertido en vitral el piso del dormitorio. No tuvieren que

encender el foco. Les bastó con levantar las placas quebradas del rincón donde siempre estuve la

cama de Úrsula, y donde el resplandor era más intenso, para encontrar la cripta secreta que

Aureliano Segundo se cansó de buscar en el delirio de las excavaciones. Allí estaban les tres

sacos de lona cerrados con alambre de cobre y, dentro de ellos, los siete mil doscientos catorce

doblones de a cuatro, que seguían relumbrando como brasas en la oscuridad.

El hallazgo del tesoro fue como una deflagración. En vez de regresar a Roma con la

intempestiva fortuna, que era el sueño madurado en la miseria, José Arcadio convirtió la casa en

un paraíso decadente. Cambió por terciopelo nuevo las cortinas y el baldaquín del dormitorio, y

les hizo poner baldosas al piso del bañe y azulejos a las paredes. La alacena del comedor se llenó

de frutas azucaradas, jamones y encurtidos, y el granero en desuse volvió a abrirse para

almacenar vinos y licores que el propio José Arcadio retiraba en la estación del ferrocarril, en

cajas marcadas con su nombre. Una noche, él y los cuatro niños mayores hicieren una fiesta que

se prolongó hasta el amanecer. A las seis de la mañana salieron desnudos del dormitorio,

vaciaron la alberca y la llenaron de champaña. Se zambulleron en bandada, nadando come

pájaros que volaran en un cielo dorado de burbujas fragantes, mientras José Arcadio fletaba boca

arriba, al margen de la fiesta, evocando a Amaranta con los ojos abiertos. Permaneció así,

ensimismado, rumiando la amargura de sus placeres equívocos, hasta después de que los niños

se cansaren y se fueron en tropel al dormitorio, donde arrancaron las cortinas de terciopelo para

secarse, y cuartearon en el desorden la luna del cristal de roca, y desbarataron el baldaquín de la

cama tratando de acostarse en tumulto. Cuando José Arcadio volvió del baño, los encontró

durmiendo apelotonados, desnudos, en una alcoba de naufragio Enardecido no tanto por los

estragos como por el asco y la lástima que sentía contra sí mismo en el desolado vacío de la

saturnal, se armó con unas disciplinas de perrero eclesiástico que guardaba en el fondo del baúl,

junte con un cilicio y otros fierros de mortificación y penitencia, y expulsó a los niños de la casa,

aullando come un loco, y azotándoles sin misericordia, como no lo hubiera hecho con una jauría

de coyotes. Quedó demolido, con una crisis de asma que se prolongó por varios días, y que le dio

el aspecto de un agonizante. A la tercera noche de tortura, vencido por la asfixia, fue al cuarto de

Aureliano pedirle el favor de que le comprara en una botica cercana unos polvos para inhalar. Fue

así come hizo Aureliano su segunda salida a la calle. Sólo tuve que recorrer dos cuadras para

llegar hasta la estrecha botica de polvorientas vidrieras con pomos de loza marcados en latín,

donde una muchacha con la sigilosa belleza de una serpiente del Nilo le despachó el medicamento

que José Arcadio le había escrito en un papel. La segunda visión del pueblo desierto, alumbrado

apenas por las amarillentas bombillas de las calles, no despertó en Aureliano más curiosidad que

la primera vez. José Arcadio había alcanzado a pensar que había huido, cuando lo vio aparecer de

nuevo, un poco anhelante a causa de la prisa, arrastrando las piernas que el encierro y la falta de

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Gabriel García Márquez

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movilidad habían vuelto débiles y torpes. Era tan cierta su indiferencia por el mundo que peces

días después José Arcadio violó la promesa que había hecho a su madre, y le dejó en libertad

para salir cuando quisiera.

-No tengo nada que hacer en la calle -le contestó Aureliano.

Siguió encerrado, absorto en los pergaminos que peco a poco iba desentrañando, y cuyo

sentido, sin embargo, no lograba interpretar. José Arcadio le llevaba al cuarto rebanadas de jamón,

flores azucaradas que dejaban en la boca un regusto primaveral, y en des ocasiones un

vaso de buen vino. No se interesó en los pergaminos, que consideraba más bien como un

entretenimiento esotérico, pero le llamó la atención la rara sabiduría y el inexplicable

conocimiento del mundo que tenía aquel pariente desolado. Supo entonces que era capaz de

comprender el inglés escrito, y que entre pergamino y pergamino había leído de la primera

página a la última, come si fuera una novela, los seis tomos de la enciclopedia. A eso atribuyó al

principio el que Aureliano pudiera hablar de Roma como si hubiera vivido allí muchos años, pero

muy pronto se dio cuenta de que tenía conocimientos que no eran enciclopédicos, como los

precios de las cosas. «Todo se sabe», fue la única respuesta que recibió de Aureliano, cuando le

preguntó cómo había obtenido aquellas informaciones. Aureliano, por su parte, se sorprendió de

que José Arcadio visto de cerca fuera tan distinto de la imagen que se había formado de él

cuando lo veía deambular por la casa. Era capaz de reír, de permitirse de vez en cuando una

nostalgia del pasado de la casa, y de preocuparse por el ambiente de miseria en que se

encontraba el cuarto de Melquíades. Aquel acercamiento entre des solitarios de la misma sangre

estaba muy lejos de la amistad, pero les permitió a ambos sobrellevar mejor la insondable

soledad que al mismo tiempo los separaba y les unía. José Arcadio pude entonces acudir a

Aureliano para desenredar ciertos problemas domésticos que lo exasperaban. Aureliano, a su vez,

podía sentarse a leer en el corredor, recibir las cartas de Amaranta Úrsula que seguían llegando

con la puntualidad de siempre, y usar el baño de donde lo había desterrado José Arcadio desde su

llegada.

Una calurosa madrugada ambos despertaren alarmados por unes golpes apremiantes en la

puerta de la calle. Era un anciano oscuro, con unes ojos grandes y verdes que le daban a su

rostro una fosforescencia espectral, y con una cruz de ceniza en la frente. Las ropas en piltrafas,

los zapatos rotos, la vieja mochila que llevaba en el hombre como único equipaje, le daban el

aspecto de un pordiosero, pero su conducta tenía una dignidad que estaba en franca

contradicción con su apariencia. Bastaba con verlo una vez, aun en la penumbra de la sala, para

darse cuenta de que la fuerza secreta que le permitía vivir no era el instinto de conservación, sino

la costumbre del miedo. Era Aureliano Amador, el único sobreviviente de les diecisiete hijos del

coronel Aureliano Buendía, que iba buscando una tregua en su larga y azarosa existencia de

fugitivo. Se identificó, suplicó que le dieran refugie en aquella casa que en sus noches de paria

había evocado como el último reducto de seguridad que le quedaba en la vida. Pero José Arcadio

y Aureliano no lo recordaban. Creyendo que era un vagabundo, lo echaron a la calle a

empellones. Ambos vieron entonces desde la puerta el final de un drama que había empezado

desde antes de que José Arcadio tuviera uso de razón. Des agentes de la policía que habían

perseguido a Aureliano Amador durante años, que lo habían rastreado como perros por medio

mundo, surgieron de entre los almendros de la acera opuesta y le hicieron des tiros de máuser

que le penetraron limpiamente por la cruz de ceniza.

En realidad, desde que expulsó a los niños de la casa, José Arcadio esperaba noticias de un

trasatlántico que saliera para Nápoles antes de Navidad. Se lo había dicho a Aureliano, e inclusive

había hecho planes para dejarle montado un negocie que le permitiera vivir, porque la canastilla

de víveres no volvió a llegar desde el entierro de Fernanda. Sin embargo, tampoco aquel sueño

final había de cumplirse. Una mañana de septiembre, después de tomar el café con Aureliano en

la cocina, José Arcadio estaba terminando su baño diario cuando irrumpieron por entre los

portillos de las tejas les cuatro niños que había expulsado de la casa. Sin darle tiempo de

defenderse, se metieren vestidos en la alberca, lo agarraron por el pelo y le mantuvieren la

cabeza hundida, hasta que cesó en la superficie la borboritación de la agonía, y el silencioso y

pálido cuerpo de delfín se deslizó hasta el fondo de las aguas fragantes. Después se llevaron les

tres sacos de ere que sólo elles y su víctima sabían dónde estaban escondidos. Fue una acción

tan rápida, metódica y brutal, que pareció un asalte de militares. Aureliano, encerrado en su

cuarto, no se dio cuenta de nada. Esa tarde, habiéndolo echado de menos en la cocina, buscó a

José Arcadio por toda la casa, y lo encontró fletando en les espejos perfumados de la alberca,

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enorme y tumefacto, y todavía pensando en Amaranta. Sólo entonces comprendió cuánto había

empezado a quererlo.

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XIX

Amaranta Úrsula regresó con los primeros ángeles de diciembre, empujada por brisas de

velero, llevando al espose amarrado por el cuello con un cordel de seda. Apareció sin ningún

anuncio, con un vestido color de marfil, un hilo de perlas que le daba casi a las rodillas, sortijas

de esmeraldas y topacios, y el cabello redondo y liso rematado en las orejas con puntas de

golondrinas. El hombre con quien se había casado seis meses antes era un flamenco madure,

esbelto, con aires de navegante. No tuvo sino que empujar la puerta de la sala para comprender

que su ausencia había sido más prolongada y demoledora de le que ella suponía.

-Dios mío -gritó, más alegre que alarmada-, ¡cómo se ve que no hay una mujer en esta casa!

El equipaje no cabía en el corredor. Además del antiguo baúl de Fernanda con que la

mandaron al colegio, llevaba des roperos verticales, cuatro maletas grandes, un talego para las

sombrillas, ocho cajas de sombreros, una jaula gigantesca con medie centenar de canarios, y el

velocípedo del marido, desarmado dentro de un estuche especial que permitía llevarlo come un

violoncelo. Ni siquiera se permitió un día de descanso al cabo del largo viaje. Se puso un gastado

overol de lienzo que había llevado el esposo con otras prendas de motorista, y emprendió una

nueva restauración de la casa. Desbandó las hormigas coloradas que ya se habían apoderado del

corredor, resucitó los rosales, arrancó la maleza de raíz, y volvió a sembrar helechos, oréganos y

begonias en los tiestos del pasamanos. Se puso al frente de una cuadrilla de carpinteros,

cerrajeros y albañiles que resanaron las grietas de los pisos, enquiciaren puertas y ventanas,

renovaron les muebles y blanquearen las paredes por dentro y por fuera, de modo que tres

meses después de su llegada se respiraba otra vez el aire de juventud y de fiesta que hubo en les

tiempos de la pianola. Nunca se vio en la casa a nadie con mejor humor a toda hora y en

cualquier circunstancia, ni a nadie más dispuesto a cantar y bailar, y a tirar la basura las cosas y

las costumbres revenidas. De un escobazo acabó con los recuerdos funerarios y los montones de

cherembecos inútiles y aparatos de superstición que se apelotonaban en los rincones, y lo único

que conservó, por gratitud a Úrsula, fue el daguerrotipo de Remedios en la sala. «Miren qué lujo –

gritaba muerta de risa-. ¡Una bisabuela de catorce años!» Cuando uno de les albañiles le contó

que la casa estaba poblada de aparecidos, y que el único modo de espantarlos era buscando los

tesoros que habían dejado enterrados, ella replicó entre carcajadas que no creía en supersticiones

de hombres. Era tan espontánea, tan emancipada, con un espíritu tan moderno y libre, que

Aureliano no supo qué hacer con el cuerpo cuando la vio llegar. «¡Qué bárbaro! -gritó ella, feliz,

con los brazos abiertos-. ¡Miren cómo ha crecido mi adorado antropófago!» Antes de que él

tuviera tiempo de reaccionar, ya ella había puesto un disco en el gramófono portátil que llevó

consigo, y estaba tratando de enseñarle los bailes de moda. Lo obligó a cambiarse les escuálidos

pantalones que heredó del coronel Aureliano Buendía, le regaló camisas juveniles y zapatos de

des colores, y lo empujaba a la calle cuando pasaba mucho tiempo en el cuarto de Melquíades.

Activa, menuda, indomable, como Úrsula, y casi tan bella y provocativa como Remedies, la

bella, estaba dotada de un raro instinto para anticiparse a la moda. Cuando recibía por correo les

figurines más recientes, apenas le servían para comprobar que no se había equivocado en les

modelos que inventaba, y que cosía en la rudimentaria máquina de manivela de Amaranta.

Estaba suscrita a cuanta revista de modas, información artística y música popular se publicaba en

Europa, y apenas les echaba una ojeada para darse cuenta de que las cosas iban en el mundo

como ella las imaginaba. No era comprensible que una mujer con aquel espíritu hubiera

regresado a un pueblo muerte, deprimido por el polvo y el calor, y menos con un marido que

tenía dinero de sobra para vivir bien en cualquier parte del mundo, y que la amaba tanto que se

había sometido a ser llevado y traído por ella con el dogal de seda. Sin embargo, a medida que el

tiempo pasaba era más evidente su intención de quedarse, pues no concebía planes que no fueran

a largo plazo, ni tomaba determinaciones que no estuvieran orientadas a procurarse una vida

cómoda y una vejez tranquila en Macondo. La jaula de canarios demostraba que esos propósitos

no eran improvisados. Recordando que su madre le había contado en una carta el exterminio de

los pájaros, habla retrasado el viaje varios meses hasta encontrar un barco que hiciera escala en

las islas Afortunadas, y allí seleccionó las veinticinco parejas de canarios más finos para repoblar

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el cielo de Macondo. Esa fue la más lamentable de sus numerosas iniciativas frustradas. A medida

que los pájaros se reproducían, Amaranta Úrsula los iba soltando por parejas, y más tardaban en

sentirse libres que en fugarse del pueblo. En vano procuró encariñarles con la pajarera que

construyó Úrsula en la primera restauración. En vano les falsificó nidos de esparto en los

almendros, y regó alpiste en los techos y alborotó a los cautivos para que sus cantos disuadieran

a los desertores, porque éstos se remontaban a la primera tentativa y daban una vuelta en el

cielo, apenas el tiempo indispensable para encontrar el rumbo de regreso a las islas Afortunadas.

Un año después del retorne, aunque no hubiera conseguido entablar una amistad ni promover

una fiesta, Amaranta Úrsula seguía creyendo que era posible rescatar aquella comunidad elegida

por el infortunio. Gastón, su marido, se cuidaba de no contrariaría, aunque desde el mediodía

mortal en que descendió del tren comprendió que la determinación de su mujer había sido

provocada por un espejismo de la nostalgia. Seguro de que sería derrotada por la realidad, no se

tomó siquiera el trabajo de armar el velocípedo, sino que se dio a perseguir los huevos más

lúcidos entre las telarañas que desprendían les albañiles, y los abría con las uñas y se gastaba las

horas contemplando con una lupa las arañitas minúsculas que salían del interior. Más tarde,

creyendo que Amaranta Úrsula continuaba con las reformas por no dar su brazo a torcer, resolvió

armar el aparatoso velocípedo cuya rueda anterior era mucho más grande que la posterior, y se

dedicó a capturar y disecar cuanto insecto aborigen encontraba en los contornos, que remitía en

frascos de mermelada a su antiguo profesor de histeria natural de la Universidad de Lieja, donde

había hecho estudios avanzados en entomología aunque su vocación dominante era la de

aeronauta. Cuando andaba en el velocípedo usaba pantalones de acróbata, medias de gaitero y

cachucha de detective, pero cuando andaba de a pie vestía de lino crudo, intachable, con zapatos

blancos, corbatín de seda, sombrero canotier y una vara de mimbre en la mano. Tenía unas

pupilas pálidas que acentuaban su aire de navegante, y un bigotito de pelos de ardilla. Aunque

era por lo menos quince años mayor que su mujer, sus gustos juveniles, su vigilante

determinación de hacerla feliz, y sus virtudes de buen amante, compensaban la diferencia. En

realidad, quienes veían aquel cuarentón de hábitos cautelosos, con su sedal al cuello y su

bicicleta de circo, no hubieran pedido pensar que tenía con su joven esposa un pacte de amor

desenfrenado, y que ambos cedían al apremio recíproco en los lugares menos adecuados y donde

los sorprendiera la inspiración, como le hicieron desde que empezaron a verse, y con una pasión

que el transcurso del tiempo y las circunstancias cada vez más insólitas iban profundizando y

enriqueciendo. Gastón no sólo era un amante feroz, de una sabiduría y una imaginación

inagotables, sine que era tal vez el primer hombre en la historia de la especie que hizo un

aterrizaje de emergencia y estuvo a punto de matarse con su novia sólo por hacer el amor en un

campo de violetas.

Se habían conocido tres años antes de casarse, cuando el biplano deportivo en que él hacía

piruetas sobre el colegio en que estudiaba Amaranta Úrsula intentó una maniobra intrépida para

eludir el asta de la bandera, y la primitiva armazón de lona y papel de aluminio quedó colgada

por la cola en los cables de la energía eléctrica. Desde entonces, sin hacer caso de su pierna

entablillada, él iba los fines de semana a recoger a Amaranta Úrsula en la pensión de religiosas

donde vivió siempre, cuyo reglamento no era tan severo como deseaba Fernanda, y la llevaba a

su club deportivo. Empezaron a amarse a 500 metros de altura, en el aire dominical de las

landas, y más se sentían compenetrados mientras más minúsculos iban haciéndose los seres de

la tierra. Ella le hablaba de Macondo como del pueblo más luminoso y plácido del mundo, y de

una casa enorme, perfumada de orégano, donde quería vivir hasta la vejez con un marido leal y

des hijos indómitos que se llamaran Rodrigo y Gonzalo, y en ningún caso Aureliano y José

Arcadio, y una hija que se llamara Virginia, y en ningún caso Remedios. Había evocado con una

tenacidad tan anhelante el pueblo idealizado por la nostalgia, que Gastón comprendió que ella no

quisiera casarse si no la llevaba a vivir en Macondo. Él estuvo de acuerdo, como lo estuvo más

tarde con el sedal, porque creyó que era un capricho transitorio que más valía defraudar a

tiempo. Pero cuando transcurrieron des años en Macondo y Amaranta Úrsula seguía tan contenta

como el primer día, él comenzó a dar señales de alarma. Ya para entonces había disecado cuanto

insecto era disecable en la región, hablaba el castellano como un nativo, y había descifrado todos

los crucigramas de las revistas que recibían por correo. No tenía el pretexto del clima para

apresurar el regreso, porque la naturaleza lo había dotado de un hígado colonial, que resistía sin

quebrantos el bochorno de la siesta y el agua con gusarapos. Le gustaba tanto la comida criolla,

que una vez se comió un sartal de ochenta y des huevos de iguana. Amaranta Úrsula, en cambio,

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se hacia llevar en el tren pescados y mariscos en cajas de hielo, carnes en latas y frutas

almibaradas, que era lo único que podía comer, y seguía vistiéndose a la moda europea y

recibiendo figurines por correo, a pesar de que no tenía dónde ir ni a quién visitar, y de que a

esas alturas su marido carecía de humor para apreciar sus vestidos cortos, sus fieltros ladeados y

sus collares de siete vueltas. Su secreto parecía consistir en que siempre encontraba el modo de

estar ocupada, resolviendo problemas domésticos que ella misma creaba y haciendo mal ciertas

cosas que corregía al día siguiente, con una diligencia perniciosa que habría hecho pensar a

Fernanda en el vicio hereditario de hacer para deshacer. Su genio festivo continuaba entonces tan

despierto, que cuando recibía discos nuevos invitaba a Gastón a quedarse en la sala hasta muy

tarde para ensayar los bailes que sus compañeras de colegio le describían con dibujos, y

terminaban generalmente haciendo el amor en los mecedores vieneses o en el suelo pelado. Lo

único que le faltaba para ser completamente feliz era el nacimiento de los hijos, pero respetaba el

pacto que había hecho con su marido de no tenerlos antes de cumplir cinco años de casados.

Buscando algo con que llenar sus horas muertas, Gastón solía pasar la mañana en el cuarto de

Melquíades, con el esquivo Aureliano. Se complacía en evocar con él los rincones más íntimos de

su tierra, que Aureliano conocía como si hubiera estado en ella mucho tiempo. Cuando Gastón le

preguntó cómo había hecho para obtener informaciones que no estaban en la enciclopedia,

recibió la misma respuesta que José Arcadio:

«Todo se sabe.» Además del sánscrito, Aureliano había aprendido el inglés y el francés, y algo

del latín y del griego. Como entonces salía todas las tardes, y Amaranta Úrsula le había asignado

una suma semanal para sus gastos personales, su cuarto parecía una sección de la librería del

sabio catalán. Leía con avidez hasta muy altas horas de la noche, aunque por la forma en que se

refería a sus lecturas, Gastón pensaba que no compraba los libros para informarse sino para

verificar la exactitud de sus conocimientos, y que ninguno le interesaba más que los pergaminos,

a los cuales dedicaba las mejores horas de la mañana. Tanto a Gastón como a su esposa les

habría gustado incorporarlo a la vida familiar, pero Aureliano era hombre hermético, con una

nube de misterio que el tiempo iba haciendo más densa. Era una condición tan infranqueable, que

Gastón fracasó en sus esfuerzos por intimar con él, y tuvo que buscarse otro entretenimiento

para llenar sus horas muertas. Fue por esa época que concibió la idea de establecer un servicio

de correo aéreo.

No era un proyecto nuevo. En realidad lo tenía bastante avanzado cuando conoció a Amaranta

Úrsula, sólo que no era para Macondo sine para el Congo Belga, donde su familia tenía inversiones

en aceite de palma. El matrimonio, la decisión de pasar unos meses en Macondo para

complacer a la esposa, lo habían obligado a aplazarle. Pero cuando vio que Amaranta Úrsula

estaba empeñada en organizar una junta de mejoras públicas, y hasta se reía de él por insinuar

la posibilidad del regreso, comprendió que las cosas iban para largo, y volvió a establecer

contacto con sus olvidados socios de Bruselas, pensando que para ser pionero daba lo mismo el

Caribe que el África. Mientras progresaban las gestiones, preparó un campe de aterrizaje en la

antigua región encantada que entonces parecía una llanura de pedernal resquebrajado, y estudió

la dirección de les vientos, la geografía del litoral y las rutas más adecuadas para la navegación

aérea, sin saber que su diligencia, tan parecida a la de míster Herbert, estaba infundiendo en el

pueble la peligrosa sospecha de que su propósito no era planear itinerarios sino sembrar banano.

Entusiasmado con una ocurrencia que después de todo podía justificar su establecimiento

definitivo en Macondo, hizo varios viajes a la capital de la provincia, se entrevistó con las

autoridades, y obtuvo licencias y suscribió contratos de exclusividad. Mientras tanto, mantenía

con los socios de Bruselas una correspondencia parecida a la de Fernanda con los médicos

invisibles, y acabó de convencerlos de que embarcaran el primer aeroplano al cuidado de un

mecánico experto, que lo armara en el puerto más próximo y lo llevara velando a Macondo. Un

año después de las primeras mediciones y cálculos meteorológicos, confiando en las promesas

reiteradas de sus corresponsales, había adquirido la costumbre de pasearse por las calles,

mirando el cielo, pendiente de los rumores de la brisa, en espera de que apareciera el aeroplano.

Aunque ella no lo había notado, el regreso de Amaranta Úrsula determinó un cambio radical en

la vida de Aureliano. Después de la muerte de José Arcadio, se había vuelto un cliente asiduo de

la librería del sabio catalán. Además, la libertad de que entonces disfrutaba, y el tiempo de que

disponía, le despertaron una cierta curiosidad por el pueblo, que conoció sin asombro. Recorrió

las calles polvorientas y solitarias, examinando con un interés más científico que humano el

interior de las casas en ruinas, las redes metálicas de las ventanas, rotas por el óxido y los

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pájaros moribundos, y los habitantes abatidos por los recuerdos. Trató de reconstruir con la

imaginación el arrasado esplendor de la antigua ciudad de la compañía bananera, cuya piscina

seca estaba llena hasta los bordes de podridos zapatos de hombre y zapatillas de mujer, y en

cuyas casas desbaratadas por la cizaña encontró el esqueleto de un perro alemán todavía atado a

una argolla con una cadena de acere, y un teléfono que repicaba, repicaba, repicaba, hasta que él

lo descolgó, entendió le que una mujer angustiada y remota preguntaba en inglés, y le contestó

que sí, que la huelga había terminado, que los tres mil muertos habían sido echados al mar, que

la compañía bananera se había ido, y que Macondo estaba por fin en paz desde hacía muchos

años. Aquellas correrías lo llevaron al postrado barrio de tolerancia, donde en otros tiempos se

quemaban mazos de billetes para animar la cumbiamba, y que entonces era un vericueto de

calles más afligidas y miserables que las otras, con algunos focos rojos todavía encendidos, y con

yermos salones de baile adornados con piltrafas de guirnaldas, donde las macilentas y gordas

viudas de nadie, las bisabuelas francesas y las matriarcas babilónicas, continuaban esperando

junto a las victrolas. Aureliano no encontró quien recordara a su familia, ni siquiera al coronel

Aureliano Buendía, salvo el más antiguo de los negros antillanos, un anciano cuya cabeza

algodonada le daba el aspecto de un negativo de fotografía, que seguía cantando en el pórtico de

la casa los salmos lúgubres del atardecer. Aureliano conversaba con él en el enrevesado

papiamento que aprendió en pocas semanas, y a veces compartía el caldo de cabezas de gallo

que preparaba la bisnieta, una negra grande, de huesos sólidos, caderas de yegua y tetas de

melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por un duro capacete de pelos de

alambre, que parecía el almófar de un guerrero medieval. Se llamaba Nigromanta. Por esa época,

Aureliano vivía de vender cubiertos, palmatorias y otros chécheres de la casa. Cuando andaba sin

un céntimo, que era lo más frecuente, conseguía que en las fondas del mercado le regalaran las

cabezas de gallo que iban a tirar en la basura, y se las llevaba a Nigromanta para que le hiciera

sus sopas aumentadas con verdolaga y perfumadas con hierbabuena. Al morir el bisabuelo,

Aureliano dejó de frecuentar la casa, pero se encontraba a Nigromanta baje los oscuros

almendros de la plaza, cautivando con sus silbos de animal montuno a los escasos

trasnochadores. Muchas veces la acompañó, hablando en papiamento de las sopas de cabezas de

gallo y otras exquisiteces de la miseria, y hubiera seguido haciéndolo si ella no lo hubiera hecho

caer en la cuenta de que su compañía le ahuyentaba la clientela. Aunque algunas veces sintió la

tentación, y aunque a la propia Nigromanta le hubiera parecido una culminación natural de la

nostalgia compartida, no se acostaba con ella. De modo que Aureliano seguía siendo virgen

cuando Amaranta Úrsula regresó a Macondo y le dio un abrazo fraternal que lo dejó sin aliento.

Cada vez que la veía, y peor aún cuando ella le enseñaba los bailes de moda, él sentía el mismo

desamparo de esponjas en los huesos que turbó a su tatarabuelo cuando Pilar Ternera le puso

pretextes de barajas en el granero. Tratando de sofocar el tormento, se sumergió más a fondo en

los pergaminos y eludió los halagos inocentes de aquella tía que emponzoñaba sus noches con

efluvios de tribulación, pero mientras más la evitaba, con más ansiedad esperaba su risa

pedregosa, sus aullidos de gata feliz y sus canciones de gratitud, agonizando de amor a cualquier

hora y en los lugares menos pensados de la casa. Una noche, a diez metros de su cama, en el

mesón de platería, los espesos del vientre desquiciado desbarataron la vidriera y terminaren

amándose en un charco de ácido muriático. Aureliano no sólo no pudo dormir un minuto, sino que

pasó el día siguiente con calentura, sollozando de rabia. Se le hizo eterna la llegada de la primera

noche en que esperó a Nigromanta a la sombra de los almendros, atravesado por las agujas de

hielo de la incertidumbre, y apretando en el puño el peso con cincuenta centavos que le había

pedido a Amaranta Úrsula, no tanto porque los necesitara, como para complicarla, envilecería y

prostituiría de algún modo con su aventura. Nigromanta lo llevó a su cuarto alumbrado con

veladoras de superchería, a su cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y su

cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada, que se preparó para despacharía como si fuera

un niño asustado, y se encontró de pronto con un hombre cuyo poder tremendo exigió a sus entrañas

un movimiento de reacomodación sísmica.

Se hicieron amantes. Aureliano ocupaba la mañana en descifrar pergaminos, y a la hora de la

siesta iba al dormitorio soporífero donde Nigromanta lo esperaba para enseñarle a hacer primero

como las lombrices, luego come los caracoles y por último como los cangrejos, hasta que tenía

que abandonarlo para acechar amores extraviados. Pasaron varias semanas antes de que

Aureliano descubriera que ella tenía alrededor de la cintura un cintillo que parecía hecho con una

cuerda de violoncelo, pero que era duro como el acero y carecía de remate, porque había nacido

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y crecido con ella. Casi siempre, entre amor y amor, comían desnudos en la cama, en el calor

alucinante y baje las estrellas diurnas que el óxido iba haciendo despuntar en el techo de cinc.

Era la primera vez que Nigromanta tenía un hombre fijo, un machucante de planta, como ella

misma decía muerta de risa, y hasta empezaba a hacerse ilusiones de corazón cuando Aureliano

le confió su pasión reprimida por Amaranta Úrsula, que no había conseguido remediar con la

sustitución, sino que le iba torciendo cada vez más las entrañas a medida que la experiencia

ensanchaba el horizonte del amor. Entonces Nigromanta siguió recibiéndolo con el mismo calor de

siempre, pero se hizo pagar los servicios con tanto rigor, que cuando Aureliano no tenía dinero se

los cargaba en la cuenta que no llevaba con números sine con rayitas que iba trazando con la uña

del pulgar detrás de la puerta. Al anochecer, mientras ella se quedaba barloventeando en las

sombras de la plaza, Aureliano pasaba por el corredor como un extraño, saludando apenas a

Amaranta Úrsula y a Gastón que de ordinario cenaban a esa hora, y volvía a encerrarse en el

cuarto, sin poder leer ni escribir, ni siquiera pensar, por la ansiedad que le provocaban las risas,

los cuchichees, los retozos preliminares, y luego las explosiones de felicidad agónica que

colmaban las noches de la casa. Ésa era su vida dos años antes de que Gastón empezara a

esperar el aeroplano, y seguía siendo igual la tarde en que fue a la librería del sabio catalán y

encontró a cuatro muchachos despotricadores, encarnizados en una discusión sobre los métodos

de matar cucarachas en la Edad Media. El viejo librero, conociendo la afición de Aureliano por

libros que sólo había leído Beda el Venerable, lo instó con una cierta malignidad paternal a que

terciara en la controversia, y él ni siquiera tomó aliento para explicar que las cucarachas, el

insecto alado más antiguo sobre la tierra, era ya la víctima favorita de les chancletazos en el

Antiguo Testamento, pero que come especie era definitivamente refractaria a cualquier método

de exterminio, desde las rebanadas de tomate con bórax hasta la harina con azúcar, pues sus mil

seiscientas tres variedades habían resistido a la más remota, tenaz y despiadada persecución que

el hombre había desatado desde sus orígenes contra ser viviente alguno, inclusive el propio

hombre, hasta el extremo de que así como se atribuía al género humano un instinto de

reproducción, debía atribuírsele otro más definido y apremiante, que era el instinto de matar

cucarachas, y que si éstas habían logrado escapar a la ferocidad humana era porque se habían

refugiado en las tinieblas, donde se hicieron invulnerables por el miedo congénito del hombre a la

oscuridad, pero en cambio se volvieron susceptibles al esplendor del mediodía, de modo que ya

en la Edad Media, en la actualidad y por los siglos de los siglos, el único método eficaz para matar

cucarachas era el deslumbramiento solar.

Aquel fatalismo enciclopédico fue el principio de una gran amistad. Aureliano siguió

reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Alvaro, Germán,

Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida. Para un hombre como él,

encastillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería a

las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, fueron una revelación. No se le

había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había

inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro en una noche de parranda. Había

de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad

tenía erigen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era

posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos.

La tarde en que Aureliano sentó cátedra sobre las cucarachas, la discusión terminó en la casa

de las muchachitas que se acostaban por hambre, un burdel de mentiras en los arrabales de

Macondo. La propietaria era una mamasanta sonriente, atormentada por la manía de abrir y

cerrar puertas. Su eterna sonrisa parecía provocada por la credulidad de los clientes, que

admitían como algo cierto un establecimiento que no existía sino en la imaginación, porque allí

hasta las cosas tangibles eran irreales: los muebles que se desarmaban al sentarse, la victrola

destripada en cuyo interior había una gallina incubando, el jardín de flores de papel, los

almanaques de años anteriores a la llegada de la compañía bananera, los cuadros con litografías

recortadas de revistas que nunca se editaron. Hasta las putitas tímidas que acudían del

vecindario cuando la propietaria les avisaba que habían llegado clientes, eran una pura invención.

Aparecían sin saludar, con los trajecitos floreados de cuando tenían cinco años menos, y se los

quitaban con la misma inocencia con que se los habían puesto, y en el paroxismo del amor

exclamaban asombradas qué barbaridad, mira cómo se está cayendo ese techo, y tan pronto

como recibían su peso con cincuenta centavos se lo gastaban en un pan y un pedazo de queso

que les vendía la propietaria, más risueña que nunca, porque solamente ella sabía que tampoco

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

161

esa comida era verdad. Aureliano, cuyo mundo de entonces empezaba en los pergaminos de

Melquíades y terminaba en la cama de Nigromanta encontró en el burdelito imaginario una cura

de burro para la timidez. Al principio no lograba llegar a ninguna parte, en unos cuartos donde la

dueña entraba en los mejores momentos del amor y hacía toda clase de comentarios sobre los

encantos íntimos de los protagonistas. Pero con el tiempo llegó a familiarizarse tanto con aquellos

percances del mundo, que una noche más desquiciada que las otras se desnudó en la salita de

recibo y recorrió la casa llevando en equilibrio una botella de cerveza sobre su masculinidad inconcebible.

Fue él quien puso de moda las extravagancias que la propietaria celebraba con su

sonrisa eterna, sin protestar, sin creer en ellas, lo mismo cuando Germán trató de incendiar la

casa para demostrar que no existía, que cuando Alfonso le torció el pescuezo al loro y le echó en

la olla donde empezaba a hervir el sancoche de gallina.

Aunque Aureliano se sentía vinculado a los cuatro amigos por un mismo cariñe y una misma

solidaridad, hasta el punto de que pensaba en ellos como si fueran uno solo, estaba más cerca de

Gabriel que de los otros. El vínculo nació la noche en que él habló casualmente del coronel

Aureliano Buendía, y Gabriel fue el único que no creyó que se estuviera burlando de alguien.

Hasta la dueña, que no solía intervenir en las conversaciones, discutió con una rabiosa pasión de

comadrona que el coronel Aureliano Buendía, de quien en efecto había oído hablar alguna vez,

era un personaje inventado por el gobierne como un pretexto para matar liberales. Gabriel, en

cambio, no ponía en duda la realidad del coronel Aureliano Buendía, porque había sido compañero

de armas y amigo inseparable de su bisabuelo, el coronel Gerineldo Márquez. Aquellas veleidades

de la memoria eran todavía más críticas cuando se hablaba de la matanza de los trabajadores.

Cada vez que Aureliano tocaba el punto, no sólo la propietaria, sino algunas personas mayores

que ella, repudiaban la patraña de los trabajadores acorralados en la estación, y del tren de

doscientos vagones cargados de muertos, e inclusive se obstinaban en lo que después de todo

había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la

compañía bananera no había existido nunca. De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados

por una especie de complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían

afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la resaca de un

mundo acabado, del cual sólo quedaba la nostalgia. Gabriel dormía donde lo sorprendiera la hora.

Aureliano lo acomodó varias veces en el taller de platería, pero se pasaba las noches en vela,

perturbado por el trasiego de los muertos que andaban basta el amanecer por los dormitorios.

Más tarde se lo encomendó a Nigromanta, quien lo llevaba a su cuartito multitudinario cuando

estaba libre, y le anotaba las cuentas con rayitas verticales detrás de la puerta, en los pocos

espacios disponibles que habían dejado las deudas de Aureliano.

A pesar de su vida desordenada, todo el grupo trataba de hacer algo perdurable, a instancias

del sabio catalán. Era él, con su experiencia de antiguo profesor de letras clásicas y su depósito

de libros raros, quien los había puesto en condiciones de pasar una noche entera buscando la

trigésimo séptima situación dramática, en un pueblo donde ya nadie tenía interés ni posibilidades

de ir más allá de la escuela primaria. Fascinado por el descubrimiento de la amistad, aturdido por

los hechizos de un mundo que le había sido vedado por la mezquindad de Fernanda, Aureliano

abandonó el escrutinio de los pergaminos, precisamente cuando empezaban a revelársele como

predicciones en versos cifrados. Pero la comprobación posterior de que el tiempo alcanzaba para

todo sin que fuera necesario renunciar a los burdeles, le dio ánimos para volver al cuarto de

Melquíades, decidido a no flaquear en su empeño hasta descubrir las últimas claves. Eso fue por

los días en que Gastón empezaba a esperar el aeroplano, y Amaranta Úrsula se encontraba tan

sola, que una mañana apareció en el cuarto.

-Hola, antropófago -le dijo-. Otra vez en la cueva.

Era irresistible, con su vestido inventado, y uno de los largos collares de vértebras de sábalo,

que ella misma fabricaba. Había desistido del sedal, convencida de la fidelidad del marido, y por

primera vez desde el regreso parecía disponer de un rato de ocio. Aureliano no hubiera tenido

necesidad de verla para saber que había llegado. Ella se acodó en la mesa de trabajo, tan cercana

e inerme que Aureliano percibió el hondo rumor de sus huesos, y se interesó en los pergaminos.

Tratando de sobreponerse a la turbación, él atrapó la voz que se le fugaba, la vida que se le iba,

la memoria que se le convertía en un pólipo petrificado, y le habló del destino levítico del

sánscrito, de la posibilidad científica de ver el futuro transparentado en el tiempo como se ve a

contraluz lo escrito en el reverso de un papel, de la necesidad de cifrar las predicciones para que

no se derrotaran a sí mismas, y de las Centurias de Nostradamus y de la destrucción de

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

162

Cantabria anunciada por San Millán. De pronto, sin interrumpir la plática, movido por un impulso

que dormía en él desde sus orígenes, Aureliano puso su mano sobre la de ella, creyendo que

aquella decisión final ponía término a la zozobra. Sin embargo, ella le agarró el índice con la

inocencia cariñosa con que lo hizo muchas veces en la infancia, y lo tuvo agarrado mientras él

seguía contestando sus preguntas. Permanecieron así, vinculados por un índice de hielo que no

transmitía nada en ningún sentido, hasta que ella despertó de su sueño momentáneo y se dio

una palmada en la frente. «¡Las hormigas!», exclamó. Y entonces se olvidó de los manuscritos,

llegó hasta la puerta con un paso de baile, y desde allí le mandó a Aureliano con la punta de los

dedos el mismo beso con que se despidió de su padre la tarde en que la mandaron a Bruselas.

-Después me explicas -dijo-. Se me había olvidado que hoy es día de echar cal en los huecos

de las hormigas.

Siguió yendo al cuarto ocasionalmente, cuando tenía algo que hacer por esos lados, y

permanecía allí breves minutos, mientras su marido continuaba escrutando el cielo. Ilusionado

con aquel cambio, Aureliano se quedaba entonces a comer en familia, como no lo hacía desde los

primeros meses del regrese de Amaranta Úrsula. A Gastón le agradó. En las conversaciones de

sobremesa, que solían prolongarse por más de una hora, se dolía de que sus socios le estuvieran

engañando. Le habían anunciado el embarque del aeroplano en un buque que no llegaba, y

aunque sus agentes marítimos insistían en que no llegaría nunca porque no figuraba en las listas

de les barcos del Caribe, sus socios se obstinaban en que el despacho era correcto, y hasta

insinuaban la posibilidad de que Gastón les mintiera en sus cartas. La correspondencia alcanzó tal

grado de suspicacia recíproca, que Gastón optó por no volver a escribir, y empezó a sugerir la

posibilidad de un viaje rápido a Bruselas, para aclarar las cosas, y regresar con el aeroplano. Sin

embargo, el proyecto se desvaneció tan pronto como Amaranta Úrsula reiteró su decisión de no

moverse de Macondo aunque se quedara sin marido. En los primeros tiempos, Aureliano

compartió la idea generalizada de que Gastón era un tonto en velocípedo, y eso le suscitó un

vago sentimiento de piedad. Más tarde, cuando obtuvo en los burdeles una información más

profunda sobre la naturaleza de los hombres, pensó que la mansedumbre de Gastón tenía origen

en la pasión desmandada. Pero cuando lo conoció mejor, y se dio cuenta de que su verdadero

carácter estaba en contradicción con su conducta sumisa, concibió la maliciosa sospecha de que

hasta la espera del aeroplano era una farsa. Entonces pensó que Gastón no era tan tonto como lo

aparentaba, sino al contrario, un hombre de una constancia, una habilidad y una paciencia

infinitas, que se había propuesto vencer a la esposa por el cansancio de la eterna complacencia,

del nunca decirle que no, del simular una conformidad sin límites, dejándola enredarse en su

propia telaraña, hasta el día en que no pudiera soportar más el tedio de las ilusiones al alcance

de la mano, y ella misma hiciera las maletas para volver a Europa. La antigua piedad de

Aureliano se transformó en una animadversión virulenta. Le pareció tan perverso el sistema de

Gastón, pero al mismo tiempo tan eficaz, que se atrevió a prevenir a Amaranta Úrsula. Sin

embargo, ella se burló de su suspicacia, sin vislumbrar siquiera la desgarradora carga de amor,

de incertidumbre y de celos que llevaba dentro. No se le había ocurrido pensar que suscitaba en

Aureliano algo más que un afecto fraternal, hasta que se pinchó un dedo tratando de destapar

una lata de melocotones, y él se precipitó a chuparle la sangre con una avidez y una devoción

que le erizaron la piel.

-¡Aureliano! -rió ella, inquieta-. Eres demasiado malicioso para ser un buen murciélago.

Entonces Aureliano se desbordó. Dándole besitos huérfanos en el cuenco de la mano herida,

abrió los pasadizos más recónditos de su corazón, y se sacó una tripa interminable y macerada,

el terrible animal parasitario que había incubado en el martirio. Le contó cómo se levantaba a

medianoche para llorar de desamparo y de rabia en la ropa íntima que ella dejaba secando en el

baño. Le contó con cuánta ansiedad le pedía a Nigromanta que chillara como una gata, y

sollozara en su oído gastón gastón gastón, y con cuánta astucia saqueaba sus frascos de perfume

para encontrarles en el cuello de las muchachitas que se acostaban por hambre. Espantada con la

pasión de aquel desahogo, Amaranta Úrsula fue cerrando los dedos, contrayéndolos come un

molusco, hasta que su mano herida, liberada de todo dolor y todo vestigio de misericordia, se

convirtió en un nudo de esmeraldas y topacios, y huesos pétreos e insensibles.

-¡Bruto! -dijo, como si estuviera escupiendo-. Me voy a Bélgica en el primer barco que salga.

Álvaro había llegado una de esas tardes a la librería del sabio catalán, pregonando a voz en

cuello su último hallazgo: un burdel zoológico. Se llamaba El Niño de Oro, y era un inmenso salón

al aire libre, por donde se paseaban a voluntad no menos de doscientos alcaravanes que daban la

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

163

hora con un cacareo ensordecedor. En los corrales de alambre que rodeaban la pista de baile, y

entre grandes camelias amazónicas, había garzas de colores, caimanes cebados como cerdos,

serpientes de doce cascabeles, y una tortuga de concha dorada que se zambullía en un minúsculo

océano artificial. Había un perrazo blanco, manso y pederasta, que sin embargo prestaba

servicios de padrote para que le dieran de comer. El aire tenía una densidad ingenua, como si lo

acabaran de inventar, y las bellas mulatas que esperaban sin esperanza entre pétalos sangrientos

y discos pasados de moda, conocían oficios de amor que el hombre había dejado olvidados en el

paraíso terrenal. La primera noche en que el grupo visitó aquel invernadero de ilusiones, la

espléndida y taciturna anciana que vigilaba el ingreso en un mecedor de bejuco, sintió que el

tiempo regresaba a sus manantiales primarios, cuando entre los cinco que llegaban descubrió un

hombre óseo, cetrino, de pómulos tártaros, marcado para siempre y desde el principio del mundo

por la viruela de la soledad.

-¡Ay -suspiró- Aureliano!

Estaba viendo otra vez al coronel Aureliano Buendía, como lo vio a la luz de una lámpara

mucho antes de las guerras, mucho antes de la desolación de la gloria y el exilio del desencanto,

la remota madrugada en que él fue a su dormitorio para impartir la primera orden de su vida: la

orden de que le dieran amor. Era Pilar Ternera. Años antes, cuando cumplió los ciento cuarenta y

cinco, había renunciado a la perniciosa costumbre de llevar las cuentas de su edad, y continuaba

viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdes, en un futuro perfectamente revelado y

establecido, más allá de los futuros perturbados por las acechanzas y las suposiciones insidiosas

de las barajas.

Desde aquella noche, Aureliano se había refugiado en la ternura y la comprensión compasiva

de la tatarabuela ignorada. Sentada en el mecedor de bejuco, ella evocaba el pasado, reconstruía

la grandeza y el infortunio de la familia y el arrasado esplendor de Macondo, mientras Álvaro

asustaba a los caimanes con sus carcajadas de estrépito, y Alfonso inventaba la historia

truculenta de los alcaravanes que les sacaron los ojos a picotazos a cuatro clientes que se

portaron mal la semana anterior, y Gabriel estaba en el cuarto de la mulata pensativa que no

cobraba el amor con dinero, sino con cartas para un novio contrabandista que estaba preso al

otro lado del Orinoco, porque los guardias fronterizos lo habían purgado y lo habían sentado

luego en una bacinilla que quedó llena de mierda con diamantes. Aquel burdel verdadero, con

aquella dueña maternal, era el mundo con que Aureliano había soñado en su prolongado

cautiverio. Se sentía tan bien, tan próximo al acompañamiento perfecto, que no pensó en otro

refugio la tarde en que Amaranta Úrsula le desmigajó las ilusiones. Fue dispuesto a desahogarse

con palabras, a que alguien le zafara los nudos que le oprimían el pecho, pero sólo consiguió

soltarse en un llanto fluido y cálido y reparador, en el regazo de Pilar Ternera. Ella lo dejó

terminar, rascándole la cabeza con la yema de los dedos, y sin que él le hubiera revelado que

estaba llorando de amor ella reconoció de inmediato el llanto más antiguo de la historia del

hombre.

-Bueno, niñito -lo consoló-: ahora dime quién es.

Cuando Aureliano se lo dijo, Pilar Ternera emitió una risa profunda, la antigua risa expansiva

que había terminado por parecer un cucurrucuteo de palomas. No había ningún misterio en el

corazón de un Buendía que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de

experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones

irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no

haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje.

-No te preocupes -sonrió-, En cualquier lugar en que esté ahora, ella te está esperando.

Eran las cuatro y media de la tarde, cuando Amaranta Úrsula salió del baño. Aureliano la vio

pasar frente a su cuarto, con una bata de pliegues tenues y una toalla enrollada en la cabeza

como un turbante. La siguió casi en puntillas, tambaleándose de la borrachera y entró al

dormitorio nupcial en el momento en que ella se abrió la bata y se la volvió a cerrar espantada.

Hizo una señal silenciosa hacia el cuarto contiguo, cuya puerta estaba entreabierta, y donde

Aureliano sabia que Gastón empezaba a escribir una carta.

-Vete -dijo sin voz.

Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las des manos, como una maceta de begonias, y

la tiró boca arriba en la cama. De un tirón brutal, la despojó de la túnica de baño antes de que

ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no

tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lunar recóndito que él no hubiera imaginado

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

164

en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de

hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras

trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin

que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que

contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una

batalla a muerte, que, sin embargo, parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha

de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas, cautelosas, solemnes, de modo que

entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus

sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran des amantes enemigos tratando de

reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarnizado y ceremonioso

forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que

habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de

guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la

lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco,

hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega

degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi

jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de

reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una

conmoción descomunal la inmovilizó en su centre de gravedad, la sembró en su sitie, y su

voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos

anaranjados y les globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuve

tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes,

para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

165

XX

Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su

paraíso. De acuerdo con su última voluntad, la enterraron sin ataúd, sentada en el mecedor que

ocho hombres bajaron con cabuyas en un hueco enorme, excavado en el centro de la pista de

baile. Las mulatas vestidas de negro, pálidas de llanto, improvisaban oficios de tinieblas mientras

se quitaban los aretes, los prendedores y las sortijas, y los iban echando en la fosa, antes de que

la sellaran con una lápida sin nombre ni fechas y le pusieran encima un promontorio de camelias

amazónicas. Después de envenenar a los animales, clausuraron puertas y ventanas con ladrillos y

argamasa, y se dispersaron por el mundo con sus baúles de madera, tapizados por dentro con

estampas de santos, cromos de revistas y retratos de novios efímeros, remotos y fantásticos, que

cagaban diamantes, o se comían a los caníbales, o eran coronados reyes de barajas en altamar.

Era el final. En la tumba de Pilar Ternera, entre salmos y abalorios de putas, se pudrían los

escombros del pasado, los pocos que quedaban después de que el sabio catalán remató la librería

y regresó a la aldea mediterránea donde había nacido, derrotado por la nostalgia de una

primavera tenaz. Nadie hubiera podido presentir su decisión. Había llegado a Macondo en el

esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras, y no se le había ocurrido

nada más práctico que instalar aquella librería de incunables y ediciones originales en varios

idiomas, que los clientes casuales bojeaban con recelo, como si fueran libros de muladar,

mientras esperaban el turno para que les interpretaran los sueños en la casa de enfrente. Estuvo

media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su escritura preciosista en tinta violeta y en

hojas que arrancaba de cuadernos escolares, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que

escribía. Cuando Aureliano lo conoció tenía dos cajones llenos de aquellas páginas abigarradas

que de algún modo hacían pensar en los pergaminos de Melquíades, y desde entonces hasta

cuando se fue había llenado un tercero, así que era razonable pensar que no había hecho nada

más durante su permanencia en Macondo. Las únicas personas con quienes se relacionó fueron

los cuatro amigos, a quienes les cambió por libros los trompos y las cometas, y los puso a leer a

Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria. Trataba a los clásicos con una

familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna época sus compañeros de cuarto, y

sabia muchas cosas que simplemente no se debían saber, como que San Agustín usaba debajo

del hábito un jubón de lana que no se quitó en catorce años, y que Arnaldo de Vilanova, el

nigromante, se volvió impotente desde niño por una mordedura de alacrán. Su fervor por la

palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera. Ni sus propios

manuscritos estaban a salvo de esa dualidad. Habiendo aprendido el catalán para traducirlos,

Alfonso se metió un rollo de páginas en los bolsillos, que siempre tenía llenos de recortes de

periódicos y manuales de oficios raros, y una noche los perdió en la casa de las muchachitas que

se acostaban por hambre. Cuando el abuelo sabio se enteró, en vez de hacerle el escándalo

temido comentó muerto de risa que aquel era el destino natural de la literatura. En cambio, no

hubo poder humano capaz de persuadirlo de que no se llevara los tres cajones cuando regresó a

su aldea natal, y se soltó en improperios cartagineses contra los inspectores del ferrocarril que

trataban de mandarlos como carga, hasta que consiguió quedarse con ellos en el vagón de

pasajeros. «El mundo habrá acabado de joderse -dijo entonces- el día en que los hombres viajen

en primera clase y la literatura en el vagón de carga.» Eso fue lo último que se le oyó decir. Había

pasado una semana negra con los preparativos finales del viaje, porque a medida que se aproximaba

la hora se le iba descomponiendo el humor, y se le traspapelaban las intenciones, y las

cosas que ponía en un lugar aparecían en otro, asediado por los mismos duendes que atormentaban

a Fernanda.

-Collons -maldecía-. Me cago en el canon 27 del sínodo de Londres.

Germán y Aureliano se hicieron cargo de él. Lo auxiliaron como a un niño, le prendieron los

pasajes y los documentos migratorios en los bolsillos con alfileres de nodriza, le hicieron una lista

pormenorizada de lo que debía hacer desde que saliera de Macondo hasta que desembarcara en

Barcelona, pero de todos modos echó a la basura sin darse cuenta un pantalón con la mitad de su

dinero. La víspera del viaje, después de clavetear los cajones y meter la ropa en la misma maleta

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

166

con que había llegado, frunció sus párpados de almejas, señaló con una especie de bendición

procaz los montones de libros con los que habla sobrellevado el exilio, y dijo a sus amigos:

-¡Ahí les dejo esa mierda!

Tres meses después se recibieron en un sobre grande veintinueve cartas y más de cincuenta

retratos, que se le habían acumulado en los ocios de altamar. Aunque no ponía fechas, era

evidente el orden en que había escrito las cartas. En las primeras contaba con su humor habitual

las peripecias de la travesía, las ganas que le dieron de echar por la borda al sobrecargo que no

le permitió meter los tres cajones en el camarote, la imbecilidad lúcida de una señora que se

aterraba con el número 13, no por superstición sino porque le parecía un número que se había

quedado sin terminar, y la apuesta que se ganó en la primera cena porque reconoció en el agua

de a bordo el sabor a remolachas nocturnas de los manantiales de Lérida. Con el transcurso de

los días, sin embargo, la realidad de a bordo le importaba cada vez menos, y hasta los

acontecimientos más recientes y triviales le parecían dignos de añoranza, porque a medida que el

barco se alejaba, la memoria se le iba volviendo triste. Aquel proceso de nostalgización progresiva

era también evidente en los retratos. En los primeros parecía feliz, con su camisa de

inválido y su mechón nevado, en el cabrilleante octubre del Caribe. En los últimos se le veía con

un abrigo oscuro y una bufanda de seda, pálido de sí mismo y taciturnado por la ausencia, en la

cubierta de un barco de pesadumbre que empezaba a sonambular por océanos otoñales. Germán

y Aureliano le contestaban las cartas. Escribió tantas en los primeros meses, que se sentían

entonces más cerca de él que cuando estaba en Macondo, y casi se aliviaban de la rabia de que

se hubiera ido. Al principio mandaba a decir que todo seguía igual, que en la casa donde nació

estaba todavía el caracol rosado, que los arenques secos tenían el mismo sabor en la yesca de

pan, que las cascadas de la aldea continuaban perfumándose al atardecer. Eran otra vez las hojas

de cuaderno rezurcidas con garrapatitas moradas, en las cuales dedicaba un párrafo especial a

cada uno. Sin embargo, y aunque él mismo no parecía advertirlo, aquellas cartas de recuperación

y estímulo se iban transformando poco a poco en pastorales de desengaño. En las noches de

invierno, mientras hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido

del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que

añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de café y las

alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos,

perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que

se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón

humano, que se cagarán en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran

siempre que et pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda la

primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos

una verdad efímera.

Álvaro fue el primero que atendió el consejo de abandonar a Macondo. Lo vendió todo, hasta el

tigre cautivo que se burlaba de los transeúntes en el patio de su casa, y compró un pasaje eterno

en un tren que nunca acababa de viajar. En las tarjetas postales que mandaba desde las

estaciones intermedias, describía a gritos las imágenes instantáneas que había visto por la

ventanilla del vagón, y era como ir haciendo trizas y tirando al olvido el largo poema de la

fugacidad: los negros quiméricos en los algodonales de la Luisiana, los caballos alados en la

hierba azul de Kentucky, los amantes griegos en el crepúsculo infernal de Arizona, la muchacha

de suéter rojo que pintaba acuarelas en los lagos de Michigan, y que le hizo con los pinceles un

adiós que no era de despedida sino de esperanza, porque ignoraba que estaba viendo pasar un

tren sin regreso. Luego se fueron Alfonso y Germán, un sábado, con la idea de regresar el lunes,

y nunca se volvió a saber de ellos. Un año después de la partida del sabio catalán, el único que

quedaba en Macondo era Gabriel, todavía al garete, a merced de la azarosa caridad de

Nigromanta, y contestando los cuestionarios del concurso de una revista francesa, cuyo premio

mayor era un viaje a París. Aureliano, que era quien recibía la suscripción, lo ayudaba a llenar los

formularios, a veces en su casa, y casi siempre entre los pomos de loza y el aire de valeriana de

la única botica que quedaba en Macondo, donde vivía Mercedes, la sigilosa novia de Gabriel. Era

lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía

aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto

pero sin acabar de acabarse jamás. El pueblo había llegado a tales extremos de inactividad, que

cuando Gabriel ganó el concurso y se fue a París con dos mudas de ropa, un par de zapatos y las

obras completas de Rabelais, tuvo que hacer señas al maquinista para que el tren se detuviera a

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

167

recogerlo. La antigua calle de los Turcos era entonces un rincón de abandono, donde los últimos

árabes se dejaban llevar hacia la muerte por la costumbre milenaria de sentarse en la puerta,

aunque hacia muchos años que habían vendido la última yarda de diagonal, y en las vitrinas

sombrías solamente quedaban los maniquíes decapitados. La ciudad de la compañía bananera,

que tal vez Patricia Brown trataba de evocar para sus nietos en las noches de intolerancia y

pepinos en vinagre de Prattville, Alabama, era una llanura de hierba silvestre. El cura anciano que

había sustituido al padre Ángel, y cuyo nombre nadie se tomó el trabajo de averiguar, esperaba

la piedad de Dios tendido a la bartola en una hamaca, atormentado por la artritis y el insomnio de

la duda, mientras los lagartos y las ratas se disputaban la herencia del templo vecino. En aquel

Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces

que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una

casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y

Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra.

Gastón había vuelto a Bruselas. Cansado de esperar el aeroplano, un día metió en una maletita

las cosas indispensables y su archivo de correspondencia y se fue con el propósito de regresar

por el aire, antes de que sus privilegios fueran cedidos a un grupo de aviadores alemanes que

habían presentado a las autoridades provinciales un proyecto más ambicioso que el suyo. Desde

la tarde del primer amor, Aureliano y Amaranta Úrsula habían seguido aprovechando los escasos

descuidos del esposo, amándose con ardores amordazados en encuentros azarosos y casi siempre

interrumpidos por regresos imprevistos. Pero cuando se vieron solos en la casa sucumbieron en el

delirio de los amores atrasados. Era una pasión insensata, desquiciante, que hacía temblar de

pavor en su tumba a los huesos de Fernanda, y los mantenía en un estado de exaltación perpetua.

Los chillidos de Amaranta Úrsula, sus canciones agónicas, estallaban lo mismo a las dos de

la tarde en la mesa del comedor, que a las dos de la madrugada en el granero. «Lo que más me

duele -reía- es tanto tiempo que perdimos.» En el aturdimiento de la pasión, vio las hormigas

devastando el jardín, saciando su hambre prehistórica en las maderas de la casa, y vio el torrente

de lava viva apoderándose otra vez del corredor, pero solamente se preocupó de combatirlo

cuando lo encontró en su dormitorio. Aureliano abandonó los pergaminos, no volvió a salir de la

casa, y contestaba de cualquier modo las cartas del sabio catalán. Perdieron el sentido de la

realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvieron a cerrar puertas y

ventanas para no demorarse en trámites de desnudamientos, y andaban por la casa como

siempre quiso estar Remedios, la bella, y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y

una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo

hicieron más estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron

con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de campamento del coronel

Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en

tempestades de algodón. Aunque Aureliano era un amante tan feroz como su rival, era Amaranta

Úrsula quien comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel paraíso de

desastres, como si hubiera concentrado en el amor la indómita energía que la tatarabuela

consagró a la fabricación de animalitos de caramelo. Además, mientras ella cantaba de placer y

se moría de risa de sus propias invenciones, Aureliano se iba haciendo más absorto y callado,

porque su pasión era ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos

de virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltación le sacaban mejor partido al cansancio.

Se entregaron a la idolatría de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían

posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. Mientras él amasaba con claras de

huevo los senos eréctiles de Amaranta Úrsula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos

elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las muñecas con la portentosa criatura de

Aureliano, y le pintaba ojos de payaso con carmín de labios y bigotes de turco con carboncillo de

las cejas, y le ponía corbatines de organza y sombreritos de papel plateado. Una noche se

embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se

amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas

carniceras que se disponían a devorarlos vivos.

En las pausas del delirio Amaranta Úrsula contestaba las cartas de Gastón. Lo sentía tan

distante y ocupado, que su regreso le parecía imposible. En una de las primeras cartas él contó

que en realidad sus socios habían mandado el aeroplano, pero que una agencia marítima de

Bruselas lo había embarcado por error con destino a Tanganyika, donde se lo entregaron a la

dispersa comunidad de los Makondos. Aquella confusión ocasionó tantos contratiempos que

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

168

solamente la recuperación del aeroplano podía tardar dos años. Así que Amaranta Úrsula descartó

la posibilidad de un regreso inoportuno. Aureliano, por su parte, no tenía más contacto con el

mundo que las cartas del sabio catalán, y las noticias que recibía de Gabriel a través de

Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había hecho

reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los periódicos atrasados y las

botellas vacías que las camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano

podía imaginarlo entonces con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de

Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de

noche para confundir el hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores hervidas donde había

de morir Rocamadour. Sin embargo, sus noticias se fueron haciendo poco a poco tan inciertas, y

tan esporádicas y melancólicas las cartas del sabio, que Aureliano se acostumbró a pensar en

ellos como Amaranta Úrsula pensaba en su marido, y ambos quedaron flotando en un universo

vacío, donde la única realidad cotidiana y eterna era el amor.

De pronto, como un estampido en aquel mundo de inconsciencia feliz, llegó la noticia del

regreso de Gastón. Aureliano y Amaranta Úrsula abrieron lo ojos, sondearon sus almas, se

miraron a la cara con la mano en el corazón, y comprendieron que estaban tan identificados que

preferían la muerte a la separación. Entonces ella le escribió al marido una carta de verdades

contradictorias, en la que le reiteraba su amor y sus ansias de volver a verlo, al mismo tiempo

que admitía como un designio fatal la imposibilidad de vivir sin Aureliano. Al contrario de lo que

ambos esperaban, Gastón les mandó una respuesta tranquila, casi paternal, con dos hojas

enteras consagradas a prevenirlos contra las veleidades de la pasión, y un párrafo final con votos

inequívocos por que fueran tan felices como él lo fue en su breve experiencia conyugal. Era una

actitud tan imprevista, que Amaranta Úrsula se sintió humillada con la idea de haber

proporcionado al marido el pretexto que él deseaba para abandonarla a su suerte. El rencor se le

agravó seis meses después, cuando Gastón volvió a escribirle desde Leopoldville, donde por fin

había recibido el aeroplano, sólo para pedir que le mandaran el velocípedo, que de todo lo que

había dejado en Macondo era lo único que tenía para él un valor sentimental. Aureliano sobrellevó

con paciencia el despecho de Amaranta Úrsula, se esforzó por demostrarle que podía ser tan

buen marido en la bonanza como en la adversidad, y las urgencias cotidianas que los asediaban

cuando se les acabaron los últimos dineros de Gastón crearon entre ellos un vínculo de

solidaridad que no era tan deslumbrante y capitoso como la pasión, pero que les sirvió para

amarse tanto y ser tan felices como en los tiempos alborotados de la salacidad. Cuando murió

Pilar Ternera estaban esperando un hijo.

En el sopor del embarazo, Amaranta Úrsula trató de establecer una industria de collares de

vértebras de pescados. Pero a excepción de Mercedes, que le compró una docena, no encontró a

quién vendérselos. Aureliano tuvo conciencia por primera vez de que su don de lenguas, su

sabiduría enciclopédica, su rara facultad de recordar sin conocerlos los pormenores de hechos y

lugares remotos, eran tan inútiles como el cofre de pedrería legítima de su mujer, que entonces

debía valer tanto como todo el dinero de que hubieran podido disponer, juntos, los últimos

habitantes de Macondo. Sobrevivían de milagro. Aunque Amaranta Úrsula no perdía el buen

humor, ni su ingenio para las travesuras eróticas, adquirió la costumbre de sentarse en el

corredor después del almuerzo, en una especie de siesta insomne y pensativa. Aureliano la

acompañaba. A veces permanecían en silencio hasta el anochecer, el uno frente a la otra,

mirándose a los ojos, amándose en el sosiego con tanto amor como antes se amaron en el

escándalo. La incertidumbre del futuro les hizo volver el corazón hacia el pasado. Se vieron a sí

mismos en el paraíso perdido del diluvio, chapaleando en los pantanos del patio, matando

lagartijas para colgárselas a Úrsula, jugando a enterrarla viva, y aquellas evocaciones les

revelaron la verdad de que habían sido felices juntos desde que tenían memoria. Profundizando

en el pasado, Amaranta Úrsula recordó la tarde en que entró al taller de platería y su madre le

contó que el pequeño Aureliano no era hijo de nadie porque había sido encontrado flotando en

una canastilla. Aunque la versión les pareció inverosímil, carecían de información para sustituirla

por la verdadera. De lo único que estaban seguros, después de examinar todas las posibilidades,

era de que Fernanda no fue la madre de Aureliano. Amaranta Úrsula se inclinó a creer que era

hijo de Petra Cotes, de quien sólo recordaba fábulas de infamia, y aquella suposición les produjo

en el alma una torcedura de horror.

Atormentado por la certidumbre de que era hermano de su mujer, Aureliano se dio una

escapada a la casa cural para buscar en los archivos rezumantes y apolillados alguna pista cierta

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

169

de su filiación. La partida de bautismo más antigua que encontró fue la de Amaranta Buendía,

bautizada en la adolescencia por el padre Nicanor Reyna, por la época en que éste andaba

tratando de probar la existencia de Dios mediante artificios de chocolate. Llegó a ilusionarse con

la posibilidad de ser uno de los diecisiete Aurelianos, cuyas partidas de nacimiento rastreó a

través de cuatro tomos, pero las fechas de bautismo eran demasiado remotas para su edad.

Viéndolo extraviado en laberintos de sangre, trémulo de incertidumbre, el párroco artrítico que lo

observaba desde la hamaca le preguntó compasivamente cuál era su nombre.

-Aureliano Buendía -dijo él.

-Entonces no te mates buscando -exclamó el párroco con una convicción terminante-. Hace

muchos años hubo aquí una calle que se llamaba así, y por esos entonces la gente tenía la

costumbre de ponerles a los hijos los nombres de las calles.

Aureliano tembló de rabia.

-¡Ah! -dijo-, entonces usted tampoco cree.

-¿En qué?

-Que el coronel Aureliano Buendía hizo treinta y dos guerras civiles y las perdió todas –

contestó Aureliano-. Que el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron

los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones.

El párroco lo midió con una mirada de lástima.

-Ay, hijo suspiró-. A mi me bastaría con estar seguro de que tú y yo existimos en este

momento.

De modo que Aureliano y Amaranta Úrsula aceptaron la versión de la canastilla, no porque la

creyeran, sino porque los ponía a salvo de sus terrores. A medida que avanzaba el embarazo se

iban convirtiendo en un ser único, se integraban cada vez más en la soledad de una casa a la que

sólo le hacía falta un último soplo para derrumbarse. Se habían reducido a un espacio esencial,

desde el dormitorio de Fernanda, donde vislumbraron los encantos del amor sedentario, hasta el

principio del corredor, donde Amaranta Úrsula se sentaba a tejer botitas y sombreritos de recién

nacido, y Aureliano a contestar las cartas ocasionales del sabio catalán. El resto de la casa se

rindió al asedio tenaz de la destrucción. El taller de platería, el cuarto de Melquíades, los reinos

primitivos y silenciosos de Santa Sofía de la Piedad quedaron en el fondo de una selva doméstica

que nadie hubiera tenido la temeridad de desentrañar. Cercados por la voracidad de la

naturaleza, Aureliano y Amaranta Úrsula seguían cultivando el orégano y las begonias y

defendían su mundo con demarcaciones de cal, construyendo las últimas trincheras de la guerra

inmemorial entre el hombre y las hormigas. El cabello largo y descuidado, los moretones que le

amanecían en la cara, la hinchazón de las piernas, la deformación del antiguo y amoroso cuerpo

de comadreja, le habían cambiado a Amaranta Úrsula la apariencia juvenil de cuando llegó a la

casa con la jaula de canarios desafortunados y el esposo cautivo, pero no le alteraron la vivacidad

del espíritu. «Mierda -solía reír-. Quién hubiera pensado que de veras íbamos a terminar viviendo

como antropófagos!» El último hilo que los vinculaba con el mundo se rompió en el sexto mes del

embarazo, cuando recibieron una carta que evidentemente no era del sabio catalán. Había sido

franqueada en Barcelona, pero la cubierta estaba escrita con tinta azul convencional por una caligrafía

administrativa, y tenía el aspecto inocente e impersonal de los recados enemigos.

Aureliano se la arrebató de las manos a Amaranta Úrsula cuando se disponía a abrirla.

-Ésta no -le dijo-. No quiero saber lo que dice.

Tal como él lo presentía, el sabio catalán no volvió a escribir.

La carta ajena, que nadie leyó, quedó a merced de las polillas en la repisa donde Fernanda

olvidó alguna vez su anillo matrimonial, y allí siguió consumiéndose en el fuego interior de su

mala noticia, mientras los amantes solitarios navegaban contra la corriente de aquellos tiempos

de postrimerías, tiempos impenitentes y aciagos, que se desgastaban en el empeño inútil de

hacerlos derivar hacia el desierto del desencanto y el olvido. Conscientes de aquella amenaza,

Aureliano y Amaranta Úrsula pasaron los últimos meses tomados de la mano, terminando con

amores de lealtad el hijo empezado con desafueros de fornicación. De noche, abrazados en la

cama, no los amedrentaban las explosiones sublunares de las hormigas, ni el fragor de las

polillas, ni el silbido constante y nítido del crecimiento de la maleza en los cuartos vecinos.

Muchas veces fueron despertados por el tráfago de los muertos. Oyeron a Úrsula peleando con

las leyes de la creación para preservar la estirpe, y a José Arcadio Buendía buscando la verdad

quimérica de los grandes inventos, y a Fernanda rezando y al coronel Aureliano Buendía

embruteciéndose con engaños de guerras y pescaditos de oro, y a Aureliano Segundo agonizando

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

170

de soledad en el aturdimiento de las parrandas, y entonces aprendieron que las obsesiones

dominantes prevalecen contra la muerte, y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos

seguirían amándose con sus naturalezas de aparecidos, mucho después de que otras especies de

animales futuros les arrebataran a los insectos el paraíso de miseria que los insectos estaban

acabando de arrebatarles a los hombres.

Un domingo, a las seis de la tarde, Amaranta Úrsula sintió los apremios del parto. La sonriente

comadrona de las muchachitas que se acostaban por hambre la hizo subir en la mesa del

comedor, se le acaballó en el vientre, y la maltrató con galopes cerriles hasta que sus gritos

fueron acallados por los berridos de un varón formidable. A través de las lágrimas, Amaranta

Úrsula vio que era un Buendía de los grandes, macizo y voluntarioso como los José Arcadios, con

los ojos abiertos y clarividentes de los Aurelianos, y predispuesto para empezar la estirpe otra

vez por el principio y purificarla de sus vicios perniciosos y su vocación solitaria, porque era el

único en un siglo que había sido engendrado con amor.

-Es todo un antropófago -dijo-. Se llamará Rodrigo.

-No -la contradijo su marido-. Se llamará Aureliano y ganará treinta y dos guerras.

Después de cortarle el ombligo, la comadrona se puso a quitarle con un trapo el ungüento azul

que le cubría el cuerpo, alumbrada por Aureliano con una lámpara. Sólo cuando lo voltearon boca

abajo se dieron cuenta de que tenía algo más que el resto de los hombres, y se inclinaron para

examinarlo. Era una cola de cerdo.

No se alarmaron. Aureliano y Amaranta Úrsula no conocían el precedente familiar, ni

recordaban las pavorosas admoniciones de Úrsula, y la comadrona acabó de tranquilizarlos con la

suposición de que aquella cola inútil podía cortarse cuando el niño mudara los dientes. Luego no

tuvieron ocasión de volver a pensar en eso, porque Amaranta Úrsula se desangraba en un

manantial incontenible. Trataron de socorrerla con apósitos de telaraña y apelmazamientos de

ceniza, pero era como querer cegar un surtidor con las manos. En las primeras horas, ella hacía

esfuerzos por conservar el buen humor. Le tomaba la mano al asustado Aureliano, y le suplicaba

que no se preocupara, que la gente como ella no estaba hecha para morirse contra la voluntad, y

se reventaba de risa con los recursos truculentos de la comadrona. Pero a medida que a

Aureliano lo abandonaban las esperanzas, ella se iba haciendo menos visible, como si la

estuvieran borrando de la luz, hasta que se hundió en el sopor. Al amanecer del lunes llevaron

una mujer que rezó junto a su cama oraciones de cauterio, infalibles en hombres y animales,

pero la sangre apasionada de Amaranta Úrsula era insensible a todo artificio distinto del amor. En

la tarde, después de veinticuatro horas de desesperación, supieron que estaba muerta porque el

caudal se agotó sin auxilios, y se le afiló el perfil, y los verdugones de la cara se le desvanecieron

en una aurora de alabastro, y volvió a sonreír.

Aureliano no comprendió hasta entonces cuánto quena a sus amigos, cuánta falta le hacían, y

cuánto hubiera dado por estar con ellos en aquel momento. Puso al niño en la canastilla que su

madre le había preparado, le tapó la cara al cadáver con una manta, y vagó sin rumbo por el

pueblo desierto, buscando un desfiladero de regreso al pasado. Llamó a la puerta de la botica,

donde no había estado en los últimos tiempos, y lo que encontró fue un taller de carpintería. La

anciana que le abrió la puerta con una lámpara en la mano se compadeció de su desvarío, e

insistió en que no, que allí no había habido nunca una botica, ni había conocido jamás una mujer

de cuello esbelto. y ojos adormecidos que se llamara Mercedes. Lloró con la frente apoyada en la

puerta de la antigua librería del sabio catalán, consciente de que estaba pagando los llantos

atrasados de una muerte que no quiso llorar a tiempo para no romper los hechizos del amor. Se

rompió los puños contra los muros de argamasa de El Niño de Oro, clamando por Pilar Ternera,

indiferente a los luminosos discos anaranjados que cruzaban por el cielo, y que tantas veces

había contemplado con una fascinación pueril, en noches de fiesta, desde el patio de los

alcaravanes. En el último salón abierto del desmantelado barrio de tolerancia un conjunto de

acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos

de Francisco el Hombre. El cantinero, que tenía un brazo seco y como achicharrado por haberlo

levantado contra su madre, invitó a Aureliano a tomarse una botella de aguardiente, y Aureliano

lo invitó a otra. El cantinero le habló de la desgracia de su brazo. Aureliano le habló de la

desgracia de su corazón, seco y como achicharrado por haberlo levantado contra su hermana.

Terminaron llorando juntos y Aureliano sintió por un momento que el dolor había terminado. Pero

cuando volvió a quedar solo en la última madrugada de Macondo, se abrió de brazos en la mitad

de la plaza, dispuesto a despertar al mundo entero, y gritó con toda su alma:

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

171

-¡Los amigos son unos hijos de puta!

Nigromanta lo rescató de un charco de vómito y de lágrimas. Lo llevó a su cuarto, lo limpió, le

hizo tomar una taza de caldo. Creyendo que eso lo consolaba, tachó con una raya de carbón los

incontables amores que él seguía debiéndole, y evocó voluntariamente sus tristezas más

solitarias para no dejarlo solo en el llanto. Al amanecer, después de un sueño torpe y breve,

Aureliano recobró la conciencia de su dolor de cabeza. Abrió los ojos y se acordó del niño.

No lo encontró en la canastilla. Al primer impacto experimentó una deflagración de alegría,

creyendo que Amaranta Úrsula había despertado de la muerte para ocuparse del niño. Pero el

cadáver era un promontorio de piedras bajo la manta. Consciente de que al llegar había

encontrado abierta la puerta del dormitorio, Aureliano atravesó el corredor saturado por los

suspiros matinales del orégano, y se asomó al comedor, donde estaban todavía los escombros del

parto: la olla grande, las sábanas ensangrentadas, los tiestos de ceniza, y el retorcido ombligo del

niño en un pañal abierto sobre la mesa, junto a las tijeras y el sedal. La idea de que la

comadrona había vuelto por el niño en el curso de la noche le proporcionó una pausa de sosiego

para pensar. Se derrumbó en el mecedor, el mismo en que se sentó Rebeca en los tiempos

originales de la casa para dictar lecciones de bordado, y en el que Amaranta jugaba damas chinas

con el coronel Gerineldo Márquez, y en el que Amaranta Úrsula cosía la ropita del niño, y en aquel

relámpago de lucidez tuvo conciencia de que era incapaz de resistir sobre su alma el peso

abrumador de tanto pasado. Herido por las lanzas mortales de las nostalgias propias y ajenas,

admiró la impavidez de la telaraña en los rosales muertos, la perseverancia de la cizaña, la

paciencia del aire en el radiante amanecer de febrero. Y entonces vio al niño. Era un pellejo

hinchado y reseco que todas las hormigas del mundo iban arrastrando trabajosamente hacia sus

madrigueras por el sendero de piedras del jardín. Aureliano no pudo moverse. No porque lo

hubiera paralizado el estupor, sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves

definitivas de Melquíades, y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el

tiempo y el espacio de los hombres: El primero de lo estirpe está amarrado en un árbol y al

último se lo están comiendo las hormigas.

Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y

el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda

para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los

pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas

prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto

todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz,

sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano

bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia

de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación.

La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos

pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.

La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por

el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el

tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de

modo que todos coexistieran en un instante. Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta,

sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran

en realidad las predicciones de su ejecución, y encontró anunciado el nacimiento de la mujer más

bella del mundo que estaba subiendo al cielo en cuerpo y alma, y conoció el origen de dos

gemelos póstumos que renunciaban a descifrar los pergaminos, no sólo por incapacidad e

inconstancia, sino porque sus tentativas eran prematuras. En este punto, impaciente por conocer

su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de

voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las

nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los

primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a

través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano

lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su

propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un

menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto,

que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los

quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los

Cien años de soledad

Gabriel García Márquez

172

cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que

Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los

laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner

término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado

por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en

hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo

a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los

pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado Entonces dio otro salto para

anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin

embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto,

pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento

y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de

descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para

siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda

oportunidad sobre la tierra.

I ……………………………………………………………………………………………………………………..3

II …………………………………………………………………………………………………………………..10

III ………………………………………………………………………………………………………………….18

IV ………………………………………………………………………………………………………………….27

V …………………………………………………………………………………………………………………..35

VI ………………………………………………………………………………………………………………….45

VII …………………………………………………………………………………………………………………52

VIII ………………………………………………………………………………………………………………..60

IX ………………………………………………………………………………………………………………….68

X …………………………………………………………………………………………………………………..76

XI ………………………………………………………………………………………………………………….85

XII …………………………………………………………………………………………………………………93

XIII ……………………………………………………………………………………………………………….102

XIV………………………………………………………………………………………………………………111

XV……………………………………………………………………………………………………………….121

XVI ……………………………………………………………………………………………………………….130

XVII……………………………………………………………………………………………………………..138

XVIII…………………………………………………………………………………………………………….147

XIX………………………………………………………………………………………………………………156

XX……………………………………………………………………………………………………………….165

GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Relato de un náufrago

que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber,

que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la

belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el

gobierno y olvidado para siempre.

La historia de esta historia

El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del

destructor «Caldas», de la marina de guerra de Colombia, hablan caído al agua y

desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile,

Estados Unidos, donde había sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de

Cartagena, a donde llegó sin retraso dos horas después de la tragedia. La búsqueda de los

náufragos se inició de inmediato, con la colaboración de las fuerzas norteamericanas del

Canal de Panamá. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur

del Caribe. Al cabo de cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos

fueron declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de ellos

apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecer

diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.

Este libro es la reconstrucción periodística de lo que él me contó, tal como fue publicada un

mes después del desastre por el diario El Espectador de Bogotá.

Lo que no sabíamos ni el náufrago ni yo cuando tratábamos de reconstruir minuto a minuto

su, aventura, era que aquel rastreo agotador había de conducirnos a una nueva aventura que

causó un cierto revuelo en el país, que a él le costó su gloria y su carrera y que a mí pudo

costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclórica del

general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazañas más memorables fueron una matanza de

estudiantes en el centro de la capital cuando el ejército desbarató a balazos una

manifestación pacífica, y el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido

de taurófilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La

prensa estaba censurada, y el problema diario de los periódicos de oposición era encontrar

asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los

encargados de ese honorable trabajo de panadería éramos Guillermo Cano, director; José

Salgar, jefe de redacción, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 años.

Cuando Luis Alejandro Velasco llegó por sus propios pies a preguntarnos cuánto le

pagábamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas

armadas lo habían secuestrado varías semanas en un hospital naval, y sólo había podido

hablar con los periodistas del régimen, y con uno de oposición que se había disfrazado de

médico. , El cuento había sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y

pervertido, y los lectores parecían hartos de un héroe que se alquilaba para anunciar relojes,

porque el suyo no se atrasó a la intemperie; que aparecía en anuncios de zapatos, porque los

suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrar para comérselos, y en otras muchas

porquerías de publicidad. Había sido condecorado, había hecho discursos patrióticos por

radio, lo habían mostrado en la televisión como ejemplo de las generaciones futuras, y lo

habían paseado entre flores y músicas por medio país para que firmara autógrafos y lo

besaran las reinas de la belleza. Había recaudado una pequeña fortuna. Si venía a nosotros

sin que lo llamáramos, después de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenla

mucho que contar, que sería capaz de inventar cualquier cosa Por dinero, y que el gobierno

le había señalado muy bien los límites de su declaración. Lo mandamos por donde vino. De

pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzó en las escaleras, aceptó el

trato, y me lo puso en las manos. Fue como si me hubiera dado una bomba de relojería.

Mi primera sorpresa fue que aquel muchacho de 20 años, macizo, con más cara de

trompetista que de héroe de la patria, tenía un instinto excepcional del arte de narrar, una

capacidad de síntesis y una memoria asombrosa-s, y bastante dignidad silvestre como para

sonreírse de su propio heroísmo. En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo

tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos

reconstruir el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar. Era tan minucioso y

apasionante, que mi único problema literario sería conseguir que el lector lo creyera. No fue

sólo por eso, sino también porque nos pareció justo, que acordamos escribirlo en primera

persona y firmado por él. Esta es, en realidad, la primera vez que mi nombre aparece

vinculado a este texto.

La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a

Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre.

Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: «Es que

no había tormenta». Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había

sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada

hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la

carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación

implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor;

segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los

náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro

que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral

que no habíamos previsto.

La historia, dividida en episodios, se publicó en catorce días consecutivos. El propio

gobierno celebró al principio la consagración literaria de su héroe. Luego, cuando se

publicó la verdad, habría sido una trastada política impedir que se continuara la serie: la

circulación del periódico estaba casi doblada, y había frente al edificio una rebatiña de

lectores que compraban los números atrasados para conservar la colección completa. La

dictadura, de acuerdo con una tradición muy propia de los gobiernos colombianos, se

conformó con remendar la verdad con la retórica: desmintió en un comunicado solemne

que el destructor llevara mercancía de contrabando. Buscando el modo de sustentar

nuestros cargos, le pedimos a Luis Alejandro Velasco la lista de sus compañeros de

tripulación que tuvieran cámaras fotográficas. Aunque muchos pasaban vacaciones en

distintos lugares del país, logramos encontrarlos para comprar las fotos que habían tomado

durante el viaje. Una semana después de publicado en episodios, apareció el relato

completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros. Al

fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veían sin la menor posibilidad de equívocos,

inclusive con sus marcas de fábrica, las cajas de mercancía de contrabando. La dictadura

acusó el golpe con una serie de represalias drásticas que habían de culminar, meses

después, con la clausura del periódico.

A pesar de las presiones, las amenazas y las más seductoras tentativas de soborno, Luis

Alejandro Velasco no desmintió una línea del relato. Tuvo que abandonar la marina, que

era el único trabajo que sabía hacer, y se desbarrancó en el olvido de la vida común. Antes

de dos años cayó la dictadura y Colombia quedó a merced de otros regímenes mejor

vestidos pero no mucho más justos, mientras yo iniciaba en París este exilio errante y un

poco nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva. Nadie volvió a saber

nada del náufrago solitario, hasta hace unos pocos meses en que un periodista extraviado lo

encontró detrás de un escritorio en una empresa de autobuses. He visto esa foto: ha

aumentado de peso y de edad, y se nota que la vida le ha pasado por dentro, pero le ha

dejado el aura serena del héroe que tuvo el valor de dinamitar su propia estatua;

Yo no había vuelto a leer este relato desde hace quince años. Me parece bastante digno para

ser publicado, pero no’ acabo de comprender la utilidad de su publicación. Me deprime la

idea de que a los editores no les interese tanto el mérito del texto como el nombre con que

está firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un escritor de moda. Si ahora se imprime

en forma de libro es porque dije sí sin pensarlo muy bien, y no soy un hombre con dos

palabras.

G. G. M.

Barcelona, febrero 1970

I

Cómo eran mis compañeros muertos en el mar

El 22 de febrero se nos anunció que regresaríamos a Colombia. Teníamos ocho meses de

estar en Mobile, Alabama, Estados Unidos, donde el A.R.C. «Caldas» fue sometido a

reparaciones electrónicas y de sus armamentos. Mientras reparaban el buque, los miembros

de la tripulación recibíamos una instrucción especial. En los días de franquicia hacíamos lo

que hacen todos los marineros en tierra: íbamos al cine con la novia y nos reuníamos

después en «Joe Palooka», una taberna del puerto, donde tomábamos whisky y armábamos

tina bronca de vez en cuando.

Mi novia se llamaba Mary Address, la conocí dos meses después de estar en Mobile, por

intermedio de la novia de otro marino.

Aunque tenía una gran facilidad para aprender el castellano, creo que Mary Address no

supo nunca por qué mis amigos le decían «María Dirección». Cada vez que tenía franquicia

la invítaba al cine, aunque ella prefería que la invitara a comer helados. Nos entendíamos

en mi medio inglés y en su medio español, pero nos entendíamos siempre, en el cine o

comiendo helados.

Sólo una vez no fui al cine con Mary: la noche que vimos «El Motín del Caine». A un grupo

de mis compañeros le habían dicho que era una buena película sobre la vida en un

barreminas. Por eso fuimos a verla. Pero lo mejor de la película no era el barreminas sino la

tempestad. Todos estuvimos de acuerdo en que lo indicado en un caso como el de esa

tempestad era modificar el rumbo del buque, como lo hicieron los amotinados. Pero ni yo

ni ninguno de mis compañeros había estado nunca en una tempestad corno aquella, de

manera que nada en la película nos impresionó tanto como la tempestad. Cuando

regresamos a dormir, el marino Diego Velázquez, que estaba muy impresionado con la

película, pensando que dentro de pocos días estaríamos en el mar, nos dijo: -¿Qué tal si nos

sucediese una cosa como esa.

Confieso que yo también estaba impresionado. En ocho meses había perdido la costumbre

del mar. No sentía miedo, pues el instructor nos había enseñado a defendernos en un

naufragio. Sin embargo, no era normal la inquietud que sentía aquella noche en que vimos

«El Motín del Caine».

No quiero decir que desde ese instante empecé a presentir la catástrofe. Pero la verdad es

que nunca había sentido tanto temor frente a la proximidad de un viaje. En Bogotá, cuando

era niño y veía las ilustraciones de los libros, nunca se me ocurrió que alguien pudiera

encontrar la muerte en el mar. Por el contrario, pensaba en él con mucha confianza. Y

desde cuando ingresé en la marina, hace casi doce años, no había sentido nunca ningún

trastorno durante el viaje.

Pero no me avergüenzo de confesar que sentí algo muy parecido al miedo después que vi

«El Motín del Caine». Tendido boca arriba en mi litera -la más alta de todas- pensaba en mi

familia y en la travesía que debíamos efectuar antes de llegar a Cartagena. No podía dormir.

Con la cabeza apoyada en las manos oía el suave batir del agua contra el muelle, y la

respiración tranquila de los cuarenta marinos que dormían en el mismo salón. Debajo de mi

litera, el marinero primero Luis Rengifo roncaba como un trombón. No sé qué soñaba, pero

seguramente no habría podido dormir tan tranquilo si hubiera sabido que ocho días después

estaría muerto en el fondo del mar.

La inquietud me duró toda la semana. El día del viaje se aproximaba con alarmante rapidez

y yo trataba de infundirme seguridad en la conversación con mis compañeros. El A.R.C.

«Caldas» estaba listo para partir. Durante esos días se hablaba con más insistencia de

nuestras familias, de Colombia y de nuestros proyectos para el regreso. Poco a poco se iba

cargando el buque con regalos que traíamos a nuestras casas: radios, neveras, lavadoras y

estufas, especialmente. Yo traía una radio.

Ante la proximidad de la fecha de partida, sin poder deshacerme de mis preocupaciones,

tomé una determinación: tan pronto como llegara a Cartagena abandonaría la marina. No

volvería a someterme a los riesgos de la navegación. La noche antes de partir fui a

despedirme de Mary, a. quien pensé comunicarle mis temores y mi determinación. Pero no

lo hice, porque le prometí volver y no me habría creído si le- hubiera dicho que estaba

dispuesto a no navegar jamás. Al único que comuniqué mi determinación fue a mi amigo

íntimo, el marinero segundo Ramón Herrera, quien me confesó que también había decidido

abandonar la marina tan pronto como llegara a Cartagena. Compartiendo nuestros temores,

Ramón Herrera y yo nos fuimos con el marinero Diego Velázquez a tomarnos un whisky de

despedida en «Joe Palooka».

Pensábamos tomarnos un whisky, pero nos tomamos cinco botellas. Nuestras amigas de

casi todas las noches ‘conocían la noticía de nuestro viaje y decidieron despedirse,

emborracharse y llorar en prueba de gratitud. El director de la orquesta, un hombre serio,

con unos anteojos que no le permitían parecer un músico, tocó en nuestro honor un

programa de mambos y tangos, creyendo que era música colombiana. Nuestras amigas

lloraron y tomaron whisky de a dólar y medio la botella.

Como en esa última semanas nos habían pagado tres veces, nosotros resolvimos echar la

casa por la ventana. Yo, porque estaba preocupado y quería emborracharme. Ramón

Herrera porque estaba alegre, -corno siempre, porque era de Arjona y sabía tocar el tambor

y tenía una singular habilidad para imitar a todos los cantantes de moda.

Un poco antes de retirarnos, un marinero norteamericano se acercó a la mesa y le pidió

permiso a Ramón Herrera para bailar con su pareja, una rubia enorme, que era la que menos

bebía y la que más lloraba -¡sinceramente!-. El norteamericano pidió permiso en inglés, y

Ramón Herrera le dio una sacudida, diciendo en español: «¡No entiendo un carajo! »

Fue una de1as mejores broncas de Mobile, con sillas rotas en la cabeza, radiopatrullas y

policías. Ramón Herrera, que logró ponerle dos buenos pescozones al norteamericano,

regresó al buque a la una de la madrugada, imitando a Daniel Santos. Dijo que era la última

vez que se embarcaba. Y, en realidad, fue la última.

A las tres de la madrugada del 24 de febrero zarpó el A.R.C. «Caldas» del puerto de

Mobile, rumbo a Cartagena. Todos sentíamos la felicidad de regresar a casa. Todos

traíamos regalos. El cabo primero Miguel Ortega, artillero, parecía el más alegre de todos.

Creo que ningún marino ha sido nunca más juicioso que el cabo Miguel Ortega. Durante

sus ocho meses en Mobile no despilfarró un dólar. Todo el dinero que recibió lo invirtió en

regalos para su esposa, que le esperaba en Cartagena. Esa madrugada, cuando nos

embarcamos, el cabo Miguel Ortega estaba en el puente, precisamente hablando de su

esposa y sus hijos, lo cual no era una casualidad, porque nunca hablaba de otra cosa. Traía

una nevera, una lavadora automática, y una radio y una estufa. Doce horas después el cabo

Miguel Ortega estaría tumbado en su litera, muriéndose del mareo. Y setenta y dos horas

después estaría muerto en el fondo del mar.

Los invitados de la muerte

Cuando un buque zarpa se le da la orden: «Servicio personal a sus puestos de buque». Cada

uno permanece en su puesto hasta cuando la nave sale del puerto. Silencioso en mi puesto,

frente a la torre de los torpedos, yo veía perderse en la niebla las luces de Mobile, pero no

pensaba en Mary. Pensaba en el mar. Sabía que al día siguiente estaríamos en el golfo de

México y que por esta época del año es una ruta peligrosa. Hasta el amanecer no vi al

teniente de fragata Jaime Martínez Diago, segundo oficial de operaciones, que fue el único

oficial muerto en la catástrofe. Era un hombre alto, fornido y silencioso, a quien vi en muy

pocas ocasiones. Sabía que era natural del Tolíma y una excelente persona.

En cambio, esa madrugada vi al suboficial primero Julio Amador Caraballo, segundo

contramaestre, alto y bien plantado, que pasó junto a mí, contempló por un instante las

últimas luces de Mobile y se dirigió a su puesto. Creo que fue la última vez que lo vi en el

buque.

Ninguno de los tripulantes del «Caldas» manifestaba su alegría del regreso más

estrepitosamente que el suboficial Elías Sabogal, jefe de maquinistas. Era un lobo de mar.

Pequeño, de piel curtida, robusto y conversador. Tenía alrededor de 40 años y creo que la

mayoría de ellos los pasó conversando.

El suboficial Sabogal tenía motivos para estar más contento que nadie. En Cartagena lo

esperaban su esposa y sus seis hijos. Pero sólo conocía cinco: el menor había nacido

mientras nos encontrábamos en Mobile.

Hasta el amanecer el viaje fue perfectamente tranquilo. En una hora me había

acostumbrado nuevamente a la navegación. Las luces de Mobile se perdían en la distancia

entre la niebla de un día tranquilo y por el oriente se veía el sol, que empezaba a levantarse.

Ahora no me sentía inquieto, sino fatigado. No había dormido en toda la noche. Tenía sed.

Y un mal recuerdo del whisky.

A las seis de la mañana salimos del puerto.

Entonces se dio la orden: «Servicio personal, retirarse. Guardias de mar, a sus puestos»

Tan pronto como oí la orden me dirigí al dormitorio. Debajo de mi litera, sentado, estaba

Luis Rengífo, frotándose los ojitos para acabar de despertar.

-¿Por dónde vamos? -me preguntó Luis Rengifo.

Le dije que acabábamos de salir del puerto. Luego subí a mi litera y traté de dormir.

Luis Rengifo era un marino completo. Había nacido en Chocó, lejos del mar, pero llevaba

el mar en la sangre. Cuando el «Caldas» entró en reparación en Mobile, Luis Rengifo no

formaba parte de su tripulación. Se encontraba en Washington, haciendo un curso de

armería. Era serio, estudioso y hablaba el inglés tan correctamente como el castellano.

El 15 de marzo se graduó de ingeniero civil en Washington. Allí se casó, con una dama

dominicana, en 1952. Cuando el destructor «Caldas» fue reparado, Luis Rengifo viajó de

Washington y fue incorporado a la tripulación. Me había dicho, pocos días antes de salir de

Mobile, que lo primero que haría al llegar a Colombia sería adelantar las gestiones para

trasladar a su esposa a Cartagena.

Como tenía tanto tiempo de no viajar, yo estaba seguro de que Luis Rengífo sufriría de

mareos. Esa primera madrugada de nuestro viaje, mientras se vestía, me preguntó:

-¿Todavía no te has mareado?

Le respondí que no. Rengifo dijo, entonces:

-Dentro de dos o tres horas te veré con la lengua afuera.

-Así te veré yo a ti -le dije. Y él respondió:

-El- día que yo me maree, ese día se marea el mar.

Acostado en mi litera, tratando de conciliar el sueño, yo volví a acordarme de la tempestad.

Renacieron mis temores de la noche anterior. Otra vez preocupado, me volví hacía donde

Luis Rengifo acababa de vestirse y le dije:

-Ten cuidado. No vaya y sea que la lengua te castigue.

II

Mis últimos minutos a bordo del «barco lobo»

«Ya estamos en el golfo», me dijo uno de mis compañeros cuando me levanté a almorzar, el

26 de febrero. El día anterior había sentido un poco de temor por el tiempo del golfo de

México. Pero el destructor, a pesar de que se movía un poco, se deslizaba con suavidad.

Pensé con alegría que mis temores habían sido infundados y salí a cubierta. La silueta de la

costa se había borrado. Sólo el mar verde y el cielo azul se extendían en torno a nosotros.

Sin embargo, en la media cubierta, el cabo Miguel Ortega estaba sentado, pálido y

desencajado. luchando con el mareo. Eso había empezado desde antes. Desde cuando

todavía no hablan desaparecido las luces de Mobíle, y durante las últimas veinticuatro

horas, el cabo Miguel Ortega no había podido mantenerse en pie, a pesar de que no era un

novato en el mar.

Miguel Ortega había estado en Corea, en la fragata «Almirante Padilla». Había viajado

mucho y estaba familiarizado con el mar. Sin embargo, a pesar de que el golfo estaba

tranquilo, fue preciso ayudarlo a moverse para que pudiera prestar la guardia. Parecía un

agonizante. No toleraba ninguna clase de alimentos y sus compañeros de guardia lo

sentábamos en la popa o en la media cubierta, hasta cuando se recibía la orden de

trasladarlo al dormitorio. Entonces se tendía boca abajo en su litera, con la cabeza hacia

afuera, esperando la vomitona.

Creo que fue Ramón Herrera quien me dijo, el 26 en la noche que la cosa se pondría dura

en el Caribe. De acuerdo con nuestros cálculos, saldríamos del golfo de México después de

la media noche. En mi puesto de guardia, frente a la torre de los torpedos, yo pensaba con

optimismo en nuestra llegada a Cartagena. La noche era clara, y el cielo, alto y redondo,

estaba lleno de estrellas. Desde cuando ingresé en la marina. me aficioné a identificar las

estrellas. Desde esa noche me di gusto, mientras el A. R. C. «Caldas» avanzaba

serenamente hacia el Caribe.

Creo que un viejo marinero que haya viajado por todo el inundo, puede saber en qué mar

se encuentra por la manera de moverse el barco. La experiencia en ese mar donde hice mis

primeras armas, me indicó que estábamos en el Caribe. Miré el reloj. Eran las doce y treinta

minutos de la noche. Las doce y treinta y uno de la madrugada del 27 de febrero. Aunque el

buque no se hubiera movido tanto, yo hubiera sabido que estábamos en el Caribe. Pero se

movía. Yo, que nunca he sentido mareos, empecé a sentirme intranquilo. Sentí un extrafio

presentimiento. Y sin saber por qué, me acordé entonces del cabo Miguel Ortega, que

estaba allá abajo, en su litera, echando el estómago por la boca.

A las seis de la mañana el destructor se movía como un cascarón. Luis Rengifo estaba

despierto, una litera debajo de la mía.

-Gordo -me dijo-. ¿Todavía no te has mareado?

Le dije que no. Pero le manifesté mis temores. Rengifo, que, como he dicho, era ingeniero,

muy estudioso y buen marino, me hizo entonces una exposición de los motivos por los

cuales no había el menor peligro de que al «Caldas» le ocurriera un accidente en el Caribe.

«Es un barco lobo», me dijo. Y me recordó que durante la guerra, en esas mismas aguas, el

destructor colombiano había hundido un submarino alemán.

«Es un buque seguro», decía Luis Rengífo. Y yo, acostado en mi litera, sin poder dormir a

causa de los movimientos de la nave, me sentía seguro con sus palabras. Pero el viento era

cada vez más fuerte a babor, y yo me imaginaba cómo estaría el—Caldas» en medio de

aquel tremendo oleaje. En ese momento me acordé de «El Motín del Caine».

A pesar de que el tiempo no varió durante todo el día, la navegación era normal. Cuando

prestaba la guardia me puse a hacer proyectos para cuando llegara a Cartagena. Le

escribiría a Mary. Pensaba escribirle dos veces por semana, pues nunca he sido perezoso

para escribir. Desde cuando ingresé en la marina, le he escrito todas las semanas a mi

familia de Bogotá. Les he escrito a mis amigos del barrio Olaya cartas frecuentes y largas.

De manera que le escribiría a Mary, pensé, y saqué en horas la cuenta del tiempo que nos

faltaba para llegar a Cartagena: nos faltaban exactamente 24 horas. Aquella era mi

penúltima guardia.

Ramón Herrera me ayudó a arrastrar al cabo Miguel Ortega hacia su litera. Estaba cada vez

peor. Desde cuando salimos de Mobile, tres días antes, no había probado alimentos. Casi no

podía hablar y tenía el rostro verde y descompuesto.

Empieza el baile

El baile empezó a las diez de la noche. Durante todo el día el «Caldas» se había movido,

pero no tanto como en esa noche del 27 de febrero en que yo, desvelado en mi litera,

pensaba con pavor en la gente que estaba de guardia en cubierta. Yo sabía que ninguno de

los marineros que estaban allí, en sus literas, había podido conciliar el sueño. Un poco antes

de las doce le dije a Luis Rengifo, mi vecino de abajo:

-¿Todavía no te has mareado?

Como lo había supuesto, Luis Rengifo tampoco podía dormir. Pero a pesar dél movimiento

del barco, no había perdido el buen humor. Dijo:

-Ya te dije que el día que yo me maree, ese día se marea el mar.

Era una frase que repetía con frecuencia. Pero esa noche casi no tuvo tiempo de terminarla.

He dicho que sentía inquietud. He dicho que sentía algo muy parecido al miedo. Pero no me

cabe la menor duda de lo que sentí a la media noche del 27, cuando a través de los

altoparlantes se dio una orden general:

«Todo el personal pasarse al lado de babor».. Yo sabía lo que significaba esa orden. El

barco estaba escorando peligrosamente a estribor y se trataba de equilibrarlo con nuestro

peso. Por primera vez, en dos años de navegación, tuve un verdadero miedo de¡ mar. El

viento silbaba, allá arriba, donde el personal de cubierta debía estar empapado y tiritando.

Tan pronto como oí la orden salté de la tarima. Con mucha calma, Luis Rengifo se puso en

pie y se fue a una de las tarimas de babor, que estaban desocupadas, porque pertenecían al

personal de guardia. Agarrándome a las otras literas, traté de caminar, pero en ese instante

me acordé de Miguel Ortega.

No podía moverse. Cuando oyó la orden había tratado de levantarse, pero había caído

nuevamente en su litera, vencido por el mareo y el agotamiento. Lo ayudé a incorporarse y

lo coloqué en su litera de babor. Con la voz apagada me dijo que se sentía muy mal.

-Vamos a conseguir que no hagas la guardia -le dije.

Puede parecer un mal chiste, -pero si Miguel Ortega se hubiera quedado en su litera, ahora

no estaría muerto.

Sin haber dormido un minuto, a las 4 de la madrugada del 28 nos reunimos en popa seis de

la guardia disponible. Entre ellos Ramón Herrera, mi compañero de todos los días. El

suboficial de guardia era Guillermo Rozo. Aquella fue mí última misión a bordo. Sabía que

a las 2 de la tarde estaríamos en Cartagena. Pensaba dormir tan pronto como entregara la

guardia, para poder divertirme esa noche en tierra firme, después de ocho meses de

ausencia. A las 5.30 de la madrugada fui a pasar revista a los bajos fondos acompañado por

un grumete. A las 7 relevamos los puestos de servicio efectivo para desayunar. A las 8

volvieron a relevarnos. Exactamente a esa hora entregué mi última guardia, sin novedad, a

pesar de que la brisa arreciaba y de que las olas, cada vez más altas, reventaban en el puente

y bañaban la cubierta.

En popa estaba Ramón Herrera. Allí estaba también, como salvavidas de guardia, Luis

Rengifo, con los auriculares puestos. En la media cubierta, recostado, agonizando con su

eterno mareo, estaba el cabo Miguel Ortega. En ese lugar se sentía menos el movimiento.

Conversé un momento con el marinero segundo Eduardo Castillo, almacenista, soltero,

bogotano y muy reservado. No recuerdo de qué hablábamos. Sólo sé que desde ese instante

no volvimos a vernos, hasta cuando se hundió en el mar, pocas horas después.

Ramón Herrera estaba recogiendo unos cartones para cubrirse con ellos y tratar de dormir.

Con el movimiento era imposible descansar en los dormitorios. Las olas, cada vez más

fuertes y altas, estallaban en la cubierta. Entre las neveras, las lavadoras y las estufas,

fuertemente aseguradas en la popa, Ramón Herrera y yo nos acostamos, bien ajustados,

para evitar que nos arrastrara una ola. Tendido boca arriba yo contemplaba el cielo. Me

sentía más tranquilo, acostado, con la seguridad de que dentro de pocas horas estaríamos en

la bahía de Cartagena. No había tempestad; el día estaba perfectamente claro, la visibilidad

era completa y el cielo estaba profundamente azul. Ahora ni siquiera me apretaban las

botas, pues me las había cambiado por unos zapatos de caucho después de que entregué la

guardia.

Un minuto de silencio

Luis Rengífo me preguntó la hora. Eran las once y media. Desde hacía una hora el buque

empezó a escorar, a inclinarse peligrosamente a estribor. A través de los altavoces se repitió

la orden de la noche anterior: «Todo el personal ponerse al lado de babor», Ramón Herrera

y yo no nos movimos, porque estábamos de ese lado.

Pensé en el cabo Miguel Ortega, a quien un momento antes había visto a estribor, pero casi

en el mismo instante lo vi pasar tambaleando. Se tumbó a babor, agonizando con su mareo.

En ese instante el buque se inclinó pavorosamente; se fue. Aguanté la respiración. Una ola

enorme reventó sobre nosotros y quedamos empapados, como si acabáramos de salir del

mar. Con mucha lentitud, trabajosamente, el destructor recobró su posición normal. En la

guardia, Luis Rengifo estaba lívido. Dijo, nerviosamente:

-¡Qué vaina! Este buque se está yendo y no quiere volver.

Era la primera vez que veía nervioso a Luis Rengifo. Junto a mí, Ramón Herrera, pensativo,

enteramente mojado, permanecía silencioso. Hubo un instante de silencio total. Luego,

Ramón Herrera dijo:

-A la hora que manden cortar cabos para que la carga se vaya al agua, yo soy el primero en

cortar.

Eran las once y cincuenta minutos.

Yo también pensaba que de un momento a otro ordenarían cortar las amarras de la carga.

Es lo que se llama «zafarrancho de aligeramiento». Radios, neveras y estufas habrían caído

al agua tan pronto como hubieran dado la orden. Pensé que en ese caso tendría que bajar al

dormitorio, pues en la popa estábamos seguros porque habíamos logrado asegurarnos entre

las neveras y las estufas. Sin ellas nos habría arrastrado la ola.

El buque seguía defendiéndose del oleaje, pero cada vez escoraba más. Ramón Herrera

rodó una carpa y se cubrió con ella. Una nueva ola, más grande que la anterior, volvió a

reventar sobre nosotros, que ya estábamos protegidos por la carpa. Me sujeté la cabeza con

las manos, mientras pasaba la ola, y medio minuto después carraspearon los altavoces.

«Van a dar la orden de cortar la carga», pensé. Pero la orden fue otra, dada con una voz

segura y reposada: «-Personal que transita en cubierta, usar salvavidas».

Calmadamente, Luis Rengifo sostuvo con una mano los auriculares y se puso el salvavidas

con la otra. Como después de cada ola grande, yo sentía primero un gran vacío y después

un profundo silencio. Vi a Luis Rengifo que, con el salvavidas puesto, volvió a colocarse

los auriculares. Entonces cerré los ojos y oí perfectamente el tic-tac de mi reloj.

Escuché el reloj durante un minuto, aproximadamente. Ramón Herrera no se movía.

Calculé que debla faltar un cuarto para las doce. Dos horas para llegar a Cartagena. El

buque pareció suspendido en el aire un segundo. Saqué la mano para mirar la hora, pero en

ese instante no vi el brazo, ni la mano, ni el reloj. No vi la ola. Sentí que la nave se iba del

todo y que la carga en que me apoyaba se estaba rodando. Me puse en pie, en una fracción

de segundo, y el agua me llegaba al cuello. Con los ojos desorbitados, verde y silencioso, vi

a Luis Rengifo que trataba de sobresalir, sosteniendo los auriculares en alto. Entonces el

agua me cubrió por completo y empecé a nadar hacia arriba.

Tratando de salir a flote, nadé hacía arriba por espacio de uno, dos, tres segundos. Seguí

nadando hacia arriba. Me faltaba aire. Me asfixiaba. Traté de amarrarme a la carga, pero ya

la carga no estaba allí. Ya no había nada alrededor. Cuando salí a flote no vi en torno mío

nada distinto del mar. Un segundo después, como a cien metros de distancia, el buque

surgió de entre las olas, chorreando agua por todos lados, como un submarino. Sólo

entonces me di cuenta de que había caído al agua.

III

Viendo, ahogarse a cuatro de mis compañeros

Mí primera impresión fue la de estar absolutamente solo en la mitad del mar.

Sosteniéndome a flote vi que otra ola reventaba contra. el destructor, y que éste, como a

200 metros del lugar en que me encontraba, se precipitaba en un abismo y desaparecía de

mi vista. Pensé que se había hundido. Y un momento después, confirmando mi

pensamiento, surgieron en torno a mí numerosas cajas de la mercancía con que el destructor

habla sido cargado en Mobile. Me sostuve a flote entre cajas de ropa, radios, neveras y toda

clase de utensilios domésticos que saltaban confusamente, batidos por las olas. No tuve en

ese instante ninguna idea precisa de lo que estaba sucediendo. Un poco atolondrado, me

aferré a una. de las cajas flotantes y estúpidamente me puse a contemplar el mar.

El día era de una claridad perfecta. Salvo el fuerte oleaje producido por la brisa y la

mercancía dispersa en la superficie, no había nada en ese lugar que pareciera un naufragio.

De pronto comencé a oír gritos cercanos. A través del cortante silbido del viento reconocí

perfectamente la voz de Julio Amador Caraballo, el alto y bien plantado segundo

contramaestre, que le gritaba a alguien:

-Agárrese de ahí, por debajo del salvavidas.

Fue como si en ese instante hubiera despertado de un profundo sueño de un minuto. Me di

cuenta de que no estaba solo en el mar. Allí, a pocos metros de distancia, mis compañeros

se gritaban unos a otros, manteniéndose a flote. Rápidamente comencé a pensar. No podía

nadar hacia ningún lado. Sabía que estábamos a casi 200 millas de Cartagena, pero tenía

confundido el sentido de la orientación. Sin embargo, todavía no sentía miedo. Por un

momento pensé que podría estar aferrado a la caja indefinidamente, hasta cuando vinieran

en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que alrededor de mí otros marinos se

encontraban en iguales circunstancias. Entonces fue cuando vi la balsa.

Eran dos, aparejadas, como a siete metros de distancia la una de la otra. Aparecieron

inesperadamente en la cresta de una ola, del lado donde gritaban mis compañeros. Me

pareció extraño que ninguno de ellos hubiera podido alcanzarlas. En un segundo, una de las

balsas desaparecía de mi vista. Vacilé entre correr el riesgo de nadar hacia’ la otra o

permanecer seguro, agarrado a la caja. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de tomar

una determinación, me encontré nadando hacia la última balsa visible, cada vez más lejana.

Nadé por espacio de tres minutos. Por un instante dejé de ver la balsa, pero procuré no

perder la dirección. Bruscamente, un golpe de la, ola la puso al lado mío, blanca, enorme y

vacía. Me agarré con fuerza al enjaretado y traté de saltar al interior. Sólo lo logré a la

tercera tentativa. Ya dentro de la balsa, jadeante, azotado por la brisa, implacable y helada,

me incorporé trabajosamente. Entonces vi a tres de mis compañeros al rededor de la balsa,

tratando de alcanzarla.

Los reconocí al instante. Eduardo Castillo, el almacenista, se agarraba fuertemente al cuello

de Julio Amador Caraballo. Este, que estaba de guardia efectiva cuando ocurrió el

accidente, tenía puesto el salvavidas. Gritaba: «Agarrase duro, Castillo». Flotaban entre la

mercancía dispersa, como a diez metros de distancia.

Del otro lado estaba Luis Rengifo. Pocos minutos antes lo había visto en el destructor,

tratando de sobresalir con los auriculares levantados en la mano derecha. Con su serenidad

habitual, con esa confianza de buen marinero con que decía que antes que él se marearía el

mar, se había quitado la camisa para nadar mejor, pero había perdido el salvavidas. Aunque

no lo hubiera visto, lo habría reconocido por su grito:

-Gordo, rema para este lado.

Rápidamente agarré los remos y traté de acercarme a ellos. Julio Amador, con Eduardo

Castillo fuertemente colgado del cuello, se aproximaba a la balsa. Mucho más allá, pequeño

y desolado, vi al cuarto de mis compañeros: Ramón Herrera, que me hacía señas con la

mano, agarrado a una caja.

¡Sólo tres metros!

Si hubiera tenido que decidirlo, no habría sabido por cuál de mis compañeros empezar.

Pero cuando vi a Ramón Herrera, el de la bronca en Mobile, el alegre muchacho de Arjona

que pocos minutos antes estaba conmigo en la popa, empecé a remar con desesperación.

Pero la balsa tenía casi 2 metros de largo. Era muy pesada en aquel mar encabritado y yo

tenía que remar contra la brisa. Creo que no logré hacerla avanzar un metro. Desesperado,

miré otra vez alrededor y ya Ramón Herrera había desaparecido de la superficie. Sólo Luis

Rengifo nadaba con seguridad hasta la balsa. Yo estaba seguro de que la alcanzaría. Lo

había oído roncar como un trombón, debajo de mi tarima, y estaba convencido de que su

serenidad era más fuerte que el mar.

En cambio, Julio Amador luchaba con Eduardo Castillo para que no se soltara de su cuello.

Estaban a menos de tres metros.

Pensé que si se acercaban un poco más podría tenderles un remo para que se agarrasen.

Pero en ese instante una ola gigantesca suspendió la balsa en el aire y vi, desde la cresta

enorme, el mástil del destructor, que se alejaba. Cuando volví a descender, Julio Amador

había desaparecido, con Eduardo Castillo agarrado al cuello. Solo, a dos metros de

distancia, Luis Rengifo seguía nadando serenamente hacia la balsa.

No sé por qué hice esa cosa absurda: sabiendo que no podía avanzar, metí el remo en el

agua, como tratando de evitar que la balsa se moviera, como tratando de clavarla en su

sitio. Luis Rengifo, fatigado, se detuvo un instante, levantó la mano como cuando sostenía

en ella los auriculares, y me gritó otra vez:

-¡Rema para acá, gordo!

La brisa venía en la misma dirección. Le grité que no podía remar contra la brisa, que

hiciera un último esfuerzo, pero tuve la sensación de que no me oyó. Las cajas de

mercancías habían desaparecido y la balsa bailaba de un lado a otro, batida por las olas. En

un instante estuve a más de cinco metros de Luis Rengífo, y lo perdí de vista. Pero apareció

por otro lado, todavía sin desesperarse, hundiéndose contra las olas para evitar que lo

alejaran. Yo estaba de pie, ahora con el remo en alto, esperando que Luis Rengifo se

acercara lo suficiente como para que pudiera alcanzarlo. Pero entonces noté que se fatigaba,

se desesperaba. Volvió a gritarme, hundiéndose ya:

-¡Gordo… Gordo…

Traté de remar., pero seguía siendo inútil, como la primera vez. Hice un último esfuerzo

para que Luis Rengifo alcanzara el remo, pero la mano levantada, la que pocos -Minutos

antes había tratado de evitar que se hundieran los auriculares, se hundió en ese momento

para siempre, a menos de dos metros del remo…

No sé cuánto tiempo estuve así, parado, haciendo equilibrio en la balsa, con el rerno

levantado. Examinaba el agua. Esperaba que de un -momento a otro surgiera alguien en la

superficie. Pero el mar estaba limpio y el viento, cada vez más fuerte, golpeaba contra mi

camisa con un aullido de perro. La mercancía había desaparecido. El mástil, cada vez más

distante, me indicó que el destructor no se había hundido, como lo creí al principio. Me

sentí tranquilo: pensé que dentro de un momento vendrían a buscarme. Pensé que alguno de

mis compañeros había logrado alcanzar la otra balsa. No había razón para que no lo

hubíeran logrado. No eran balsas dotadas, porque la verdad es que ninguna de las balsas del

destructor estaba dotada. Pero había seis en total, aparte de los botes y balleneras. Pensaba

que era enteramente normal que algunos. de mis compañeros hubieran alcanzado las otras

balsas, como alcancé yo la mía, y que acaso el destructor nos estuviera buscando.

De pronto me di, cuenta del sol. Un sol caliente y metálico, del puro mediodía. Atontado,

todavía sin recobrarme por completo, miré el reloj. Eran las doce clavadas.

Solo

La última vez que Luis Rengífo me preguntó la hora, en el destructor, eran las once y

media. Vi nuevamente la hora a las once y cincuenta, y todavía no había ocurrido la

catástrofe. Cuando miré el reloj en la balsa, eran las doce en punto. Me pareció que hacía

mucho tiempo que todo había ocurrido, pero en realidad sólo habían transcurrido diez

minutos desde el instante en que vi por última vez el reloj, en la popa del destructor, y el

instante en que alcancé la balsa, y traté de salvar a mis compañeros, y me quedé allí,

inmóvil, de pie en la balsa, viendo el mar vacío, oyendo el cortante aullido del viento y

pensando que’ transcurrirían por lo menos dos o tres horas antes de que vinieran a

rescatarme.

«Dos o tres horas», calculé. Me pareció un tiempo desproporcionadamente largo para estar

solo en el mar. Pero traté de resignarme. No tenía alimentos ni agua y pensaba que antes de

las tres de la tarde la sed sería abrasadora. El sol. me ardía en la cabeza, me empezaba a

quemar la piel, seca y endurecida por la sal. Como en la caída había perdido la gorra, volví

a mojarme la cabeza y me senté al borde de la balsa, mientras venían a rescatarme.

Sólo entonces sentí el dolor en la rodilla derecha. Mi grueso pantalón de dril azul estaba

mojado, de manera que me costó trabajo enrollarlo hasta más- arriba de la rodilla. Pero

cuando lo logré me sentí sobresaltado: tenía una* herida honda, en forma de medialuna, en

la parte inferior de la rodilla. No sé sí tropecé con el borde del barco. No sé si me hice la

herida al caer al agua. Sólo sé que no me di cuenta de ella sino cuando ya estaba sentado en

la balsa, y que a pesar de que me ardía un poco, había dejado de sangrar y estaba

perfectamente seca, me imagino que a causa de la sal marina. Sin saber en qué pensar, me

puse a hacer un inventario de mis cosas. Quería saber con qué contaba en la soledad del

mar. En primer término, contaba con mi reloj, que funcionaba a precisión y que no podía

dejar de mirar a cada dos, tres minutos. Tenía, además de mi anillo de oro, comprado en

Cartagena el año pasado, mi cadena con la medalla de la Virgen del Carmen, también

comprada en Cartagena a otro marino por treinta y cinco pesos. En los bolsillos no tenía

más que las llaves de mi armario del destructor, y tres tarjetas que me dieron en un almacén

de Mobile, un día del mes de enero en que fui de compras con Mary Address. Como no

tenía nada que hacer, me puse a leer las tarjetas para distraerme mientras me rescataban. No

sé por qué me pareció que eran como un mensaje en clave que los náufragos echan al mar

dentro de una botella. Y creo que si en ese instante hubiera tenido una botella, hubiera

metido dentro una de las tarjetas, jugando al náufrago, para tener esa noche algo divertido

que contarles a mis amigos en Cartagena.

IV

Mi primera noche solo en el Caríbe

A las cuatro de la tarde se calmó la brisa. Corno no veía nada más que agua y cielo, como

no tenía puntos de referencia, transcurrieron mas de dos horas antes de que me diera cuenta

de que la balsa estaba avanzando. Pero en realidad, desde el momento en que me encontré

dentro de ella, empezó a moverse en línea recta, empujada por la brisa, a una velocidad

mayor de la que yo habría podido imprimirle con los remos. Sin embargo, no tenía la menor

idea sobre mi dirección ni posición. No sabia sí la balsa avanzaba hacia la costa o hacia el

interior del Caribe. Esto último me parecía lo más probable, pues siempre habla

considerado imposible que el mar arrojara a la tierra alguna cosa que hubiera penetrado 200

millas, y menos sí esa cosa era algo tan pesado como un hombre en una balsa.

Durante mis primeras dos horas seguí mentalmente, minuto a minuto, el viaje del

destructor. Pensé que si habían telegrafiado a Cartagena, habían dado la posición exacta del

lugar en que ocurrió el accidente, y que desde ese momento habían enviado aviones y

helicópteros a rescatarnos. Hice mis cálculos: antes de una hora los aviones estarían allí,

dando vueltas sobre mi cabeza.

A la una de la tarde me senté en la balsa a escrutar el horizonte. Solté los tres remos y los

puse en el interior, listo a remar en la dirección en que aparecieran los aviones. Los minutos

eran largos e intensos. El sol me abrasaba el rostro y las espaldas y los labios me ardían,

cuarteados por la sal. Pero en ese momento no sentía sed ni hambre. La única necesidad que

sentía era la de que aparecieran los aviones. Ya tenía mi plan: cuando los viera aparecer

trataría de remar hacia ellos, luego, cuando estuvieran sobre mí, me pondría de pie en la

balsa y les haría señales con la camisa. Para estar preparado, para no perder un minuto, me

desabotoné la camisa y seguí sentado en la borda, escrutando el horizonte por todos lados,

pues no tenía la menor idea de la dirección en que aparecerían los aviones.

Así llegaron las dos. La brisa seguía aullando, y por encima del aullido de la brisa yo seguía

oyendo la voz de Luis Rengifo: «Gordo, rema para este lado». La oía con perfecta claridad,

como si estuviera allí, a dos metros de distancia, tratando de alcanzar el remo. Pero yo sabía

que cuando el viento aúlla en el mar, cuando las olas se rompen contra los acantilados, uno

sigue oyendo las voces que recuerda. Y las sigue oyendo con enloquecedora persistencia:

«Gordo, rema para este lado».

A las tres empecé a desesperarme. Sabía que a esa hora el destructor estaba en los muelles

de Cartagena. Mis compañeros, felices por el regreso, se dispersarían dentro de pocos

momentos por la ciudad. Tuve la sensación de que todos estaban pensando en mí, y esa idea

me infundió ánimo y paciencia para esperar hasta las cuatro. Aunque no hubieran

telegrafiado, aunque no se hubieran dado cuenta de que caímos al agua, lo habrían

advertido en el momento de atracar, cuando toda la tripulación debía de estar en cubierta.

Eso pudo ser a las tres, a más tardar; inmediatamente habrían dado el aviso. Por mucho que

hubieran demorado los aviones en despegar, antes de medía hora estarían volando hacía el

lugar del accidente. Así que a las cuatro -a más tardar a las cuatro y medía- estarían volando

sobre mi cabeza. Seguí escrutando el horizonte, hasta cuando cesó la brisa y me sentí

envuelto en un inmenso y sordo rumor. Sólo entonces dejé de oír el grito de Luis Rengifo.

La gran noche

Al principio me pareció que era imposible permanecer tres horas solo en el mar. Pero a las

cinco, cuando ya habían transcurrido cinco horas, me pareció que aún podía esperar una

hora más. El sol estaba descendiendo. Se puso rojo y grande en el ocaso, y entonces

empecé a orientarme. Ahora sabía por donde aparecerían los aviones: puse el sol a mi

izquierda y miré en línea recta, sin moverme, sin desviar la vista un solo instante, sin

atreverme a pestañar, en la dirección en que debía de estar Cartagena, según mi orientación.

A las seis me dolían los ojos. Pero seguía mirando. Incluso después de que empezó a

oscurecer, seguí mirando con una paciencia dura y rebelde. Sabía que entonces no vería los

aviones, pero vería las luces verdes v rojas, avanzando hacía mí, antes de percibir el ruido

de sus motores. Quería ver las luces, sin pensar que desde los aviones no podrían verme en

la oscuridad. De pronto el cielo se puso rojo, y yo seguía escrutando el horizonte. Luego se

puso color de violetas oscuras, y yo seguía mirando. A un lado de la balsa, como un

diamante amarillo en el cielo color de vino, fija y cuadrada, apareció la primera estrella.

Fue como una señal. Inmediatamente después, la noche, apretada y tensa, se derrumbó

sobre el mar.

Mí primera impresión, al darme cuenta de que estaba sumergido en la oscuridad, de que ya

no podía ver la palma de mi mano, fue la de que no podría dominar el terror. Por el ruido

del agua contra la borda, sabía que la balsa seguía avanzando lenta pero incansablemente.

Hundido en las tinieblas, me di cuenta entonces de que no había estado tan solo en las horas

del día. Estaba más solo en la oscuridad, en la balsa que no veía pero que sentía debajo de

mí, deslizándose sordamente sobre un mar espeso y poblado de animales extraños. Para

sentirme menos solo me puse a mirar el cuadrante de mi reloj. Eran las siete menos diez.

Mucho tiempo después, como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco. Cuando

el minutero llegó al número doce eran las siete en punto y el cielo estaba apretado de

estrellas. Pero a mí me parecía que había transcurrido tanto tiempo que ya era hora de que

empezara a amanecer. Desesperadamente, seguía pensando en los aviones.

Empecé a sentir frío. Es imposible permanecer seco un minuto dentro de una balsa. Incluso

cuando uno se sienta en la borda medio cuerpo queda dentro del agua, porque el piso de la

balsa cuelga como una canasta, más de medio metro por debajo de la superficie. A las ocho

de la noche el agua era menos fría que el aire. Yo sabía que en el piso de la balsa estaría a

salvo de animales, porque la red que protege el piso les impide acercarse. Pero eso se

aprende en la escuela y se cree en la escuela, cuando el instructor hace la demostración en

un modelo reducido de la balsa, y uno está sentado en un banco, entre cuarenta compañeros

y a las dos de la tarde. Pero cuando se está solo en el mar, a las ocho de -la noche y sin

esperanza, se piensa que no hay ninguna lógica en las palabras del instructor. Yo sabía que

tenía medio cuerpo metido en un mundo que no pertenecía a los hombres sino a los

animales del mar y a pesar del viento helado que me azotaba la camisa no me atrevía a

moverme de la borda. Según el instructor, ése es el lugar menos seguro de la balsa. Pero,

con todo, sólo allí me sentía más lejos de los animales: esos animales enormes y

desconocidos que oía pasar misteriosamente junto a la balsa.

Esa noche me costó trabajo encontrar la Osa Menor, perdida en una confusa e interminable

marafia de estrellas. Nunca había visto tantas. En toda la extensión del cielo era difícil

encontrar un punto vacío. Pero desde cuando localicé la Osa Menor no me atreví a mirar

hacía otro lado. No sé por qué me sentía menos solo mirando la Osa Menor. En Cartagena,

cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada,

mientras Ramón Herrera cantaba, imitando a Daniel Santos, y alguien lo acompañaba con

una guitarra. Sentado en el borde de la piedra, yo descubría siempre la Osa Menor, por los

lados del Cerro de la Popa. Esa noche, en el borde de la balsa, sentí por un instante como si

estuviera en el puente de Manga, como si Ramón Herrera hubiera estado junto a mí,

cantando acompañado por una guitarra, y como si la Osa Menor no hubiera estado a 200

millas de la tierra, sino sobre el Cerro de la Popa. Pensaba que a esa hora alguien estaba

mirando la Osa Menor en Cartagena, como yo la miraba en el mar, y esa idea hacía que me

sintiera menos solo.

Lo que hizo más larga mi primera noche en el mar fue que en ella no ocurrió absolutamente

nada. Es imposible describir una noche en una balsa, cuando nada sucede y se tiene terror a

los animales, y se tiene un reloj fosforescente que es imposible dejar de mirar un solo

minuto. La noche del 28 de febrero -que fue mi primera noche en el mar miré al reloj cada

minuto. Era una tortura. Desesperadamente resolví quitármelo, guardarlo en el bolsillo para

no estar pendiente de la hora. Cuando me pareció que era imposible resistir, faltaban 20

minutos para las nueve de la noche. Todavía no sentía sed ni hambre y estaba seguro de que

podría resistir hasta el día siguiente, cuando vinieran los aviones. Pero pensaba que me

volvería loco el reloj. Preso de angustia, me lo quité de la muñeca para echármelo al

bolsillo, pero cuando lo tuve en la mano se me ocurrió que lo mejor era arrojarlo al mar.

Vacilé un instante. Luego sentí terror: pensé que estarla más solo sin el reloj. Volví a

ponérmelo en la muñeca y segui mirándolo, minuto a minuto, como esa tarde había estado

mirando el horizonte en espera de los aviones; hasta cuando me dolieron los ojos.

Después de las doce sentí deseos de llorar. No había dormido un segundo, pero ni siquiera

lo había intentado. Con la misma esperanza con que esa tarde esperé ver aviones en el

horizonte, estuve esa madrugada buscando luces de barcos. Permanecí largas horas

escrutando el mar; un mar tranquilo, inmenso y silencioso, pero no vi una sola luz distinta

de las estrellas. El frío fue más intenso en las horas de la madrugada y me parecía que mi

cuerpo se había vuelto resplandeciente, con todo el sol de la tarde incrustado debajo de la

piel. Con el f río me ardía más. La rodilla derecha empezó a dolerme después de las doce y

sentía como si el agua hubiera penetrado hasta los huesos. Pero esas eran sensaciones

remotas. No pensaba tanto en mi cuerpo como en las luces de los barcos. Y pensaba que en

medio de aquella soledad infinita, en medio del oscuro rumor del mar, no necesitaba sino

ver la luz de un barco, para dar un grito que se habría oído a cualquier distancia.

La luz de cada día

No amaneció lentamente, como en la tierra. El cielo se puso pálido, desaparecieron las

primeras estrellas y yo seguía mirando primero el reloj y luego el horizonte. Aparecieron

los contornos del mar habían transcurrido doce horas, pero me parecía imposible. Es

imposible que la noche sea tan larga como el día. Se necesita haber pasado una noche en el

mar, sentado en una balsa y contemplando un reloj, para saber que la noche es

desmesuradamente más larga que el día. Pero de pronto empieza a amanecer, y entonces

uno se siente demasiado cansado para saber que está amaneciendo.

Eso me ocurrió en aquella primera noche de la balsa. Cuando empezó a amanecer ya nada

me importaba. No pensé ni en el agua ni en la comida. No pensé en nada hasta cuando el

viento empezó a ponerse tibio y la superficie del mar se volvió lisa y dorada. No había

dormido un segundo en toda la noche, pero en aquel instante sentí como si hubiera

despertado. Cuando me estiré en la balsa los huesos me dolían. Me dolía la piel. Pero el día

era resplandeciente y tibio, y en medio de la claridad, del rumor del viento que empezaba a

levantarse, yo me sentía con renovadas fuerzas para esperar. Y me sentí profundamente

acompañado en la balsa. Por primera vez en los 20 años de mi vida me sentí entonces

perfectamente feliz.

La balsa seguía avanzando, no podía calcular cuánto había avanzado durante la noche, pero

todo seguía siendo igual en el horizonte, como si no me hubiera movido un centímetro. A

las siete de la mañana pensé en el destructor. Era la hora del desayuno. Pensaba que mis

compañeros estaban sentados en la mesa comiéndose una manzana. Después nos llevarían

huevos. Después carne. Después pan y café con leche. La boca se me llenó de saliva y sentí

una torcedura leve en el estómago. Para – distraer aquella idea me sumergí en el fondo de la

balsa hasta el cuello. El agua fresca en la espalda abrasada me hizo sentir fuerte y aliviado.

Estuve así largo tiempo, sumergido, preguntándome por qué me f ui a la popa con Ramón

Herrera, en lugar de acostarme en mi litera. Reconstruí minuto a minuto la tragedia y me

consideré como un estúpido. No había ninguna razón para que yo hubiera sido una de las

víctimas: no estaba de guardia, no tenía obligación de estar en cubierta. Pensé que todo

había sido por culpa de la mala suerte y entonces volví a sentir un poco de angustia. Pero

cuando miré el reloj volví a tranquilizarme. El día avanzaba rápidamente: eran las once y

media.

Un punto negro en el horizonte

La proximidad del mediodía me hizo pensar otra vez en Cartagena. Pensé que era imposible

que no hubieran advertido mi desaparición. Hasta llegué a lamentar el haber alcanzado la

balsa, pues me imaginé por un instante que mis compañeros habían sido rescatados, y que

el único que andaba a la deriva era yo, porque la balsa había sido empujada por la brisa.

Incluso atribuí a la mala suerte el haber alcanzado la balsa.

No había acabado de madurar esa idea cuando creí ver un punto en el horizonte. Me

incorporé con la vista fija en aquel punto negro que avanzaba. Eran las once y cincuenta.

Miré con tanta intensidad, que en un momento el cielo se llenó de puntos luminosos. Pero

el punto negro seguía avanzando, directamente hacia la balsa. Dos minutos después de

haberlo descubierto empecé a ver perfectamente su forma. A medida que se acercaba por el

cielo, luminoso y azul, lanzaba cegadores destellos metálicos. Poco a poco se fue

definiendo entre los otros puntos luminosos. Me dolía el cuello y ya no soportaba el

resplandor del cielo en los ojos. Pero seguía mirándolo: era brillante, veloz, y venía

directamente hacia la balsa. En ese instante no me sentí feliz. No sentí una emoción

desbordada. Sentí una gran lucidez y una serenidad extraordinaria, de pie en la balsa,

mientras el avión se acercaba. Calmadamente me quité la camisa. Tenía la sensación de que

sabía cuál era el instante preciso en que debía empezar a hacer señas con la camisa.

Permanecí un minuto, dos minutos, con la camisa en la mano, esperando a que el avión se

acercara un poco más. Venía directamente hacia la balsa. Cuando levanté el brazo y empecé

a agitar la camisa, oía perfectamente, por encima del ruido de las olas, el creciente y

vibrante ruido de sus motores.

V

Yo tuve un compañero a bordo de la balsa

Agité la camisa desesperadamente, durante cinco minutos por lo menos. Pero pronto me di

cuenta de que me había equivocado: el avión no venía hacia la balsa. Cuando vi crecer el

punto negro me pareció que pasaría por encima de mí cabeza. Pero pasó muy distante y a

una altura desde la cual era imposible que me vieran. Luego dio una larga vuelta, tomó la

dirección de regreso y empezó a perderse en el mismo lugar del cielo por ,donde había

aparecido. De pie en la balsa, expuesto al sol ardiente, estuve mirando el punto negro. sin

pensar en nada, hasta cuando se borró por completo en el horizonte. Entonces volví a

sentarme. Me sentí desgraciado, pero como aún no había perdido la esperanza, decidí tomar

precauciones para protegerme del sol. En primer término no debía exponer los pulmones a

los rayos solares. Eran las doce del día. Llevaba exactamente 24 horas en la balsa. Me

acosté de cara al cielo en la borda y me puse sobre el rostro la camisa húmeda. No traté de

dormir porque sabía el peligro que me amenazaba si me quedaba dormido en la borda.

Pensé en el avión: no estaba muy seguro de que me estuviera buscando. No me fue posible

identificarlo.

Allí, acostado en la borda, sentí por primera vez la tortura de la sed. Al principio fue la

saliva espesa y la sequedad en la garganta. Me provocó tomar agua del mar, pero sabía que

me perjudicaba. Podría tomar un poco, más tarde. De pronto me olvidé de la sed. Allí

mismo, sobre mi cabeza, más fuerte que el ruido de las olas, oí el ruido de otro avión.

Emocionado, me incorporé en la balsa. El avión se acercaba, por donde había llegado el

otro, pero este venía directamente hacia la balsa. En el instante en que pasó sobre mi cabeza

volví a agitar la camisa. Pero iba demasiado alto. Pasó de largo; se fue; desapareció. Luego

dio la vuelta y lo vi de perfil sobre el horizonte, volando en la dirección en que había

llegado. «Ahora me están buscando», pensé. Y esperé en la borda, con la camisa en la

mano, a que llegaran nuevos aviones.

Algo había sacado en claro de los aviones: aparecían y desaparecían por un mismo punto.

Eso significaba que allí estaba la tierra. Ahora sabía hacía dónde debía dírigirme. ¿Pero

cómo? Por mucho que la balsa hubiera avanzado durante la noche, debía estar aún muy

lejos de la costa. Sabía en qué dirección encontrarla, pero ignoraba en absoluto cuánto

tiempo debía remar, con aquel sol que empezaba a ampollarme la piel y con aquella hambre

que me dolía en el estómago. Y sobre todo, con aquella sed. Cada vez me resultaba más

difícil respirar.

A las 12.35, sin que yo hubiera advertido en qué momento, llegó un enorme avión negro,

con pontones de acuatizaje, pasó bramando por encima de mi cabeza. El corazón me dio un

salto. Lo vi perfectamente. El día era muy claro, de manera que pude ver nítidamente la

cabeza de un hombre asomado a la cabina, examinando el mar con un par de binóculos

negros. Pasó tan bajo, tan cerca de mi, que me pareció sentir en el rostro el fuerte aletazo de

sus motores. Lo identifiqué perfectamente por las letras de sus alas: era un avión del

servicio de guardacostas de la Zona del Canal.

Cuando se alejó trepidando hacia el interior del Caribe no dudé un solo instante de que el

hombre de los binóculos me había visto agitar la camisa. -¡Me han descubierto!», grité,

dichoso, todavía agitando la camisa. Loco de emoción, me puse a dar saltos en la balsa.

¡Me habían visto!

Antes de cinco minutos, el mismo avión negro volvió a pasar en la dirección contraria, a

igual altura que la primera vez. Volaba inclinado sobre el ala izquierda y en la ventanilla de

ese lado vi de nuevo, perfectamente, al hombre que examinaba el mar con los binóculos.

Volví a agitar la camisa. Ahora no la agitaba desesperadamente. La agitaba con calma, no

como sí estuviera pidiendo auxilio, sino como lanzando un emocionado saludo de

agradecimiento a mis descubridores.

A medida que avanzaba me pareció que iba perdiendo altura. Por un momento estuvo

volando en línea recta, casi al nivel del agua. Pensé que estaba acuatizando y me preparé a

remar hacía el lugar en que descendiera. Pero un instante después volvió a tomar altura, dio

la vuelta y pasó por tercera vez sobre mi cabeza. Entonces no agité la camisa con

desesperación. Aguardé que estuviera exactamente sobre la balsa. Le hice una breve señal y

esperé que pasara de nuevo, cada vez más bajo. Pero ocurrió todo lo contrarío: tomó altura

rápidamente y se perdió por donde había aparecido. Sin embargo, no tenía por qué

preocuparme. Estaba seguro de que me habían visto. Era imposible que no me hubieran

visto, volando tan bajo y exactamente sobre la balsa. Tranquilo, despreocupado y feliz, me

senté a esperar.

Esperé una hora. Había sacado una conclusión muy importante: el punto donde aparecieron

los primeros aviones estaba sin duda sobre Cartagena. El punto por donde desapareció el

avión negro estaba sobre Panamá. Calculé que remando en línea recta, desviándome un

poco de la dirección de la brisa llegaría aproximadamente al balneario de Tolú. Ese era más

o menos el punto intermedio entre los dos puntos por donde desaparecieron los aviones.

Habla calculado que en una hora estarían rescatándome. Pero la hora pasó sin que nada

ocurriera en el mar azul, limpio y perfectamente tranquilo. Pasaron dos horas más. Y otra y

otra, durante las cuales no me moví un segundo de la borda. Estuve tenso, escrutando el

horizonte sin pestañear. El sol empezó a descender a las cinco de la tarde. Aún no perdía las

esperanzas, pero comencé a sentirme intranquilo. Estaba seguro de que me habían visto

desde el avión negro, pero no me explicaba cómo había transcurrido tanto tiempo sin que

vinieran a rescatarme. Sentía la garganta seca. Cada vez me resultaba más difícil respirar.

Estaba distraído, mirando el horizonte, cuando, sin saber por qué, di un salto y caí en el

centro de la balsa. Lentamente, como cazando una presa, la aleta dé un tiburón se deslizaba

a lo largo de la borda.

Los tiburones llegan a las cinco

Fue el primer animal que vi, casi treinta horas después de estar en la balsa. La aleta de un

tiburón infunde terror porque uno conoce la voracidad de la fiera. Pero realmente nada

parece más inofensivo que la aleta de un tiburón. No parece algo que formara parte de un

animal, y menos de una fiera. Es verde y era como la corteza de un árbol. Cuando la vi

pasar orillando la borda, tuve la sensación de que tenía un sabor fresco y un poco amargo,

como el de una corteza vegetal. Eran más de las cinco. El mar estaba sereno al atardecer.

Otros tiburones se acercaron a la balsa, pacientemente, y estuvieron merodeando hasta

cuando anocheció por completo. Ya no había luces, pero los sentía rondar en la oscuridad,

rasgando la superficie tranquila con el filo de sus aletas.

Desde ese momento no volví a sentarme en la borda después de las cinco de la tarde.

Mañana, pasado mañana y aún dentro de cuatro días, tendría suficiente experiencia para

saber que los tiburones son unos animales puntuales: llegarían un poco después de las

cinco y desaparecerían con la oscuridad.

Al atardecer, el agua transparente ofrece un hermoso espectáculo. Peces de todos los

colores se acercaban a la balsa. Enormes peces amarillos y verdes; peces rayados de azul y

rojo, redondos. diminutos, acompañaban la balsa hasta el anochecer. A veces había un

relámpago metálico, un chorro de agua sanguinolenta saltaba por la borda y los pedazos de

un pez destrozado por el tiburón flotaban un segundo junto a la balsa. Entonces una

incalculable cantidad de peces menores se precipitaban sobre los desperdicios. En aquel

momento yo habría vendido el alma por el pedazo más pequeño de las sobras del tiburón.

Era mi segunda noche en el mar. Noche de hambre y de sed y de desesperación. Me sentí

abandonado, después de, que me aferré obstinadamente a la esperanza de los aviones. Sólo

esa noche decidí que con lo único que contaba para salvarme era con mi voluntad y con los

restos de mis fuerzas.

Una cosa me asombraba: me sentía un poco débil, pero no agotado. Llevaba casi cuarenta

horas sin agua ni alimentos y más de dos noches y dos días sin dormir, pues había estado en

vigilia toda la noche anterior al accidente. Sin embargo yo me sentía capaz de remar.

Volví a buscar la Osa Menor. Fijé la vista en ella y empecé a remar. Había brisa pero no

corría en la misma dirección que yo debía imprimirle a la balsa para navegar directamente

hacia la Osa Menor. Fijé los dos remos en la borda y comencé a remar a las diez de la

noche. Remé al principio desesperadamente. Luego con más calma, fija la vista en la Osa

Menor, que, según mis cálculos, brillaba exactamente sobre el Cerro de la Popa.

Por el ruido del agua sabía que estaba avanzando. Cuando me fatigaba cruzaba los remos y

recostaba la cabeza para descansar. Luego agarraba los remos con más fuerza y con más

esperanza. A las doce de la noche seguía remando.

Un compañero en la balsa

Casi a las dos me sentí completamente agotado. Crucé los remos y traté de dormir. En ese

momento había aumentado la sed. El hambre no me molestaba. Me molestaba la sed. Me

sentí tan cansado que apoyé la cabeza en, el remo y me dispuse a morir. Entonces fue

cuando vi, sentado en la cubierta del destructor al marinero Jaime Manjarrés, que me

mostraba con el índice la dirección del puerto. Jaime Manjarrés, bogotano, es uno de mís

amigos más antiguos en la marina. Con frecuencia pensaba en los compañeros que trataron

de abordar la balsa. Me preguntaba si habrían alcanzado la otra balsa, si el destructor los

había recogido o si los habían localizado los aviones. Pero nunca había pensado en Jaime

Manjarrés. Sin embargo, tan pronto como cerraba los ojos aparecía Jaime Manjarrés,

sonriente, primero señalándome la dirección del puerto y luego sentado en el comedor,

frente a mí, con un plato de frutas y huevos revueltos en la mano.

Al principio fue un sueño. Cerraba los ojos, dormía durante breves minutos y aparecía

siempre, puntual y en la misma posición, Jaime Manjarrés. Por fin decidí hablarle..

No recuerdo qué le pregunté en esa primera ocasión. No recuerdo tampoco qué me

respondió. Pero sé que estábamos conversando en la cubierta y de pronto vino el golpe de

la ola, la ola fatal de las 11.55, y desperté sobresaltado, agarrándome con todas mis fuerzas

al enjaretado para no caer al mar.

Pero antes del amanecer se oscureció el cielo. No pude dormir más porque me sentía

agotado, incluso para dormir. En medio de las tinieblas dejé de ver el otro extremo de la

balsa. Pero seguí mirando hacia la oscuridad, tratando de penetrarla. Entonces fue cuando

vi perfectamente, en el extremo de la borda, a Jaime Manjarrés, sentado, con su uniforme

de trabajo: ‘pantalón y camisa azules, y la gorra ligeramente inclinada sobre la oreja

derecha, en la que se leía claramente, a pesar de la oscuridad: «A. R. C. Caldas».

-Hola -le dije sin sobresaltarme. Seguro de que Jaime Manjarrés estaba allí. Seguro de que

allí había estado siempre.

Sí esto hubiera sido un sueño no tendría ninguna importancia. Sé que estaba completamente

despierto, completamente lúcido, y que oía el silbido del viento y el ruido del mar sobre mi

cabeza. Sentía el hambre y la sed. Y no me cabía la menor duda de que Jaime Manjarrés

viajaba conmigo en la balsa.

-¿Por qué no tomaste bastante agua en el buque? -me preguntó.

-Porque estábamos llegando a Cartagena -le respondí, Estaba acostado en la popa con

Ramón Herrera.

No era una aparición. Yo no sentía miedo. Me parecía una tontería que antes me hubiera

sentido solo en la balsa, sin saber que otro marinero estaba conmigo.

-¿Por qué no comiste? -me preguntó Jaime Manjarrés.

Recuerdo perfectamente que le dije:

-Porque no quisieron darme comida. Pedí manzanas y helados y no quisieron dármelos. No

sé dónde los tenían escondidos.

Jaime Manjarrés no respondió nada. Estuvo silencioso un momento. Volvió a señalarme

hacia donde quedaba Cartagena. Yo seguí la dirección de su mano y vi las luces del puerto,

las boyas de la bahía bailando sobre el agua. «Ya llegamos», dije, y seguí mirando

intensamente las luces del puerto, sin emoción, sin alegría, como si estuviera llegando

después de un viaje normal. Le pedí a Jaime Manjarrés que remáramos un poco. Pero ya no

estaba ahí. Se había ido. Yo estaba solo en la balsa y las luces del puerto eran los primeros

rayos del sol. Los primeros rayos de mi tercer día de soledad en el mar.

VI

Un barco de rescate

Y una isla de caníbales

Al principio llevaba la cuenta de los días por la recapitulación de los acontecimientos: el

primer día, 28 de febrero, fue el del accidente. El segundo el de los aviones. El tercero fue

el más desesperante de todos: no ocurrió nada de particular. La balsa avanzó impulsada por

la brisa. Yo no tenía fuerzas para remar. El día se nubló, sentí frío y como no veía el sol

perdí la orientación. Esa mañana no hubiera podido saber por dónde venían los aviones.

Una balsa no tiene popa ni proa. Es cuadrada y a veces navega de lado, gira sobre sí misma

imperceptiblemente, y como no hay puntos de referencia no se sabe sí avanza o retrocede.

El mar es igual por todos lados. A veces me acostaba en la parte posterior de la borda, en

relación con el sentido en que avanzaba la balsa. Me cubría el rostro con la camisa. Cuando

me incorporaba, la balsa había avanzado hacia donde yo me encontraba acostado. Entonces

yo no sabía sí la balsa había cambiado de dirección ni si había girado sobre sí misma. Algo

semejante me ocurrió con el tiempo después del tercer día.

Al mediodía decidí hacer dos cosas: primero, clavé un remo en uno de los extremos de la

balsa, para saber si avanzaba siempre en un mismo sentido. Segundo, hice con las llaves, en

la borda, una raya para cada día que pasaba, y marqué la fecha. Tracé la primera raya y

puse un número: 28.

Tracé la segunda raya y puse otro número: 29. Al tercer día, junto a la tercera raya, puse el

número 30. Fue otra confusión. Yo creí que estábamos en el día 30 y en realidad era el 2 de

marzo. Sólo lo advertí al cuarto día, cuando dudé si el mes que acababa de concluir tenía 30

o 31 días. Sólo entonces recordé que era febrero, y aunque ahora parezca una tontería, aquel

error me confundió el sentido del tiempo. Al cuarto día ya no estaba muy seguro de mis

cuentas en relación con los días que llevaba de estar en la balsa.

¿Eran tres? ¿Eran cuatro? ¿Eran cinco? De acuerdo con las rayas, fuera febrero o marzo,

llevaba tres días. Pero no estaba muy seguro, por lo mismo que no estaba seguro de sí la

balsa avanzaba o retrocedía. Preferí dejar las cosas como estaban, para evitar nuevas

confusiones, y perdí definitivamente las esperanzas de que me rescataran.

Aún no había comido ni bebido. Ya no quería pensar, me costaba trabajo organizar las

ideas. La piel, abrasada por el sol, me ardía terriblemente, llena de ampollas. En la Base

Naval el instructor nos había advertido que debía procurarse a toda costa no exponer los

pulmones a los rayos del sol. Esa era una de mis preocupaciones. Me había quitado 1a

camisa, siempre mojada, y me la había amarrado a la cintura, pues me molestaba su

contacto en la piel. Como llevaba cuatro días de sed y ya me era materialmente imposible

respirar y sentía un dolor profundo en la garganta, en el pecho y debajo de las clavículas, al

cuarto día tomé un poco de agua salada. Esa agua no calma la sed, pero refresca. Había

demorado tanto tiempo en tomarla porque sabía que la segunda vez debía tomar menos

cantidad, y sólo cuando hubieran transcurrido muchas horas.

Todos los días, con asombrosa puntualidad, los tiburones llegaban i las cinco. Había

entonces un festín en torno a la balsa. Peces enormes saltaban fuera del agua y pocos

momentos después resurgían destrozados. Los tiburones, enloquecidos, se precipitaban

sordamente contra la superficie sanguinolenta. Todavía no habían tratado de romper la

balsa, pero se sentían atraídos por ella porque era de color blanco. Todo el mundo sabe que

los tiburones atacan de preferencia los objetos blancos. El tiburón es miope, de manera que

sólo puede ver las cosas blancas o brillantes. Esa era otra recomendación del instructor:

-Hay que esconder las cosas brillantes para no llamar la atención de los tiburones.

Yo no llevaba cosas brillantes. Hasta el cuadrante de mi reloj es oscuro. Pero me habría

sentido tranquilo si hubiera tenido cosas blancas para arrojar al agua, lejos de la balsa, en

caso de que los tiburones hubieran tratado de saltar por la borda. Por si acaso, desde el

cuarto día estuve siempre con el remo listo para defenderme, después de las cinco de la

tarde.

¡Barco a la vista!

Durante la noche cruzaba un remo en la balsa y trataba de dormir. No sé sí eso ocurriría

solamente cuando estaba dormido o también, cuando estaba despierto, pero todas las

noches veía a Jaime Manjarrés. Conversábamos breves minutos, sobre cualquier cosa, y

luego desaparecía. Ya me había acostumbrado a sus visitas. Cuando salía el sol me

imaginaba que eran alucinaciones. Pero de noche no me cabía la menor duda de que Jaime

Manjarrés estaba allí, en la borda, conversando conmigo. El también trataba de dormir, en

la madrugada del quinto día. Cabeceaba en silencio, recostado en el otro remo. De pronto se

puso a escrutar el mar. Me dijo:

-¡Mira!

Yo levanté la vista. Como a 30 kilómetros de la balsa, avanzando en el mismo sentido de la

brisa, vi las intermitentes pero inconfundibles luces de un barco.

Hacía horas que no me sentía con fuerzas para remar. Pero al ver las luces me incorporé en

la balsa, sujeté fuertemente los remos y traté de dirigirme hacia el barco. Lo veía avanzar

lentamente, y por un instante no sólo vi las luces del mástil, sino la sombra del mismo

avanzando contra los primeros resplandores del amanecer.

La brisa me ofrecía una fuerte resistencia. A pesar de que remé con desesperación, con una

fuerza que no me pertenecía después de más de cuatro días sin comer ni dormir, creo que

no logré desviar la balsa ni un metro de la dirección que le imprimía la brisa.

Las luces eran cada vez más lejanas, empecé a sudar. Empecé a sentirme agotado. A los

veinte minutos, las luces habían desaparecido por completo. Las estrellas empezaron a

apagarse y el cielo se tiñó de un gris intenso. Desolado en medio del mar, solté los remos,

me puse de pie, azotado por el helado viento de la madrugada, y durante breves minutos

estuve gritando como un loco.

Cuando vi el sol de nuevo, estaba otra vez recostado en el remo. Me sentía completamente

extenuado. Ahora no esperaba la salvación por ningún lado y sentía deseos de morir. Sin

embargo, algo extraño me ocurría cuando sentía deseos de morir: inmediatamente

empezaba a pensar en un peligro. Ese pensamiento me infundía renovadas fuerzas para

resistir.

En la mañana de mi quinto día, estuve dispuesto a desviar la dirección de la balsa, por

cualquier medio. Se me ocurrió que si continuaba en dirección a la brisa, llegaría a una isla

habitada por caníbales. En Mobile, en una revista cuyo nombre he olvidado, leí el relato de

un náufrago que fue devorado por los antropófagos. Pero no era en ese relato en lo que

pensaba. Pensaba en «El Marinero Renegado», un libro que leí en Bogotá, hace dos años.

Esa es la historia de un marinero que durante la guerra, después de que su barco chocó

contra una mina, logró nadar hasta una isla cercana. Allí permanece 24 horas,

alimentándose de frutas silvestres, hasta cuando lo descubren los caníbales, lo echan en una

olla de agua hirviendo y lo cuecen vivo. Comencé a pensar instantáneamente en esa isla. Ya

no podía imaginarme la costa sino como un territorio poblado de caníbales. Por primera vez

durante mis cinco días de soledad en el mar, mi terror cambió de dirección: ahora no tenía

tanto miedo al mar como a la tierra.

Al medio día estuve recostado en la borda, aletargado por el sol, el hambre y la sed. No

pensaba en nada. No tenía sentido del tiempo ni de la dirección. Traté de ponerme en pie,

para probar las fuerzas, y tuve la sensación de que no podía con mi cuerpo.

«Este es el momento», pensé. Y, en realidad, me pareció que ese era el momento más

temible de todos los que nos había explicado el instructor: el momento de amarrarse a la

balsa. Hay un instante en que ya no se siente la sed ni el hambre. Un momento en que no se

sienten ni los implacables mordiscos del sol en la piel ampollada. No se piensa. No se tiene

ninguna noción de los sentimientos. Pero aún no se pierden las esperanzas. Todavía queda

el recurso final de soltar los cabos del enjaretado y amarrarse a la balsa. Durante la guerra

muchos cadáveres fueron encontrados así, descompuestos y picoteados por las aves, pero

fuertemente amarrados a la balsa.

Pensé que todavía tenía fuerzas para esperar hasta la noche sin necesidad de amarrarme. Me

rodé hasta el fondo de la balsa, estiré las piernas y permanecí sumergido hasta el cuello

varias horas. Al contacto del sol, la herida de la rodilla empezó a dolerme. Fue como si

hubiera despertado. Y como sí ese dolor me hubiera dado una nueva noción de la vida.

Poco a poco, al contacto del agua fresca, fui recobrando las fuerzas. Entonces sentía una

fuerte torcedura en el estómago y el vientre se me movió, agitado por un rumor largo y

profundo. Traté de soportarlo, pero me fue imposible.

Con mucha dificultad me incorporé, me desabroché el cinturón, me desajusté los pantalones

y sentí un grande alivio con la descarga del vientre. Era la primera vez en cinco días. Y por

primera vez en cinco días los peces, desesperados, golpearon contra la borda, tratando de

romper los sólidos cabos de la malla.

Siete gaviotas

La visión de los peces, brillantes y cercanos, me revolvía el hambre. Por primera vez sentí

una verdadera desesperación. Por lo menos ahora tenía una carnada. Olvidé la extenuación,

agarré un remo y me preparé a agotar los últimos vestigios de mis fuerzas con un golpe

certero en la cabeza de uno de los peces que saltaban contra la borda, en una furiosa

rebatifia. No sé cuántas veces descargué el remo. Sentía que en cada golpe acertaba, pero

esperaba inútilmente localizar la presa. Allí había un terrible festín de peces que se

devoraban entre si, y un tiburón panza arriba, sacando un suculento partido en el agua

revuelta.

La presencia del tiburón me hizo desistir de mí propósito. Decepcionado, solté el remo y

me acosté en la borda. A los pocos minutos sentí una terrible alegría: siete gaviotas volaban

sobre la balsa.

Para un hambriento marino solitario en el mar, la presencia de las gaviotas es un mensaje

de esperanza. De ordinario, una bandada de gaviotas acompafia a los barcos, pero sólo

hasta el segundo día de navegación. Siete gaviotas sobre la balsa significaban la proxímídad

de la tierra.

Si hubiera tenido fuerzas me habría puesto a remar. Pero estaba extenuado. Apenas sí podía

sostenerme unos pocos minutos en pie. Convencido de que estaba a menos de dos días de

navegación, de que me estaba aproximando a la tierra, tomé otro poco de agua en la cuenca

de la mano y volví a acostarme en la borda, de cara al cielo, para que el sol no me diera en

los pulmones. No me cubrí el rostro con la camisa porque quería seguir viendo las gaviotas

que volaban lentamente, en ángulo agudo, internándose en el mar. Era la una de la tarde de

mi quinto día en el mar.

No sé en qué momento llegó. Yo estaba acostado en la balsa, como a las cinco de la tarde, y

me disponía a descender al interior antes de que llegaran los tiburones. Pero entonces vi una

pequeña gaviota, como del tamaño de mi mano, que volaba en torno a la balsa y se paraba

por breves minutos en el otro extremo de la borda.

La boca se me llenó de una saliva helada. No tenía cómo capturar aquella gaviota. Ningún

instrumento, salvo mis manos y mi astucia, agudizada por el hambre. Las otras gaviotas

habían desaparecido. Sólo quedaba esa pequeña, color café, de plumas brillantes, que daba

saltos en la borda.

Permanecí absolutamente inmóvil. Me parecía sentir por mi hombro el filo de la aleta del

tiburón puntual que desde las cinco debía de estar allí. Pero decidí correr el riesgo. Ni

siquiera me atrevía a mirar la gaviota, para que no advirtiera el movimiento de mi cabeza.

La vi pasar, muy baja, por encima de mi cuerpo. La vi alejarse, desaparecer en el cielo.

Pero yo no perdí la esperanza. No se me ocurría cómo iba a despedazarla. Sabia que tenla

hambre y que si permanecía completamente inmóvil la gaviota se pasearía al alcance de mi

mano.

Esperé más de media hora, creo. La vi aparecer y desaparecer varias veces. Hubo un

momento en que sentí, junto a mi cabeza, el aletazo del tiburón, despedazando un pez. Pero

en lugar de miedo sentí más hambre. La gaviota saltaba por la borda. Era el atardecer de mi

quinto día en el mar. Cinco días sin

comer. A pesar de mí emoción, a pesar de que el corazón me golpeaba dentro del pecho,

permanecí inmóvil, como un muerto, mientras sentía acercarse la gaviota. 1

Yo estaba estirado en la borda, con las manos en los muslos. Estoy seguro de que durante

media hora ni siquiera me atreví a parpadear. El cielo se ponía brillante y me maltrataba la

vista, pero no me atrevía a cerrar los ojos en aquel momento de tensión. La gaviota estaba

picoteándome los zapatos.

Había transcurrido una larga e intensa medía hora, cuando sentí que la gaviota se me paró

en la pierna. Suavemente me picoteó el pantalón. Yo seguía absolutamente inmóvil cuando

me dio un picotazo seco y fuerte en la rodilla. Estuve a punto de saltar a causa de la herida.

Pero logré soportar el dolor. Luego, se rodó hasta mi muslo derecho, a cinco o seis

centímetros de mi mano. Entonces corté la respiración e imperceptiblemente, con una

tensión desesperada, empecé a deslizar la mano.

VII

Los desesperados recursos de un hambriento

Si uno se acuesta en una plaza con la esperanza de capturar una gaviota, puede estarse allí

toda la vida sin lograrlo. Pero a cien millas de la costa es distinto. Las gaviotas tienen

afinado el instinto de conservación en tierra firme. En el mar son animales confiados.

Yo estaba tan inmóvil que probablemente aquella gaviota pequeña y juguetona que se posó

en mi muslo, creyó que estaba muerto. Yo la estaba viendo en mí muslo. Me picoteaba el

pantalón, pero no me hacía daño. Seguí deslizando la mano, Bruscamente, en el instante

preciso en que la gaviota se dio cuenta del peligro y trató de levantar el vuelo, la agarré por

un ala, salté al interior de la balsa y me dispuse a devorarla.

Cuando esperaba que se posara en mi muslo, estaba seguro de que sí llegaba a capturarla

me la comería viva, sin quitarle las plumas. Estaba hambriento y la misma idea de la sangre

del animal me exaltaba la sed. Pero cuando ya la tuve entre las manos, cuando sentí la

palpitación de su cuerpo caliente, cuando vi sus redondos y brillantes ojos pardos, tuve un

momento de vacilación.

Cierta vez estaba yo en cubierta con una carabina, tratando de cazar una de las gaviotas que

seguían al barco. El jefe de armas del destructor, un marinero experimentado, me dijo:

-No seas infame. La gaviota para el marinero es como ver tierra. No es digno de un marino

matar una gaviota.

Yo me acordaba de aquel momento, de las palabras del jefe de armas, cuando estaba en la

balsa con la gaviota capturada, dispuesto a darle muerte y despresarla. A pesar de que

llevaba cinco días sin comer, las palabras del jefe de armas resonaban en mis oídos, como si

las estuviera oyendo. Pero en aquel momento el hambre era más fuerte que todo. Le agarré

fuertemente la cabeza al animal y empecé a torcerle el pescuezo, como a una gallina.

Era demasiado frágil. A la primera vuelta sentí que se le destrozaron los huesos del cuello.

A la segunda vuelta sentí su sangre, viva y caliente, chorreándome por entre los dedos.

Tuve lástima. Aquello parecía un asesinato. La cabeza, aún palpitante, se desprendió del

cuerpo y quedó latiendo en mi mano.

El chorro de sangre en la balsa soliviantó a los peces. La blanca y brillante panza de un

tiburón pasó rozando la borda. En ese instante, un tiburón, enloquecido por el olor de la

sangre, puede cortar de un mordisco una lámina de acero. Como sus mandíbulas están

colocadas debajo del cuerpo, tiene que voltearse para comer. Pero como es miope y voraz,

cuando se voltea panza arriba arrastra todo lo que encuentra a su paso. Tengo la impresión

de que en ese momento el tiburón trató de embestir la balsa. Aterrorizado, le eché la cabeza

de la gaviota y vi, a pocos centímetros de la borda la tremenda rebatiña de aquellos

animales enormes-que se disputaban una cabeza de gaviota, más pequeña que un huevo.

Lo primero que traté de hacer fue desplumarla. Era excesivamente liviana y los huesos tan

frágiles que podían despedazarse con los dedos. Trataba de arrancarle las plumas, pero

estaban adheridas a la piel, delicada y blanca, de tal modo que la carne se desprendía con

las plumas ensangrentadas. La sustancia negra y viscosa en los dedos me produjo una

sensación de repugnancia.

Es fácil decir que después de cinco días de hambre uno es capaz de comer cualquier cosa.

Pero por muy hambriento que uno esté siente asco de un revoltijo de plumas de sangre

caliente, con un intenso olor a pescado crudo y a sarna.

Al principio, traté de desplumarla cuidadosamente, con cierto método. Pero no contaba con

la fragilidad de su piel. Quitándole las plumas empezó a deshacérseme entre las manos. La

lavé dentro de la balsa. La despresé de un solo tirón y la presencia de sus rozados

intestinos, de sus vísceras azules, me revolvió el estómago. Me llevé a la boca una hilaza de

muslo, pero no pude tragarlo. Era simple. Me pareció que estaba masticando una rana. Sin

poder disimular la repugnancia, arrojé el pedazo que tenía en la boca y permanecí largo rato

inmóvil, con aquel repugnante amasijo de plumas y huesos sangrientos en la mano.

Lo primero que se me ocurrió fue que aquello que no podía comerme me serviría de

carnada. Pero no tenía ningún elemento de pesca. Si al menos hubiera tenido un alfiler. Un

pedazo de alambre. Pero no tenía nada distinto de las llaves, el reloj, el anillo y las tres

tarjetas del almacén de Mobile.

Pensé en el cinturón. Pensé que podía improvisar un anzuelo con la hebilla. Pero mis

esfuerzos fueron inútiles. Era imposible improvisar un anzuelo con el cinturón. Estaba

anocheciendo y los peces, enloquecidos por el olor de la sangre, daban saltos en torno a la

balsa. Cuando oscureció por completo arrojé al agua los restos de la gaviota y me acosté a

morir. Mientras preparaba el remo para acostarme oía la sorda guerra de los animales

disputándose los huesos que no me había podido comer.

Creo que esa noche hubiera muerto de agotamiento y desesperación. Un viento fuerte se

levantó desde las primeras horas. La balsa daba tumbos, mientras yo, sin pensar siquiera en

la precaución de amarrarme a los cabos, yacía exhausto dentro del agua, apenas con los pies

y la cabeza fuera de ella.

Pero después de la media noche hubo un cambio: salió la luna. Desde el día del accidente

fue la primera noche. Bajo la claridad azul, la superficie del mar recobra un aspecto

espectral. Esa noche no vino Jaime Manjarrés. Estuve solo, desesperado, abandonado a mi

suerte en el fondo de la balsa.

Sin embargo, cada vez que se me derrumbaba el ánimo, ocurría algo que me hacía renacer

mí esperanza. Esa noche fue el reflejo de la luna en las olas. El mar estaba picado y en cada

ola me parecía ver la luz de un barco. Hacía dos noches que había perdido las esperanzas de

que me rescatara un barco. Sin embargo, a todo lo largo de aquella noche transparentada

por la luz de la luna -mi sexta noche en el mar- estuve escrutando el horizonte

desesperadamente, casi con tanta intensidad y tanta fe como en la primera. Si ahora me

encontrara en las mismas circunstancias moriría de desesperación: ahora sé que la ruta por

donde navega la balsa no es ruta de ningún barco.

Yo era un muerto

No recuerdo el amanecer del sexto día. Tengo una idea nebulosa de que durante toda la

mañana estuve postrado en el fondo de la balsa, entre la vida y la muerte. En esos

momentos pensaba en mi familia y la veía tal como me han contado ahora que estuvo

durante los días de mi desaparición. No me tomó por sorpresa la noticia de que me habían

hecho honras fúnebres. En aquella mí sexta mañana de soledad en el mar, pensé que todo

eso estaba ocurriendo. Sabía que a mi familia le habían comunicado la noticia de mi

desaparición. Como los aviones no habían vuelto sabía que habían desistido de la búsqueda

y que me habían declarado muerto.

Nada de eso era falso, hasta cierto punto. En todo momento traté de defenderme. Siempre

encontré un recurso para sobrevivir, un punto de apoyo, por insignificante que fuera, para

seguir esperando. Pero al sexto día ya no esperaba nada. Yo era un muerto en la balsa.

En la tarde, pensando en que pronto serían las cinco y volverían los tiburones, hice un

desesperado esfuerzo por incorporarme para amarrarme a la borda. En Cartagena, hace dos

años, vi en la playa los restos de un hombre destrozado por el tiburón. No quería morir así.

No quería ser repartido en pedazos entre un montón de animales insaciables.

Iban a ser las cinco. Puntuales, los. tiburones estaban allí, rondando la balsa. Me incorporé

trabajosamente para desatar los cabos del enjaretado. La tarde era fresca. El mar, tranquilo.

Me sentí ligeramente tonificado. Súbitamente, vi otra vez las siete gaviotas del día anterior

y esa visión me infundió renovados deseos de vivir.

En ese instante me hubiera comido cualquier cosa. Me molestaba el hambre. Pero era peor

la garganta estragada y el dolor en las mandíbulas, endurecidas por la falta de ejercicio.

Necesitaba masticar algo. Traté de arrancar tiras del caucho de mis zapatos, pero no tenía

con qué cortarlas. Entonces fue cuando me acordé de las tarjetas del almacén de Mobile.

Estaban en uno de los bolsillos de mi pantalón, casi completamente deshechas por la

humedad. Las despedacé, me las llevé a la boca y empecé a masticar. Aquello fue como un

milagro: la garganta se alivió un poco y la boca se me llenó de saliva. Lentamente seguí

masticando, como si fuera chicle. Al primer mordisco me dolieron las mandíbulas.

Pero después, a medida que masticaba la tarjeta que guardé sin saber por qué desde el día

en que salí de compras con Mary Address, me sentí más fuerte y optimista. Pensaba

seguirlas masticando indefinidamente para aliviar el dolor de las mandíbulas. Pero me

pareció un despilfarro arrojarlas al mar. Sentí bajar hasta el estómago la minúscula papilla

de cartón molido y desde ese instante tuve la sensación de que me salvaría, de que no sería

destrozado por los tiburones.

¿A qué saben los zapatos?

El alivio que experimenté con las tarjetas me agudizó la imaginación para seguir buscando

cosas de comer. Si hubiera tenido una navaja habría despedazado los zapatos y hubiera

masticado tiras de caucho. Era lo más provocativo que tenía al alcance de la mano. Traté de

separar con las llaves la suela blanca y limpia. Pero los esfuerzos fueron inútiles. Era

imposible arrancar una tira de ese caucho sólidamente fundido a la tela.

Desesperadamente, mordí el cinturón hasta cuando me dolieron los dientes. No pude

arrancar ni un bocado. En ese momento debí parecer una fiera, tratando de arrancar con los

dientes pedazos de zapatos, del cinturón y la camisa. Ya al anochecer, me quité la ropa,

completamente empapada. Quedé en pantaloncillos. No sé sí atribuírselo a las tarjetas, pero

casi inmediatamente después estaba durmiendo. En mí séptima noche, acaso porque ya

estaba acostumbrado a la incomodidad de la balsa, acaso porque estaba agotado después de

siete noches de vigilia, dormí profundamente durante largas horas. A veces me despertaba

la ola; daba un salto, alarmado, sintiendo que la fuerza del golpe me arrastraba al agua.

Pero inmediatamente después recobraba el sueño.

Por fin amaneció mi séptimo día en el mar. No sé por qué estaba seguro de que no sería el

último. El mar estaba tranquilo y nublado, y cuando el sol salió, como a las ocho de la

mañana, me sentía reconfortado por el buen sueño de la noche reciente. Contra el cielo

plomizo y bajo pasaron sobre la balsa las siete gaviotas.

Dos días antes había sentido una gran alegría con la presencia de las siete gaviotas. Pero

cuando las vi por tercera vez, después de haberlas visto durante dos días consecutivos, sentí

renacer el terror. Son siete gaviotas perdidas», pensé. Lo pensé con desesperación. Todo

marino sabe que a veces una bandada de gaviotas se pierde en el mar y vuela sin dirección

durante varios días, hasta cuando siguen un barco que les indica la dirección del puerto. Tal

vez aquellas gaviotas que había visto durante tres días eran las mismas todos los días,

perdidas en el mar. Eso significaba que cada vez mí balsa se encontraba a mayor distancia

de la tierra.

VIII

Mi lucha con los tiburones por un pescado

La idea de que en lugar de acercarme a la costa me había estado internando en el mar

durante siete días me derrumbó la resolución de seguir luchando. Pero cuando uno se siente

al borde de la muerte se afianza el instinto de conservación. Por varias razones aquel día –

mi séptimo día- era muy distinto de los anteriores: el mar estaba calmado y oscuro; el sol

me abrasaba la piel, era tibio y sedante y una brisa tenue empujaba la balsa con suavidad y

me aliviaba un poco de las quemaduras.

También los peces eran diferentes. Desde muy temprano escoltaban la balsa. Nadaban

superficialmente. Yo los veía con claridad: peces azules, pardos y rojos. Los había de todos

los colores, de todas las formas y tamaños. Navegando junto a ellos, la balsa parecía

deslizarse sobre un acuario.

No sé si después de siete días sin comer, a la deriva en el mar, uno llega a acostumbrarse a

esa vida. Me parece que sí. La desesperación del día anterior fue sustituida por una

resignación pastosa y sin sentido. Yo estaba seguro de que todo era distinto, de que el mar y

el cielo habían dejado de ser hostiles, y de que los peces que me acompañaban en el viaje

eran peces amigos. Mis viejos conocidos de siete días.

Esa mañana no pensé en arribar a ninguna parte. Estaba seguro de que la balsa había

llegado a una región sin barcos, en la que se extraviaban hasta las gaviotas.

Pensaba, sin embargo, que después de haber estado siete días a la deriva, llegaría a

acostumbrarme al mar, a mi angustioso método de vida, sin necesidad de agudizar el

ingenio para subsistir. Después de todo había subsistido una semana contra viento y marea.

¿Por qué no podía seguir viviendo indefinidamente en una balsa? Los peces nadaban en la

superficie, el mar estaba limpio y sereno. Había tantos animales hermosos y provocativos

en torno a la embarcación que me parecía que podría agarrarlos a puñados no había ningún

tiburón a la vista. Confiadamente, metí la mano en el agua y traté de agarrar un pez

redondo, de un azul brillante, de no más de veinte centímetros. Fue como si hubiera tirado

una piedra. Todos los peces se hundieron precipitadamente. Desaparecieron en el agua,

momentáneamente revuelta. Luego, poco a poco, volvieron a la superficie.

Pensé que necesitaba un poco de astucia para pescar con la mano. Debajo del agua la mano

no tenía la misma fuerza ni la misma habilidad. Seleccionaba un pez en el montón. Trataba

de agarrarlo. Y lo agarraba, en efecto. Pero lo sentía escapar de entre mis dedos, con una

rapidez y una agilidad que me desconcertaban. Estuve así, paciente, sin apresurarme,

tratando de capturar un pez. No pensaba en el tiburón, que acaso estaba allí, en el fondo,

aguardando que yo hundiera el brazo hasta el codo para llevárselo de un mordisco certero.

Hasta un poco después de las diez estuve ocupado en la tarea de capturar el pez. Pero fue

inútil. Me mordisqueaban los dedos, primero suavemente, como cuando triscan en una

carnada. Después con más fuerza. Un pez de medio metro, liso y plateado, de afilados

dientes menudos, me desgarró la piel del pulgar. Entonces me di cuenta de que los

mordiscos de los otros peces no habían sido inofensivos. En todos los dedos tenía pequeñas

desgarraduras sangrantes.

¡Un tiburón en la balsa!

No sé sí fue mi sangre, pero un momento después había una revolución de tiburones

alrededor de la balsa. Nunca había visto tantos. Nunca los había visto dar muestras de

semejante voracidad. Saltaban como delfines, persiguiendo, devorando peces junto a la

borda. Atemorizado, me senté en el interior de la balsa y me puse a contemplar la masacre.

La cosa ocurrió tan violentamente que no me di cuenta en qué momento el tiburón saltó

fuera del agua, dio un fuerte coletazo, y la balsa, tambaleante, se hundió en la espuma

brillante. En medio del resplandor del maretazo que estalló contra la borda alcancé a ver un

relámpago metálico. Instintivamente, agarré un remo y me puse a descargar el golpe de

muerte: estaba seguro de que el tiburón se había metido en la balsa. Pero en un instante vi

la aleta enorme que sobresalía por la borda y me di cuenta de lo que había pasado.

Perseguido por el tiburón, un pez brillante y verde, como de medio metro de longitud, había

saltado dentro de la balsa.

Con todas mis fuerzas descargué el primer golpe de remo en su cabeza.

No es fácil darle muerte a un pez dentro de una balsa. A cada golpe la embarcación

tambaleaba; amenazaba con dar la vuelta de campana. El momento era tremendamente

peligroso. Necesitaba de todas mis fuerzas y de toda mi lucidez. Si descargaba los golpes

alocadamente la balsa podía voltearse. Yo habría caído en un agua revuelta de tiburones

hambrientos. Pero si no golpeaba con precisión se me escapaba la presa. Estaba entre la

vida y la muerte. O caía entre las fauces de los tiburones, o tenía cuatro libras -de pescado

fresco para saciar mi hambre de siete días.

Me apoyé firmemente en la borda y descargué el segundo golpe. Sentí la madera del remo

incrustarse en los huesos de la cabeza del pez. La balsa tambaleó. Los tiburones se

sacudieron bajo el piso. Pero yo estaba firmemente recostado a la borda. Cuando la

embarcación recobró la estabilidad el pez seguía vivo, en el centro de la balsa. En la agonía,

un pez puede saltar más alto y más lejos que nunca. Yo sabía que el tercer golpe tenía que

ser certero o perdería la presa para siempre.

De un salto quedé sentado en el piso, así tendría mayores probabilidades de, agarrarlo. Lo

habría capturado con los pies, entre las rodillas o con los dientes, sí hubiera sido necesario.

Me aseguré firmemente al piso. Tratando de no errar, convencido de que mi vida dependía

de aquel golpe, dejé caer el remo con todas mis fuerzas. El animal quedó inmóvil con el

impacto y un hilo de sangre oscura tiñó el agua de la balsa.

Yo mismo sentí el olor de la sangre. Pero lo sintieron también los tiburones. Por primera

vez en ese instante, con cuatro libras de pescado a mí disposición, sentí un incontenible

terror: enloquecidos por el olor de la sangre los tiburones se lanzaban con todas sus fuerzas

contra el piso. La balsa tambaleaba. Yo sabía que de un momento a otro podía dar la vuelta

de campana. Sería cosa de un segundo. En menos de lo que dura un relámpago yo habría

sido despedazado por las tres hileras de dientes de acero que tiene un tiburón en cada

mandíbula.

Sin embargo, el apremio del hambre era entonces superior a todo. Apreté el pescado entre

las piernas y me apliqué, tambaleando, a la difícil tarea de equilibrar la balsa cada vez que

sufría una nueva arremetida de las fieras. Aquello duró varios minutos. Cada vez que la

embarcación se estabilizaba, yo echaba por la borda el agua sanguinolenta. Poco a poco la

superficie quedó limpia y las fieras se aplacaron. Pero debía cuidarme: una pavorosa aleta

de tiburón la más grande aleta de tiburón o de animal alguno que haya visto en mi vidasobresalía

más de un metro por encima de la borda. Nadaba apaciblemente, pero yo sabía

que si percibía de nuevo el olor de la sangre habría dado una sacudida que hubiera volteado

la balsa. Con grandes precauciones me dispuse a despresar mi pescado.

Un animal de medio metro está protegido por una dura costra de escamas. Cuando uno trata

de arrancarlas siente que están adheridas a la carne, como láminas de acero. Yo no disponía

de ningún instrumento cortante. Traté de quitarle las escamas con las llaves, pero ni

siquiera conseguí desajustarlas. Mientras tanto, me di cuenta de que nunca había visto un

pez como aquel: era de un verde intenso, sólidamente escamado. Desde niño he relacionado

el color verde con los venenos. Es increíble, pero a pesar de que el estómago me palpitaba

dolorosamente con la simple perspectiva de un bocado de pescado fresco, tuve un momento

de vacilación ante la idea de que aquel extraño animal fuera un animal venenoso.

Mi pobre cuerpo

Sin embargo, el hambre es soportable cuando no se tienen esperanzas de encontrar

alimentos. Nunca había sido tan implacable como en aquel momento en que yo, sentado en

el fondo de la balsa, trataba de romper la carne verde y brillante con las llaves.

Al cabo de pocos minutos comprendí que necesitaba proceder con más violencia si en

realidad quería comerme mi. presa. Me puse en pie, le pisé fuertemente la cola y le meti el

cabo de uno de los remos en las agallas, Tenía una caparazón gruesa y resistente.

Barrenando con el cabo del remo logré por fin destrozarle las agallas. Me di cuenta de que

todavía no estaba muerto. Le descargué otro golpe en la cabeza. Luego traté de arrancarle

las duras láminas protectoras de las agallas y en ese momento no supe si la sangre que

corría por mis dedos era mía o del pescado. Yo tenía las manos heridas y en carne viva los

extremos de los dedos.

La sangre volvió a revolver el hambre de los tiburones. Cuesta trabajo creer que en aquel

momento, sintiendo en torno de mí la furia de las bestias hambrientas, sintiendo

repugnancia por la carne ensangrentada, estuve a punto de echar el pescado a los tiburones,

como lo hice con la gaviota. Me sentía desesperado, impotente ante aquel cuerpo sólido,

impenetrable.

Lo exploré minuciosamente, buscando sus partes blandas. Al fin encontré un resquicio

debajo de las agallas; con el dedo empecé a sacarle las tripas. Las vísceras de un pez son

blandas e inconsistentes. Se dice que si a un tiburón se le da un fuerte tirón en la cola, el

estómago y los intestinos salen despedidos por la boca. En Cartagena he visto tiburones

colgados de la cola, con una enorme, oscura y viscosa masa de vísceras pendiente de la

mandíbula.

Por fortuna, las vísceras de mi pescado eran tan blandas como las de los tiburones. En un

momento las saqué con el dedo. Era una hembra: entre las vísceras había un sartal de

huevos. Cuando estuvo completamente destripado le di el primer mordisco. No pude

penetrar la corteza de escamas. Pero a la segunda tentativa, con renovadas fuerzas, mordía

desesperadamente, hasta cuando me dolieron las mandíbulas. Entonces logré arrancar el

primer bocado y empecé a masticar la carne fría y dura.

Masticaba con asco. Siempre me ha repugnado el olor a pescado crudo. Pero el sabor es

todavía más repugnante: tiene un remoto sabor a chontaduro crudo, pero más desabrido y

viscoso. Nadie se ha comido nunca un pescado vivo. Pero cuando masticaba el primer

alimento que llegaba a mi boca en siete días, tuve por primera vez en mi vida la repugnante

certidumbre de que me estaba comiendo un pescado vivo.<